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La Revolución, la escritura y Marta Rojas
Marilyn Bobes , 20 de octubre de 2008

Fue nada menos que Alejo Carpentier quien con su proverbial agudeza vislumbró lo que significaba y significaría el nombre de Marta Rojas en el panorama de la literatura cubana de los siglos XX y XXI.
Ninguna figura actual de nuestras letras sería más indicada que la periodista, investigadora y novelista santiaguera para iniciar el ciclo que, bajo el nombre de “La Revolución, la escritura” y en homenaje al 50 aniversario del asalto al Cuartel Moncada, está  convocando la Asociación de Escritores de la UNEAC para abordar la experiencia creadora de los escritores cubanos vinculados entrañablemente a la obra fundadora de la Revolución.
En su prólogo a la segunda edición de La Generación del Centenario en el Moncada o El juicio del Moncada, Carpentier señalaba el privilegio que tuvieron las letras cubanas al contar con “apuntes tomados a lo vivo, sobre la marcha, en el lugar mismo de los sucesos” del proceso celebrado a los revolucionarios liderados por Fidel  entre septiembre y octubre de 1953 después de la gesta que diera origen a la etapa final de nuestra independencia.
Entonces, una periodista recién graduada de la Escuela Márquez Sterling que ya era autora de una novela de adolescencia titulada El Dulce Enigma concurrió como testigo excepcional a cada una de las vistas para aportar a la escritura nacional lo que puede considerarse la primera obra literaria de nuestra última etapa emancipadora. El libro, concebido en forma de reportajes y censurado en el momento en que se redactó, pertenece al periodismo como género,  pero es sabido que cuando este oficio se ejerce con la calidad con que lo ha hecho siempre Marta Rojas puede y debe ser considerado también literatura.
No en balde Alejo Carpentier, en el prólogo citado, se refiere a Marta como “ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística, mirada sagaz, estilo directo y preciso y don de mostrar muchas cosas con pocas palabras”.
En dicha ocasión, Carpentier fue también capaz de prever la obra que llegaría cuarenta años más tarde cuando calificaba a la autora como “novelista por instinto” y celebraba su capacidad de utilizar el elemento accesorio y menudo para dar mayor realce a la acción humana.
Con “vivo talento y singular dominio del oficio” hoy podemos afirmar que Marta Rojas ha sabido construir toda su obra (la periodística y la que muchos consideran puramente literaria) a partir de parámetros que tienen que ver, fundamentalmente, con la buena escritura.
Antes de llegar a la novela y tras su primer libro fundacional, esta autora nos dio muestras de una sólida facilidad para el testimonio al obtener en 1978 el Premio Casa de las Américas con su libro El que debe vivir. Después llegaría una obra a mitad de camino, entre lo testimonial y la narrativa de ficción, y que algunos consideran una novela histórica: La Cueva del Muerto, basada en hechos reales y llevada a la pantalla por el gran cineasta cubano Santiago Álvarez.
A ellos habría que añadir otra serie de títulos siempre entre el periodismo y la literatura como Escenas de Viet Nam, Crónicas de Viet Nam del Sur, El aula verde, El médico de la familia de la Sierra Maestra y Tania, la guerrillera inolvidable en su primera edición.
No es, sin embargo, hasta 1993 con El columpio de Rey Spencer, publicada por la editorial chilena Cuarto Propio, que Marta Rojas exhibe todo su poder de fabulación con esta entrada a una etapa que ya incluye cinco novelas y que la caracterizan como una insuperable indagadora de los fundamentos de la nación cubana apelando a otros recursos como el erotismo y la aventura en unos textos que han llamado la atención de la crítica por su originalidad y minuciosa recreación de lo cubano.
Santa Lujuria, El harén de Oviedo e Inglesa por un año -con la que obtuvo el Premio Nacional Alejo Carpentier en 2006, han tenido numerosas ediciones en Cuba y una aceptación poco frecuente en el público lector.
La vinculación de Marta Rojas con lo cubano es, en mi opinión, la cualidad que la define en toda su obra y ese incesante entrecruzamiento entre los géneros que la convierten en una escritora híbrida: periodista de pura raza y novelista con un gran poder de ficcionalizar a partir de la realidad, la historia y la imaginación.
En la cita celebrada en la UNEAC, la escritora dialogó largamente con el público que se interesó por conocer los detalles  de una escritura que, al decir de Marta Rojas, ha encontrado siempre en el periodismo una manera de enriquecerse mediante el conocimiento de lugares y personas y ha estado impulsada por una sana curiosidad.
Miguel Barnet, Presidente de la UNEAC, y Nancy Morejón, máxima directiva de su Asociación de Escritores, hablaron también sobre la invitada en una tarde que se convirtió en homenaje a quien es un paradigma de todo un proceso de la literatura cubana; escritura que hoy podemos considerar diversa y temáticamente amplia, pero que, en sus mejores representantes, está estrechamente vinculada al proceso de transformaciones de los últimos cincuenta años.
Buena iniciativa esta de la Asociación de Escritores que nos permitió dialogar de tú a tú con una mujer que ha sabido ser fiel a sus ángeles y demonios. Celebremos la felicidad de contar con escritores como ella entre nosotros.