La novela Las voces y los ecos, de la narradora Aida Bahr, se concentra en un tema de indomable permanencia en la escritura: la formación de un artista en un momento crucial de la formación de la personalidad, el instante de enfrentar una decisión entrañable y un próximo camino.
Orquestada desde el recuerdo, Las voces y los ecos responde esencialmente a este título simple, que alude a la intervención del ser en su propio destino. Estos constituyentes, en sí mismos de tangible sencillez, adquieren personal tesitura en el modo en que la trayectoria de una muchacha atraída hacia el arte, resulta levantada por un tono narrativo peculiar, en el cual la pasión se proyecta no tanto en la anécdota narrada, como en la fuerte intensidad de la emoción que experimenta una muchacha que se encara, desde la singular soledad y aislamiento de su origen familiar, con un mundo pleno de afiladas aristas, de incomprensiones, de estímulos y, en lo hondo, de peligros.
La autora ha querido, con audacia, cuestionar su propio texto, de manera que una y otra vez se pregunta si la palabra escrita es realmente literaria o si, por el contrario, está sumergida en una maceración de influjos, a la vez culturales, sociogrupales y familiares. Este modo de someter a juicio —entre irónico y altivo— su propia escritura, convierte a Las voces y los ecos en una obra particular, que se niega a la vanidad autoral y a la sofisticada manera en que la novela, desde su más remoto surgimiento, pero sobre todo en la contemporaneidad —tan comercial—, suele hacer traición a su fuente más intensa, que es la de la experiencia vivida. Aida Bahr logra crear un texto que, de modo simultáneo, resulta testimonio palpitante y creación artística. De aquí su timbre de franqueza en que una mujer hace el balance difícil de una primera juventud sometida a los embates debidos al género y a la vocación ya consciente de su voluntad de existir como artista, en el marco de lo que ha sido calificado como “quinquenio gris”. En una apariencia tan solo epidérmica, la novela se organiza en dos torrentes: el del pasado familiar, entorno de la concentrada y silenciosa infancia, y el del conflicto directo para crecer a la vez como mujer y como escritora. Pero es pura superficie: el texto revela, con una entonación narrativa de intensa limpieza, la convicción de que el pasado y el presente confluyen en la decisión de ser, y en la voluntad de levantarse como sujeto responsable. El pasado, que podría aparecer simplista, algo así como un mero eco recordado, interviene una y otra vez en la acción narrativa en tanto elemento viviente e incluso impulsor; los hechos del presente novelístico, a su vez, se descubren poco a poco —y al final de la novela se confirman en esa cualidad—, como reflejos de un pasado, pues el sujeto narrativo no enfrenta los acontecimientos si no es para descubrir su esencia de remembranza proyectada sobre un aquí y ahora que son ya los de la recepción por el lector. Es un juego de espejos, ciertamente, pero sin refinado trucaje, sin priorizada aspiración técnica: es el “extraño suceso” de que hablara Miguel de Cervantes como corazón del narrar, lo que convoca al lector y lo magnetiza en esta historia pequeña de grandes dilemas y profunda voluntad. Por eso el personaje protagónico habla en primera persona, pero se percibe una distancia inmensurable entre la jovencísima estudiante universitaria —entrampada en una atmósfera plomiza y asfixiante—, y el sujeto-narrador, de comprensiva reflexión. Esto se evidencia con fuerza en el momento en que, desatado el estallido de incomprensión y crueldad en torno a la muchacha, ella cuenta sus problemas a uno de sus tíos, pero de forma que no aparece ese relato en el texto; simplemente se escucha al sujeto-narrador —maduro, distanciado, fortalecido por el sufrimiento y la experiencia, pero también por la autoafirmación— decir algo en un tono que, desde luego, no es ya posible en la criatura juvenil que se enfrenta a una situación intolerable; en efecto, lejos de “narrar” lo ocurrido, hay un comentario de afilada mesura, libre de literaturidad, sobre esa narración escamoteada al lector: “Fue como abrir una compuerta y dejar escapar el chorro, ni sé cómo pudo entenderme. Al final me sentía agotada y vacía, sin ánimos para nada”. La novelista, que ha cuestionado irónicamente una y otra vez su lenguaje narrativo, aquí lo excluye por completo, y lo sustituye por un comentario extraliterario, intensamente humano, de crecida exactitud confesional.
Esta novela, en la cual los diálogos aparecen con magra sobriedad, se propone más que contar una historia, proponer un tejido de ensimismadas voces —las de la protagonista y sus personajes, las de los duendes y fantasmas familiares, incluso las del sujeto-narrador—, y la imagen resultante de esa labor de tejer ecos y voces, es la aventura inseparable de la vocación artística: la construcción del propio ser por una criatura que, a la habilidosa maldad del mundo, a la mefistofélica grisura de un ambiente, no opone otra arma que la del valor, de la fe y de la pureza. ¿Valores anticuados? No parece probable que, a pesar del balance escalofriante del último milenio, puedan ser vistos así, y menos en el campo de la creación artística, por matizada que haya estado, en el último siglo, por la desconfianza y el descreimiento. Los ecos y las voces dan prueba de ello, con su realismo metálico, su defensa del ser, su voluntad de no caer en trampas técnicas y estilísticas, su franqueza descarnada. Aida Bahr ha confiado, en esta novela tan estremecedora a pesar de su magra escritura —o quizás por eso—, en el todavía necesario equilibrio de razón y pasión. Es un reto que la autora asume con ocasional ironía y enorme altivez, en un texto que solo en apariencia corresponde a una narrativa de género, pero que, más allá de elementos que sin duda tienen que ver con la situación específica que caracteriza a la mujer en el mundo, apunta directamente a problemas del ser humano general, en los cuales también está implicado el varón, pese a su aparente privilegio: pues una sociedad en que la mujer resulte de algún modo discriminada, también, en lo esencial, hace decrecer al hombre al mínimo posible. No, Las voces y los ecos no son texto de género, sino de plena humanidad que hay que completar en su estatura: a su modo personal, en la dimensión que ella ha decidido, Aida Bahr toca esa diana, y la travesía a través de imágenes difusas de una familia cubana y de la peripecia animosa de una muchacha en la ominosa vida cultural en década de los años setenta, no son más que líquido amniótico para alimentar una criatura literaria de alcance mayor. La novelista diseñó ese reto y esa escritura. Queda al lector, a su vez, elegir su propio desafío en una lectura personal que escoja entre una lectura de superficie, sin compromiso ni debate íntimo, y una recepción que acepte la ira, la pesadumbre, el desconsuelo, y, también, la confianza, la voluntad de hacer y el crecimiento.