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Reflexiones sobre  historia política. (Segunda parte)
Jorge Renato Ibarra Guitart , 30 de julio de 2007
Al acometer el objetivo de historiar un acontecimiento político, la historia de un partido, institución, persona o corriente debemos tener presente que el mismo debe abarcar, en cierta medida, la historia de toda su época. Las historias construidas desde un único ángulo no solo son pobres de esencia y contenido, también pueden ser fácilmente desmontadas. Son débiles las historias apologéticas que omiten los errores, contradicciones y ambivalencias de sus protagonistas, así como hechos, nombres y circunstancias. Lamentablemente, en ocasiones se refieren a nuestras gestas de liberación. Tal vez, en algunos casos, nos podamos sentir satisfechos con su aporte inmediato en uno u otro orden, pero al propio tiempo sentimos que no se haya indagado más y falten tópicos relevantes.

El estudio de los actores históricos revolucionarios siempre requerirá de su contraparte reaccionaria, reformista o de otra índole, es en ese contexto que podremos entender mejor las raíces de la Revolución. En cualquier caso, será preferible asumir esos temas controvertidos desde nuestra madurez como intelectuales revolucionarios, que dejarlos a la consideración de los que quieren llevarnos “al fin de la historia”. Es mejor “tomar al toro por los cuernos”, que ignorar su peligro y exponernos a que arremeta contra nosotros por la espalda.

La historiografía positivista burguesa que predominó en Cuba con anterioridad al triunfo de la revolución, colocó en un mismo pedestal de patriotas a reformistas, autonomistas y revolucionarios cubanos. La historiografía revolucionaria superó ese esquema pero, al propio tiempo, se ha ido abandonando los estudios de historia integrada de tendencias opuestas y existe cierta inclinación a estudiar de manera aislada corrientes que, aunque fueron irreconciliables, actuaron en un mismo contexto histórico. También sucede que se ignora o subestima la influencia de determinadas corrientes de los grupos hegemónicos.

Es lógico que la historiografía revolucionaria se preocupara por recuperar la memoria de los dominados y creo que esa línea de investigación debe profundizarse, pero debemos remitirnos a ella partiendo de una representación más diversa y compleja. Desde esa propia perspectiva deben divulgarse estos estudios en los medios de difusión masivos, para lograr la  cultura general integral que aspiramos tenga todo el pueblo. No podemos pretender que los resultados derivados de los cambios necesarios a la historiografía queden restringidos a un círculo estrecho de intelectuales.

Continuará siendo necesario abrir espacios para el debate entre historiadores sin que algunos se preocupen porque ciertos aspectos de su obra puedan ser cuestionados. En el marco de los mismos, tendrán siempre derecho a exponer sus puntos de vista y defender sus criterios o sencillamente admitirán que su obra pudo ser mejor en algunos puntos: en general, cualquiera de nuestros resultados es perfectible. La crítica historiográfica nos hará más conscientes de nuestras potencialidades y exigirá de nosotros un esfuerzo mayor.

Una premisa de la que se debe partir para dilucidar los problemas de la llamada “historia política” debe ser  procurar que nuestro examen vaya  más allá de lo que los políticos dicen o hacen, ir a los móviles diversos que los impulsan. Referir sus contradicciones y procurar explicarlas. Martí también nos puede ayudar, él dijo: “lo esencial en la política es lo que no se ve”. Debemos aprender a leer entrelíneas en el discurso de los políticos, de lo contrario terminaremos haciendo una descripción superficial y quedaremos atrapados en una relación de hechos que por sí mismos, por muy atractivos que nos parezcan, no nos van a revelar los fines últimos de una estrategia política.

Una de las tesis que he podido confirmar en mis estudios es la de la autonomía relativa del Estado, idea originaria de Marx, algo olvidada por los manuales que por un tiempo tuvieron amplia divulgación en Cuba. En las coyunturas críticas de los años 30 y 50, cuando se emprendieron procesos de mediación política llamados a resolver las contradicciones entre los sectores dominantes, uno de los problemas que confrontaron Machado y Batista fue que tuvieron que maniobrar para darle prioridad los intereses del  Estado por encima de las demandas de las clases hegemónicas.

La dominación tiene en lo político un peso fundamental. Para el estudio de sus raíces, será necesario recurrir a los autores de la nueva disciplina de la sociología histórica como Charles Tilly, Theda Skocpol, Perry Anderson, entre otros, que han utilizado el método comparativo de casos históricos para llegar a un análisis macrocausal del cambio social, y por supuesto a otros pensadores tan necesarios como el propio Marx, Gramsci, Poulantzas, Lenin, entre otros. En particular me parece vital el concepto de hegemonía de Gramsci que comprende la búsqueda de consenso de las clases dominantes, así como su definición de que en la sociedad civil es donde mejor se expresa el sentido de la hegemonía política y cultural de un grupo social sobre la sociedad entera.

En sentido general debemos conformar un análisis complejo en nuestros textos. Aunque describir será siempre una tarea necesaria, no debemos caer en la sencilla descripción de hechos sin pretender un encadenamiento causal de los mismos. También debemos estar alertas ante el fenómeno opuesto, el intento de recurrir a una interpretación marxista de procesos históricos a partir de los resultados de otros historiadores, sin proponerse investigar nuevas fuentes que enriquezcan el análisis y nos provean de un nuevo punto de partida. De lo contrario volveríamos a los “refritos”, clásica receta basada en utilizar la obra de autores positivistas para redactar ensayos desde una pretendida perspectiva marxista, tendencia que cobró auge en la llamada década gris de los años 70.

Correo electrónico: jrguitart1959@yahoo.es