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Reflexiones sobre historia política. (Tercera parte)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 06 de agosto de 2007

En el género biográfico, donde también hemos tenido resultados, se abren perspectivas muy amplias para el ensayo de diversas metodologías de la historiografía y me parece que en el mismo podremos lograr en pequeña escala nuestra aspiración de concretar estudios de historia total que combinen  aspectos políticos, económicos, sociales, del orden de la vida cotidiana, las mentalidades, entre otros.

Quisiera ahora abordar algunos análisis de tipo político que pertenecen al período de los años 50 para ilustrar en algo la necesidad de desarrollar enfoques diversos y amplios de situaciones complejas que condujeron a momentos de viraje en la historia de Cuba.

Gramsci indicaba que dentro de todo partido político se puede distinguir el grupo social, la masa del partido y la burocracia o Estado Mayor del partido. En el período crítico de fines de los años 50 el grupo o clase social que tenía la hegemonía en el conjunto de los partidos tradicionales, es decir la burguesía dependiente cubana, no pudo canalizar con profundidad sus intereses en la búsqueda de una alternativa reformista a la crisis nacional. En tanto, la masa de simpatizantes de esos partidos se diluyó ante los continuos fracasos de sus propuestas de salida negociada al conflicto político. Por último, la burocracia o Estado Mayor de esos partidos, concepto que también podemos conjugar con el de elite política defendido por G. Ashin, quedó aislada y anacronizada, sin poder hacerle  frente a una situación que los superaba en sus reales posibilidades de acción. Es ese el peor momento que pueden enfrentar los partidos políticos, según el dirigente comunista italiano. “En cierto punto del desarrollo histórico, las clases se apartan de sus partidos tradicionales en aquella especial forma organizativa, con aquellos hombres determinados que los constituyen y los dirigen, no representan ya a su clase o fracción de clase”.1

En la Cuba de los años 50, diversos sectores de la burguesía con representación en los partidos tradicionales, al percibir la crisis crónica de estos, apelaron a las asociaciones constitutivas de la sociedad civil burguesa y a la Iglesia Católica para mantener vivo su proyecto dirigido a facilitar la conciliación entre las diversas fracciones de las elites de las clases dominantes. Por último, cuando estas maniobras no arrojaron el resultado esperado, determinados líderes políticos de la oposición recurrieron a la alianza con las organizaciones revolucionarias emergentes para enfrentar el agudo problema creado con el golpe de Estado del 10 de marzo. Este tipo de alianza de último momento, en la que muchos de los actores políticos confluyen en un mismo proyecto social englobador en busca de una salida de urgencia a la crisis en marcha, también fue considerado por Gramsci. Solo que en este asunto algunos partidos tradicionales tuvieron que aceptar el liderazgo del M-26-7.

En el caso cubano la dictadura de Batista instaló un modelo de “Centralismo  burocrático en el Estado” que impidió una salida pacífica a la crisis nacional, destinada a evitar la radicalización del proceso revolucionario en marcha. En esas situaciones, Gramsci indicaba que el grupo dirigente se encontraba saturado: “Se ha transformado en una camarilla estrecha que tiende a perpetuar mezquinos privilegios regulando o también sofocando el nacimiento de fuerzas opositoras, aunque estas fuerzas sean análogas a los intereses dominantes fundamentales”.3

La dictadura no prestó atención a las demandas de la sociedad civil y continuó su cacería humana hasta dejar sin espacio de expresión alguna a las instituciones cívicas y los partidos políticos de la oposición. Así se conformó un frente amplio bajo el liderazgo del Movimiento 26 de Julio y su máximo dirigente, Fidel Castro, que posibilitó la unidad de fuerzas políticas muy heterogéneas con la finalidad de adelantar la caída del régimen marcista.

Hasta acá nuestro ejemplo histórico. En general, es preciso escribir para el presente sin caer en el presentismo histórico, ofrecer a nuestros contemporáneos una visión compleja de nuestras realidades para que asuman a plenitud los retos actuales sin caer en complacencias con los dictados de una historia de una sola dimensión. Si no nos explicamos el pasado desde una perspectiva múltiple herraremos en la manera de dar respuesta a las problemáticas actuales que requieren una interpretación cabal de sus antecedentes. Nuestras hipótesis no pueden ser dictadas por conveniencias políticas circunstanciales, el conocimiento del pasado en una dimensión diversa nos ayudará a explicarnos mejor el presente y  permitirá proyectarnos en forma discreta hacia el futuro. Como dijera Gramsci, la verdad será siempre revolucionaria y los historiadores cubanos estamos inmersos en un proceso de luchas revolucionarias ininterrumpido desde 1953, por lo que no podemos quedarnos a medias si se trata de asumir nuestro pasado y encontrar respuestas orgánicas a nuestras aspiraciones de renovación como profesionales y como ciudadanos. Ello también es un legado de la Revolución.

1 Gramsci y la filosofía de la praxis. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1997, pp.140-141.

2 Ibídem, p.141.

3 Ibidem, p.153.