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La mucha almendra de Mayra Montero
Marilyn Bobes , 15 de agosto de 2007

Mi conocimiento de la literatura de Mayra Montero lo debo a la cineasta Rebeca Chávez quien, en los inicios de la década del 90, puso en mis manos un ejemplar de La última noche que pasé contigo, editado por Tusquets, en cuya convocatoria al Premio La Sonrisa Vertical del año 1991, la autora había resultado finalista.

Me impresionó la manera desprejuiciada con que abordaba aspectos referentes a la sexualidad, incluyendo el homosexualismo femenino, un asunto que, por entonces, no había sido muy tratado por la literatura en lengua española. Después, estaba ese estilo directo con el que me sentí tan identificada desde el provocador y fantástico comienzo: "No se ha muerto-hizo una pausa-. Se ha casado, que si vamos a ver es peor".

Algunos años después de aquella lectura inaugural, la escritora, crítica y ensayista Mirta Yáñez me propuso participar en un proyecto que me pareció imprescindible y fascinante. Se trataba de un panorama de la cuentística femenina cubana desde el principio de los tiempos hasta la actualidad. Mirta se proponía que también se incluyeran autoras residentes en el extranjero, lo cual, a la sazón, era una osadía mayor, pues desde 1959 no se publicaba en Cuba a ningún autor que hubiera abandonado el país.

En la lista que Mirta- principal conocedora de la literatura escrita por mujeres que residen fuera de Cuba- proponía, estaba Mayra Montero, quien había publicado en Puerto Rico, su país de adopción, un libro de cuentos.

En 1991, los investigadores Emilio Jorge Rodríguez y Vitalina Alfonso, dieron un relato de Mayra a la revista Casa de las Américas que posteriormente incluirían en la antología Cuentos para engañar a los turistas, editado en Cuba en ese mismo año. Fue precisamente este texto, “Corinne, muchacha amable”, el que fue incluido en Estatuas de sal, el panorama al que ya hice referencia y que apareció, finalmente, en 1996, bajo el sello UNION, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Este acercamiento de Mayra Montero a su país de origen (aunque ella se considera parte de la literatura puertorriqueña y no de la cubana) se fue haciendo cada vez más intenso, y en el 2003, Letras Cubanas, del Instituto Cubano del Libro, dio a conocer a los lectores de la Isla la novela que me había prestado Rebeca Chávez unos diez años antes: La última noche que pasé contigo, que como muy bien se afirma en su nota de contracubierta es un “acercamiento magistral al erotismo masculino”. Y al femenino, añadiría yo.

Desde entonces, Mayra Montero no cesa de ser publicada en nuestro país. Sus novelas, entre las que destacan El capitán de los dormidos y Como un mensajero tuyo (la primera de la autora que toma como escenario argumental La Habana), han sido muy bien acogidas por el lector cubano, ganándole a la escritora reconocimiento y aprecio en Cuba.

Ahora, Son de Almendra llega para completar el conocimiento de una obra que, en mi opinión, se va haciendo cada día más consecuente con sus pretensiones, más depurada, tanto en su estructura como en su lenguaje: claro, preciso, ingenioso y gramaticalmente impecable.

Confieso que leí esta novela “de un tirón” y que me aportó un conocimiento de La Habana de los 50 que no poseía, a pesar de que ya algunos autores cubanos habían abordado el tema de la mafia. Pero los libros que conozco sobre este asunto carecen del encanto fabulador que encontré en el de Mayra.

Cierto es que puede resultar un poco inverosímil la historia de amor entre Yolanda y el legendario Rodney, artífice de los antiguos shows de Tropicana. Personas que lo conocieron afirman que su orientación sexual era tan evidente que no podía pasar inadvertida para nadie. También me parece un tanto artificial que la mujer que deslumbrara a Santos Traficante y al periodista que protagoniza la novela, fuera manca. No ocurren con frecuencia estas cosas en la realidad, desafortunadamente. Pero tampoco son imposibles. No hay que exigirle a la literatura un estricto apego a las generalidades. Por el contrario, a veces las excepciones son las que convierten el material narrativo en una historia interesante, determinada por lo que tienen de extraordinario e inexplicable ante los prejuicios y convencionalismos de algunos seres humanos.

Creo que con Son de Almendra su autora ha logrado hilvanar una narración que entretiene e informa, de una honda cubanía, en la que conjuga su vocación periodística con sus recuerdos personales y una desbordada imaginación.

Aunque ella opine –así lo manifestó en una entrevista que tuvo la gentileza de concederme recientemente- que el lugar de nacimiento es sólo una cuestión geográfica, creo que novelas como la que comentamos hoy o Como un mensajero tuyo, la desmienten.

Sólo quien atesora en su memoria el recuerdo de lugares, olores, sonidos y cadencias que nos otorgan un sentido de pertenencia único, revela con autenticidad las esencias de eso tan polémico que hemos dado en llamar la cubanía. En constante proceso de evolución, como todo en este mundo, pero con características muy peculiares dentro del gran concierto de la literatura universal. Y es bueno destacarlo en tiempos como estos, cuando se nos pretende imponer una empobrecedora homogeneidad cultural dominada por los patrones procedentes del Norte.

Recomiendo, pues, la lectura de esta pequeña joyita, que nos ayudará a conocer esa Habana anterior frecuentemente edulcorada o satanizada con propósitos manipuladores.

Nadie que comience a leer este libro podrá ceder a la tentación de continuar haciéndolo hasta su última y muy sorprendente página.