Narciso, las aguas y el espejo, de Virgilio López Lemus, es un ensayo de peculiar relieve, tanto por su personal enfoque —tan ahondador y ensimismado—, como por ser vehículo de un modo estilístico fuera de lo común en la literatura cubana, al menos en las últimas décadas. El libro alcanza un especial calibre por su infrecuente tono; en primer término, se trataría, en apariencia, de un acucioso estudio acerca del mito de Narciso. Este propósito —que no es el esencial del libro— es alcanzado a partir de una búsqueda que permite visualizar al autor como alguien con privilegio de acceso a la biblioteca de Babel, tanta es la minuciosidad, el dominio del detalle preciso, el ensimismamiento en corredores insondables de la cultura euroccidental.
Mi lectura del libro de López Lemus se realiza desde la experiencia personal de haber dedicado dos años a un estudio, mucho más restringido en cuanto a campo y complejidad, sobre Muerte de Narciso, el extraordinario poema de Lezama Lima.1 Esa investigación me permite valorar aún más —por revelarme tantas zonas y matices deslumbrantes— la estatura de Narciso, las aguas y el espejo, libro que, como señala el destacado investigador Fernando Aínsa en el prólogo que escribe para dicha obra, “[…] eleva el mito clásico de Narciso a la categoría de un ars poetica de sugerentes variantes”.2 Tiene razón el prestigioso ensayista español: el libro de López Lemus es una teorización sobre la poesía, hecha desde el legítimo tono de la libre reflexión creadora, que en su libro parece, a primera vista, algo así como un hálito de renovación, pues la ensayística cubana de las últimas décadas, ¡ha sido tan enteca, tan supeditada a prácticas mecánicas más propias de la investigación que de la subjetividad creadora!
Es esencial, para la entraña del género, el juego de balanza que es típico del ensayo, con su entrar en la hondura de un tema, y, a la vez, emerger del objeto de la meditación, para dar testimonio de la personalidad del escritor en su estremecimiento y su pasión! Algunos de los ensayos que han visto la luz en esta Isla, donde ese género ha alcanzado cimas eminentes, ¡han estado, a veces, en estos años, tan ajenos al riesgo conceptual, a la aventura axiológica, a la literaturidad intensísima del género que, en el orto mismo de su aparición en los albores de la Modernidad, fue con Montaigne, ante todo expresión poética en prosa! Posiblemente sea este aspecto, ese rescatar un sello en vías de evaporación, una de las notas resonantes de Narciso, las aguas y el espejo, libro que nos devuelve a la tradición misma del ensayo cubano, y, al mismo tiempo, es resultado de una concentrada trayectoria intelectual, libro que resulta objeto de sustentada teorización, con un trazado firme y personal, un modo de concebir el concepto de poesía con tono expresivo que parece una invitación a recordar la mágica afirmación de Ballagas, en este año de su centenario: “Yo he inventado la poesía”, para añadir al instante: “Otros han venido inventándola antes de que yo naciera”.3 López Lemus, en este su absorbente ensayo, también se atreve a inventar la poesía, y levanta su ars poetica desde el mito de Narciso.
De este modo traza una imagen que emana a la vez del ensayista y del poeta: “La poesía es lo que se ve en el lago: hacia dentro, hacia el misterio de la muerte; hacia lejos, hacia el horizonte, el arcano del viaje, y todo viaje sigue la flecha del tiempo, hacia el futuro: toda laguna es la Estigia”.4 Es el tono del ensayo cabal, libre de obsesivas ataduras académicas. Esta ars poetica se construye sobre cimientos de lúcida indagación, pero están soterrados, lejos de la vista del lector, ante quien se sitúa un texto jalonado por tropos, meditaciones, referencias directas, alusiones transparentes y otros malabarismos de escritura, que son evanescencias —signos de signos, ecos intertextuales que, con la flexibilidad de la cultura cabal, esboza intangibles y profundos nexos con Eco, la ninfa inseparable de Narciso—.
La lectura que ha propuesto el ensayista para la historia simbólica de este personaje es múltiple: tanto filológica —en el desciframiento de entresijos mitológicos—, como estética, por su densidad ontológica; como muy contemporánea en su apoyarse, sin arideces, en grandes dudas y enormes aportaciones de hombres de ciencia, desde Freud a Lacan. Por ello el multifacetismo, la devoradora curiosidad por abordar el símbolo —Narciso como uno de los rostros proteicos del ser humano—. Pero la orientación es, de forma constante e inviolable, poética: “En Narciso hay algo más que la dimensión narcisista, innegable desde Freud, pero que no es el camino poético, sino más bien el conductual. Votemos por el Narciso de la imaginación, el que ve su imagen e imagina”.5 La concentración teleológica en el diseño de una poética, no excluye en este ensayo —por el contrario, la reclama— una perspectiva cultural, lo que permite al autor dirigir su perspectiva hacia uno de los ejes más firmes y característicos —si se da crédito a la reflexión concordante en lo esencial de Lezama Lima, Carpentier y Sarduy— de la expresión literaria hispanoamericana: el barroco. López Lemus advierte con agudeza: “Si entendemos por «barroco» un estado del espíritu (humano más que «de época») y no sólo una etapa del desarrollo de las artes y las letras, el mito de Narciso lo es en esencia”.6 Tanta razón tiene el ensayista, que Muerte de Narciso, de Lezama Lima, es, sin duda, una de las piedras miliares del neobarroco en Cuba. Su valoración de este tópico fundamental para comprender la cultura y la expresión artística cubanas, alcanza intensidad clarividente cuando afirma: “El mito de Narciso interesa a la percepción barroca del mundo. El barroco en poesía tiende a ciertas complejidades del temperamento humano, con búsqueda en su intelectivización; o sea, se parte de una apreciación intelectiva del mundo”.7
El trayecto meditativo de Narciso, las aguas y el espejo rebasa los estrictos límites de la cultura cubana: la imagen que perfila el ensayista, abarca todo el discurso poético iberoamericano, y construye, más allá incluso de esa ars poetica, una enorme pintura mural de la palabra lírica en nuestra América, tanto como, empinándose en el propio despliegue de su discurso, la lógica interna de su concepto de poesía fluye hacia la expresión de perfiles interconexos de la cultura como ámbito humano, en su relación con la finalidad misma del arte y la aparencial ambigüedad de nuestra era, ni tan imaginaria como las de Lezama, ni tan apocalíptica como a veces se nos quiere hacer pensar. Del mismo modo que Narciso, absorto en su reflejo, nuestra época se observa con una muda intensidad parecida a la pasión, y en su escrutinio del reflejo propio descubre, como advierte López Lemus, que “el mito de Narciso tiene mucho más que decirnos todavía”.8
1 “Mundo literario y lenguaje en José Lezama Lima”, en colaboración con Ana María González Mafud, Mención de Honor en el IV Concurso Hispanoamericano de Ensayo sobre pensamiento y lenguaje “René Uribe Ferrer”, convocado por la Universidad Pontificia Bolivariana de Bogotá y el Instituto Cervantes de Madrid, 2007.
2 Fernando Aínsa: “Reflejos especulares de una puesta en abismo”, prólogo a: Virgilio López Lemus: Narciso, las aguas y el espejo. Una especulación sobre la poesía. Ed. Unión. La Habana, 2007, p. 13.
3 Emilio Ballagas: “La poesía nueva”, en: Cuadernos de la Universidad del Aire, curso de verano de 1949. La Habana. Ed. Lex. No. 8, septiembre de 1949, p. 51.
4Virgilio López Lemus: Ob. Cit., p. 45.
5Ibídem, p. 79.
6Ibíd., p. 83.
7Ibíd., p. 155.
8Ibíd., p. 226.