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Vi de lejos a Carpentier
Virgilio López Lemus , 09 de octubre de 2008

La verdad es que ciertas casualidades me obligaron a acercarme desde el aspecto editorial primero, crítico después y finalmente como compilador de algunas zonas de sus obras, a la gran figura de Alejo Carpentier (1904-1980), de quien yo era ya un lector asiduo. Llegué tarde al mundo de las letras para conocerlo y tratarlo personalmente, en el caso de que él me hubiese dado acceso.

De modo que no puedo presumir de haberlo tratado, pero la largueza con que me he dedicado a su obra menos conocida, compensan un poco la relación personal directa con el autor egregio, una de las firmas literaria mayores de América Latina. Recuerdo que yo avanzaba hacia el final de mi carrera universitaria, cuando una tarde de 1974 pasé casi de casualidad por la que era entonces librería del Hotel Habana Libre, a donde yo entraba con frecuencia, y en ese momento Carpentier lanzaba su libro El recurso del método. Más que la persona de Carpentier, alto y un poquito encorvado, y más que el acto mismo de la presentación del volumen, visto a través de los cristales, me impresionó el asedio de los intelectuales allí reunidos a las bandejas con golosinas y bebidas que se repartían como ágape, brindis sin brandy, «vino de honor» al que los presenten le hacían demasiado honor, pero de manera poco honorable.

Luego, lo veía aquí o allá en la vida habanera, y siempre me sorprendía poder ver a un autor de tal magnitud, porque no se me hubiese ocurrido pensar encontrarme en alguna esquina con quienes habían lanzado al mundo La guerra y la paz, o La montaña mágica… Un poco de milagro era para mí ver a aquel señor algo desgarbado, que pronunciaba el español a la francesa, y que era el autor de dos novelas que me deslumbraron: El Siglo de las Luces y Los pasos perdidos. Vaya suerte la mía de ser al menos su contemporáneo.

Unos años después, tras su fallecimiento, Abel E. Prieto, a la sazón director de la Editorial Letras Cubanas, me encargó la edición de los ensayos de Carpentier, pero buscando materiales y conversando con la viuda, Lilia Esteba, me di cuenta de que un volumen con las numerosas entrevistas que le habían hecho al gran hombre, sería sumamente interesante. Así, las compilé todas, si bien me prohibieron (sobre todo Lilia) la salida de ocho de ellas. Tuve que hacer un cuidadoso trabajo de edición, para eliminar tanta repetición, tantas cosas dichas de manera semejante, y tuve que tener el cuidado de comprobar datos y dejar casi sugerida una biografía de Carpentier escrita por él mismo, mientras decenas de periodistas le hacían preguntas sobre su vida.

Luego supe que algunas respuestas no eran verdad, que el gigante barroco era también algo mentirosillo, como buen narrador, y se había asignado sitio de nacimiento en La Habana, cuando de cierto vio la luz del mundo en Lausana, Suiza. Otros pequeños adornos a su existencia quizás no se ajusten a la entera realidad, pero no era mi tarea entonces, ni ahora, rastrear certezas y dudas sobre el destino nada incierto de aquel hombre iluminado por unas facultades narrativas excepcionales.

Mis relaciones con Lilia Carpentier fueron más prolongadas, unas veces con soltura y agrado, otras ligeramente tirantes, porque Lilia era todo un carácter, mujer fortísima, si hubiese tomado el poder de una República, haría como el César: armar un imperio. Sabía ser muy amable en ocasiones, pero sobre todo tenía un espíritu indeclinable en la custodia de la obra carpenteriana. Ya nonagenaria, concurría casi todos los días a la Fundación Alejo Carpentier, al lado de la Bodeguita del Medio en La Habana Vieja, y bien apoyaba o bien hacía sufrir a su subdirector, el querido amigo Fernando Rodríguez Sosa. Yo la recuerdo con afecto. Un mes antes de su fallecimiento, hablé un ratito al teléfono con ella, y me invitó a que la visitara en su casa de la calle E, pero me pareció imprudente ir, dado su estado de salud.

Para mí Carpentier es uno de los pináculos, una de las glorias mayores de la cultura cubana. Me importa poco donde realmente nació, porque él se sintió y de hecho lo fue, un cubano raigal. Lilia afirmaba que le gustaba repetir: «Eso es cubaneo», cuando alguien se pasaba de bromista o había algún tipo de desorden o lo venía a tratar con demasiado desenfado. Para mí fue una experiencia extraordinaria compilar aquel volumen que llamé solo Entrevistas. Luego hice lo mismo con los Ensayos, aunque preferí no ser su editor, tras haber formado un segundo tomo que llamé Conferencias, en el que salvé del demasiado olvido una crónica suya llamada «La Habana vista por un turista cubano». Creo que este texto llamó la atención definitivamente para armar un volumen, que hicieron otros, sobre «La ciudad de las columnas», como él llamaba a su Habana, ciudad que evidentemente amaba mucho.

Yo solo vi a Carpentier de lejos, pero es uno de los escritores cubanos con quien he tenido una más estrecha relación a través de su obra y a lo largo de mi vida profesional. Tras la salida de mi librito García Márquez, una vocación incontenible (1982), la propia Lilia me sugirió que hiciera algo semejante con la obra de Alejo. No lo hice, porque me alejo de forma natural de los autores demasiado solicitados por mis colegas coetáneos. En la década de 1980 hubo un verdadero boom ensayístico, crítico y valorativo de la obra de Carpentier en Cuba, y si bien no todo fue grano, la mucha paja levantaba tal ruido, que preferí que otros senderos se me abriesen con placer. Entonces ya prefería dedicar mi vida a la poesía, al ensayismo y a la crítica literaria sobre temas líricos. Creo que fue el lapso en que más me alejé de Lilia y de Carpentier, y pienso que ella se dio cuenta, cuando en la década de 1990 me llamó para que integrase el grupo asesor (consejo científico) de la Fundación.

Yo vi a Carpentier de lejos. Pero de todos modos ese es uno de los privilegios que me otorgó haber sido contemporáneo de Lezama Lima, de Nicolás Guillén y del mismo creador de Concierto barroco. Escuché la voz de los tres, les oí claramente cuando leían sus textos, al primero lo visité en su propia sala de estar, al segundo le di mi mano anónima una vez en la Unión de Escritores, tras un recital suyo, y al tercero, a Carpentier, lo siento cercano a través de mi admiración, sobre todo cuando lo leo y pienso en cómo logró alcanzar la maestría de su prosa.

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