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Quemadura y fulgor bajo oficio poético de Jesús David Curbelo

Jorge Ángel Hernández, 19 de enero de 2017

En la “Nota del autor” que precede al poemario no solo explica su proceso de elección sino además sus perspectivas conceptuales: “me ha parecido esencial, más allá de la confesión hipotética del Yo, la posibilidad de explorar uno de los pocos espacios de libertad donde no entran de manera definitiva la ideología, la política, la economía, la religión, la familia, ni casi ninguna otra forma de poder”. El riesgo y la profundidad de este aserto que en modo de manifiesto nos ofrece aparecen en la segunda oración, luego de comenzar confesando:

“A lo largo de los veintiocho años que llevo fracasando con (y en) la poesía, he escrito muchos poemas de amor”.

Es por supuesto irónica la confesión y alude, no sin demasiadas búsquedas recónditas, al objetivismo sociologista que el pragmatismo del siglo XX ha presentado como éxito humano. En una frase: lo acepta para desmentirlo. De ahí que ese párrafo-manifiesto de la Nota termine considerando al ejercicio del amor “una multiplicidad de caminos hacia los otros, que pueden conducir al Otro, en cualquiera de sus disímiles variantes”.

Así, como lo anuncia y se verá en cuanto se emprenda la lectura, se trata de una poesía amorosa que equilibra su sentido ontológico, y su trascendencia filosófica, a esa libertad de la que ha surgido el texto. La libertad de amar, estrictamente, marca la libertad de asumir la confesión, desgarradamente honesta o socarronamente irónica.

Bajo una herencia claramente renacentista, el autor secciona el resultado de su oficio poético en tres etapas de la vida: antes de los treinta años. “cuando todavía uno cree que todas las mujeres son hermosas y todos los amores, el Amor”, entre los treinta y los cuarenta, cuando “la euforia se nutre con la serenidad y la reflexión”, y después de los cuarenta, “con la sabiduría de un señor maduro y el gracejo de un adolescente”.

Esta norma conduce, con madera de clásico, el poemario Quemadura y fulgor. Lo habita además un dominio tenaz de la cultura, un uso de la razón y del conocimiento que todo el tiempo marchan al servicio del instante emotivo –y libre– que el amor regala, ya sea en escaramuzas seductoras ya en peticiones de carácter sublime.

“Días de vino y rosa”, la primera sección, agrupa nueve poemas en los cuales interviene un recurso constante de la poesía del autor: la imagen que propone reflexiones trascendentes acerca de la inmediatez, la casualidad y el azar. El erotismo, también persistente, se desdobla en saber, o al menos en exploración del saber que aún no se tiene, pero que sin renuncia se busca.
 

“Los hombres –anota en la parte VI del poema “Algunas variaciones sobre el amor carnal”– solo somos mendrugos de la duda, inciertos caminantes que solemos pernoctar en el sexo”. “Las doncellas cruciales”, poema que abre esta sección, consta de seis partes, o seis casos: el hada, la pitonisa, la sílfide, la náyade, la bacante y la vestal. Va de la iniciación (Con ella fui explorando las bahías iniciales, / las colinas marcadas con el signo nefasto del presagio) hasta la plenitud del sexo (hemos andado el cauce de la luna, la ventana morbosa, / el sutil acertijo de la profundidad y las esferas) en ese recuento de esenciales vivencias amatorias.

“Quinta elegía del lobo” cierra esta sección en un alarde de recuperación del tono de Garcilaso de la Vega, a quien cita en su Égloga primera. En este este poema la ironía sabichosa se apodera del contexto, rescatando, en efecto, el tono originario de los clásicos y la vez colocándolo en un modo de ver ya posmoderno. Simpático y tramposo se presenta el poema.

Y entre el primero y el último hallamos prosa que narra y va al concepto, que enjuicia más que confesar, o revelar, y verso cadencioso, musical, que se complace más en sus proposiciones de razón que en su cadencia magistral.

La segunda sección, “Éxodo”, contiene cuatro poemas. En ellos la reflexión poética le toma el peso a tanta circunstancia, para dejar que la lírica solucione ese andar por los temas eternos de la poesía que se dan, sin embargo, en lugares puntuales de la geografía cubana. “Cirios”, el texto que la abre y se expande en veintisiete estancias, acude a un tópico común de la poesía de amor: la duda ante los amores pasados de la persona que se ama. Las variantes giran y se prestan motivos y hasta le guiñan ironías al omnipresente Neruda de imperecederos poemas amatorios. En uno de ellos Curbelo se pregunta:

¿de veras te tengo?
¿O poseo solamente el compromiso
de mi propia palabra, la sentencia
que yo mismo dicté al encarcelarme?

La sección tercera, “La nueva vida”, con la que cierra el poemario, adelanta veintiún textos del libro en preparación La nueva vida o la poesía de amor explicada a los niños y las niñas. En ella el erotismo se adentra en tonos subidos sin dejar de apostar por el recuento lírico. Las formas clásicas de la estrofa son llamadas a un gesto de actualización rotundo y arriesgado, si se tiene en cuenta cuán lejos del canon de estos días se encuentra. Hay incluso “a la manera de Pietro Aretino” lenguaje soez de descripción del sexo –que no es el mismo de la realización del sexo, aunque se asocien– en “Poema de la oficina o Elogio de la burocracia”. Buena parte de los referentes que usa y que parodia son explícitamente anotados en didascalias que acompañan al título, aunque, como es habitual en su poética, otros pasan discretos y se quedan allí para que alguien con las lecturas justas los descubran.
 
La ironía que no se agota en la risa, o en la sonrisa, adereza el modo en que se trata el tema en esta parte del libro y deja, desde luego, ganas de hallar el que llegue por fin a completarlo. Por lo pronto, Quemadura y fulgor es una muestra ejemplar de poesía que, por decisión del autor, escogió el ámbito amatorio para dar fe de la coherencia profunda de su obra.
 

Un texto epigramático puede servir de justo cierre al recorrido hecho:

Perseverancia

Con tantas suegras que te dio la vida
y aún tienes ganadas de decir. “Sí, quiero.”

1. Jesús David Curbelo: Quemadura y fulgor, Ediciones Unión, La Habana, 2013, 122 pp.

Editado por Heidy Bolaños