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Poesía versus chiste: La marca de Bousoño
Jorge Ángel Hernández , 17 de octubre de 2008

En su Teoría de la expresión poética, Carlos Bousoño se muestra convencido de que la poesía y el chiste son fenómenos contrarios, sublime aquella, menor y degradante este. Así lo va a categorizar, para que no quede el más mínimo vestigio de duda:

Lo contrario de la poesía es el chiste. Por eso me parece grave error de la Estética tradicional la inserción de lo cómico como una de sus categorías, al lado de lo sublime, de lo bello, de lo gracioso...

Su visión de la risa se muestra en una línea del todo dependiente del concepto bergsoniano, aunque, a diferencia del filósofo francés, el teórico español atribuye a la risa una secundaridad cultural que prácticamente la invalida para formar parte de ningún noble sentimiento humano. De ahí que considere que “la comicidad no es un grado de la belleza, en el sentido en que lo es la sublimidad” y que, para colmo de degradación, agregue:

El chiste se muestra algo así como la belleza vuelta del revés, y sólo tiene de común con esta lo que tienen de común entre sí dos contrarios cualesquiera (el blanco y el negro o el cielo y el infierno): un género próximo.2

Se comprende entonces la norma arquetípica en la cual quedan sin el más mínimo derecho de contaminación los términos negro-blanco y cielo-infierno. Y una vez aceptado como cierto el aserto, lo cómico (enfocado como chiste) sucumbe bajo la contigüidad de lo negativo, entramado como un aquello que debemos tolerar a pesar de que lo justo sería desterrarlo ya que, por lo pronto, el eminente teórico español, autor además de muy buenos poemas, lo ha despoetizado. Para él, la única coincidencia entre poesía y chiste consiste en que ambos son “modos de escapar a la dicción neutra, insípida”, aunque reconoce que “el camino para tal fuga ha de resultar forzosamente el mismo: la sustitución; la sustitución de signos de «lengua» por otros signos de distinto cariz: signos cómicos y signos poéticos”.3

El signo es, sin embargo, una estructura permanente, y permanentemente efímera, que va a cumplir su función con plena independencia de la reacción humana. Significa si es risa lo que arroja; si éxtasis, significa igualmente. En rigor, no existen signos que sean desde sí mismos cómicos, como tampoco es aceptable que existan signos poéticos en sí. Sin el contexto estructural, sin la situación de sentido, además de la de lenguaje, no es posible captar la poesía de lo poético ni, por tanto, la comicidad de lo cómico. Y ello también se hace viable para captar la comicidad en lo poético así como la poesía de lo humorístico. Valga como obviedad que solo aquellos que comprenden intrínsecamente el ruso conseguirá valorar la poesía de Pushkin, o de Esenin, en sus sublimes propuestas, o incluso la de Maiakovski, pues sus giros lingüísticos —satíricos y cómicos en tantas ocasiones— dejan indefensos a los traductores de las lenguas latinas.

El paralelo hecho por Bousoño entre chiste y poesía,4  parte de que, mientras la poesía produce una emoción estética, el chiste lleva a la risa, fenómeno, indefinido en su corpus teórico, que es necesario tolerar y, sobre todo, que proviene de “un contenido anímico ilegítimamente acaecido por ser fruto de una mecanización, rigidez o distracción”.

Mecanización.
Rigidez.
Distracción.

Tres términos que componen el hilo rojo en los ensayos de Bergson, aunque bajo las embestidas de Bousoño pierden los matices humanos que sí conservaban en la mirada del francés. Por demás, según los propios criterios de este autor, mientras el poeta es auténtico, el chistoso es superior. Así, en un orden sociocultural, la poesía quedará para el asentimiento, y el chiste para el disentimiento.

Se trata, mal que pese, de otra de las numerosas afasias del pensamiento intelectual en la que lo cómico sufre los efectos de una visión, además de teleológica, aristocratizante. Desde ese punto de vista se le hace un flaco favor incluso a la poesía, sobre todo después de que se ha proyectado y desarrollado un sistema de identificación y clasificación de las principales normas de expresión poética, más que todo, mediante una reescrituración actualizada del viejo aparato retórico. Es, por demás, contradictorio que se considere que “la metáfora hilarante ocurre cuando dos objetos que se parecen muy poco quedan vistos como equivalentes” y que “solo nos reímos si se nos pone en claro que ha habido un motivo para el disparate, si vemos que los dos elementos comparados tienen un leve punto en común”5 y que no se comprenda que exactamente eso aparece, con tantísima frecuencia, en la poesía, al punto de que la mayoría de las poéticas del siglo XX basan sus sistemas figurativos en aprovechar esos escasos puntos comunes entre los elementos puestos en relación, en la incoherencia semántica y hasta en el disparate lingüístico mismo, sin que nada de ello lleve a risa. La posición entre el texto y el espejo de la imaginación conduce a una especie de complejo de Narciso que, desde luego, hace que el conocimiento sucumba en la autofagia, o, cuando menos, a una parcelación harto limitada.

Tal vez sea mucho más recomendable buscar en los propios textos poéticos los elementos risibles, y analizar además a aquellos que han decidido arriesgarse para asumir directamente la comicidad como sujeto lírico —valgan Quevedo y Borges como ejemplos modales—, para entresacar sin prejuicios donde el recurso humorístico se convierte en colgante hipostasiado, o donde se hace esencia de la poesía. Es obvio, eso sí, que con un prejuicio estético a priori establecido, aquello que desde lo cómico aporta su sentido se verá, como en cualquier pasaje de Orwell, debidamente adoctrinado. Las estructuras y reglas de la risa subyacen, aún así, en lo poético mismo.

 

1-Carlos Bousoño. Teoría de la expresión poética, Editorial Gredos, Madrid, 1989, p. 323.
2-Idem
3-Idem
4-Op. cit., pp. 605-606
5-Op. cit., p. 318
 

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