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Domingo Alfonso: poemas, poetas y opiniones

Jorge Ángel Hernández, 21 de marzo de 2017

Poetas, poemas, poesía & Poesía rimada,1 de Domingo Alfonso, es un libro de libros y de géneros. Unos se muestran más intencionados, como la crítica literaria y la poesía, otros en calidad de acompañantes infiltrados, como el testimonio, el periodismo, el análisis crítico académico y el relato. Sobre todo, y en una constante que domina el contexto de sus páginas, va encadenando reflexiones –agudas, severas, personales– acerca de la poesía. Como la mayoría de la obra de este autor, la rareza lo marca; como si vivir al margen de la tendencia fuera su propio estado natural. A veces, ciertamente, los diálogos y referencias nos dicen que el aparte de su obra no es por completo un aparte de la vida que incide en la literatura, sobre todo en el ámbito que establece cánones y modos de enjuiciar.

Hay además en este libro un devenir del tiempo y sus tendencias. Una perenne referencia a ese aparato ideológico que enjuicia la poesía, ya sea forzándola a través de la inmediata circunstancia, ya construyéndole un trono plenipotenciario.

En la primera parte, que llama “Libro I. Poetas, poemas, poesía”, Domingo Alfonso aprovecha el tono y la manera del ensayo crítico para reseñar valores fundamentales de la obra de los poetas antologados en Cuba como la Generación de los años 50. Sus juicios, concebidos un tanto al modo enciclopédico, se tornan oportunos justo después de que la oralidad de los sujetos implicados ha dejado el centro del debate a otras generaciones. En algunos casos Domingo Alfonso es compacto y preciso, en otros, se extiende en argumentaciones y, como no podía faltar en un modo tan personal de ejercer el criterio, crea su propia elección antológica, argumentando con la relación de valores que otorgan legitimidad a su parecer y son, al mismo tiempo, combustible para polémicas futuras. A mi juicio, es esa conciencia de presente la que valida el don poético y el por qué no renunciamos –a pesar de los hostiles cambios de la vida– a seguir escribiendo –y leyendo– poesía.

El colofón de este ciclo enciclopédico de la Generación de los años 50 viene en un acto de honestidad confesional. Son siete notas que reverencian el profundo bagaje cultural del poeta que opina y clasifica. También en apretadas líneas revela el trasfondo de juicio que el antologador y crítico ha empleado en el trabajo anterior y, obviamente, mucho además de lo que seguirá perviviendo en las páginas siguientes.

El tema del hermetismo y la claridad en la poesía, como una confrontación histórica desde la lírica española, sin soluciones en sí misma, ocupa tanto las páginas de cierre de esta parte como las siguientes, hasta llegar a la que nombra “Última página”, que es en realidad la penúltima del Libro I, donde da fe de los valores que ha perseguido en su propia poesía. Al escoger este modo de decir, y de evaluar, vamos aprehendiendo la sensación de que el poeta necesita explicarse, como si sobre sus hombros literarios hubiera pesado una constante acusación. Y no me extraña, desde luego, pues su obra poética ha corrido siempre el riesgo de la singularidad y ha apostado por hallar el verdadero peso específico de lo que concebimos ligero por presentarse cotidiano. La carga no es explícita, pero un lector avezado puede percibirla.

Una especie de guía de nombres de poetas de los últimos diez años concluye las páginas de este personal y raro ensayo. Esta guía dialoga, aunque solo sea a partir de la enumeración, con el recorrido inicial a través de la Generación de los años 50. La acumulación de nombres, cuya fuente esencial es ese monumental proyecto que es la revista Amnios, da fe de un cambio radical de crecimiento, de una era distinta que escapa al panorama que había servido para hacer la Historia de la literatura. Como en su propios poemas, Alfonso va directo y sin adjetivación, apenas concentrando las pistas para que todo historiador comprenda qué grande es el trabajo a vencer.

En “Libro II. Días que pasaron”, Domingo Alfonso acude a la memoria autobiográfica para narrar los sucesos importantes de su infancia, de su formación del gusto por la obra ajena y la conformación de la propia, siempre a pasos que buscan un horizonte que se alarga. El apunte testimonial lleva a la par el peso de la imagen poética, la materia prima que la realidad aporta a la poesía, riesgo que el poeta corre en defensa de su obra, que tantas vicisitudes extraliterarias ha sufrido. La humildad del poeta revela, antes que ocultar, la búsqueda de la trascendencia. Es también claro y directo en este punto.

“Libro III. Artículos y relatos” contiene primero cuatro ejercicios de crítica literaria y cierra con dos relatos sorprendentes que son, en el contexto del libro, un guiño a la sección anterior. Su memoria del pueblo natal se inicia, justamente, con un poema al matadero de Jovellanos, en Matanzas. No es de pasada data, sino de 2004. Ello le permite cerrar con sentencias bien audaces que logran traspasar el lamento de la ancianidad, aunque, como lo dice el poema en su verso último, “el líquido que me humedece es el pasado”.

El verdadero cierre del libro se da con un cuaderno de poemas que en 2012 publicara Ediciones Matanzas en una edición de cien ejemplares numerados. Así, “Libro IV. Poesía rimada” da a conocer a mayor número de lectores cuarenta poemas de Domingo Alfonso que van de 1956 a 1998. En ellos se muestra plenamente la capacidad de ironía del autor, su don de reflexión y su siempre inquietante visión de lo poético. Y para más añadidos, hay diferencias entre las ediciones, que él mismo achaca a su “defecto de la ‘revisión infinita’”.

Un libro raro y poderoso. Libro de libros, como dije al inicio, no solo por los que contiene en sí mismo, sino por los tantos que cita y acumula. La predicción de este tiempo de la edad avanzada, puede encontrarse, como un ejemplo singular de tantos, insisto, en un soneto de 1959 titulado “Mañana” que bien me serviría para cerrar esta reseña:

 

Alguna vez mi verso carente de mensaje

repetirá las cosas que supieron decir

antaño los poetas, con hermoso lenguaje;

y a todos querré hablarles, y nadie querrá oír.

 

Seré para las gentes como el bello paisaje

que visto un año y otro se llega a maldecir,

o como aquel viajero que regresó de un viaje

e idéntico relato, se obstina en repetir.

 

Los jóvenes poetas me verán con la pena

que aspiran las actrices muy viejas en escena;

y anhelaré la palma, y esperaré la flor,

 

Y vendrá la ceniza de todos los desdenes

a recubrir de nieve el luto de mis sienes,

y el hastío, el cansancio y el eterno dolor.

 

Nota

1.Domingo Alfonso: Poetas, poemas, poesía & Poesía rimada, Letras cubanas, La Habana, 2015.