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Con Gastón Baquero en Madrid
Virgilio López Lemus , 25 de noviembre de 2008

Mi amigo el poeta Alberto Acosta-Pérez me contó cómo en 1989 esperó al grande de Cuba Gastón Baquero en la Plaza de España, en Madrid, donde supo que él tomaba un autobús para dirigirse a su trabajo en Radio Exterior de España. Alberto, que por entonces estaba allí de manera circunstancial, tras ganar el Premio Internacional de Poesía «Gerardo Diego», en Soria, lo supo por el joven escritor cubano Carlos Espinosa, residente en Madrid. Bajo una llovizna invernal saludó a Baquero a quemarropa, lo volvió a ver luego, entabló con él un rápido diálogo y un puente de simpatía que, un año después, pude yo mismo comprobar.

Antes de mi llegada a Madrid, Baquero recibió en su casa a otro cubano residente en la Isla: Bladimir Zamora, quien cultivó una amistad más profunda con el autor de "Saúl sobre la espada". Cuando llamé a Baquero por teléfono en 1991, él se sintió complacido de que por fin poetas muchos más jóvenes que él llegaran desde Cuba no a residir de manera permanente en España, y lo buscáramos con admiración y respeto.

Pero en verdad, no lo visité hasta 1994. Ese año me fui por tres meses a Madrid, con una beca de investigación del Ministerio Español de Asuntos Exteriores, y tuve tiempo para tales agradables relaciones. Coordiné directamente por teléfono la visita. Pero dos equívocos me ensombrecieron un poquito el asunto antes de llegar a la casa del poeta. Primero, durante mi llamada, Baquero me dijo de pronto que esperara, y demoró más de diez minutos para volver al teléfono. Cuando ya creía yo que estaba declinando mi contacto, regresó mucho más alegre y me invitó para que almorzáramos dos días después en un restaurante cercano a su hogar. Dijo a almorzar a la cubana y no a comer, como los españoles. Tengo la costumbre de llegar a los sitios que no conozco antes de la hora fijada para la cita, de modo que con media hora de anticipación y ya en la esquina de su casa, me senté en un banquito de acera a esperar el momento fijado. Frente había una cafetería a la que de pronto vi llegar a un señor alto, fornido pero con bastón, inequívocamente mulato, que conversaba con otros señores, uno de las cuales, al despedirse, rompió cualquier duda que a mí me quedase: «Hasta luego, señor Baquero». Me  acerqué a él cuando salió del sitio, y me identifiqué. Me miró seriamente y por solo saludo me dijo: «Falta todavía media hora para encontrarnos». Me dio la impresión de que le disgustaba la incorrección por anticipo, pero me invitó a seguirlo.

Entramos a su apartamento, que me pareció muy pequeño y algo oscuro, tan lleno de libros y revistas, que apenas se podía transitar por un breve pasillo que conducía a un recibidor con buró y pocos asientos, donde escasamente cabíamos él y yo, abriéndonos sitio entre la maleza libresca. Conversamos un rato. Le llevaba como obsequio un billete cubano de un peso y unos libros. Tomo el billete, lo miró detenidamente por ambas caras, y me dijo: «Muchas gracias, nadie me había hecho un obsequio así». Me pareció que lo había conmovido. Se puso en pie, avanzó hacia una repisa llena de objetos, y exclamó: «Lo pondré siempre de este lado». El rostro de José Martí quedó vuelto hacia nosotros, mientras la otra cara, con la imagen de los rebeldes entrando en La Habana en 1959, quedaba del lado de la pared.

Baquero tenía una conversación agradable, pausada, y a la vez ágil. Aunque soy muy hablador, lo dejé que se explayara en una conferencia sobre la poesía cubana, sobre la grandeza de Nicolás Guillén, a pesar de lo cual me dijo que tenía un «negrismo» más bien fácil, y me recomendó que me leyese los «Poemas africanos», en los que él, Baquero, entraba mejor en la órbita negrista, a la manera de Sedar Senghor. Años después, cuando alguien en La Habana editaba una compilación o suerte de antología de la poesía baqueriana, deploré ver ausentes esta zona de su obra poética, que el propio autor tanto apreciaba, o de la que al menos me había disertado una bella tarde madrileña como un conjunto valioso de su obra personal.

Al rato, salimos hacia un modesto restaurante, donde era evidente que lo conocían como un habitual. Me pidió que por favor me soltara un poco, que me veía demasiado tímido, que él comprendía que un joven (y yo tenía ya más de cuarenta años) podría sentirse cortado delante de un autor de mucha más edad, pero que no era para tanto. Sonreímos, comimos muy bien, pagó la cuenta y quedamos en vernos de nuevo la semana siguiente.

En la nueva visita leímos poemas. Baquero se interesaba mucho por la vida habanera, estaba bien informado, me di cuenta que sabía incluso pequeños chismecitos, como quién era pareja de quién. Yo le llevé un artículo mío llamado «Dos cimas de Orígenes: Gastón Baquero y Eliseo Diego», junto con un texto de Alberto Acosta-Pérez: «Magias e invenciones. Medio siglo de poesía», sobre su antología de ese nombre, que Gastón le había enviado dedicada expresamente a La Habana. Me pidió permiso para incluirlos en un libro en homenaje suyo que se editaría en Salamanca, y le pedí que incluyera las fechas de escritura, el de Alberto de 1991 y el mío de 1993. Tomó un plumón e hizo una corrección a mano sobre un dato en mi texto: donde yo decía que el poeta había nacido en 1916, tachó y puso 1918. Con el tiempo, tras su muerte, supe que la verdadera fecha de su nacimiento fue en mayo de 1914. Algunos poetas de Orígenes gustaron de quitarse la edad, Lezama se quitó dos, Cleva Solís, ocho. El dato exacto de Lezama se aclaró en vida del poeta, pero el de Cleva Solís nos sorprendió a todos el día de su funeral, cuando hubo que tomar su carné de identidad para el sepelio. No había nacido en 1926 sino en 1918.

En la siguiente visita conversamos de Celebración de la existencia, libro que armaba la Cátedra Fray Luis de León de la Universidad de Salamanca, y donde estaban ya incluidos los textos de Alberto y el mío. Allí le habían dado un homenaje antes de mi arribo a España. Por fin su nombre comenzaba a circular por los círculos poéticos de la Península. Recuerdo que en mayo de ese 1994 me fui a Barcelona, y que tuve un diálogo telefónico con el notable autor Pere Gimferrer, quien me habló de su descubrimiento de dos cubanos que a la sazón le interesaban mucho: Emilio Ballagas y Gastón Baquero. Baquero había vivido casi medio siglo en España, dedicado a la prensa radial y escrita, en algún momento con ciertos vínculos laborales con el Instituto de Colaboración Iberoamericana, que le había editado un tomo de ensayos. Pero en verdad la intelectualidad española había ignorado bastante la presencia de este gran poeta entre ellos.

Le hice alusión de esa circunstancia, y me dijo que era natural, porque él era un emigrado político y la intelectualidad española se inclinó durante mucho tiempo hacia las izquierdas. La situación iba cambiando poco a poco a su favor, y ya  Magia e invenciones (1984) tuvo mejor acogida que los libros que publicó en la década de 1960. No obstante, hay que ver que nunca fue elegible para los premios Príncipe de Asturias de las Letras o para el merecido Cervantes, pero gradualmente le hacían homenajes en varias universidades, recuerdo por ejemplo en Alcalá de Henares. Cuando le otorgaron el Premio Cervantes a Dulce María Loynaz, él participó en numerosas actividades, sobre todo en la Residencia de Estudiantes y en otros sitios, como la recién fundada Casa de América, que tuvo con él numerosas deferencias.

En otras visitas a Madrid, también conversé sobre él con su amigo personal el editor y poeta Felipe Lázaro, quien estaba armando sus artículos y entrevistas a Baquero en un librito de su propia Editorial Betania. Luego de 1994, yo no lo visité más por dos razones, porque solo pude pasar una vez muy fugazmente por Madrid en 1996, y porque ya había observado yo en 1994 que el poeta sufría crisis en sus piernas, y que una enfermera lo atendía asiduamente. Pensé que una nueva visita podría más bien ser inoportuna.

Guardo una extraordinaria imagen de su persona. Creía encontrar a un hombre resentido y muy de derechas, y en su lugar hallé a un cubano risueño y locuaz, añorando su tierra y con deseos de unidad entre sus compatriotas. Se oponía al desencuentro que algunos fomentaban entre los cubanos emigrados y los residentes en la Isla. Mantenía posiciones intermedias, al menos en mi presencia, y deseaba el diálogo con la intelectualidad de nuestro país. Hablamos bastante sobre su amigo Eliseo Diego, y le pregunté por qué no se había encontrado con Fina García Marruz y Cintio Vitier en la visita del matrimonio de poetas a Madrid. Me dijo que eso era asunto del corazón. No dijo más y no intenté ahondar en ello. Prefería a los jóvenes. Era indudable que quería conocer más de la poesía cubana de la década de 1990. Llegó a saber bastante sobre este tema, conversamos sobre poetas muy jóvenes que él había leído. Estaba al tanto del movimiento literario cubano tanto dentro como fuera de Cuba. No quería referirse, al menos conmigo, a las posiciones extremas, no se dejó «usar» por la derecha anticomunista de la emigración, ni permitió que se le asociara nunca con simpatías hacia el poder político en la Isla. Pero tenía un interés conciliador, de diálogo, y sobre todo del diálogo de la cultura, tenía mucha fe en el amplio desarrollo de la poesía cubana.

Nunca quise molestarlo enviándole cartas, aunque desde La Habana le envié  mi libro de poemas Cadernos de otredade, recién publicado de manera bilingüe en Porto Alegre, Brasil. Contestó mi envío con un mensaje muy cariñoso. En mi interés estaba realmente mostrarle mi admiración y mi devoción por su notable poesía. Por cierto, en una de mis visitas me habló rudamente de su «Palabras escritas en la arena por un inocente», texto que varias generaciones han hallado entre lo mejor escrito en la poesía de Cuba, pero él ya no amaba ese poema, me decía que su espíritu whitmaniano era un poco anglosajón, a lo Eliot, y que él prefería la raíz poética que le venía de Rilke y de la gran poesía española y cubana, de José Martí, a quien amaba y leía constantemente.

Baquero fue un gran poeta y un hombre exquisito. Cuando la corriente de la poesía culturalista española lo descubrió finalmente, encontró en él a un maestro. Gran artífice de la poesía, tenía el rango del artifex. Una suerte de magia se desenvolvía entre su memoria y la palabra, entre la imaginación y la realidad. No tengo dudas de que tuve el privilegio de conocer, siquiera fuese por un tiempo demasiado breve para mi gusto, a uno de los dei mayores de la poesía cubana del siglo XX, a uno de los mejores poetas de la lengua española vivos al final de ese siglo.

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