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Nicolás Guillén: honor y riesgos

Jorge Ángel Hernández, 17 de julio de 2019

Cuando decimos que Nicolás Guillén es nuestro Poeta Nacional, hacemos un justo reconocimiento a la nación y al poeta, en primer lugar porque su poesía sintetiza y eleva las esencias de nuestra identidad, concentrando lirismo, sentido de profundidad, ritmo y carácter, en una extraordinaria capacidad de comunicación. También, cuando nos limitamos al lugar común de que nuestro poeta nacional es Nicolás Guillén, corremos el riesgo de esquematizar su legado, reduciéndolo a algunos de los aspectos históricamente valorados de su poesía. Su categoría no proviene de simpatías ni decretos, sino de una trayectoria tempranamente demostrada, de un lugar y un nombre alcanzados antes de que ocurriera el triunfo revolucionario de 1959, con méritos que se expandieron más allá del Caribe y del continente americano. “Al ser intérprete de su nación  –escribía Roberto Fernández Retamar en 1962–, Guillén colabora un poco al menos a crear esa nación. Es por eso un poeta nacional, no solo en el sentido que con frecuencia se le da, de poeta importante para todo el país, sino en el de poeta que expresa la formación de una nación”.1

Del mismo modo, cuando hablamos de Nicolás Guillén como un renovador de la poesía negrista, del modo en que no pocos estudiosos lo catalogaron muy tempranamente, estamos reconociendo un justo mérito, tan raigal, que aun ofrece aristas poco atendidas por las cuales podríamos (y deberíamos) acercarnos a su obra, ya sea a través de estudios o, mejor, desde la más humilde de las actitudes: disfrutar de su lectura. Sin embargo, conformarnos con limitar el juicio al tan valioso gesto de renovación que entraña su poesía, conduce al riesgo de limitar el carácter revolucionario de su obra a ese instante de nuestra historia literaria, hecho que ha ocurrido y ocurre con demasiada frecuencia, la mayoría de las veces bajo encomiables esfuerzos y buenas intenciones. El recorrido por esa poesía guilleneana que deslumbraría a tantos lectores de varias latitudes del planeta, muestra hasta qué punto la reivindicación de los comportamientos culturales de la negritud es mucho más que un gesto de reafirmación y más, también, que una denuncia de la terrible discriminación sufrida. Lo confirman libros capitales que se apropian de la década del 30 del siglo XX como Motivos de son (1930), Sóngoro consongo (1931), West Indies LTD (1934) y Cantos para soldados y sones para turistas (1937), para ingresar definitivamente en la historia literaria y social de la nación. En sus poemas vibran las esencias de una cubanía que se distingue noblemente de las mejores herencias culturales y, al mismo tiempo, se resiste a tolerar toda expresión de discriminación, incluidos los simples y en ocasiones inadvertidos actos cotidianos que la reproducen.

Valdría la pena destacar, por otra parte, cómo el modo elegíaco de Nicolás Guillén marca pautas del más alto vuelo en el ámbito hispanoamericano, y hacerlo mediante un análisis que trascienda el apunte erudito y el recorrido entusiasta y merecido. La formidable y desgarrada Elegía a Jesús Menéndez, colofón de un conjunto escrito en los diez años que van de 1948 a 1958, lidera una vanguardia más amplia de elegías que a veces se engavetan y sustraen, rindiendo exclusivo tributo a la mayor de las hermanas.

Hay que agregar a todo esto que el vuelo popular de la poesía de Nicolás Guillén resumió, singular y magistralmente, el canto épico y la voluntad más inmediata del pueblo; es un acto de meridiana justicia, pues sus poemas calaron tan hondo en el sentir de una nación en lucha por sacudirse de los siglos de oprobio, que ha sido imposible vislumbrar ejemplos que lo continúen con dignidad renovadora. No obstante, una vez más asoma el riesgo de esquematizar la savia de esa poesía que hoy recordamos y releemos, asignatura pendiente para la inmensa mayoría de nuestros jóvenes, poetas y no poetas, escritores o simples lectores que o bien se acercan blindados de prejuicios a la obra descomunal del camagüeyano o simplemente la estigmatizan sin apenas conocerla.

Las esencias tempranamente anunciadas por Guillén, que renovaron formas del género más antiguo y cultivado de la creación literaria, la poesía, y reivindicaron dignidades humanas sin renunciar a la ironía folclórica, se revitalizan a partir de las nuevas circunstancias sociales, dando fe de que es difícil imaginar la existencia de la poesía fuera de los sucesos que hacen sufrir y reír al ser humano. El legado guilleneano que pasa por poemas como “Tengo”, “Che Guevara”, “Vine en un barco negrero”, o “Che, Comandante”, entre tantos, es un reto vigente en nuestra lírica y, acaso, un reclamo al que muy escasos poetas consiguen acercarse con la dignidad necesaria.

Fernández Retamar resaltaba su capacidad de interlocución con los más diversos sectores de público y lo incluía sin dudar “en esa exigua familia (entre cuyas cabezas hay una con sombrero hongo, la de Charles Chaplin). (…) Así como del cine salen encantados de la vida, de ver La quimera del oro o Tiempos modernos, tanto el semianalfabeto como el políglota deslenguado, así la poesía de Guillén estremece al que, casi sin poder leerla, la escucha de labios que saben darle su poderosa vida rítmica, y al que entra en ella lleno de artes y malicias, y siente los matices de las vocales justas, la ráfaga del misterio”.2

Si además condescendemos en reproducir acríticamente la falsa visión de revolucionario complaciente que algunos se han empeñado en propalar, olvidamos su profunda, sintética y simpática poesía epigramática, así como la constante ironía de la que diera muestras desde sus inicios y hasta sus últimas creaciones. No hay un Guillén solemne sin ese otro Guillén de deliciosa picardía criolla, sin esa sátira que nos divierte y nos reta a la par de su épica. Dejar de colocar en un escaño menor su mal llamada poesía menor, es otra ingente misión que nos aguarda.

Cuando se asume la idea de que la expresión lírica, amorosa, de Nicolás Guillén, se reduce a un grupo de poemas de ocasión, salpicados a través de su obra y de su vida, se reproduce, en otra dimensión, aunque a la postre con similares resultados, el injusto error que lo ha asediado. Como poeta capaz de incursionar en muy disímiles registros, supo acudir a la lírica con magistrales piezas, nada ocasionales, vivas tanto en su contexto base como en su proyección de futuro. Y es que Guillén, sin dejar de ser personal, logra ser profundo y al mismo tiempo universal.

Por último, cuando hablamos de Nicolás Guillén como un gran poeta, sin dejar de ser justos, corremos el riesgo de limitar el más amplio sentido de su condición: la de revolucionario cabal y a toda prueba, desde su muy temprana juventud y hasta el final de los días de su vida, mérito inseparable de aquella lucidez suya de articular, al decir de Juan Marinello, “un modo nuevo, inusitado, de poesía revolucionaria”.3 En Guillén, como en Martí, resulta imposible aislar ambas condiciones, no solo desde una perspectiva exterior, de observador erudito, neutral, sino desde la esencia misma de su verso, mucho menos en días intensos como estos, en que tanto se le ha evocado a propósito de IX Congreso de esa misma UNEAC que fundara y presidiera durante 25 años.

La asignatura pendiente que nos deja la obra de Guillén, nuestro Poeta Nacional, demiurgo de la cubanía y el verso, va más allá de los imprescindibles estudios e investigaciones. Necesitamos, al cursarla, superar tanta lectura de paso, tanto planteo esquemático, tanta preceptiva colgada de las efemérides. Solo así haremos que vuelva su poesía a los lectores y lectoras de hoy, en la misma cuerda vital con que fuera concebida y con todas sus esencias intactas, vencedoras del tiempo y las feroces e injustas campañas de que han sido objeto.

Notas

1 Roberto Fernández Retamar: “Guillén en la poesía contemporánea cubana” en: El son de vuelo popular, Editorial Letras Cubanas, La Habana, , 1979, p. 27.
2 Ob. Cit., p. 30.
3 Ob. Cit., p. 18.

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