-I-
Entre 1987 y 1990 trabajé como divulgador en la Universidad Central de Las Villas. Corría el mes febrero de 1989 cuando la directora del Departamento de Extensión Universitaria —dependencia a la que pertenecía— me orientó gestionar un reportaje televisivo sobre la cultura general integral en el alto centro docente. En aquellos días se había puesto en tela de juicio el tema, y el Ministerio de Educación Superior mostraba real preocupación al respecto.
Tras una expedita coordinación con Bruno Torres Sánchez, entonces director de Tele Cubanacán, acordamos que le encargaría el trabajo al realizador Arnaldo Díaz y enviaría al equipo en breve. Así lo hizo, y al azar salimos a comprobar cuánto de real cultura portaban aquellos futuros profesionales.
Los sorprendentes resultados de nuestra pesquisa se concretaron en dos grandes vacíos: los estudiantes de carreras de ciencia —y los de las tecnológicas, económicas y agropecuarias también— carecían casi por completo de cultura humanística mientras que los de esta última rama del saber ignoraban en un alto por ciento quiénes fueron, por ejemplo, Albert Einstein o Max Planck, dos nombres imprescindibles en la Historia de la Ciencia.
Pero la peor de las carencias detectadas fue que muchos estudiantes de carreras de Humanidades desconocían aspectos elementales relacionados con sus especialidades, a la par que los otros «zapateros» tampoco sabían mucho sobre los zapatos que en breve deberían reparar.
En el cuestionario, aplicado oralmente a una muestra aleatoria, figuraban preguntas tan simples como: «¿A quién se conoce como el poeta nacional de Cuba?», «¿Quién escribió Hamlet?», «¿Quién es el creador de la Teoría de la Relatividad?» Y ocho de cada diez estudiantes respondieron mal, o ignoraron olímpicamente la respuesta.
Cuando, tiempo después, le comentamos nuestro asombro a un colega que anduvo de novio con una muchacha a punto de graduarse de Filología, nos convenció de que lo que habíamos detectado era lo mínimo. Con inmedible asombro escuchamos dos anécdotas absolutamente delirantes que le tocó vivir durante la referida relación. Sin su permiso las reproduzco (aspiro a la indulgencia de ambos), aunque me reservo sus identidades.
Fueron al cine a ver Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli. Llegó la escena final, y cuando la estudiante presenció la muerte de ambos protagonistas, le comentó al novio su desconcierto por dicho final «¡Yo no puedo creer que se mueran!», protestó. Nuestro colega, algo atónito, le recordó que se trataba de la tragedia Romeo y Julieta, de Shakespeare, pero ella siguió firme en su cuestionamiento al Bardo Inmortal, pues no concebía un desenlace que se apartara del consabido Happy end que, tras la caótica proliferación audiovisual, la mayoría espera como cierre de telenovelas, teleplays, filmes, y hasta de una vida real que no existe ni en la realidad. Concluyó, enojada, la muchacha: «Esta película es una basura; nunca más me traigas a ver estas cosas».
Otro día la casi licenciada le preguntó al novio, muy dubitativa, el significado del término «antípoda». El galán, entusiasmado por la inquietud, le explicó que se le llama así a los puntos situados en extremos opuestos del planeta. «El ejemplo más claro son los polos», le dijo, apoyándose en la mímica: una mano encima y la otra debajo, como sosteniendo un globo. Acto seguido la muchacha replicó, apuntando hacia la mano donde se asentaba el supuesto Polo Sur: «Eso es imposible, porque la gente de ahí abajo se caería». El infeliz interpelado, bembiblanco ya por la sorpresa, solo atinó a preguntarle: «¿Pero tú no diste a Newton en la secundaria?» Y ella, ni tonta ni perezosa, le replicó: «¡Claro que sí, pero eso era en la escuela; ahora estamos hablando de la realidad!». Es un caso extremo, lo sé, pero ni piense el lector que una buena parte de las respuestas que obtuvimos en nuestra encuesta de 1989 andaban muy lejos de esas «joyas».
Tras la transmisión de aquel reportaje, que me acarreó serias dificultades con la Directora del Departamento de Extensión Universitaria (hace años vive en Miami), y hasta con el Rector de entonces, puesto que esperaban un material complaciente donde se destacaran logros y perspectivas, se me empezaron a desinflar muchos mitos en los que desde la infancia creí a ojos cerrados: el prestigio de un título universitario tal vez fuera el más dañado. Y también el tono categórico con que se proclama que la educación actual goza en nuestro país de una calidad muy superior a la de antes de la Revolución. Tal vez sea hora de abandonar ya las comparaciones de la actualidad con lo sucedido antes de 1959 y comenzar a hacerlo con otras etapas del período revolucionario.
-II-
El incremento sostenido de las oportunidades y opciones no genera mecánicamente un incremento de los resultados en sus dos magnitudes complementarias: la cuantitativa y la cualitativa. En una esfera tan compleja como la de la cultura (no excluyo de ese universo, claro está, a la educación) es donde menos se puede violentar la segunda ley de la Dialéctica, pues hemos presenciado con mayor frecuencia que lo aconsejable el que a una acumulación cuantitativa desmesurada y caótica le siguiera, en lo inmediato, una distensión en el rigor, unida a un desdibujo de las sutilezas y las jerarquías. Sobrarían ejemplos al respecto, pero solo me remito ahora a uno, ceñido a la literatura: ya hoy las instituciones y la crítica miran con ojeriza algunos de los resultados de lo que en su momento se llamó «masificación de la cultura». Todos conocemos cómo, a expensas de un programa expansivo a ultranza, se acuñó la condición de escritor, no como resultado de un proceso de acumulación paulatina, sino derivada de una multiplicación igualitarista que, de alguna manera, franqueó umbrales adonde, antes del hecho editorial concreto, los aspirantes a autores solo podían arribar tras acciones formativas y competitivas de diverso tipo, perfiladas en la vida literaria cubana con cierto cuidado en aras de no regalarle el «pasaporte de escritor» a cualquiera. Es un hecho, validado por la naturaleza y la praxis social, que abrir de golpe y porrazo las compuertas de lo largamente represado genera inundaciones dañinas para los cultivos y para todo lo que lo rodea. Valga, una vez más, la metonimia. La administración de la equidad no puede desconocer que una política inclusiva solo alcanza sus verdaderos objetivos cuando el arribo a las metas se alcanza sin que los competidores deban rebajar la velocidad o disminuir la altura a saltar. Igualdad de oportunidades no tiene por qué ser equivalente a multiplicación inmediata —y no pedestre— de los resultados.
La voluntad estatal revolucionaria apuntó siempre hacia la generación de nuevos espacios y acceso de un mayor número de personas a las propuestas educacionales y culturales en general. De la misma manera se modernizaron estructuras y métodos; no obstante considero que cierto fervor cuantitativo, con el afán de que tributara estadísticas contundentes al discurso público emitido hacia el mundo de manera que redundaran en la validación de nuestro proyecto político, trajo aparejadas reducciones y tolerancias evaluativos en torno al rigor formativo de los profesionales al extremo de que, al cabo de las décadas, podemos hablar sin susto de una formación integral menos completa en todos los órdenes, pese a la proclamada «integralidad». Con evidente astigmatismo y escasa conciencia de la tradición pedagógica, la educación cubana diseñó su filosofía sobre una absurda antonimia entre integralidad y especialización, desde siempre complementarias. Paradójicamente, aquel axioma de que «el que solo sabe de Medicina, ni de Medicina sabe» opera hoy con mayor fuerza que hace treinta años, aunque no sobraría añadirle, con susto, que «también de Medicina debe saber el médico», contrasentido que con mayor frecuencia que la deseada recientemente nos ha afectado a los ciudadanos de a pie.
Aclaro rápidamente que el punto de referencia para comparar (treinta años) lo escogí al azar, porque un período mayor o menor hubiera servido igual, puesto que se trata de un proceso sin revertir aún, pese a la conciencia de su dudoso legado, como se reflejó en los debates del último congreso de la UNEAC, donde con evidente consenso del plenario Alfredo Guevara y Graziella Pogolotti, entre otros, aportaron razonamientos medulares en torno a dichas problemáticas.
-III-
Muchas personas de mi edad (nací en 1949), y otros más jóvenes, seguramente recordarán, por solo citar unos ejemplos, a aquellos maestros normalistas, doctores en Pedagogía, en Filosofía y Letras, en Medicina: verdaderos ejemplos de portadores y transmisores de cultura que hasta no hace mucho ejercían su influencia desde la enseñanza media hasta las cátedras universitarias. También los más jóvenes recordarán a los licenciados que año tras año egresaban de nuestros institutos pedagógicos y escuelas formadoras de maestros. Lástima que fueran insuficientes para los ambiciosos programas de la Revolución, más aún tras el retiro de los más viejos y la migración ramal de los otros hacia organismos de menos exigencias extremas en el equilibrio entre obligaciones y derechos del trabajador.
Estimo que la formación de nuevos profesionales en las direcciones arriba apuntadas debió tender siempre, como fue en algún momento de los últimos cincuenta años, hacia las cotas que marcaba la rica tradición nacional, e incluso superarlas. La emergencia que vivimos en los años sesenta con los alfabetizadores y maestros del llamado Seguimiento (fui uno de aquellos maestros voluntarios en la batalla por el sexto grado), en los setentas con el Destacamento Pedagógico Manuel «Ascunce Doménech», y reeditada en los dos miles con Los Valientes no puede seguir operando cíclica y cotidianamente en un país que ha invertido sus mejores recursos humanos y materiales en la educación y, como parte de su lógica, en la formación de decenas de miles de profesionales en sus institutos pedagógicos y universidades.
-IV-
Pero vuelvo a la Universidad Central de Las Villas. Un rápido pase de vista me ubica en los años sesentas, época en que dicho centro era el principal irradiador de cultura del territorio de la antigua provincia villareña. La revista Islas y los libros de la Dirección de Publicaciones, bajo la delirante y sabia guía de Samuel Feijoo; el cine club, con el concurso de Nathan Galpert y el destacado y tristemente desaparecido crítico de cine José Antonio González (conocido en aquellos predios como Pepe Jruschov); el grupo de teatro que fundara y dirigiera Irma de la Vega; el conjunto de danzas «13 de Marzo», de Víctor Vázquez (de inicio de los setentas) y el nivel de participación de los estudiantes en la animada vida cultural universitaria operaban a favor de la verdadera integralidad de los educandos. Competía sanamente la universidad de aquellos años, como irradiador de influencia, con el Consejo Nacional de Cultura, y le ganaba la mano, diría yo que por visible margen.
La Universidad Central de Las Villas se fundó en noviembre de 1952, y la Facultad de Letras fue de las fundadoras. Cuando le echamos un vistazo a sus sucesivos y competitivos claustros nos preguntamos cuándo fue que comenzó el relativo divorcio entre los contenidos impartidos allí y la animada vida cultural, primero villareña y luego villaclareña. Y la inquietud se acrecienta porque el mutuo ninguneo se produce en la época en que se proclama con más vigor y entusiasmo que el graduado universitario debe vivir inmerso en los problemas de su entorno social, pues estos constituirán, a corto plazo, sus principales retos profesionales.
Son muchas las veces en que he asistido a la universidad, como escritor invitado, a actividades concebidas por los profesores y por el Departamento de Extensión Universitaria. Mi experiencia —y algunos colegas opinan de manera similar— es que el alumnado, sobre todo el de Letras (pues no sucede lo mismo con los de Ingeniería Eléctrica o Cibernética, por ejemplo), deviene público cautivo, en buena medida desinteresado de lo que ocurre en nuestros encuentros. Muchas veces me he preguntado la razón y al recordar que en los lejanos ochentas a una joven se le impidió presentar su trabajo de diploma sobre los jóvenes poetas de Villa Clara porque «no eran escritores reconocidos aún» (que sí lo serían en breve) y constatar además que nuestras presencias en dicho plantel se concretan como actividad complementaria, sin que incida de ninguna manera en los resultados docentes, comprendo por qué en los últimos tiempos la mayor parte de esos estudiantes son ausencia vitalicia en las numerosas actividades literarias que desde hace más de dos décadas se vienen sucediendo en su entorno inmediato.
Puede hoy cualquier institución literaria convocar al más atractivo evento (las ferias del libro, por ejemplo) donde se concretarán intercambios de valor sobre diversos temas expuestos por autores de las más alta jerarquía, procedentes de todo el país, y pocos hallarán en ese espacio, motu propio, a muchos estudiantes de letras, a no ser que lo hagan, como logramos concretar en cierto momento, porque el claustro de la Facultad les considere esa participación como componente práctico de sus estudios. El filólogo, o licenciado en letras, o en estudios socioculturales de los tiempos actuales es un ente profesional que vive la cultura mayoritariamente en los libros, por lo general en la bibliografía pasiva, pues no pocas veces hemos visto exámenes brillantes, calificados con buena nota, cuya exposición constituye un diálogo con lo que los críticos han dicho de determinada obra o determinado proceso. En pocas ocasiones esos análisis se centran en el proceso o la obra en sí, y cuando lo hacen, por lo general impera una mirada descriptiva o panorámica. La mayor parte de esos profesionales, cuando arriban a instituciones y tropiezan con el reto de ejercer la crítica al texto o al acto inmediatos, quedan de piedra, como hemos comprobado en tantas ocasiones.
En mi época de trabajador de la universidad, el Departamento de Extensión Universitaria centraba su labor en torno a tres estrategias cuya ineficacia comprobábamos con espanto a diario los que nadábamos fuera de esas aguas, aunque dentro del océano (yo era trabajador «no docente», como corresponde a mi falta de título). Lo que ellos llamaban docencia se limitaba a un grupo de generalidades de pasmoso reduccionismo, compiladas en una asignatura no curricular que llamaban «Apreciación de la cultura cubana». La segunda estrategia apuntaba a una programación cultural de disperso algoritmo, cuya más sistemática acción era la exhibición cinematográfica de las películas del circuito de distribución del ICAIC, ya desde entonces, ganada por Hollywood en un por ciento superior al sesenta. La última estrategia proponía desplegar una amplia participación de la masa aficionada en las presentaciones de los Festivales de la FEU, una por facultad obligatoriamente (¡las cosas que debimos ver en escena, Dios mío!), porque aquello se convirtió en una tarea a cumplir, que definía el prestigio del Buró de la FEU y del de la UJC de cada Facultad. Ir y «tirar» su festival, quedara como quedara, se erigió asunto de honor para los dirigentes a ese nivel.
Recuerde el lector que hablo de finales de los años ochentas, y de una universidad que apenas dos décadas atrás, marcara la vanguardia en los pronunciamientos culturales del vasto territorio de la antigua provincia de Las Villas. En la actualidad, veinte años después, aquel ambiente que reseño no parece existir ni en las ilusiones de los más ingenuos.
-V-
Corro el riesgo de remitirme demasiado en mi experiencia personal, pero luego de que salí de aquel empleo de divulgador en el bello e inquietante centro universitario, pasé en 1990 a atender el frente de Literatura del Centro Provincial del Libro y la Literatura; allí, año tras año diseñé con el concurso del equipo que me tocó dirigir, acciones en las cuales pretendíamos involucrar a la masa universitaria en nuestra vida cultural. Los llamados «Día del escritor», las ferias del libro, el consejo editorial de Capiro, la propuesta de elaborar de trabajos de diploma y de curso sobre las obras de los autores más destacados y los procesos más intensos tuvieron siempre una concreción azarosa y tangencial, pese a lo mucho que bregamos y a la casi siempre teórica «receptividad» de las autoridades responsabilizadas con la ejecución. Una buena parte de las acciones naufragaron en las consabidas limitaciones materiales y ante la imposibilidad de planificarlas fuera del recinto docente. El ejemplo de la feria bastaría para ilustrarlo, pues siempre la universidad ha aspirado a que le lleven la feria allá declarándola subsede, pocas veces se han ceñido a la idea de entrar en la lógica de la propia feria, pese a los esfuerzos y la comprensión de algunos profesores que hoy llamo «adelantados», aunque acaso fuera mejor llamarles continuadores de aquellos de los sesentas-setentas, que tanto lucharon por adelantar el momento por el que aún ellos luchan.
Los trabajos de diploma, para ser justos, concretaron algún que otro pelo del lobo, pero quedan aún por analizar debidamente un copioso cuerpo literario y un acontecer institucional que ojalá el futuro incorpore como objeto de atención de esos profesionales que, de no ser esas prioridades, no sé cuáles otras pudieran interpretar como más útiles.
Menos mal que desde hace tiempo ya no soy divulgador de ningún centro y nadie podrá orientarme hacer un reportaje (salario y disciplina laboral en juego) para medir el estado de la cultura integral de los educandos. No sé con que podría tropezarme. Aunque confieso que me gustaría mucho que alguien, para callarme la boca, hiciera esa investigación y constatara que tanto Romeo y su amada Julieta, como Isaac Newton, pese a sus indudables muertes — literaria la de los primeros y real la del otro— viven una vida más sana en la formación cultural de quienes, en breve plazo, exhibirán por el mundo el prestigio de la educación cubana.
Santa Clara, 20 de noviembre de 2008