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Agnes Heller y los niveles (heterogéneos) de lo cotidiano

Jorge Ángel Hernández, 07 de mayo de 2018

Para Agnes Heller, no hay una autonomía de la conducta personal en el ámbito de lo cotidiano. “la cotidianidad no tiene un ≪sentido≫ autónomo”, precisa. Su visión marxista de las relaciones de comunicación la lleva agregar en ese mismo acápite: “La cotidianidad cobra un sentido solamente en el contexto de otro medio, en la historia, en el proceso histórico como sustancia de la sociedad”.1

Así, cualquier análisis de la conducta personal carece de sentido si no se ubica en contexto. Parece obvio, pero la teoría lo olvida más de lo imaginable. Los cotos cerrados de investigación que han dominado la historia de las ciencias sociales muestran hasta qué punto su propia cotidianidad limita el alcance de sus conclusiones y, sobre todo, la comprensión de las relaciones naturales entre los individuos.

Para Heller, el gusto sintetiza la moral, la cultura, los usos varios que el ser humano hace de su vida. Excluye así el amor y el odio de los elementos que pueden formar parte de un ejercicio de trabajo, aunque de inmediato aclara que, en el caso del arte, estos sentimientos son básicos. ¿Pierde Agnes Heller la visión marxista de trabajo al considerarlo, como lo hace la filosofía anterior y, aún más, la filosofía clasista posterior a Marx, una actividad diferente de la que se desempeña para la creación artística? ¿Desconoce además que los científicos sí requieren habilidades físicas para realizar su trabajo y que muchas veces ellas definen las llamadas casualidades de sus descubrimientos? Es obvio que no lo desconoce pero, como suele ocurrir en el ámbito de las ciencias sociales, los cientistas prefieren evadir la incidencia de ciertos elementos palpables, básicos, antes que poner en riesgo el sentido en que van desarrollando el tema. Así ocurre cuando Heller se aproxima a los niveles heterogéneos de lo cotidiano: está dispuesta a conceder que el desarrollo de las ciencias naturales va ajeno al ámbito de los sentimientos con tal de acertar en su clasificación. Mal que pese, no concede si no un servicio a la filosofía ideológica que se camufla de desideologización. Aunque su propia obra desmiente la malograda concesión.

Considera, por ello, que el trabajo es una excepción en esa división del uso de los sentimientos y valores, seguramente pensando en un trabajo alienado, mecanizado hasta la médula. Y habla de inmediato de la necesidad de aprender hábitos que ponen en acción un amplio espectro de las facultades humanas. La solución aparece, no obstante, al llamar la atención sobre las gradaciones del uso de los sentimientos y las habilidades. Y se suma a ella el carácter genérico –y por tanto no cotidiano–, de la actividad que se realiza. La cotidianidad del artista es, o debe ser, el trabajo en su obra, singular respecto a recursos y objetivos expresivos, pero común en cuanto a métodos y prácticas. Sus resultados, si son originales, se deben justo al reconocimiento subjetivo de la cotidianidad acumulada por la propia historia del arte y de la creación.

Para los afectos de Heller, las gradaciones se ubican en la intensidad con que se expresan. La clasificación básica responde al tipo binario de afectos activos y pasivos, planteada ya por Spinoza. En ella, los afectos pasivos se corresponden con las pasiones, de ahí que nuevamente sean necesarias las excepciones y generalizaciones limitadas para que la teoría encaje en su precepto elemental.

El carácter cotidiano de los afectos no depende, según corrige Heller, tanto la clasificación de Spinoza como la visión hegeliana, de su intensidad, sino del objetivo en que se inscriba. Llegamos, pues, a los propósitos del individuo. De ahí que, para ella, la jerarquía de los afectos se supedite a lo que llama la conversión del particular en individuo.2 Así, la objetivación individual de lo que llama actividad genérica –el arte–, posee una riqueza siempre singular que supera al resto de las actividades laborales de lo cotidiano.

Como podemos apreciar, el carácter alienado de la actividad laboral que se naturaliza en el capitalismo ha incidido con fuerza en la visión sociológica de Heller. Aunque parte de Marx, su percepción eleva la condición del arte por encima del ciudadano que en la cotidianidad se expresa, como si no fuera este mismo individuo el destinatario de la creación artística.

¿Por qué, aún desde bases marxistas y desde una perspectiva de reconocimiento del socialismo como alternativa social de solución, como es el caso de Heller, se acepta la división clasista de las manifestaciones culturales como una condición humana y no como una construcción social? Sobran los casos de personas procedentes de un mundo cotidiano marginal, hostil, alienado, que se han convertido en fenómenos del arte. No importa cómo se cuente la vida o la leyenda: solo era necesario cambiar las prácticas educativas y asumir un nuevo rumbo en su cotidianidad, transformando las gradaciones de lo heterogéneo en los llamados afectos activos y pasivos. El propósito del socialismo como sistema de relaciones sociales se centra en erradicar el mayor número de barreras posibles entre las limitaciones de la cotidianidad marginal, alienada, y la cotidianidad genérica, especializada. No para que toda la sociedad se convierta en artistas y científicos, sino para que toda ella esté en disposición de convertirse en receptores activos, pasionales, es decir, en usuarios naturales, de esas creaciones y esos descubrimientos. Así, será más notable la incidencia heterogénea de las pasiones individuales en el carácter general del receptor masivo, lo que, lejos de simplificar su práctica, la complejiza.

A mi juicio, este es un punto eludido por nuestra teoría y, desde luego, por nuestra práctica concreta en el ámbito de la cotidianidad, que es anterior al análisis. Y aunque determinados resultados de la visión de Agnes Heller concedan a la tradición sus divisiones, aunque ello sea en contra de su propia voluntad, sus precisiones teóricas apuntan valiosos elementos a tener en cuenta a la hora de trabajar en el siempre diverso plano de la recepción. Nuestra cotidianidad necesita prácticas comunicativas que integren las gradaciones heterogéneas de sus niveles elevados y el contexto de las relaciones de trabajo. La creación que se deriva de los niveles elevados de la cotidianidad es impensable sin el sustrato de ese mundo alienado, o preterido, por el juicio de valor, la moral o las normas culturales. Mientras el arte y la ciencia se activen en la vida cotidiana solo como recreación o terapia, no alcanzaremos condiciones comunicativas esenciales para ir eliminando las barreras clasistas ancladas en la tradición.

Así lo apunta ella misma:

En la vida cotidiana los tipos de actividad son tan heterogéneos como las habilidades, las aptitudes, los tipos de percepción y los afectos; o más exactamente: ya que la vida cotidiana requiere tipos de actividad netamente heterogéneos, en ella se desarrollan habilidades, aptitudes y sentimientos netamente heterogéneos. La heterogeneidad de las formas de actividad no se evidencia solo por el hecho de que estas sean de especie diferente, sino también porque tienen distinta importancia y desde luego, no en último lugar, porque cambian de importancia según el ángulo visual desde el que se las considera.3

Las variaciones impuestas por las épocas, los regímenes sociales, las circunstancias históricas, los imperativos ideológicos, las condiciones de vida, las decisiones personales, y tantísimos otros elementos, no transforman las posibilidades básicas humanas de expresión comunitaria, heterogénea, elevada, de todos y cada uno de sus individuos. Las condicionan, eso sí. De ahí que sea necesario establecer relaciones de comunicación evolutiva entre el sistema social de relaciones y sus individuos.

 

Notas

1 Sociología de la vida cotidiana, Península, Barcelona, 1977. Traducción: José Franciso Yvars y Enric Pérez Nadal, p. 93.
2 Ídem, p. 95.
3 Ibídem. De la autora la cursiva y la negrita.