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Trabajo artístico 1
Roberto Manzano , 03 de octubre de 2008

Las metas son alcanzadas sólo porque se despliega trabajo. En correspondencia con la cantidad y calidad de las metas, así es la cantidad y calidad de trabajo desplegado.
La intencionalidad es trabajo. Sin trabajo, la intencionalidad es amorfa e inerte. Es un querer que se comporta como un cuerpo sin extremidades. Ni se sujeta ni se desplaza.
El trabajo es, exactamente, producción de vectores. Un vector de intencionalidad es siempre expresión de una dirección de trabajo.
El análisis del vector de intencionalidad es trabajo actuando sobre trabajo. Vector sobre vector, y donde hay vectores hay trabajo.
El campo se siente vivo cuando trabaja. Los vectores, esas productivas corrientes luminosas, invaden las distancias y se enderezan en secuencias procurando un puerto utópico: la meta.
La meta adquiere espacialidad concreta sólo después de un viaje proceloso. Pero de inmediato la intencionalidad parte de nuevo.
Surge un nuevo puerto utópico y comienzan a andar los vectores a su encuentro en forma denodada. Se trabaja. El campo existe. Advierte su existencia porque progresa hacia una dirección.
Si el campo no está vectorializado, ya lo hemos dicho, no hay conducta. Es una muerte interior. La ausencia de trabajo, como puede verse, es la muerte.
No los abismos. Los abismos que surgen por determinadas razones generan también trabajo. Cuantioso. Febril. Agónico.
Pero el trabajo existe siempre. Es propio del campo. Sólo que el trabajo orienta al campo. Dirige sus luces y suburbios hacia un puerto.
La intencionalidad puede existir brevemente como una nube sin contorno. Pero de inmediato encarna en trabajo, procurando extremidades y energía. Sólo entonces el campo advertirá la intencionalidad.
Pero a veces también, por habituación vectorial, comienza a andar el trabajo como un vagabundo, ejerciendo gratuitamente su movimiento. Pero rápidamente la secuencialidad inconsciente le prefigura un puerto.
Entonces, mientras el pie avanza, la vista rastrea el sentido de la huella y se otea simultáneamente el horizonte. Se endereza, andando, un vector de intencionalidad.
El análisis del vector de intencionalidad trabaja, sobre todo, con el proceso cristalizado. La obra es quien cristaliza el proceso. El análisis ama la lógica inmanente que procura una meta.
Los instantes de trabajo que no estructuran una meta le resultan indiferentes. Se ven acciones, pero no hay voluntad. Aún no ha adquirido un sentido.
El análisis entra en el campo, que es su área de trabajo. Distingue formaciones, ejerce su contemplación diferenciadora, y vertebra recaminando la intencionalidad, que ya ha trabajado arduamente.
El análisis del vector de intencionalidad puede observar el proceso de trabajo anterior al resultado que es ya la obra. Pero sabe que su verdadera cosecha se encuentra en el trabajo cristalizado.
El trabajo cristalizado no es diferente al trabajo procesual. Es siempre trabajo procesual, que es el único que realmente existe, sólo que ya es meta encarnada.
El proceso hacia la obra es una serie de estados, y no visualiza el proceso cristalizado. El proceso sólo es inteligible verdaderamente cuando se advierte íntegro.
Se pueden contemplar los estados como lo que son, y no como cierres parciales, que es la visión que ofrecen bajo el trabajo procesual. Así es percibible el tránsito. Se aplica entonces con productividad real el sistema opositivo.
El vector del análisis tiene como meta comprender y valorar la situación resultante donde la intencionalidad ha adquirido sentido. La completitud brinda el sentido.
Pero el vector de análisis puede abstraer la intencionalidad y pensar en el trabajo. Sólo es alcanzable por vía abstractiva, porque el trabajo es el modo de materializar la intencionalidad.
Visto el modo como fin en sí mismo se contempla entonces la vectorialidad del propio trabajo. El trabajo posee una vectorialidad bifronte.
Se encuentra frente al material, donde ha de realizar hábilmente la imagen. Se encuentra frente a la idea, donde ha de encarnar la intención en la imagen.
Esto genera una lucha de vectores. Es un camino, pero arduo. Esta henchido de simultaneidades. Hay que ejercer una dialéctica continua.
El trabajo es camino hacia la obra. Todo trabajo es encaminador. Alcanza su bifrontalidad a través de un único camino.
El trabajo es inevitablemente secuencial. No tiene otro modo de vencer las sucesivas resistencias. Tiene que cumplirse como lo exige la meta, y en sus dos frentes.
El trabajo visto como realización de la imagen genera resistencias en los soportes y en las destrezas. Esta frontalidad debe estar garantizada y asumida como segunda naturaleza.
El trabajo visto como inscripción de la intención en la imagen cubre largas distancias, todas ocupadas arduamente. Este es el trabajo que garantiza la realidad subjetiva de la meta.
El trabajo no entra directamente al puerto. Al menos, en la forma con que cumplió la realización de todo el sistema vectorial. Entra, pero como aura global.
Él se encuentra vivo, como un camino, en la realización. Él es la realización. Gracias a él se cumplen las metas, porque él vectorializa enérgicamente las intenciones.
Pero también está antes de la realización. Se manifiesta en los procesos de sedimentación, de imantación, en las aproximaciones. Lucha denodadamente en la actividad de la esfera conceptiva.
Está después de la realización. En las actividades verificativas, correctivas, contextuales, axiológicas ejerce su presencia prodigiosa. Es ubicuo. Siempre está generando secuencias. Abre y cierra.
Es método en acción. Él funde el camino y la meta. Él baja al pormenor y asciende a la síntesis. Es la acción de la conducta.
El propósito produce el método. El método garantiza el camino hacia la obra. Si no visualiza bien el propósito y el método el trabajo cae de continuo en la sombra. No puede auspiciar ningún movimiento.
El trabajo se acelera y desacelera según las delineaciones que alcancen el propósito y el método. Todos los factores que componen la intención inciden sobre su marcha. Él es la energía del sistema plasmador.
La obra es sinérgica en la medida que el trabajo se despliegue coordinado. En todos los frentes de su cumplimiento, donde no debe detenerse hasta alcanzar las metas.
El trabajo interrumpido mutila las cristalizaciones. Las energías deben ser conducidas como un haz. El trabajo con imágenes es sinérgico por naturaleza. Posee vocación juntadora.
La plasmación cristaliza como un todo por la actitud aglutinante del trabajo. Sin embargo, nunca el trabajo permanece materialmente sobre el todo.
El trabajo gana la batalla concreta desplazándose por segmentos. Pero la energía viene cargada de una recepción distante. En esa recepción distante está bien delineado el puerto.
El trabajo es quien establece la relación del sujeto con el objeto. Él encarna el objetivo. Prepara las circunstancias, acarrea las materias, funda la corporalidad de los vectores y los conduce orgánicamente a la meta.
Lo que el sujeto alcanza lo suscita el trabajo. Sólo el trabajo ofrece objetos al sujeto. Sólo el trabajo facilita la sedimentación.
Sin sedimentación el sujeto no aborda adecuadamente al objeto. Es mucha la resistencia de todo objeto a cumplirse como voluntad encarnada.
Sin el trabajo el sujeto no posee capacidad de generar orden, vale decir, crear. La ausencia de trabajo es un vacío. Si no hay trabajo sedimentado, no se puede cristalizar la intencionalidad. Habría que comenzar a sedimentar.
O descender las metas al nivel de sedimentación del sujeto. Porque sin trabajo acumulado, no hay salto ergonómico.
El trabajo facilita el trabajo. La sedimentación expansiona el campo. Los puertos pueden ser más lejanos. Los vectores dejar colas más largas, como grandes cometas. O arracimarse sólidamente, como granadas.
En el trabajo un objeto ofrece resistencia a un sujeto que le trasmite movimiento ordenado. Eso es trabajo. Si falta la resistencia, no hay trabajo. Si falta el movimiento ordenado, no hay trabajo.
La resistencia y el movimiento ordenado forman un par ergonómico. Crean una oposición bien trabada, de carácter dinámico. El par es trabajo. Uno solo ya no es trabajo. Juntos, pero no paralelos.
Todo trabajo es un conflicto. Implica voluntad, por lo que exige una conducta. Se entra en él con una intencionalidad. La intencionalidad ha de ser cumplida a través de ese conflicto.
Se encuentra en la naturaleza del objeto ofrecer resistencia. Mayor o menor, pero siempre presente. Un objeto es, por extensión, una resistencia.
Se encuentra en la naturaleza del sujeto, cuando entra en trabajo, ofrecer movimiento ordenado. Si no trasmite movimiento ordenado no puede vencer la resistencia del objeto.
Su principal tarea es garantizar el flujo de movimiento ordenado. Este flujo lo determina el flujo de resistencia.
Si el sujeto no está capacitado para trasmitir el movimiento ordenado que hace falta, de acuerdo con el tipo de resistencia que está ofreciendo el objeto, no puede entrar en trabajo.
Si no entra en trabajo debe abandonar su meta. No puede vectorializar el campo. No entra en situación. No cristaliza resultados.
La resistencia anula o produce vectores. Depende de la capacidad del sujeto para extraer movimiento ordenado. Si posee una buena sedimentación, se encuentra en mejores condiciones de extraer mayor movimiento ordenado.
La resistencia puede operar en cualquier camino de la bifrontalidad. Puede ser parcial o total. Si no se le responde movimiento ordenado es que se ha abandonado el trabajo.
El sujeto debe calcular la resistencia presente. Y debe hacer acopio de movimiento ordenado. Establecida ya la oposición dinámica, entra en trabajo.
Esto genera el principio del esfuerzo. A menos resistencia, menos movimiento ordenado. A más resistencia, más movimiento ordenado.
Hay, por lo general, una gradación inversamente proporcional al inicio y al final del trabajo. Al inicio, hay más resistencia y menos movimiento ordenado. Al final, hay menos resistencia y más movimiento ordenado.
Es importante cumplir con el principio de la modelación interior. El trabajo debe experimentarse mentalmente primero. Ha de trabajarse idealmente. Esto también genera trabajo.
Es benéfico aplicar el principio de la materialización. Saber que el arduo proceso de los diferentes tipos de trabajo sólo está cumplido cuando se triunfa en la realización.
Cada una de las fases ergonómicas suscita nuevas resistencias. Y en cualquier sitio que haya una resistencia, debe ser ordenada bajo la energía del movimiento. Eso es trabajar.
Por lo tanto, para un sujeto de intencionalidad firmemente trazada opera el principio del fin exacto. Sabe cuándo debe cesar la incorporación de movimiento ordenado. Como detecta bien las resistencias, administra adecuadamente el movimiento ordenado.
Por eso todo trabajo es procesual. Los procesos están compuestos por estados. Los estados encadenados constituyen el proceso. El trabajo se cumple en los estados, pero tiene los ojos en la meta.
Cada estado genera una acumulación. Atravesada una medida, se genera un salto. El salto desplaza un estado hacia el otro. Y el proceso avanza.
El trabajo puede conducirse linealmente. Los estados, con sus acumulaciones y saltos, se suceden como segmentos operativos. El vector no voltea el rostro. Clava la mirada en la meta, y avanza denodadamente.
El trabajo puede conducirse circularmente. Es un modo espiraloide de avanzar. La linealidad retorna hacia segmentos importantes, establece los vínculos y endereza de nuevo hacia la meta.
La creación tiene momentos lineales de trabajo, pero su movimiento fundamental es el circular. Abunda en retornos. Los retornos garantizan la irradiación del tramado.
En un trabajo de avance circular hay repeticiones. El primer punto indica, y el segundo que actualiza en la cadena al primero afirma. Pero el punto afirmativo no es nunca el mismo punto indicativo. Como mínimo, tiene la carga sucesiva.
En el proceso del trabajo intervienen muchas variables, que pueden modificarlo de algún modo. Algunas de ellas son la norma, la espacialidad interior con que se cuenta, la presencia crítica y la velocidad.
La norma puede constreñir el proceso del trabajo, estableciendo estructuraciones inadecuadas para el objeto que se está trabajando.
La espacialidad interior es el espacio que se le adjudica a la intencionalidad, que puede necesitar más de acuerdo con el crecimiento de determinados vectores dentro del mismo trabajo.
La presencia crítica es la intromisión de lo autorreceptivo en instantes en que el proceso de trabajo se encuentra venciendo resistencias grandes y trasmite con dificultad movimiento ordenado.
La velocidad es la compresión del proceso dentro del tiempo. No permite cumplir con suficiente correspondencia los segmentos temporales que solicitan los algoritmos del trabajo.
El trabajo seriado tiene particularidades dignas de atención. Para desarrollarlo con éxito hay que cumplir cabalmente con la dialéctica entre el canon y la incertidumbre.
Elegido un canon para la serie, que garantiza su carácter unitivo, ha de mantenerse en el proceso de trabajo. El canon establece los márgenes identificatorios.
El canon hace productivo el trabajo. Pero de no desarrollar simultáneamente la incertidumbre, el canon genera detención, esclerosis y pobreza.
La incertidumbre siempre rompe la expectativa. Incumple con las reacciones sucesivas. Interviene de modo aleatorio. En una justa semántica distribucional, la incertidumbre no tiene por qué corroer el canon, y le inyecta vida más duradera.
La incertidumbre puede ser distribuida en una política. Pero en una serie extensa termina estableciendo un canon para la propia incertidumbre, y la suma como elemento del canon anterior.
La dialéctica entre canon e incertidumbre está en relación directa con la extensión y los elementos que integran el universo de la serie.
El trabajo seriado puede perder la capacidad de progreso con gran facilidad. Los vectores internos de la serie acabar circulando, extraviados de las metas superiores.
Es por ello conveniente incluir en la serie metas que posean vectores invisibles en el sustrato. Estos vectores invisibles se captan intuitivamente y generan también incertidumbre. Pero es una incertidumbre que trabaja para una meta que flota sobre la serie.
El trabajo es la gran fuerza que materializa las intenciones. Saber trabajar es la posibilidad de establecerse grandes metas.