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Al compás del cha-cha-cha del tren
Ricardo Riverón Rojas , 17 de diciembre de 2008

Al compás del cha-cha-cha del tren

(digo: del camión)


Una buena tarde de 1986, por iniciativa de alguien ya olvidado, se realizó en la biblioteca provincial «Martí», de Santa Clara, un encuentro entre jóvenes escritores de La Habana, Santa Clara y Sancti Spíritus. Yo, cumplidos mis treinta y seis, había abandonado la juventud hacía poco. A diferencia de lo que ocurre hoy —la mocedad intelectual desdibujó tanto sus contornos que, en la gira nacional «La Estrella de Cuba», participaron varios «jóvenes poetas» de más de cuarenta— a mis coetáneos se nos fijó un límite infranqueable para ser jóvenes: treinta y cinco años; ni un día más. No obstante, aunque desde hacia poco más de tres meses ostentaba yo la irreversible condición de no-joven, ello no fue impedimenta para que excepcionalmente se me invitara a la reunión poética, y hasta me permitieran leer un texto, deferencia que no he dejado de agradecer, pese a los años.

Recuerdo, entre otros de los convocados, a: Víctor Fowler, Rolando Sánchez Mejías, Alberto Rodríguez Tosca, Carlos Augusto Alfonso, Sonia Díaz Corrales, Reynaldo García Blanco, Rosa María García Garzón, Jorge Luís Mederos, Frank Abel Dopico y Heriberto Hernández, quienes leyeron poemas, luego integrados a libros que en breve ganarían significación en la literatura cubana.

También estaba en aquella sala Alberto Sicilia, quien leyó un poema que hablaba del cometa Halley. Era el susodicho entonces un joven delgado, de unos veinte años, vestido con camisa azul de un modelo muy parecido a las de los uniformes de las antiguas escuelas secundarias básicas en el campo (ESBEC). Al finalizar la larga lectura, el muchacho se me acercó e identificó. Hablamos un poco de nuestros respectivos poemas e iniciamos ese día una amistad que hoy, veintidós años después, conserva la frescura y respeto del día inaugural, pese a que hace un buen tramo de tiempo, los años y los trabajos nos convirtieron a ambos en jóvenes eternos, sin que nos importen mucho las dataciones.

A aquel poeta en efecto joven, que perdió rápidamente el aspecto de estudiante de secundaria, porque aumentó de peso, me lo seguí encontrando en un sinfín de eventos literarios desarrollados a lo largo de la Isla. Y unas cuantas veces también, al dirigirme a alguna de las Jornadas de la Poesía que anualmente se celebran en Sancti Spíritus, me dio botella en su camión hasta Cabaiguán, sitio donde hoy vive, casi feliz, con sus dos esposas: Idolidia y la Poesía. ¡Ah!, y con la economía que le proporciona el camión, que además de sala literaria, le sirve de herramienta para el «tiro de pasaje» en la invariable ruta Sancti Spíritus-Santa Clara-Cienfuegos.
 
Al inicio de la convulsa y áspera década de los noventas el Camión Verde protagonizó uno de los testimonios más contundentes sobre el afán con que los cubanos demostramos la vitalidad inapagable de nuestra cultura. Se convocó en Cabaiguán el concurso de cuentos Monoroza, con invitados de lujo, como César López; todo iba bien, pero a la hora de entregar los premios llegó el apagón nuestro de cada día (estábamos en 1994). Hubo un poco de desconcierto, pero todo lo tenían previsto, e inmediatamente la sede de la premiación se trasladó y el Camión Verde, valiéndose del alumbrado de la batería, sirvió para que se llevara a cabo, con éxito, el inédito acto. Ignoro si en algún otro sitio del mundo la literatura y la falta de luz habrán firmado un pacto tan curioso y fructífero, pero dudo que sean muchos los que pueden exhibir una experiencia tan osada y conmovedora.

Ya en la primera década del presente siglo, al amparo de la política instrumentada por el Ministerio de Cultura para que los escritores fundáramos nuestros talleres literarios con el fin de ejercer esa rara, pero efectiva pedagogía de la crítica de respuesta rápida y la orientación de las lecturas, Alberto Sicilia, en su ya patrimonial Camión Verde, estructuró talleres en los puntos más notables de su itinerario de «guaradinga ilustrada»: en Sancti Spíritus, Santa Clara y Cienfuegos ejerce el poeta su influencia, y no son pocos los alumnos de la universidad El Camión Verde que ya van alcanzando sus resultados atendibles. Tal vez Alberto posea las estadísticas de los premios obtenidos y los libros publicados por sus discípulos, pero ese no es el punto que hoy me interesa, que no estamos para cifras. Prefiero proponerles a los lectores que abordemos con amor la cama del Camión Verde, que le sondeemos con otros códigos los colores del alma, pues tengo la certeza de que rebasan, con amplitud, al verde de su cubierta y a los siete del espectro.

Ya pasajero permanente y feliz del camión, le paso a mi buen amigo Alberto Sicilia el cuestionario:

RICARDO RIVERÓN ROJAS: Toda tu obra poética —iniciada y madurada en la apoteosis de los años ochentas del pasado siglo— se concreta en el sugerente espacio de Cabaiguán, un pueblo del interior cuya próspera imagen, acaso derivada del cultivo del tabaco, llama la atención. Al repasar tu trayectoria creativa y poner el énfasis en aquellos años de formación, ¿qué nombres, instituciones o acontecimientos vienen a tu mente, en sentido positivo o negativo?
 
ALBERTO SICILIA: Ricardo, la sorpresa prepara mi memoria, la semana pasada, en las calles de Santa Clara encontré a un viejo conocido; tenía el cabello pintado, también su bigote; pero estos elementos no eran tan resaltantes como un amaneramiento de utilería desmontable; la voz que en los años ‘70 y ‘80 del pasado siglo resultaba bocona y marcial, tenía a plena luz, la modulación de una ninfa parnasiana. Este señor fue funcionario de cultura en Cabaiguán y se pronunció repetidas veces en contra de mi facha estrafalaria, mi crucifijo de palo, mi bastón de cedro, mi boina guevariana, mi barba de Las Damas y hasta de mi arete que colgaba alguna que otra noche de bar, prendido de mi oreja como una garrapata. En 1987 un acontecimiento marcó el devenir de los jóvenes intelectuales en todo el país, la fundación de la Asociación «Hermanos Saíz» (AHS); allí en Cabaiguán, en una pequeña sala del comité municipal de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), en una discutida sesión de espiritismo, tres tendencias se hicieron visibles: desde un Edel Morales hasta una Sonia Díaz decidida a marcharse a su casa; y en el centro yo, dispuesto a quedarme dentro y evitarle golpes bajos a los otros, algo que con el tiempo se convertiría en gestión de apertura para los que llegaron después. Por suerte pude contraer una deuda muy grande: conocí a Fayad Jamís, a Soleida Ríos, a Rafael Alcides, a Raúl Luis, sin ellos, sin su amor por la literatura no sería quién soy.

RRR: El Proyecto «El Camión Verde» vincula la poesía con el espíritu viajero: una especie de «internacionalismo hacia adentro» que hasta donde sé solo tú practicas. ¿Cómo se te ocurrió la idea? ¿En qué medida ha contribuido a ampliar tu visión de ese fenómeno que pudiéramos denominar alegremente como «poesía  del interior de Cuba»? Conste que cuando digo poesía, no me refiero solo a textos, sino también a procesos, ambientes, relaciones autores-instituciones-instancias de poder.

AS: Nunca fue una idea preconcebida, tanto el hecho de vincularme al oficio de camionero —específicamente el traslado de pasajeros en una ruta fija— como el de intercambiar este trabajo con mi vocación, diría que mi pasión, por la literatura fueron creciendo en la medida que el azar y las circunstancias trazaron sus guías. Digamos algunas para aclarar las cosas de una vez. Cuando abrí los ojos había un camión inmenso delante de mí, el ruido de sus metales y el vértigo de la velocidad y el camino. Luego mi padre faltó algunos años y mi madre se encargó de acercarme a la naturaleza y al reconocimiento de su contrapartida en el ser humano. Las plantas, los animales y los vecinos de la calle Masó en Cabaiguán estuvieron los cuatro años, seis meses y dieciocho días que mi padre estuvo en prisión, cuidándome y preparándome para entrar en la cruda adolescencia. Mi padre fue el protagonista cabal de un proceso de reeducación; su delito fue menor: compra, venta y traslado de mercancías; fue acusado junto a muchos otros, de malversación, perdió un camión y una suma considerable de dinero, y lo más preciado, la libertad: fue condenado a seis años de privación de libertad; pero repito, fue un ejemplo de hombre reeducado, en los tiempos difíciles que vinieron le costó mucho esfuerzo hacer —algo natural para todos los habitantes de esta isla— alguna operación que se saliera del marco de la ley. Bueno, te cuento todo esto porque trato de explicarte que una cosa y la otra crecieron unidas: por suerte o desgracia yo desaprobé Física en el preuniversitario y esa desagradable situación me volvió un ser desajustado e insatisfecho; después de muchos oficios en pocos meses, mi padre volvió a rescatarme para trabajar con él hasta el final de su vida; por ahí se estiró la creación, de terminal en terminal, y también trasladando mudanzas y materiales, yo primero buscaba en los extraños pueblos las librerías estatales y los libreros que vendían libros usados; a veces mientras se descargaba algo me perdía y me le aparecía a mi padre muy tarde, cargado de libros y con la mitad del dinero del viaje; luego busqué lugares donde se hablara de literatura y más tarde a los escritores de esos lugares, a los que conocía de oídas o porque había leído algún libro suyo.

Finalmente, al pasar el tiempo y publicar mi primer libro, cuando tuve algún reconocimiento, era a mí a quien localizaban los lugareños para que leyera sus textos y les diera mis opiniones. Santa Clara fue la suma del aprendizaje, cuando en la década del noventa se me acercó un grupo de jóvenes y fundé un taller de creación bajo el nombre de «El Caracol Cenicero». Todo esto ha contribuido a mi conocimiento de las relaciones, digamos el equilibrio entre los grupos literarios de la región central; además he conocido a los principales promotores, creadores o funcionarios que han dejado su impronta en los últimos veinticinco años.

RRR: Hasta hace poco creí que en 1993 habías viajado —en el Camión Verde— a Argentina, con la delegación que se conformó con algunos de los publicados en la primera edición de la colección Pinos Nuevos. Hace poco supe que no fue así. Háblame de ello.

AS: Bueno, parece que para salir del colchón editorial, un grupo de argentinos memoriosos y agradecidos le dieron una mano a Letras Cubanas; me explico: salir del colchón editorial era como triunfar en las olimpiadas o sacarse el premio gordo de la lotería, y entonces hicieron una selección y El camión verde1  arrancó para Argentina bajo el aval de Roberto Fernández Retamar, Eliseo Diego y Fina García Marruz. El librito ya había sido escudriñado por Fayad Jamís y Rafael Alcides, y no puedo olvidar que el primer camión de poemas que descargué en la Habana por poco termina de derrumbar el Asteroide de Soleida Ríos. De verdad tu pregunta me recuerda una décima muy graciosa del Club del Poste que tenía unos versos que decían más o menos así: Y aunque Sonia está que muerde / y falta la gasolina / nos vamos para Argentina / arriba del Camión Verde. O no, era algo de: vamos a bailar la rumba  / arriba del Camión Verde; tú debes acordarte. Y es cierto: yo no he visitado Argentina; antes de publicarse el libro visité Nicaragua, pero esa es otra historia.

RRR: ¿Y como logras que un proyecto tan móvil funcione? ¿En cuántos «baches» se ha atascado tu vehículo? ¿Le entran bien las velocidades hoy?

AS: Te diré que las cosas marchan bien por un tiempo y luego hay que reacondicionarlas y darle riendas a la imaginación para que se mantengan vivos los proyectos. Los últimos dos años fueron muy difíciles, no solo por los problemas familiares: primero fue el compromiso en la organización del congreso de la UNEAC, más dos viajes: a Guatemala y Venezuela respectivamente; luego la enfermedad de mi hijo menor y la muerte de mi padre. Me atacaron por las raíces, pero siento que me estoy estabilizando, y para el próximo año voy a presentar mi nuevo proyecto que es una revista cultural itinerante, que ya tiene su versión digital que se llama La Palma y el Camión, pero que deberá incidir en las comunidades más aisladas, sobre todo para constatar que la poesía tiene la fuerza suficiente para despertar en las personas el amor por las cosas y los oficios, el amor por la tierra y el trabajo, y que está al alcance de todos; el proyecto tendrá su biblioteca y coordinadores en Cienfuegos, Santa Clara y Sancti Spíritus, sus bases serán las antiguas Villas del centro, pero quisiera visitar otras provincias. Hermano, yo manejo con un automatismo que espanta, y puedo ir creando y conversando sobre literatura, describiendo el paisaje e instruyendo a un pasajero eventual. Tengo más de cien alumnos, que conozco muy bien: sus maneras de enfrentar la creación, sus problemas personales; establezco prioridades, horarios, días específicos, pero atiendo a una persona que me lea un texto en cualquier lugar, sin pensarlo dos veces.

RRR: En la región central de Cuba, la cultura popular deja su impronta en todo; en la literatura esa marca se hace visible, entre otras, en las obras de escritores como: Gumersindo Pacheco, Eric González Conde, Félix Luis Viera, Yamil Díaz, Frank Abel Dopico, Jorge Luís Mederos, Antonio Rodríguez Salvador, tú mismo. ¿Te parece que tal característica se corresponde con una «poética territorial», o simplemente se trata de la arrolladora influencia de grandes figuras, como la de Feijoo, por ejemplo?

AS: Es evidente que la cultura popular nos cerca, no para reducirnos sino para poder aprehenderla en su justa medida; la tarea consiste en dimensionarla para espejear sus esencias y desarrollar una obra en mayor o menor grado que trascienda y se universalice; el escritor que logra esto puede considerarse un heredero de Feijóo. Yo he leído mucho al gran viejo; de su dispersión extraigo, en cada relectura, nuevas enseñanzas. Los campos cubanos, los poblados con sus historias, esos lugares por donde los caminos atraviesan, esas carreteras por las que conduzco mi camión, están llenos de tradiciones vivas; no estoy hablándote de figurines de casas de cultura, o de hoja muerta de plan quincenal, ni de actividad cultural con pipa de cerveza, te estoy hablando de comunicación oral, de padres a hijos, de lugares encantados, de ceibas centenarias, de personajes populares, de portones que invitan a las estancias; te estoy hablando de lo que nos identifica como cubanos, y estoy seguro que ya están los autos y camiones antiguos, no los originales, de museo y cine, sino los que hemos hecho con piezas ilegales para sobrevivir en el laberinto del acoso.

RRR: Feijóo se preciaba de haber recorrido el mundo en bicicleta. Tú lo haces en un camión. ¿Te hubiera gustado hacerlo como él, a menos velocidad?

AS: El camión es en realidad muy lento, pero quisiera detenerme aun más en cada paisaje; observo muchos lugares donde quisiera sentarme a meditar, fundar un pequeño caserío de trabajadores ilustrados, o simplemente dejar la mente en blanco y respirar. Mirar el paisaje con los ojos de Heredia, de Martí, de mi padre, ser ellos en esencia, en conciencia al rescate de la eternidad. Quisiera vivir simultáneamente en cada pueblo por el que paso, y conocer como te dije, no la historia escrita y consabida, sino esa hora intima en que los hombres acarician a sus animales domésticos.

RRR: Caracterízame a algunos de los viajeros más destacados de El Camión Verde.

AS: La lista es muy extensa. Pensemos en una hoja de ruta que marca origen y destino, hora de salida y llegada, tiempo de viaje, cantidad de pasajeros, por supuesto fecha y firma del funcionario que autoriza en la terminal; en veintiocho años de trabajo con pasajeros, veintidós manejando yo, tengo acumulados cajas y cajas de despachos que fiscalizan cada viaje. Lejos de amontonar dinero, lo que nunca he podido hacer, acumulo una memoria casi fotográfica de las personas que han viajado en el camión. De los grandes te diré que Cesar López, Sonia Díaz, Pedro Llanes, Yamil Díaz, Jorge Ángel, Antonio Rodríguez Salvador, Rogelio Riveron, Michel Martin, Ian Rodríguez, Jesús Candelario, Pérez de Castro, Jorge Luis Mederos, Liudmila Quinconces, Esbertido Rosendi, Rubén Artiles, Edel Morales, Ángel Santiesteban, Rigoberto Rodríguez Entenza, Hermes Entenza, Manuel Sosa, Juan López, Eduardo Heras León,  te dije que seria interminable y además se me quedarían muchos nombres. Otros, como Abel Prieto, están deseosos de abordar al monstruo verde, pero Abel se conforma con guardar una replica, al igual que Francisco López Sacha; también quisieran dar un paseo Juana Bacallao y Senel Paz, que no se porque no lo ha montado todavía porque somos grandes amigos. Han estado estas personas en el camión por diversas razones, Cesar López premió el primer concurso Monoroza  sobre el camión, otros han trasladado ventanas, refrigeradores, juegos de comedor, y aclaro que no tengo nada anotado, ya sabes que por ahí anda tu nombre y no quiero que pienses que te estoy recordando que me debes un flete, porque jamás le he cobrado a un escritor declarado, ni a un poeta juramentado, espero que alguien se me acerque un día, un viejito o una viejita usual y me susurre al oído: «Una oscura pradera me convida» o «Abril es el mes más cruel»; esa sería moneda suficiente. Los viajeros del diario por lo general me conocen bien, luego se enteran de que hice un libro, sembré un árbol, hice una casa desde los cimientos, tengo hijos, hermanos, una madre adorable y una esposa hermosa y fiera. Me dicen poeta, profesor, maestro, ingeniero, me van quitando el traje de chofer para dejarme invadido por la extrañeza de no saber quién soy, qué hago aquí soñándolos a ellos.

RRR: ¿Les enviarías algún mensaje específico a tus compañeros de la promoción de los ochentas; en específico a los que, además de la época, han compartido con tu persona el terruño y el viaje?

AS: A estas alturas ya uno sabe que los mensajes no serán escuchados; uno acostumbra a oírse a si mismo, "y vio Dios que era bueno". No obstante, de nuestra propia resonancia va quedando un pozo dividido, un pozo doble del que debemos extraer, en la medida de lo posible, el agua luminosa para todos, y dejar en el fondo la neblina. No nos espera otro tiempo, este es nuestro tiempo, juntos podemos hacer nuestras obras individuales y una gran obra en común, divididos seremos vulnerables, escarnecidos en la cuenta, minimizados por la ordinaria tiranía de los símbolos.

Santa Clara-Cabaiguán, 10 de diciembre de 2008

Notas:

1El camión verde. Editorial Letras Cubanas; La Habana, Cuba, 1994