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La Habana de los sesenta vista por un adolescente recién llegado

Virgilio López Lemus, 23 de diciembre de 2008

Casi desde su misma fundación, La Habana, ciudad señorial, aristocrática y a la par intensamente plebeya, ha tenido cronistas que van desde poetas y visitantes extranjeros, hasta insignes escritores cubanos. No pretendo ni podría elevar la cota. Yo solo soy un pasajero del autobús, alguien que la mira desde las guaguas repletas, a pie, en taxis o por la ventana del piso catorce donde vivo. Me gusta intensamente esta ciudad como ninguna otra, tengo con ella un fuego amatorio penetrante y observo con pasión sus bellezas y sus yagas. 

La Habana cobró importancia mayor cuando las flotas de la Nueva España y de Tierra Firme regresaban a Sevilla o a Cádiz, cargadas desde Veracruz o Cartagena con los tesoros extraídos de las Indias Occidentales. Vine a vivir a este sitio crucero al menos tres siglos después del escándalo del arribo de las flotas, cuando me mudé en 1964 desde mi natal y pequeñismo pueblo de Fomento para «la capital de todos los cubanos». Había pasado el esplendor de gran ciudad nocturna de la década de 1950, pero de otra manera seguía siendo una urbe de vuelo y alegría.
 
Mi afán por conocer a fondo el terreno que piso, me hizo recorrerla completa entre esa fecha y 1972, cuando mi familia fomentense se radicó en Marianao y se me recortaron las alas. El Vedado, Centro Habana, La Habana Vieja y La Víbora, todo Arroyo Naranjo, fueron los primeros sitios que conocí en detalles. Aunque comenzaban las crisis de transporte, aun los viejos autobuses norteamericanos o las recién llegadas guaguas checas y húngaras, daban la posibilidad de no esperar mucho y poder recorrer hasta el último rincón. Había rutas hacia todas las direcciones, marcadas con una numeración continua del 1 al 200, e incluso algunas por encima de ese número. Como una suerte de charada, yo conocía todos sus recorridos. Así pude ver a Luyanó ya un poco decadente, un Santos Suárez que me gusta mucho, pese a las inundaciones de la calle Zapotes, la sin par Guanabacoa, que yo extendía hasta San Miguel del Padrón y San Francisco de Paula, o una Regla muy visitada a través de la lancha de la Bahía, La Lisa aun pequeña, que comenzaba a crecer desproporcionadamente hacia el rumbo de La Coronela, confín, espacio tan lejano como Santa Fe.

Preferí en seguida Santa María, Boca Ciega y Guanabo en lugar de las Playas del Oeste, la Concha o el Náutico, muy de moda aún en los años sesenta. Pero llegar hasta el Este no era tan fácil. En el otro lado del Túnel de la Bahía estaban el complejo de fortalezas Morro-Cabaña, que todavía fungían como cárceles y campamento militar. Les seguían la recién estrenada Habana del Este, el Hospital Naval y las inmediaciones de Guanabacoa, en especial los repartos Chibás y Bahía. Alamar ni se dibujaba por entonces más allá de un grupito de casas junto a una breve playa, de modo que Cojímar, pequeño pueblo citadino (si tal expresión fuese correcta) y las casas de veraneo de las Playas del Este, eran el finis terrae habanero.

Recorrí con pasión el triángulo formado por el Sur en Santiago de las Vegas-Boyeros-Calabazar-La Güinera, con sus otros extremos en el Este playero y en el Oeste, en las para mí lejanas Jaimanitas y Santa Fe, que fueron playas de privilegio en otra época y aún dejaban ver sus bungalows y sus chalets muy al estilo sureño estadounidense.

En esos tiempos, los sitios de moda eran La Rampa y sus alrededores. Recuerdo cuántos jóvenes entrábamos a las cafeterías del Hotel Capri, el Wakamba o a Las Cañitas del Habana Libre. Coppelia recién surgía y, dado el sitio en que se encuentra, pronto se convirtió en la sede juvenil de mi generación. Allí se daban cita los chicos con las chicas, se desplegaba alegremente el mundo gay, por entonces llamados «de los pájaros» , subíamos y bajábamos la calle 23 como si fuese un parque de pueblecito muy alargado (decíamos en broma que para guardarraya, no había ninguna como La Rampa), nos encontrábamos en la calle 21 por los alrededores del Salón Rojo del Capri, nos íbamos a oír a Teresita Fernández a El Coctel, suerte de club-pasillo en un sótano de humo donde casi no se cabía, y donde la futura autora de «Vinagrito», recién llegada de Santa Clara y vestida toda de negro, cantaba sus canciones de amor con su guitarra eterna. Los sábados o los domingos en la tarde solíamos irnos en bandadas a la Comunidad Hebrea (hoy Teatro Berthold Brecht), cuya gran sala con asientos que se podían mover a gusto, ofrecía los llamados «Un peso de música», con cantantes como Luisa María Güell, Marta Estrada, Los Modernista, Memé Solís y su cuarteto de maravillas… Era una de las sedes de «lo último» de nuestra farándula.

Yo fui pocas veces a disfrutar del bolero tipo filing (el filin) en el Pico Blanco del Hotel Saint John. Recuerdo que una vez escuché allí una descarga con Omara Portuondo, y al ronco José Antonio Méndez y a Angelito Díaz, pero unos amigos me empujaron hacia El Gato Tuerto, donde Ela O’Farrill cantaba de manera fija. Por entonces Leonora Rega se hizo famosa por una canción en la que decía: «Cavastes una tumba…». La incorrección de la S añadida en el verbo, defecto común y vulgar entre cientos de personas, nos hacía mucha gracia y nos reíamos de lo lindo.

No era La Habana vista por el Infante difunto. Esta Habana no tenía juegos de azar, prostitución al por mayor, ni los clubes rebosaban como en la época que describió con tanto placer babilónico Guillermo Cabrera Infante. Ya no estaban ni Celia Cruz ni Olga Guillot, ya casi se iban la Lupe y Blanca Rosa Gil, pero uno se podía meter en el restaurante Monseigneur a escuchar al gran Bola de Nieve, o se hacía una fila antes de los programas de la Televisión para entrar a Radio Centro y ver en vivo lo que se televisaba, sobre todo los programas musicales y humorísticos, o irse a ver a Alicia Alonso en un Lago de los cisnes apoteósico.

Me acuerdo de dos invasiones en La Habana de entonces: la de las pizzas y las de los filmes de samurai. Cierto que veíamos lo mejor del cine europeo, todo el neorrealismo italiano: Ladrones de bicicletas alucinó el final de mi adolescencia; cierto que mi grupo generacional fue el último que vio Cinerama en Radio Centro, devenido casi de inmediato Cine Yara, pero los filmes de samurai resultaron un verdadero furor. Yo salía de verlos del cine La Rampa y me comía una pizza sabrosísima en la adjunta Pizzería Milán, o me iba para Vitta Nova, detrás de Coppelia.

Eran años gradualmente peligrosos. De pronto comenzaron las «recogidas» de los llamados hippies, comenzó una desagradable llegada de camiones que montaban indiscriminadamente a los jóvenes alrededor de los clubes y en las calles laterales de La Rampa o en el paseo de la calle G, muchas de las cuales terminaban con la espada pendiente de la UMAP… Parecía que todo conducía hacia una seriedad anticlubes, que fueron cerrados de inmediato, y el luto por la muerte del Che Guevara se extendió a las campañas de la Ofensiva Revolucionaria de 1968. El Cordón de La Habana se llenaba de tractores piccolinos, de montañas de bolsitas de polietileno con plantitas de café caturra, y de las labores previas a la Zafra de los Diez Millones, que en definitiva pasó luego a ser llamada «la gran zafra». Todo esto lo sufrí o disfruté escuchando todavía a Los Cinco Latinos, a Vicentico Valdés y Tejedor y Luis que ya no nos gustaban a los más jóvenes, decididos por los programas radiales «Sorpresa Musical» al mediodía, conducido por  Chucho Herrera,  y en la tarde «Festival», de Oscar Luis López y Mariana Ramírez Corría, hasta que llegó el privilegiado «Nocturno», lleno de la música nueva, la de la «década prodigiosa».

Entonces, becas y servicio militar obligatorio por medio, me di a la tarea de conocer los 160 cines de La Habana y sus decenas de teatros, y recorría las calles solo por observar sus edificios. En el Teatro Martí o en la salita del Retiro Radial, todavía pude ver a la ya anciana e hilarante Alicia Rico, inolvidable. Me hice asiduo de la Cinemateca en 23 y 12, descubrí el Cementerio Colón, bellísimo, lleno de sitios con sombra y suma tranquilidad, a donde me iba a leer, lugar en competencia con el Parque del río Almendares o Bosque de La Habana, por entonces pequeño y agradable. Descubrí que no era un solitario en tales placeres, que las recogidas de jóvenes (melenudos o no) lanzó a mi promoción a buscar sitios insólitos de esparcimiento y tranquilidad, donde pudiéramos conversar. El Malecón era más bien para citas de amor, nos sentábamos a veces en él en las noches, a medida que La Habana se iba convirtiendo en una ciudad sin vida nocturna, sana pero aburrida.

Ya a fines de los años sesenta la ciudad casi se despoblaba de juventudes, con las escuelas al campo, el servicio militar, las abundantes becas… de modo que el bullicio juvenil iba siendo cada vez más de fines de semana, sobre todo de sábados en las noches, cuando se ofrecían fiestecitas hogareñas a todo lo largo y ancho de la ciudad, paseos Rampa arriba y Rampa abajo, colas para tomar helados en Coppelia, en la era que llamaron de la «revolución sexual», pero con grados de promiscuidad menores que en el futuro inmediato. Si te ibas a ver con alguien, la consigna casi obligada era: «Nos vemos en Coppelia». Allí conocí a algunos de los amigos más fieles de mi vida. 
 
Y fueron los años de las grandísimas concentraciones en la Plaza de la Revolución. Era la década del naciente socialismo cubano. Comenzaron las carencias debidas al brusco bloqueo. A mis veinte años ya eran historia la explosión de La Coubre y la Crisis de Octubre, y las nacionalizaciones de empresas nacionales y extranjeras. Para entonces resultaba difícil comprar calzado y los zapatos Primor se pusieron de moda entre las muchachas quinceañeras, que iban a la calle Belascoaín a buscarlos ilusionadamente, aunque valían cien pesos, toda una fortuna para ese tiempo. Había que bailar con más cuidado, porque no era justo pisarle cincuenta pesos a alguien así como así. Recuerdo que los muchachos prefirieron primero andar sin medias, luego con medias blancas o amarillas, luego con zapatillas y hasta descalzos, pero estos últimos fueron recogidos inmisericordemente por los camiones nocturnos, de manera que la moda duró muy poco. Íbamos con radiesitos portátiles pegados al oído para que nadie se enterara de que oíamos a Los Beatles, o a sabe Dios que otro grupo musical del corrupto y proscripto mundo capitalista. Teníamos que estudiar Revolución en la revolución de Regis Debray y un montón de manuales sobre materialismo histórico y dialéctico, como el Afanásiev, que nos apartaban bastante de la vida otrora bulliciosa de la capital cubana. La entrada de Los Brinco, Los Mustang, las canciones de Rafael y luego de la Maciel compensaban un poco la seriedad que cayó sobre la vida juvenil de los sesenta. Nació la Nueva Trova, y aunque a algunos nos gustaba más aquello de «Un clavo saca a otro», de la italiana Genni Luna, Silvio y Pablo se comenzaron a abrir camino en el gusto joven.
 
En oleadas juveniles nos íbamos al Zoológico de la calle 26, al Acuario en la calle Tercera de Miramar, al Coney Island en la Playa de Mariano o nos parábamos durante horas a conversar en 23 y L. Era una ciudad de fin de semana para la mayoría. Eso, cuando no estábamos movilizados en los innumerables campamentos de trabajo agrícola en el Cordón de La Habana. Las vacaciones de verano eran el momento de esplendor juvenil, y entonces los pies del Habana Libre, las inmediaciones del Parque Central y de la Fraternidad, los teatros y cines, se llenaban de veinteañeros nacidos tras la Segunda Guerra Mundial, que procedíamos ya no solo de La Habana, sino de casi todo el territorio nacional. Nos pusimos pantalones tubitos estrechísimos que la actriz Ana Lasalle perseguía con horror. Las muchachas inauguraron para siempre las minifaldas, no sin cierta lucha ideológica sobre ellas, pero la mitad de los muslos femeninos se liberaron de tal forma, que no hubo Poder que pudiera volverlos a cubrir.

Los sesenta se consumieron en un fuego tan veloz y feroz, que un narrador cercano en edad a mi promoción, Jesús Díaz, los llamó Los años duros. Lo fueron. Pero yo quiero recordar solo una Habana de mis exactamente menos y más de veinte años de edad, en proceso de adaptación a los nuevos tiempos, bella y singular, única en su ruido y sandunga, y que mantenía entre sus delicias los carnavales llenos de carrozas de lujo por la calle Prado, donde uno podía saludar en su esplendor a Rosita Fornés sentada en un trono, junto a la alegría y las esperanzas que ofrecía la Revolución triunfante, la visible fuga masiva de «la gente rica», y los adornos a toda calle los 26 de Julio, que competían ya con las Navidades. Era una Habana distinta, sin la opulencia de El Encanto incinerado y con las colas creciendo para todo lo humano, pero que no le quitaban su rango de ciudad divina.

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