¿Significa la risa una verdad?
¿En tanto el resultado cómico depende de cierta comunión entre los códigos que, necesariamente, se activan entre el emisor y el receptor? ¿Implica su efectividad que sean exactos sus significados?
¿Se establece un enunciado humorístico para conseguir algo específicamente, ya sea dentro de los marcos sociales, ya en el universo más complejo y abierto del proceso cultural?
¿Entraña lo cómico una búsqueda del revés de las costumbres?
¿Se trata, verdaderamente, de un mundo invertido lo que percibimos con el humor?
Indagando en sus signos y estructuras hemos ido abordando varios aspectos relacionados con esta importantísima cuestión. La respuesta, no obstante, me recuerda a esas obras de ficción heroica en las que ciertos enigmas planteados a sus protagonistas se resuelven de la manera más simple y, por tanto, más insólita. Reír no depende, imprescindiblemente, de que sean ciertos o no los hechos referentes, ni siquiera, de la abyección o nobleza de los sentimientos que medien entre el objeto risible y el sujeto riente. La única verdad insoslayable de los enunciados humorísticos es aquella establecida por la función significante misma. La eficacia del absurdo prueba, justamente, que los procesos en los cuales la risa es puesta en juego devienen de la situación enunciativa antes que de otros referentes socioculturales. Es obvio que ello no implica un desentendimiento absoluto entre unos y otros; pero sí indica que, con independencia de la fuente en que esa risa se fundamente, ella depende, primero e imprescindiblemente, de la estructuración del enunciado en su función significante. Sin embargo, cualquier acto de significación se relaciona con modelos del mundo ya organizados en la conciencia de quien ejecuta esa acción significante. Un chiste puede ser cruel porque revele un segmento de crueldad del devenir social, o de una de las específicas maneras del comportamiento. Pero ello no implica que se promueva, desde tales enunciados, una concepción cruel del mundo ni, llevándolo al extremo inverso, que la fuente del chiste sea ofrecida a la manera en que los dadaístas presentaban el arte decadente burgués en sus performáticas acciones: para que el público pudiera destruirlo a hachazos. La crueldad es una condición humana más y, como tal, puede también conducir al humano vicio de reír.
Cuando Henri Bergson asegura que, para el filósofo, el humor es como una amarga espuma1, lo condena a una categoría subalterna dentro de la experiencia humana y, sobre todo, reduce la verdadera incidencia que puede tener para la sociedad la acción de las capas más bajas, de las clases y grupos sociales más nutridos como portadores potenciales por excelencia de las enunciaciones cómicas. Y no es que tan eminente filósofo haya creado semejante condena, pues ya el proceso cultural de la sociedad que Aristóteles analizaba contenía un buen arraigo de semejante tradición. La asimilación del carnaval como simple inversión de roles es, también, un síntoma importante de la permanencia de esas bases interpretativas en las que lo cómico se instaura más gracias a nuestra capacidad de tolerancia, que por constituir una de nuestras necesidades vitales más legítimas.
No dudo, más bien es lógico pensarlo, que detrás de un simple chiste el agudo filósofo, el sociólogo o el psicoanalista, desentierren profundas dosis de amargura relacionadas con las complejas especificidades de sus zonas del conocimiento. Pero ello se instaura a posteriori, pues también pueden obtenerse semejantes resultados tras el análisis de la poesía —ya en las Obras Completas de un prolífico y profundo autor, ya en un poema, ya en un simple tropo del lenguaje—, de la novela, creando en ella similar deconstrucción hacia sus propias unidades mínimas, y asimismo en el teatro —intelectual o popular; proto o altamente especializado por sus asertos dramatúrgicos—, las artes todas y, además, las normas de comportamiento humano en sus más diversas especificidades.
¿Por qué, no obstante, una idea que se expresa con un chiste, o con un aserto humorístico, perdura mucho más en la mente humana? ¿Por qué esa misma idea, en la mayoría de los casos, se resiste a la expresión razonada y tiende a “explicarse”, de nuevo, por el chiste mismo? Son preguntas que, de algún modo, nos han llevado al transcurso de estas indagaciones, a la búsqueda minuciosa en el interior de las frases, los dibujos o los gestos más simples.
Si bien la comedia puede ser concebida en términos demoledores, bajo sentencias y normas que poco dejen en pie acerca de los referentes sociales que nutren sus sistemas significantes, en general, ella tiende a plantear una necesidad reintegradora de los órdenes sociales que la representan. Así, el humor no solo denuesta, sino que también, y con mayor frecuencia de lo que se supone, exalta y recompone. Detenerse, después de haber disfrutado de la risa, a entresacar su lado oscuro, colocando en ese sitio, como un objeto de monolítica verdad, lo que oscurecidamente percibimos del contexto social, es apenas un acto de tendenciosidad reductora que, convertido en filosofía plena, puede —y lo ha hecho— hacer sucumbir a generaciones de creadores y hasta de pensadores.
Como el discurso de la risa, por su efecto mismo, reconvoca al sentido que el receptor asocia a lo enunciado antes que a sus modos de ingenio estructural, se le adjudica el tabú de lo execrable y se le condena al ritual cuya “contaminación” con lo bajo del saber puede anularlo. “Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclusivo o privilegiado del sujeto que habla: he ahí el juego de tres tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja malla que no cesa de modificarse” —dice Michel Foucault2. El emisor de comunicación que en la risa se concentra, pierde su privilegio, ve limitados los rituales en los que podrá circunscribirse y carga el tabú como un atributo del objeto mismo de la comunicación. Del mismo modo en que el sofisma quedó desplazado por el comentario, como lo hace ver Foucault párrafos después de lo citado, el aserto humorístico fue relegado por el aforismo serio; el escándalo acusador de la carcajada se ve sustituido por el silencio encubridor del acto reflexivo. La doble dirección de lo representado prefiere descargar el valor en el sitio silencioso del comentarista antes que en la imbatible bulla del que ríe.
¿Entraña por esto una verdad la risa? ¿Es su tajante resultado un emisario infalible de la certidumbre? Tal vez esa doble dirección, que exteriormente responde de modo negativo en tanto va atesorando un miedo interior a la respuesta afirmativa, revela la paradoja que aún sostiene el tabú hacia lo humorístico.
Si recuperamos, de momento, el ridículo sufrido por la anciana que columnas atrás vimos caer con sus huesos al camino3, y no abandonamos demasiado estas ideas que permanecen aún después de transcurrido el siglo XX, podríamos arribar a un sentimiento de duda existencial, a un metafísico divagar sobre los rumbos de nuestra mortal existencia que alejarían para siempre la posibilidad de reír. No es la conciencia ni, siquiera, el repentino descubrimiento del ridículo lo que motiva la risa en casos semejantes, tal como lo aprecia Freud equilibrando la frase poner en cómico a la expresión lexicalizada de poner en ridículo4, sino el descubrimiento, sorpresivo y simultáneo, de un nuevo significado en la cadena del significante ya supuesta por el espectador. Si viéramos, por ejemplo, a un primate desplazándose en su precaria cuadrupedia y, de pronto, descubriéramos que se yergue y que continúa su avance tal como uno de nosotros, también podríamos concluir en risas, aunque para ello es necesario un hábil manejo manipulador de la consecución de las imágenes.
¿Por qué, en tal caso, debe parecernos ridículo que el hombre evolucione?
¿Porque, desde luego, no esperábamos que se nos presentase una versión, en cámara rápida y con un único individuo, de la transformación evolutiva de la especie humana?
Ello aclara que no es precisamente la evolución del hombre lo que nos haría reír, sino la manipulación que pueda hacerse de esa peculiar circunstancia enunciativa. En general, las salidas sorpresivas provocan hilaridad porque muestran un grado muy factible de operatividad que busca obtener justo ese resultado. En ellas son fácilmente detectables las codificaciones pertinentes y se advierten con mucha rapidez las rupturas de los estatutos sintagmáticos. Pero advertir, de esa manera aprehensiva y vertiginosa, que el humor requiere tales quiebras del sentido sintáctico de las actitudes, no establece, con exactitud, que los paradigmas detectables en el proceso de sus connotaciones se estremezcan, pues el chiste adquiere una búsqueda ideológica solo cuando incide en un constructo de sentido que expresaba ya previamente esa ruptura en los paradigmas cuestionados y solo, además, si sus resultados de significación son conducidos hacia otras zonas tanto del conocimiento como de la praxis vital humana.
1-Enrique Bergson: La risa. (Traducción de P. Girosi) Editorial Tor, Buenos Aires, Argentina, p. 156.
2-Michel Foucault: El orden del discurso, Tusquets Editores, Buenos Aires, 1992, p. 13.
3-Véase mi columna "El carnaval de lo cómico", CubaLiteraria, Agosto 6, 2007 URL: http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/ficha.php?s_Seccion=61&Id=4205
4-Sigmund Freud: "El chiste y su relación con lo inconciente" en Obras escogidas de S. F., La Habana, 1972, pp. 603-853, T. 2.