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Algunas ideas sobre la vida literaria (1)
Roberto Manzano , 21 de julio de 2007

1. Hay que distinguir la vida literaria de la literatura. Con frecuencia dominamos un postulado o manejamos un concepto sin extraer de ellos todas las implicaciones pertinentes. No somos lo suficiente consecuentes con la premisa, y nuestra capacidad deductiva es realmente limitada. Aquel que toma un axioma como punto de partida y es capaz de avanzar coherentemente hasta las últimas consecuencias, se asombra de cómo el pensamiento común se autolimita en sus propias búsquedas. Todos en el medio literario, ya a esta altura del desarrollo del conocimiento, sabemos que no es lo mismo literatura que vida literaria. Sin embargo, en nuestras reflexiones y en nuestros mecanismos identificatorios, olvidamos mucho la diferencia y confundimos fenómenos, interpretaciones y valores de ambas esferas del proceso literario. Y esta distinción no solo es bueno tenerla en cuenta en el orden teórico, sino también, y en ocasiones de modo capital, en el terreno práctico donde transcurren nuestras acciones como autores. Si sabemos discernirlas, a pesar de sus interdependencias rigurosas, comprendemos muchas conductas, juicios y posicionamientos de este tipo de vida cultural en sus propias médulas. Hay regularidades del proceso literario que se cumplen dentro de nosotros mismos como impulsos muy personales, y de los cuales tenemos la sensación que los hemos producido con absoluto albedrío, sin advertir ni de lejos las fuerzas exógenas que nos han convertido en sus vectores de plasmación. Y a veces vemos un hecho de la vida literaria como un acto de la literatura, cuando en un increíble número de ocasiones no son verdaderamente idénticos o permutables. La jerarquización de Ramón Campoamor y la no jerarquización de Bécquer en la misma época revelan un problema de la vida literaria cuyos valores jerárquicos la literatura invirtió definitivamente. Y se pudieran detallar fenómenos diversos, pues ambas esferas, que se intersecan profundamente, poseen una complejidad tremenda, lo mismo en los aspectos diacrónicos que sincrónicos. Como fama y talento, como reconocimiento y valor, como creación y lucidez son extremos que se tocan menos de lo que uno se imagina, puede observarse entre muchos de los mismos protagonistas de este quehacer artístico las más asombrosas indistinciones y las más lerdas manipulaciones del proceso en que se encuentran inmersos o de los estados anteriores del flujo literario al que se incorporan.

2. El proceso literario parece estar sujeto a una dinámica especial. Es evidente que lo literario transcurre en un proceso, y como todo proceso su modo de realización material es una sucesión de estados. Esos estados tienen fuentes dinámicas internas, que tienen que ver con el desarrollo y acumulación de los resultados de los estados anteriores del propio proceso plasmador, y fuentes dinámicas externas, que tienen que ver con las circunstancias y demandas de procesos superiores incluyentes en los que nacen sus nuevas representaciones y tecnologías. La vida sociohistórica y la literatura misma son sus plataformas de suscitación, ajuste y despliegue. Pero para que este movimiento exista, el proceso literario urge de poleas motrices que empujen los saltos de un estado a otro. Solo hay proceso si se vertebran estados consecutivos, y solo es posible la transición de un estado a otro si en cada uno de ellos fuertes poleas dinamizan los cambios. Haciendo abstracción de las inconmensurables fuerzas de toda índole que actúan sobre el campo literario, y enfocando su estructura peculiar, se observa que más allá de las fuentes dinámicas señaladas hay un motor interno indudable: la lucha de tendencias. El campo se encuentra en marcha porque posee un interior conflictuado. Siempre hay muchas tendencias en el campo, y se encuentran en permanente batalla. Dadas unas determinadas circunstancias, una tendencia toma el campo e imprime su hegemonía estimativa e instrumental. Algunas tendencias desaparecen, y otras se tornan clandestinas o alternativas. La tendencia hegemónica conquista el sistema y tiende, por naturaleza propia, a ejercer una tiranía y una duración representacional que el fluir inagotable de la vida sociohistórica no soporta. Las desaparecidas pueden rearmar sus huestes ante las nuevas contingencias de la sensibilidad, pero lo más frecuente es que las sumergidas y las alternativas sin poder intensifiquen su lucha y alguna de ellas desplace a la hegemónica. Con una nueva hegemónica, y superado un período de satisfacción representativa, ella misma facilita sin querer, si no la sostienen grandes fuerzas extraliterarias, el  arribo a la luz de nuevas tropas de choque. Como los jóvenes en todas partes constituyen el grueso de los ejércitos, en la mayoría de las ocasiones, aunque no es una regularidad de la literatura sino de la vida literaria, ellos son los portaestandartes de los gestos más radicales. En la misma medida en que estos gestos sean más radicales, más rápidamente será perdida la hegemonía, pues parece ser una ley estética, como lo es en la visión darwinista, que la especialización excesiva de las variaciones concluya en una rama muerta del árbol de la evolución.

3. La vida literaria nunca tiene la unidad que aparenta. Como el campo donde transcurre el proceso está enormemente vectorializado, pues se están generando de continuo modos de representación que caracterizan los más opuestos y diversos intereses del tramado social, la vida literaria es siempre terreno minado. Solo se logra arrojar una impresión de unidad bajo el más feroz totalitarismo. Incluso el poblamiento y despoblamiento de tendencias, según leyes de emigración en busca del éxito, es una marca sociológica interna de lucha artística. En sociedades donde la lucha estética, inevitable en este campo, está vista bajo sospecha y controlada, esta se enmascara y encuentra válvulas oblicuas de expresión. Donde no es posible el manifiesto, por ejemplo, se recurre a la antología como exhibición de membresía, postulados y cuerpos textuales. Siempre hay muchas tendencias en contacto, y estableciendo entre sí múltiples tipos de relaciones. Unas que ejercen influencia sobre determinados sectores institucionales, otras que optan por subordinarse a la imperante, otras que escapan a la sombra esperando mejores momentos, otras que toman las áreas sociales abandonadas por la hegemónica, y otras que organizan la defensa y propagación por entre los intersticios detectados. Superado ese estado específico del proceso, suscita la impresión generalizada, y pasa a constituir una visualización histórica, de que la hegemónica lo fue porque era la más apta para representar la sensibilidad de determinado espacio-tiempo. Así como el poeta sabe que en la construcción del poema siempre hubo la posibilidad de tomar otra decisión expresiva, pero al lector se le antoja el poema como una construcción fatal, donde las decisiones tomadas parecen absolutamente incanjeables, nuestra visualización de las plasmaciones históricas nos parecen intransferibles y óptimas. La tendencia hegemónica, como toda entidad ideológica manipuladora, esculpe en su triunfo dos gestos básicos: se muestra como una derivación lógica de todo el decurso anterior e inculca que ella es el mejor espejo de su época o la matriz más actualizada del arte. Toda esta invisible  novela parece reducirse a dos tendencias antagónicas: la que estaba en posesión del poder y la que considera que tiene el derecho a desplazarla. Las restantes tendencias que abigarran el campo, bien por debilidad artística o insuficiencia organizativa, quedan excluidas del drama. Puede que exista alguna tendencia viva con fuerza artística y suficiencia organizativa, pero puede ser barrida movilizando bloqueos o repulsiones extraliterarias. Se impone, de todos modos, la toma del poder literario. No importa que el Estado estipule que en arte las formas son libres, las tendencias permean de algún modo el sistema literario institucional, y desde allí ejercen un dominio artístico subrepticio. Los desplazados y los repelidos entienden el juego de fuerzas, aunque sea de modo instintivo, y toman las medidas pertinentes, que pueden ir desde la emigración estimativa e instrumental hasta la elaboración clandestina de literatura, momentáneamente fuera ya de toda vida literaria. Parece ser una ley, extraída de la observación de la práctica histórica, que los que toman el poder literario lo ejerzan implacablemente. Son extraordinariamente extrañas las democracias estéticas.

4. Las raras relaciones de los literatos y los funcionarios. En todas partes los literatos y los funcionarios establecen relaciones muy complejas, pero aún lo son más donde los literatos no tienen oportunidad de organizarse independientemente según sus propios intereses y se ven obligados a buscar el auspicio de los funcionarios. Los funcionarios no son mecenas, y la mecánica interna de sus actos obedece a otros sistemas de fuerzas. Saben que su misión es el trato con el movimiento autoral, y los mejores se esfuerzan en convertir en productiva esa relación. Pero ellos y los literatos están incorporados a sistemas muy diversos, con rasgos a veces extraordinariamente diferentes. El funcionario no tiene por qué ser un creador, y es siempre un empleado estatal, que pone en función a una institución o dispositivo social para el fomento de la actividad creadora. En la mayoría de las ocasiones no tiene el poder ni la capacidad para intervenir ecológicamente en la fluencia aleatoria de la cultura, y se enmarca en lo que se encuentra estipulado para su frente de atención, según prescripciones y orientaciones internas de desarrollo instituidas desde arriba. Su facultad de diagnosis de un estado literario específico rara vez alcanza suficiente agudeza, pues no es parte orgánica de ese estado, y no tiene desarrolladas en él la intuición y la capacidad osmótica de entendimiento, que sirven en el literato ―tampoco en todos, solo en los de genuino talento― para captar las demandas y direcciones de un clima artístico, ni tiene a su servicio un instrumental científico idóneo para la auscultación profunda. El funcionario puede ser un literato, pero con ello se entra en zona llena de potencialidades y limitaciones. En cuanto literato, puede que disfrute ―se supone que en él sea más frecuente― de una capacidad de intelección más fina de su medio creador, por su sentido de pertenencia y su predisposición e información permanentes. Pero en cuanto funcionario está enmarcado, pues obedece a estrategias de otras instancias, que lo rebasan como artista. El funcionario que es literato se encuentra en una posición ética delicada, pues perteneciendo al campo de fuerzas dinámicas y conflictivas que es la vida literaria, ha de establecer una distancia virtuosa, que le permita influir positivamente sobre dicho campo. De todos modos, al escoger literatos para que ejerzan sus decisiones en los elementos componentes de la vida literaria, según los planes institucionales de fomento, cede su autoridad posible a creadores con los que no puede establecer contratos estéticos y que dictaminarán según sus belicosas pertenencias. Estamos refiriéndonos, desde luego, a funcionarios, sean literatos o no, que se encuentren plenamente identificados con sus encargos. Porque en ocasiones el funcionario, que solo actúa como un administrador o un trasmisor de directivas, o el literato, que está allí en los mecanismos de poder como parte de la estrategia de garantizar de alguna manera el éxito de su actividad creadora o la de los suyos, adquieren una influencia sobre el campo que resulta enteramente brutal para el desarrollo de la literatura.

5. No hay peor astilla que la del propio palo. Con frecuencia se oye a los literatos responsabilizar a los funcionarios de la existencia de determinadas deformaciones o injusticias del medio, pero esto es menos cierto de lo que se piensa cuando se refiere a legitimación, y no es a veces más que un artilugio o una fijación de una mala etapa histórica (aunque constantemente haya fuerzas tironeando hacia una implacable regresión del fenómeno). Realmente los funcionarios tienen mucha responsabilidad, pero ellos no dictaminan adentro del campo mismo. Todos los aspectos que tienen que ver con la conciencia estética, sus ensanchamientos o reducciones, escapan a sus posibilidades. Ellos estructuran las relaciones del Estado con el medio, pero delegan las actividades de distribución y conservación del valor enteramente literario. Cuando confieren valor directamente, resulta ser casi siempre de carácter extraliterario, por lo que en el medio ―sobre todo en los sectores más celosos de la inmanencia artística― la atribución puede ser observada con suspicacias y relecturas. La legitimación que pueden intentar los funcionarios es siempre puramente representativa desde el punto de vista literario, y la única legitimación que puede llegar a ser válida, en cuanto reconozca un tránsito genuino de la vida literaria a la literatura, la otorga el propio campo a través de todos sus componentes vivos que censan, avalan, interpretan, promueven, jerarquizan y conservan la información artística. Así que todo literato excluido, si no lo es por meras razones extraliterarias, cuyas maniobras suelen ser violentamente visibles o delicadamente instrumentadas, pero siempre interpretables para el afectado, debe probablemente su exclusión a una de las siguientes causas básicas: o su evidente insuficiencia artística, o las maniobras de otras conciencias literarias que ejercen con envidiable sutileza la capacidad de marginación de que disponen. Esa capacidad la adquieren al lograr un posicionamiento en el campo por aparentes o auténticos méritos artísticos, o por encontrarse incorporados a las tendencias dominantes, o por resultar vectores convenientes para los desideratos del poder. Ha de decirse, sin embargo, que las posibilidades de que los lectores puedan hallarse en condiciones de convertirse en una fuerza real y profunda de legitimación son hoy día escasas, y que toda legitimación proviene de hecho de otros literatos. Al adelgazarse la actividad crítica verdadera o esfumarse completamente, como sucede ahora mismo, se engruesa la alternativa legitimadora entre los propios literatos. Pero esta alternativa, en el orden factual, se vuelve un halar la sardina hacia la propia brasa, a veces tan resueltamente que produce la impresión de que el campo se ha tribalizado. Y en los componentes de la vida literaria que no tienen que ver directamente con la distribución del valor sino con ciertas prerrogativas o prestigios, se acumula de continuo una demanda que elabora con presteza sus propias jerarquías. Como los funcionarios se privan de establecer directamente jerarquías de índole artística, compulsados por sus deberes de atención y por sus intereses inmanentes, pueden equivocarse con honradez o impeler adrede el desarrollo de estas burbujas del valor. Son episodios de la vida literaria que suelen afectar momentáneamente la circulación de lo legítimo, pero de los que acaba levantándose la literatura con su perdurable riqueza.