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Reflexiones sobre  historia política. (Primera parte)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 13 de julio de 2007

Al inaugurar esta columna, en que abordaré temas históricos fruto de mis investigaciones, y también expondré análisis sobre la historiografía cubana, quisiera referirme a mis resultados en una vertiente de la historia, la historia  política. Me he interesado en discernir las distintas alternativas políticas que se confrontaron  en  momentos históricos relevantes de nuestro proceso histórico nacional, ya que lo alternativo en el desarrollo socio histórico, es la lucha que se libra en la realidad por variantes sustancialmente distintas de futuro.

Por eso  pienso que resulta necesario profundizar en el terreno fértil de las llamadas “lagunas históricas”, que muchas veces coinciden con hechos relegados que no han marcado una tendencia con vigencia actual, se han olvidado y permanecen prácticamente desconocidos a pesar de la importancia que tuvieron en el pasado. Puede ser que estos acontecimientos se encuentren  dentro de  la historia de los derrotados, por lo que muchas veces son subestimados, sobre todo por quienes asumen la historia en una sola dimensión. Es preciso indagar en torno a las múltiples causas de los fenómenos y no conformarse con la respuesta más inmediata que pueda surgir, hacerse cuantas preguntas sean precisas para ir al origen de un problema. En resumen, es necesario problematizar la historia política.  

Entiendo que para enriquecer la historia política, es preciso integrar diversos factores que inciden en una coyuntura histórica específica, bien sean de origen  económico, social, de las mentalidades, entre otros. Es conveniente pretender una historia total en la medida de lo posible.

Nuestras  preocupaciones no deben limitarse a los avatares de la política, que tiene que ver con  la sucesión  de las personalidades y de los partidos, su paso por diferentes cargos, los hechos en los que tomaron parte. Deberíamos mover nuestro interés en lo político, o sea, en las conexiones en torno al poder, las relaciones institucionales de los políticos con los grupos y clases sociales, y de todos ellos con el Estado. Es preciso establecer los propósitos de los protagonistas históricos en sus aspiraciones hegemónicas de carácter político dentro de instituciones económicas,  sociales y religiosas.  

En mis trabajos me interesé por analizar las características de ciertos protagonistas históricos que nunca antes habían ejercido como políticos y sin embargo, habían incursionado en acontecimientos de naturaleza política: organizaciones de la sociedad civil, corporaciones económicas, conjunto de intelectuales y otros. En las décadas críticas de los años 30 y 50,  como resultado del desgaste de los partidos y figuras políticas, fueron estos nuevos actores los que intervinieron para procurar salvar al sistema de la crisis profunda que enfrentaba.

También resulta necesario considerar  el factor internacional, otros países que influyen en el curso de los acontecimientos internos. En prácticamente todas mis monografías he procurado establecer el papel desempeñado por la diplomacia norteamericana en los destinos del país. En el caso de una investigación inédita que recientemente concluí sobre el Tratado Anglo-Cubano de 1905, época en que era muy reducida la participación del Estado en la economía y predominaba el régimen del “Laisser faire”, pude distinguir que, en determinadas coyunturas, las pautas de desarrollo económico fueron dictadas por premisas políticas que intervinieron en el curso de la competencia comercial. Por ello, pienso que la política no solo es una expresión concentrada de la economía, sino que también la economía se rige por directivas políticas: cada cuerpo político establece una economía que le sea complementaria y suficiente a sus objetivos. Cuando la economía exige cambios urgentes, el poder político tiene que dar cauce a reformas si no quiere verse abocado por un cisma. Igualmente, cuando las crisis políticas asumen considerables proporciones, tanto la economía como la sociedad confrontan dilemas de subsistencia que generan inestabilidad económica y social e  imponen cambios en las relaciones de poder. Este es el caso particular de la crisis de los años 50, donde el peso de las tribulaciones  políticas potenció las diferencias sociales y animó el fuego de la revolución. En la elaboración de mis monografías, me pude percatar de lo difícil que resulta establecer los límites de lo “exclusivamente político”. Sus conclusiones me permitieron observar que lo político puede comprenderlo todo y, al propio tiempo, comprendí que la misma dimensión política está mediada  por componentes de diverso origen.

En mis ensayos he procurado no sacralizar ni  satanizar a sus protagonistas, aunque tal vez no lo haya logrado siempre. En todo caso entiendo que será siempre una tarea demasiado ardua ofrecer una valoración histórica completamente objetiva desde nuestra perspectiva subjetiva. Por mucho que intentemos demostrar objetividad siempre nuestros puntos de vistas llevarán la impronta de nuestra formación y carácter. En general pudiera resultar efectivo hacer un balance global para llegar a conclusiones sobre si una figura o institución  fue "positiva" o "negativa" según su aporte a un determinado proyecto de progreso, pero me parece más  importante procurar el análisis de los móviles clasistas que la impulsaron.

Considero que es necesario producir análisis a partir de las herramientas teóricas del historiador. Nuestros trabajos, no han renunciado a un instrumento fundamental del marxismo: el estudio de las clases sociales, punto de partida para muchas explicaciones sobre el origen de la dominación. Estimo pertinente utilizar las leyes de la historia, pero no aferrarse rígidamente a ellas ni desestimar las formas particulares que adoptan en contextos específicos. Además, en la explicación de determinados fenómenos siempre puede estar rondando el elemento irracional. Bajo qué leyes de la historia se puede explicar la conducta irracional de las masas a la caída de Machado. Las organizaciones que reunían  a los sectores populares y  habían diseñado una estrategia para la toma del poder político, no pudieron imponer su programa, no solo por la astucia de los personeros del imperialismo y la falta de unidad entre ellas,  sino también porque una parte de las masas se complació con arrastrar por las calles a los sicarios de Machado. Este episodio merece un estudio sobre la psicopatología de  masas. A veces, en situaciones de crisis, los acontecimientos toman un ritmo tan vertiginoso e insólito que superan nuestro horizonte teórico. En estos casos, será siempre necesario proponernos elaborar los conceptos correspondientes partiendo de consideraciones propias. 

Entiendo que resulta preciso utilizar fuentes diversas, provenientes de todos los sectores que actúan en un acontecimiento político dado y verificar  la manera en que estos sectores se enfrentan o se unifican. Es también imprescindible someter a crítica las fuentes, porque ellas mismas pueden inducirnos a errores de apreciación.

Correo electrónico: jrguitart1959@yahoo.es