De todas, Baracoa fue la última que conocí. El designio resulta para mí simpático: fue la primera en ser fundada, en 1512. Diego Velázquez supo escoger el sitio y el nombre: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa. Desde la ciudad se admira un paisaje magnífico. Lo primero que se divisa es el Yunque, esa montaña extraña, como recuerdo de una era ignota, cuya cima es una planicie. Sobresale como si se tratara de un enorme barco anclado en tierra, o el yunque pétreo donde Prometeo habría de cincelar el hierro, pero en verdad es una graciosa montaña inofensiva, rodeada de vegetación por todas partes.
Baracoa tiene unas calles anchas y otras angostas, pero la más bella es el breve malecón que deja admirar el Atlántico, debajo del célebre Triángulo de las Bermudas. Es un mar azulísimo que contrasta con las verdes tenazas terrestres que forman la bahía. La Iglesia parroquial de la ciudad está situada al final de la pequeña y vieja plaza, fue el primer obispado de Cuba, al menos como nombramiento, pues luego se trasladó en 1523 a Santiago, a donde llegó el primer obispo católico de Cuba. La iglesia contiene reliquias, entre ellas quizás la única cruz legítima de las que trajo el Descubridor a América, a la cual se le han hecho numerosas pruebas de legitimidad y siempre da positivo respecto del año del Descubrimiento.
Santiago de Cuba es una de las mayores ciudades de la cuenca del Mar Caribe. También en sus cercanías hay montañas bellísimas, como la Gran Piedra, a media hora del centro de la capital provincial, o Puerto Boniato, desde donde se puede ver toda Santiago con su bahía de bolsa, sus islas preciosas, sus nuevos barrios cargados de edificios semejantes. Santiago es la Trocha, sitio de carnaval, calle de fiesta intensa. El vigoroso tránsito humano por Enramadas le da aires de arteria de metrópoli. Las gentes son muy sociables y sonrientes, se puede conversar con cualquiera en medio de la calle Heredia, o parado frente a la altiva casa de Velásquez, museo estupendo, si cabe ese adjetivo entre los notables museos de la ciudad, como el Bacardí, donde los cubanos nos damos el lujo de ver con nuestros propios ojos una momia egipcia en su ataúd.
El sitio donde se encuentra Santiago es uno de los más bellos del país. El cercano pueblecito de El Cobre resulta un jardín, debería todo él ser Monumento Nacional, como lo es el Santuario (Basílica) de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, cuya imagen fue coronada en Santiago de Cuba por el Papa Juan Pablo II. La Catedral santiaguera es un edificio de distinción, con ángeles de trompetas en sus torres mientras que en los bajos, al frente, varias boutiques ofrecen objetos de alegría al turista y a quien pueda comprar. Esa magia surrealista es propia de la ciudad del histórico Moncada, de la Granjita Siboney, de la calle-escalera Padre Pico, de las plazas discretas y llenas de encanto, de los hoteles confortables, pero sobre todo del realismo mágico que la fecunda.
Bayamo se dio fuego a sí misma cuando los españoles quisieron tomarla, tras haberla liberado los mambises. Es la ciudad del Himno Nacional: «Al combate corred, bayameses…» Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, parece perpetuamente reencarnarse allí en cada cubano que nace. Bayamo es tierra de poetas célebres y de coches, y de calles tortuosas y limpias. Su gente no solo es emprendedora, sino que ha alzado la historia local a hitos nacionales, como es el caso del mítico poema Espejo de paciencia, aquel que narró un episodio de lucha contra la piratería, sobre 1608, e hizo héroes, por primera vez en Cuba, a un negro y a una población valiente. Me gusta mucho Bayamo, tranquila y acogedora, tiene un formidable teatro y asombran sus instalaciones sociales y deportivas.
Con Camagüey repetimos un lugar común al llamarla «ciudad de los tinajones», en tanto ellos cada vez poseen más función decorativa y menos de recipientes de aguas pluviales. El centro de la ciudad ofrece un paseo fantástico entre iglesias vetustas y el constante movimiento de su población. Aunque se da el lujo de tener un edificio de treinta pisos, lo más sobresaliente siguen siendo las torres de sus iglesias, propias de los estilos mezclados del barroco cubano. Son mero eclecticismo, iglesias «mestizas», como el pueblo que durante siglos ha concurrido a ellas.
La alegría camagüeyana se advierte en su pavimento, en las estrechas aceras, en las fachadas multicolores de sus casas. El recuerdo de la Avellaneda y el culto a la figura de Nicolás Guillén, insignes poetas camagüeyanos y universales, no opacan la gracia con que se recuerda a Ignacio Agramonte, el inteligente y romántico líder mambí, excelso «bayardo». Este fino hombre, caballero de pluma y poesía, que tomó las armas para liberar a la colonia del poder español, está disuelto como polvo de oro por toda la ciudad, incluso en un ancho parque llamado el Casino Campestre, suerte de pulmón de la creciente ex villa, convertida en una de las ciudades más bellas de Cuba.
Por un tiempo se creyó que Sancti Spíritus era el centro geográfico de la isla, pero no se encuentra lejos de él. Se fundó en 1514 y es una de las ciudades más antiguas del país. Tiene para mí la ternura del seno paterno: en la impar Plaza de Jesús y en 1908 nació mi padre Virgilio Bernardino, hijo de sargento de la Guardia Rural y maestra de escuela, quienes debieron seguramente concurrir más de una vez a la Iglesia Mayor, cuyo significativo atributo es una alta y gruesa torre que desde lejos pareciera nuncio de catedral, no de una sencilla parroquia. Desde mi infancia, me fascina el puente curvo encima del río Yayabo. Era yo un adolescente cuando pasaba sobre él, rumbo al trencito de vía estrecha que a la sazón, años de 1960, conectaba a la ciudad con su lejanísimo puerto llamado Tunas de Zaza, pueblo macondino en la desembocadura del río Zaza, el más ancho que viera en mi niñez.
Es curioso que la ciudad del Santo Espíritu, consagrada a la cúspide de la Divina Trinidad, tenga unión por carretera hacia la más antigua villa de Trinidad, la única que conserva bastante intacto su época de esplendor colonial. Está situada en una suerte de hoyo, de valle rodeado de colinas, con la cordillera de Guamuaya algo más lejos y el mar a sólo 8 kilómetros en el puerto de Casilda. En Trinidad hay cuevas y playas, campismo montañés y ríos casi incontaminados. Cerca, el espléndido valle de San Luis fue rebautizado como «de los Ingenios», porque había muchos allí en el siglo XIX, lo que convierte aún a la región en una verde melena de hojas de caña, movida por el viento en forma de olas, semejante al trigo. Sobresale allí la simpática Torre de Iznaga, raro mirador agreste.
Trinidad es preciosa: una curiosidad de calles de piedra, de iglesias señoriales, de casonas que querrían suplir la distancia con la Capital del país mediante un lujo provinciano exportado de Hamburgo, de Francia, de España. El parque central de la ciudad es una maravilla de conservación: elegante obra de arte de la arquitectura urbana. El Palacio Brunet se ha convertido en el Museo Romántico y de artes decorativas, y le da un sentido de ambición, de ínfula de ciudad de alto vuelo para pobladores otrora enriquecidos con el café y los frutos de la rica región campestre.
Pero el alto relieve de gran ciudad le corresponde a La Habana, la séptima villa fundada en 1516, devenida capital de la Isla tras serlo antes Baracoa y Santiago. Es una de las ciudades más bellas de América, encantadora, mágica y hasta misteriosa, no tiene par en el mundo. ¿Qué decir de La Habana, o cómo decirlo, si ya ha sido cantada por Luis Cernuda o por José Lezama Lima? «Si me pierdo, búsquenme en La Habana», dejó escrito Federico García Lorca, quien fue feliz en ella en 1930. Su extraordinaria zona antigua resulta mejor caminarla que describirla. El panorama desde las colinas de las fortalezas de La Cabaña y de El Morro, creo que tiene poco que envidiar a la exótica Río de Janeiro vista desde el Pan de Azúcar, a la mítica Venecia observada desde el Lido, o incluso no da celos a ciudades tan distinguidamente bellas como París, Praga o Florencia, o lo que se puede ver de la poluída México desde el Castillo de Chapultepec.
Porque La Habana es una ciudad peculiar desde que fue fundada en la Bahía de Carenas, magnífica bolsa, puerto de los mejores del mundo. Poco queda de sus murallas, la Catedral es una de las iglesias más fotogénicas del mundo, con sus nichos vacíos, porque los Santos de piedra que venían desde España a decorarlos, se hundieron en el mar con el barco que los transportaba. La Avenida del Puerto y el larguísimo paseo del Malecón son otras de sus galas, como lo son sus cinco grandes plazas: la de la Catedral, la de Armas, la de San Francisco, la Vieja y la Placita de Jesús. Yo las nombro sin describirlas, es como el «nombrar las cosas» de la poesía de Eliseo Diego, un nombrar que actúa como abracadabra, como conjuro de sus bellezas.
La Habana es, de las siete villas primitivas, la única que se hizo millonaria. Durante mucho tiempo fue una de las mayores metrópolis del Nuevo Mundo, con México, Buenos Aires, la creciente Nueva York, las rápidamente desbordadas Río y Sao Paulo. Sin embargo, La Habana conserva una dosis de privacidad, una como confianza de secreto urbano, un aire de intimidad, que no lo alcanzan otras ciudades cosmopolitas. Podría hablarse de las siete maravillas de La Habana (el Capitolio y su entorno, el complejo Morro-Cabaña, el Edificio Bacardí, la Plaza de Armas…), en una polémica postulación que conduce a muchos sitios, incluso al Bosque del Almendares, «mi río», como lo llamó Dulce María Loynaz. La Habana es su cielo, dice Cernuda, y su gente, decía Lorca. Pero La Habana es sola ella, singular, corona y estrella del Nuevo Mundo. La mayor de las siete primeras villas de Cuba.