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Beatriz Maggi: para escuchar los silencios en pugna
Luis Álvarez Álvarez, 22 de septiembre de 2008

En "Problemática de la actual novela latinoamericana", Alejo Carpentier perfiló, con agudeza característica, uno de los rasgos distintivos de nuestra cultura, mestiza en un sentido tan esencial. Me refiero al multifacetismo y la voluntad integradora de la cultura de América Latina. Afirmaba Carpentier en dicho ensayo: «Charles Péguy se jactó, en cierta ocasión, de no haber leído jamás a un autor que no fuese francés. Podía decirlo Charles Péguy: la literatura francesa basta para alimentar, con una aportación de siglos, a quien quiera permanecer en su órbita sin salir de ella. Pero la posición del hombre latinoamericano le veda semejante exclusivismo intelectual».1 Esto equivale a proclamar que la inextricable mezcla americana no es un accidente de pigmentación o de fisonomía de la comunicación por la cultura: antes bien, se trata de una estructura profunda de nuestro devenir en tanto región humana. Ello significa que, en buenas cuentas, aunque lo latinoamericano no se reduce a lo europeo, esta raíz, en clara ley de Pero Grullo, tampoco puede serle mecánicamente amputada, pues se trata, en efecto, de una esencia radical, enclavada en nutrimentos que modelan, para siempre, el telurismo con que el latinoamericano se asoma.  Una y otra vez, mentes alertas en nuestros países han señalado ese carácter de entraña. Más allá de cualquier reflexión teórica, el devenir estricto de la creación intelectual en América ha venido constatando ese carácter de entidad con múltiples raíces —de mayor y menor penetración— las cuales han tenido, a lo largo de los siglos de gestación iberoamericana, resonancias semánticas plurales  (por su conexión nutricia al humus cultural, pero también por su sesgo democrático tajante a lo largo de las más diversas épocas), incluso, durante el fragor de la Conquista, en que las Cartas de relación de Cortés fueron escritas, a la vez, con una mano que tanteaba, con azoro y apetito, los esplendores aztecas, mientras con la otra apuntaba hacia una tosca, pero perceptible, gallardía renacentista. Esta tendencia a la integración, lejos de encharcarse en un estéril ensimismamiento centrípeto —paralelo del narcisismo estéril de que se jactaba el Péguy aludido por Carpentier— no ha hecho sino afirmarse en América con el paso de los siglos.

Así, en 1874, un latinoamericano en plena juventud, y con años ya de compromiso político con la independencia de Cuba y Puerto Rico, publicaba su primer y más importante estudio literario. Martí admiró a este contemporáneo suyo, a quien trató personalmente en Estados Unidos y con el cual compartió muchos principios latinoamericanistas,  hasta el punto de haberlo descrito como un intelecto de ejemplar equilibrio: «[…] imaginativo, porque es americano, templa los fuegos ardientes de su fantasía de isleño en el estudio de las más hondas cuestiones de principios, por él habladas con el matemático idioma alemán, más claro que otro alguno, oscuro sólo para los que no son capaces de entenderlo».2 Es que tenían muchos puntos de confluencia espiritual: como Martí, y más directamente, tal vez, que él, se había acercado al krausismo en su peculiar variante madrileña; como el prohombre cubano, alcanzó pronto una firme estatura republicana e independentista, que le valió un prestigio continental. Ese primer estudio literario de Eugenio María de Hostos, en confirmación de las peculiaridades de nuestra cultura, desarrolla su personal interpretación sobre Hamlet. ¿Qué lleva al revolucionario puertorriqueño a un estudio shakesperiano? Desde luego, basta con abrir ese ensayo, todavía hoy impactante, para percibir el ángulo —tan latinoamericano— de su perspectiva: «Vamos a asistir a una revolución. Hamlet es una revolución».3 Toda su interpretación crítica de la enorme tragedia de Shakespeare, trasluce una volcadura esencial de su preocupación por América, a partir de una perspectiva del desarrollo social: «Cada progreso es consecuencia de una revolución en una idea o en un afecto de la humanidad. Cada revolución es el conato de un progreso en los afectos en las ideas de los hombres»4. He aquí que la fascinación tangible de Hostos por la obra monumental de Shakespeare, no lo distrae de su radical pertenencia a la cultura propia. Este caso, y tantos otros —de Martí a Borges, de Gutiérrez Nájera y Darío, a Lezama y Octavio Paz— consignan una constante humanista de la América híbrida: la integración de la perspectiva —la borgiana obsesión del aleph— que, buscando una proximidad definitoria de lo americano propio, hace confluir en nuestro paisaje la multiplicidad cultural del mundo.

Para dar cuenta de la persistencia de semejante perspectiva integradora como rasgo del humanismo latinoamericano y, en particular, cubano, aparece este año un libro de ensayos —Antología, de Beatriz Maggi— que responde a una voluntad de escucha y diálogo intercultural, una indoblegable aspiración de diálogo con el entorno propio, manifiesta no solamente en la reiterada alusión a esa juventud receptora que, desde Félix Varela hasta José Enrique Rodó, tejen una red de legados diversos a través de toda la región iberoamericana, sino también en un emulsionado conjunto de matices, que macera sugerencias de recepción. A su manera personal y su estatura propia, Beatriz Maggi, en su Antología de ensayos establece un espacio de comunicación ilustrada, ámbito de resonancias que, generadas por una lectura ensimismada de textos diversos —europeos, norteamericanos— se condensa en un coloquio profundamente cubano y continental.

¿Qué nexos concordantes hay, que han permitido a su autora reunirlos en este libro singular, entre Shakespeare y Emily Dickinson, entre Stendhal y Mark Twain, entre Dante y Dostoyevski? Sería muy simplista pensar que los vasos comunicantes tendrían como base compartida la estatura artística de los temas de meditación. Ni aunque se prescinda de sospechosas pautas discriminatorias, resultaría sencillo asociar entre sí, en jerarquizada recensión literaria, a voces de tan diversa taracea cultural. La coherencia profunda de este libro, sin embargo, se cimenta sobre la perspectiva crítica de la autora, incluso, con más fuerza que sobre el intenso timbre de su estilo personal.

Antología, en realidad, más que reunir una serie de ensayos diversos, dibuja una trayectoria de reflexión sobre los avatares —el drama, como alguna vez lo ha denominado Beatriz Maggi— de la lectura, que en la autora se conciben como una imantación de carácter axiológico y, también, vital. Tanto o más que en una incisiva interpretación de obras de arte—poesía, teatro, novela, panfleto— Antología  consiste en una indagación de modos de humanidad que, en la percepción ensimismada, intensa y, por momentos, angustiada de Beatriz Maggi, tienen que ver directamente —sea cual fuere su latitud de proveniencia— con nuestra más quemante inmediatez. Estos ensayos se tensan en una voluntad que, en la crítica, pocas veces adquiere un empecinamiento tan concentrado: se aspira no solo a desentrañar significados potencialmente presentes en los objetos de lectura, sino también, y ante todo, a dialogar con ellos, de modo que cada uno de estos ensayos, más allá de iluminar ángulos y modulaciones de Shakespeare o Stendhal, Mark Twain o Dostoyevski, se proyectan a una finalidad más estremecida y, por lo mismo, palpablemente atormentada: la expresión de un modo propio de concebir no ya el hecho literario en sí mismo, sino el proceso palpitante, devorador, por momentos anonadante, de experimentar la lectura como experiencia. Tanto o más que en el ejercicio hermenéutico en sí mismo, la autora se obstina en ir más allá de la sustancia sígnica misma de esos textos que hace suyos, a pesar de su distante latitud, en la medida en que su dialogar con ellos se produce desde su propia percepción de humanista de tierra mestiza. Tal obsesión la impulsa a desafiar, en particular, los silencios, ya sean esas sordinas stendhalianas, destinadas a construir imágenes que — advierte la ensayista— carecen de visualidad, y se despojan incluso de toda palabra superflua; ya sean, también, los enormes espacios de ambigüedad que entretejen las peripecias dramáticas en Shakespeare, la ira demoledora de Swift, la ansiedad moral de Dostoievski. Esos meandros de aparente mutismo en los autores comentados en Antología, se convierten en espacio que la perspectiva de la ensayista transita no para diseñar una mera interpretación filológica, sino para constatar su dinamismo interno, la torturada indagación en que obra y lectora confluyen. Así, Huckleberry Finn resulta comentado no ya en su peripecia humorística y sonriente, sino en la no siempre percibida interiorización del ser, donde el pequeño vagabundo de una cultura ajena,  se nos transfigura, y, en esa transmutación ejercida por la autora, llega a revelarse, junto a ese inesperado, pero hirviente relumbre shakesperiano que advierte Beatriz Maggi —el niño sureño que se enfrenta y vence el dilema profundo de Ariel y Calibán— una percepción muy especial de cómo el mejor lector latinoamericano, a diferencia de la actitud de que se jactara Péguy,  aspira siempre a una lectura para sí, a una conquista de valores y experiencias desde y para nuestra cultura. 

De esos silencios que la autora emplaza en su magnética Antología, de esas difuminaciones semánticas en las que se detiene, se deriva una percepción especial de la lectura en nuestras tierras, donde quien se asoma a un libro de fuste levantado, lo hace como pedía Hostos frente a Hamlet: como quien se encara a una transformación posible, arrasadora, de sí mismo y de su propio entorno.

1. Alejo Carpentier: Ensayos. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1984,  pp. 20-21.
2. José Martí: Obras completas. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975, t. 8, p. 53.
3. Eugenio María de Hostos: Moral social. Hamlet. Ediciones Jackson. Colección Panamericana. Buenos Aires, 1943, p. 275.
4. Ibídem.