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Loló de la Torriente me dijo...
Virgilio López Lemus , 23 de octubre de 2008

No tengo nada de naturaleza humorística que contar acerca de mi relación amistosa con una de las mejores periodistas y críticas de arte y literatura cubanas del siglo XX, quien también fue narradora. Algunos podrían asombrase de que la quiera evocar aquí, cuando la fama de esta señora no trascendió demasiado más allá de Cuba y del México de los años cuarenta y cincuenta.

Pero cuando la visité por primera vez en enero de 1980, para editar su libro de crítica de arte Imagen de dos tiempos, quedé impresionado por esta mujer más que singular, que marcó lo que podríamos llamar el final de mi juventud. Yo era por entonces un bisoño editor de Teoría y Crítica Literarias en la Editorial Letras Cubanas, me dieron la encomienda de publicar aquel libro, y coordiné telefónicamente una visita para consultas. Creo que por entonces lo único que sabía de Loló, era que publicaba artículos en la revista Bohemia.

Al entrar a su recámara, como ella le decía a su habitación, un poco a la manera mexicana, me hallé ante una viejecita que iba a cumplir un año más adelante sus 80, pero que se quitaba cinco, lo cual resultaba entonces innecesario ante la verdadera ruina humana en que se había convertido: un ojo en muy mal estado, poco cabello, su cuerpo deforme por una artrosis horrible, sus manos desfiguradas al grado de que tenía que escribir con un plumón enganchado entre sus dedos y la palma vuelta hacia arriba, porque no podía hacerlo de manera normal. En la sala, un deslumbrante cuadro de pintor famoso la mostraba plena de belleza en su madurez de mujer. Habían pasado poco más de cuarenta años de aquel retrato, y sus tiempos de esplendor quedaron muy lejanos.

Loló poseía, sin embargo, una vitalidad irradiante. Ahora mismo estoy escuchando su fuerte metal de voz, agudo, un poco estridente, muy bien catalogado como «metal», porque a mí me parecía que algún sonido de metales asomaban en su timbre. Estaba viva y plena de inteligencia dentro de un cuerpo quebrantado.

Su hermano Manolo venía a veces a participar de la conversación, pero era un hombre discreto, ya casi nonagenario, no salía mucho de su habitación, y me sonreía de lejos. Manolo de la Torriente había sido un notable pianista, y alguna vez me relató su participación en fiestas con los esposos Loynaz-Álvarez de Cañas. Para mí que este señor no falleció, sino que se esfumó. Una tarde que me fui a hablar con Loló, ya él no estaba, y no iba a estar nunca más. Loló me dijo que se había ido tranquilamente, y en su charla se extendió un poco sobre la muerte: «Siempre pensamos que es asunto de otros», me dijo, «como si no nos concerniera más que externamente». 

Cuando terminé la edición de su libro, quedé visitándola. Ella me prestaba diversas obras (recuerdo, por ejemplo, algunas de Aldous Huxley), me hablaba de su tiempo en México, casi chismeaba sobre su largo diálogo con Diego Rivera, acerca de quien había publicado, antes de regresar definitivamente a Cuba, Memoria y razón de Diego Rivera, un importante y casi olvidado libro de 1958. Me describía su relación con Frida. Alguien me dijo que Loló había llegado a ser más que secretaria y confidente de Diego durante casi diez años, pero en el punto relativo a las cuestiones de la sexualidad, Loló era muy discreta. No así cuando hablaba (mal) de muchos intelectuales coetáneos. Recuerdo su lengua afilada, de la que solo se salvaba Juan Marinello.

El día que se supo de la muerte de Haydée Santamaría, yo estaba en su casa. Loló sufrió mucho ese momento. La vi agresiva, adolorida, irritada por aquella muerte que sufría más que la de su propio hermano. Yo no sabía que admirara tanto a la heroína recién suicidada. Unos días después, el efecto doloroso se le disolvió en algún grado, debido a una cortesía del embajador mexicano, que le enviaba unas flores y unos plumones, en época imposible de conseguirlos en La Habana.

Yo había leído ya los primeros cuatro capítulos de Los caballeros de la marea roja, únicos que tenía concluidos por entonces. El título era otro, lo acabamos de fijar discutiendo esos capítulos, y creo haberle dado ánimo para que concluyera la novela. Un inteligente mecanógrafo de apellido Pino, muy anciano ya, venía casi a diario a trabajar con ella, mecanografiándole las páginas ininteligibles que Loló lograba garabatear más que escribir. No sé qué se hicieron aquellos originales, no sé si su sobrino y heredero Enrique Saínz de la Torriente guardó esos folios, tesoro manuscrito que ponía en evidencia lo que considero un ejemplo de heroísmo intelectual: Loló deforme, casi sin vista, un poco sorda, con las manos engarrotadas, escribía su novela, que finalmente terminó casi al dictado del mecanógrafo Pino.

La leí íntegramente. Yo andaba en uno de aquellos trabajos voluntarios, que consistía en irse por una quincena a la agricultura, y cuando regresé, tenía en mi casa un mensaje de Loló para que fuese en seguida a verla. Estaba enfadada por mi demora en visitarla, pero discutimos algunos asuntos de los capítulos finales, le busqué datos que precisaba, revisé la redacción de gran parte de la novela y me tomé la libertad de hacerle algunas sugerencias. Su carácter indomable era, sin embargo, sumamente moldeable para asuntos de escritura, se dejaba  conducir bien, siempre que viese que las propuestas eran inteligentes, ¿lo serían? 

Avisé a Imeldo Álvarez, a la sazón Jefe de la Redacción de Narrativa de la Editorial Letras Cubanas, sobre la existencia de aquella novela, y él envió al entonces joven Alberto Batista Reyes, que se ocupó de la labor redaccional  para la edición definitiva de la obra, y alentó mucho a Loló para que compilara un grupo de cuentos que ella había publicado a lo largo de años en revistas de México y Cuba. También vi nacer Narraciones de Federica, ayudé a localizar textos en revistas y observé cómo ella traía a los nuevos tiempos su casi biografía o libro testimonial del final de los años treinta Mi casa en la tierra, ahora llamado Testimonio desde adentro.
 
Mi casa en la tierra fue el primer libro integral de ella que yo leí. Salvo el que dedicó a Diego Rivera, los he leído todos, pero no sé por qué fátum, este último no me ha sido posible tenerlo en mis manos, a pesar de que intenté que se reeditara en el centenario del gran pintor. En el trabajo de reedición de Mi casa en la tierra Loló depuró la prosa, eliminó (o le eliminaron) varios de los chismes más sabrosos sobre algunas personalidades de vuelo, y mejoró la perspectiva de época con el añadido de una tercera parte que llamó definitivamente «México», y que ciertamente da una extensa visión de su propia vida. Es más que evidente que en este estadio final de su vida, la triste caducidad, Loló levantó la llama, concluyó todo aquello que había comenzado y añadió páginas de valor a su bibliografía. Creo que las visitas constantes y no coincidentes en el tiempo de Batista Reyes y mías, algunos recuerdos y artículos sobre su persona y otros estímulos menores, hicieron el milagro de revivir a aquella mujer que me decía: «¿Creían que yo estaba muerta?, Pues ahora van a saber que Loló de la Torriente está más viva que ellos.»

Ellos eran las gentes que la habían arrinconado, los amigos que la dejaron a un lado, las personas que se desentendieron de ella cuando ya no pudo salir más de su casa. Me moriré con algunos relatos en la memoria que Loló me hizo sobre la ingratitud y hasta malos manejos de sus coetáneos, porque para qué subrayarlos, todos tenemos nuestros reparos acerca de nuestra propia coetaneidad. Sin embargo, quiero recordar la mucha coquetería de la dama, pues cuando mandé a un fotógrafo para que tomase una imagen de ella para la contracubierta de su libro, no logró fotografiarla. A cambio, nos dio una foto suya ya septuagenaria, que es la que usamos en sus libros. Loló quería pasar a la posteridad con su imagen pictórica interpretada por Arche.

Fue una de las críticas de arte más importantes del siglo XX, pero sobre todo, Loló alcanzó a ser una de las (y los) periodistas más destacados de su siglo. Cuando murió en 1983, yo no estaba en La Habana, la noticia me sorprendió de gran manera. Aquellos cuatro escasos años de amistad resultaron para mí imborrables. En su posteridad, mandé a mecanografiar gran parte de su obra ensayística, dispersa en revistas de Cuba, México, España y hasta Italia, pero la llegada del «período especial» detuvo cualquier intento de publicar lo compilado, y sólo pude editar finalmente un tomito llamado Tiempo hermoso con su labor literaria, que demuestra que también fue una sólida y sabia crítica en el ámbito de la literatura. Sus estudios sobre José Lezama Lima son utilísimos. Yo comencé a preparar ese libro en vida de Loló, ella me dirigió las búsquedas, me obsequió sus colecciones de Cuadernos Americanos, y entre ambos elegimos ese título: su Tiempo hermoso, el tiempo de la vida creativa.

Queda mucho por indagar sobre su obra, por rescatar tanto ensayo de valor disperso, por editar lo mejor de ella y reeditar Los caballeros de la marea roja, singular novela que yo no sé bien por qué cosechó tan escasa reacción de los críticos y de los lectores.
 
Dulce María Loynaz y Lezama Lima evocaron a Loló de manera cariñosa, la primera sostuvo conmigo diálogos sobre la personalidad de esta mujer, a la sazón recién fallecida. Ciro Bianchi Ros se ha ocupado con relativa largueza de mantener su nombre vivo. Loló de la Torriente es sin dudas una de las mujeres intelectuales más brillantes del siglo XX cubano. No puede ser que su recuerdo y sobre todo su obra, se esfumen en el olvido.

 

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