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Carta al lector y a la lectora
Adelaida Fernández de Juan, 10 de agosto de 2007

Hace año y medio escribí por primera vez a la norteamericana Barbara Kingsolver, con motivo de la publicación en Cuba de su novela La Biblia envenenada,  por la  Editorial Arte y Literatura, en el marco de la Feria Internacional del Libro de 2006.

Con mi precario inglés, le transmití mi admiración por su libro, y el honor de haber dicho las palabras el día de su presentación. Teníamos la ilusión de que la autora pudiera asistir a la Feria, y los organizadores del evento proyectaban entrevistas y actos para agasajarla. Su visita hubiera sido un verdadero lujo para nosotros. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos,  sin embargo, se encargó de romper el hechizo, y Barbara Kingsolver no pudo venir a Cuba.

No obstante, La Biblia envenenada se abrió camino ella sola, y resultó uno de los libros más vendidos ese año. Actualmente se encuentra agotado. O mejor, no se encuentra en nuestras librerías. Feliz destino (y es de considerar la posibilidad de una segunda edición)  del primer volumen que se conoce en Cuba de esa autora. Bióloga de profesión, y destacada defensora del medio ambiente y de los derechos humanos, la Kingsolver ha escrito varios libros, y con La Biblia envenenada (que quizás debería llamarse mejor en español La Biblia venenosa), obtuvo el Premio Nacional del Libro de Sudáfrica, y resultó finalista para la concesión del Pulitzer en 1988.

Luego de un primer intento de comunicarme con ella, hice un segundo. Nunca obtuve respuesta, de manera que sospeché que los impedimentos que encontró para viajar a nuestro país la mantenían a una distancia mucho mayor que el imperfecto inglés en que yo le escribía. Esta vez, vuelvo a la carga, pero ya sé que no escribo a Barbara Kingsolver, sino al lector y a la lectora que aún no han tenido la dicha de conocer su novela.

Lo hago desde la esperanza de que volvamos a tener el libro a nuestra disposición.

Cuando ese genio que se llamó Mark Twain hizo público en 1905 su texto Soliloquio del rey Leopoldo sobre el Congo, no podía imaginar que ochenta y ocho años más tarde una coterránea suya describiría las terribles consecuencias que se mantienen en ese país, ni la pavorosa vigencia del irónico monólogo, que Twain atribuye al rey Leopoldo.

La biblia…, escrita con el formato del Antiguo Testamento, consta de siete capítulos, llamados Libros, todos narrados con voces femeninas (Génesis, El Apocalipsis, Los jueces, Bel y el dragón, Exodo, La oración de los tres mancebos y Los ojos de los árboles),  encabezados por las supuestas divagaciones del personaje que resulta ser el eje central de toda la novela: Orleanna Price.  Madre de cuatros niñas cuyas edades fluctúan entre cinco y doce años, viaja al Congo acompañando a su esposo, el reverendo Nathan Price, quien se empeña en imponerse como predicador baptista en Kilanga.

Los horrores que soporta esta mujer desde el desamor del esposo, la convulsa historia de un país que sólo llega a aceptar a una de las hijas como propia, la muerte violenta de un miembro de la familia, hasta la aniquilación del movimiento lumumbista y las secuelas del complot, la convierten en la narradora más eficaz y entrañable de todas las que  nos van contando sus vidas a través de las páginas de este memorable libro.

Es muy curioso cómo ambos escritores, Twain y Kingsolver, acuden al recurso de la religión para aparentar que no denuncian, sino que describen. Hábilmente, con ese extraño don de los grandes escritores, cuentan la historia como si no tomaran partido, porque cuando de dioses  se trata, no se supone que la mano humana  intervenga.

En El soliloquio….leemos esta terrible reflexión del rey Leopoldo ante las revelaciones de  los misioneros:

“¡no se han callado nada! Han revelado detalles que la vergüenza debería haberles obligado a silenciar , ya que era dejar al descubierto a un rey, personaje sagrado e inmune a todo reproche por su elección y destinado por Dios mismo para esta gran tarea; un rey cuyos actos no pueden criticarse sin blasfemia, ya que Dios los ha observado desde el principio y no ha mostrado insatisfacción alguna hacia ellos, ni desaprobación de ellos, ni los ha dificultado ni interrumpido en modo alguno. Por esta señal reconozco yo su aprobación de cuanto he hecho;  su aprobación cordial y alegre.”  

Y así, con la aprobación celestial, indiscutible, el reverendo Price, sagrado e inmune, va denigrando a los habitantes de Kilanga, y más tarde el  entreguismo de muchos y el derrocamiento del líder Lumumba terminan por aniquilar el incipiente movimiento de liberación congolés.

Narrados los hechos sin pretensiones historiográficas, y vistos, además, bajo el prisma delicado y al mismo tiempo rebelde de una mujer, resultan conmovedores.

Dice Orleanna: “Puede que incluso confiese la verdad, que cabalgué con los cuatro jinetes y contemplé el Apocalipsis, pero sigo insistiendo en que yo era un testigo cautivo. ¿Qué es la esposa de un conquistador, sino otra conquista? Y si a eso vamos, ¿qué es él? Cuando llega para derrotar a unas tribus hasta ahora desconocidas, ¿no creen que estas se postrarán de deseo ante esos ojos color cielo? ¿Y que anhelarán dar una vuelta con esos caballos, disparar esos cañones? Eso es lo que le respondemos a gritos a la historia, siempre, siempre.”  

Por otra parte, la belleza del paisaje africano, los animales, los ríos (sobre todo el majestuoso Kwenge), el encanto de esa naturaleza bravía y desconocida para muchos de nosotros, logran conquistarnos.

Las descripciones que hace la autora permiten ver no sólo su admiración hacia esos lugares en los que pasó su infancia, sino que no hay dudas: no nos está invitando a recorrerlos con intenciones turísticas. Los está protegiendo. El mensaje que recibimos es Ayúdalos.

Dos reflexiones que aparecen en la novela en boca de la propia autora, la primera de ellas, y como parte de las confesiones de una de las hijas de Orleanna; la segunda, resume el mensaje que considero el mejor estímulo para que tú, lector y lectora, te animes a leer:

“….desde muy temprano me instigaron a explorar el enorme y movedizo terreno que hay entre la justicia y lo que es justo”.

“Somos el  equilibrio de nuestros daños y nuestras transgresiones. Créanme: los errores forman parte de la historia”.

Laidi Fernández de Juan,
Junio de 2007.