Hacia el eje sujeto-objeto actúan, en la línea sintáctica habitual, los procedimientos y, en contrapartida, las interpretaciones. Los procedimientos son básicamente enunciativos pues se trata de los procesos mediante los cuales las cláusulas enunciativas adquieren su carácter risible. Los procedimientos inciden, además, en la diferenciación entre los conceptos de lo cómico y lo que como humorístico se suele determinar. Tal escisión no es ni tan radical ni tan definitoria como se ha aceptado por parte de la mayoría de los analistas, de ahí que me haya permitido usar los conceptos indistintamente, con libre intercambio de significados.
No obstante, y para ser consecuente con la quintaesencia teórica, los relacionaremos.
Las diferencias son en extremo sutiles y la contaminación es, siempre, abundante. De ahí que, cuando alguien prefiere deslindar al humor (como sublime) de lo cómico (como inmediato o precario) se atiene mucho más a un juicio personal de valor que a un estamento de significación. Lo más común es que un prejuicio, o una cadena de prejuicios vigentes bajo las instancias culturales que le dan pertinencia, definan el valor. Las interpretaciones son, en verdad, los juicios posteriores al proceso de recepción. En ellas inciden las ideologías, las concepciones éticas, estéticas, filosóficas, las diversas hermenéuticas y hasta el punto de vista del fenómeno referido en relación con el fenómeno referente. El motivo de la virginidad femenina, arrastrado por la historia universal de la cultura como concesión que fácilmente discrimina a la mujer, muestra hasta qué punto la variabilidad depende de esos estamentos de mentalidad inmediata, en los cuales matrimonio y virginidad del himen se corresponden como conducta normal. Esta concepción, asentada sobre los estatutos sociales, se conforma fuera del contexto de los procedimientos y, lo que más asombra y nos pide analizar a fondo hasta qué punto hemos avanzado en verdad en los conceptos de puritanismo social, aún se hacen efectivos varios chistes con ese motivo.
Las exageraciones contextualizadas por el realismo mágico han actuado en el contexto cultural universal como metáforas, lo cual explica, por ejemplo, por qué la cantidad de muertos en la masacre de la compañía bananera que se narra en Cien años de soledad ha ido creciendo de acuerdo con los relatos. Se trata de una exageración que no conduce a risa. Oscar Hijuelos, en Los reyes del mambo, contextualiza, como tal, el chiste que asegura que, de sumar los territorios que los cubanos radicados en los EU declaran haber perdido por causa del proceso revolucionario, alcanzaría para cubrir varias veces la superficie de la Isla. Exagerar, en ambos casos, no hace de tono menor el proceso creativo, sino que lo induce a un concurso interpretativo de la Historia, desde el chiste mismo en el segundo caso, y desde lo simpático que resulta ver a posteriori cómo puede la bola de nieve de una buena metáfora crecer sobre la especie humana.
Pudiéramos sumar así ejemplos donde los procedimientos de lo cómico y lo humorístico se intercambian las maneras de uso para desembocar en resultados de valor diverso, que no se corresponden con el lugar que la tradición analítica les ha concedido. Todo el proceso, sin embargo, no dejaría si no la conclusión de que solo a partir de la propia estructura enunciativa se consiguen los elementos de composición de algo tan simple como un chiste. Desde el más burdo hasta el más sofisticado, se requiere de una profundidad estructural para llevar a contexto y conseguir el resultado.
Expuestos entonces los elementos que forman la estructura profunda de la risa, debemos advertir que ellos actúan desde la actancialidad con un rigor exacto, aunque, lógicamente, invisible a la primera inspección. Sin embargo, se hace imprescindible, como he venido planteando, que emisor y receptor compartan este universo estructural en el momento flash de la sonrisa, la risa o la carcajada, no importa si en el universo de lo específicamente cómico, si en el de lo separadamente humorístico. Por eso he llamado a la risa “sensible inteligencia”, pues el riente, sin que necesite exponerlo, capta esos grados de profundidad y sutileza al conseguir reírse.
Para un uso pragmático, veamos el esquema actancial1 que los define:
Para establecer las relaciones entre los niveles sincrónicos y diacrónicos, dentro del proceso de conversión del enunciado en risa, debemos tener en cuenta, por una parte, los elementos que pesan sobre la línea discurso-semiosis y, por otra, los que subyacen, partiendo justo de su doble estructuralidad, en el proceso de conexión de la producción y el consumo. Esos elementos son, precisamente, los que han permitido que la interpretación histórica de lo risible se mezcle, en sus diversos niveles de resultado, dejándolo en un plano menor de la creación humana. No hay, como cualquiera sabe, vida sin risa; de ella no es posible abstenerse siquiera por voluntad pues, mal que pese a quien pudiera decidirlo, en un momento inesperado le llegará la simultánea interpretación de los códigos significacionales que conducen a reír. Y como es posible, incluso, que uno responda al estímulo humorístico aún sin compartir las concepciones de fondo que rodean al enunciado, las circunstancias no pueden ser analizadas mediante cortes diacrónicos estrictos. Cuando esto se hace, no solo queda sumergida la mayor parte del iceberg, sino que se le destruye, para dejar apenas el fragmento de témpano flotante en superficie.
Asumir que la risa se instruye a partir de esta rigurosa doble estructuralidad, permite abordar el fenómeno desde una perspectiva que le otorgue la dignidad que merece, sin demagógicas exageraciones que sublimen demasiado el objeto de estudio, y no a partir de esas aristocráticas discriminaciones que, a fin de cuentas, tanto hemos arrastrado. Como un fenómeno esencial en la comunicación humana, la risa entraña, además de sus múltiples propósitos, sus propios contextos de significación.
1-Aunque el primer esquema de elaboración del modelo actancial pertenece a A. J. Greimas, lo he tomado ya replanteado por A. Ubersfield, pues considero mucho más pertinente su visión del emisor; por demás, la dinámica de esta nueva concepción de modelo actancial, abre el campo de experimentación y permite pasar, de los estudios literarios, a cualquier zona del universo sociocultural, objetivo esencial que busca el sistema teórico propuesto para el estudio de la risa en que he estado trabajando. v. Monod, Richard: Los textos de teatro, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989. pp. 60-72. Traducción: equipo del Palacio de las Convenciones.