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Rimbaud y su calle cubana

Jorge Ángel Hernández, 03 de noviembre de 2017

Un trabajo de selección de los poetas Israel Domínguez y René Coyra, La calle de Rimbaud. Nuevos poetas cubanos (Ediciones Aldabón, 2015)1 reúne textos de cincuenta y ocho autores y autoras nacidos entre 1978 y 1989. Por la cifra, pudiera parecernos excesiva y no dudo que muchos acudan a habituales chascarrillos satíricos. Pero la propia vida literaria del país muestra que ya se advierten ausencias y desconocimientos que proceden del propio fenómeno de superpoblación de creadores que ha estado ocurriendo en la madurez del periodo revolucionario. Es un fenómeno que la institucionalidad ha dejado pasar sin adecuada atención a soluciones que se correspondan con la necesidad de seguir la evolución natural de lo propuesto por el propio cambio del sistema de relaciones sociales. De ahí que surjan una y otra vez iniciativas de este tipo, tomando modos de la historia de la literatura sin tener en cuenta el contexto sociológico de fondo que nos acompaña. O sea, sin estrategia para incidir en los ámbitos de recepción en los que debía insertarse.

En el prólogo se revela que sus antologadores recibieron textos de más de cien autores, por lo que dejaron fuera casi un cuarenta por ciento, para no hablar de quienes, por una u otra razón, decidieron no colaborar. No es poca entonces la población que anda pidiendo pista en nuestra vida editorial y que se lanza al asedio de premios y reconocimientos. La calle de Rimbaud está ordenada por fecha de nacimiento, acaso para evadir la presión de un criterio apresurado acerca de obras en despegue o de autores cuyos nombres aun no hacen alharaca en una tradición que tanto reverencia al nombre por encima de la obra. Su objetivo concreto es continuar la tradición antológica cubana de dar a conocer a las generaciones (o promociones) poéticas con una Antología. No puede ser estrecha o parca si ello busca. La intensa vida literaria cubana concede pronto la razón al amplio concepto de inclusión que se ha seguido y avala con premios ese ejercicio selectivo para algunos de ellos, como Sergio García Zamora, Oscar Cruz o Yenis Laura Prieto.

Décadas atrás, ya en pleno auge de las transformaciones en el espectro cultural cubano, apenas uno de estos premios hubiera bastado para asumir los cánones de la consagración mediática, y hasta de reconocimiento crítico. Hoy, la suma de varios relevantes reconocimientos aparece apenas como requisito. Y en la visualidad de los lectores –aquellos que están más allá de la vida literaria y que han de ser sus destinatarios por derecho–, nombres y obras siguen atados al limbo de desconocimiento que la nula propaganda editorial propicia. No es tampoco excepción esta que ahora reseñamos, aun cuando las buenas intenciones y la acertada idea la acompañen.

La calle de Rimbaud es un ejercicio necesario y útil en la difícil labor de clasificación del tupido bosque poético cubano. Tendrá pocos lectores, es cierto, pero al menos aspira a ser captada en un futuro posible de investigación. El elemento más significativo que aprecio a través de la compilación es el carácter testimonial, desgarrador, de la circunstancia poética reflejada por la mayoría de los textos. Un número importante de los poemas aquí reunidos destacan por esa condición confesional, desgarradora, aun cuando las perspectivas son más diversas si se atiende al motivo del desgarramiento, que oscila entre la eventualidad personal, de incidentes familiares trágicos, o la descarga sobre el conjunto de relaciones en la propia sociedad.

Otro elemento a destacar se halla en la diversidad de normas de la enunciación. No hay un tono coral, aunque los marcos de excepción y variables tampoco se correspondan con los niveles de amplitud numérica. Y si bien es evidente que temas sociales y motivaciones de elaboración poiesica se cruzan y coinciden, también se aprecian voces que buscan distinción y anuncian marcas de estilo que puedan singularizarlos.

Un tercer elemento a resaltar, de entre otros que afloran al avanzar en la lectura, brota del diálogo permanente con referentes de la cultura nacional. Los modos de alusión, o de interpelación, que casi siempre dejan por hecho el reconocimiento público del referente, dan fe de la importancia adquirida para la formación vocacional, ética e ideológica de las jóvenes generaciones. Este diálogo no es siempre armonioso; en ocasiones viene acompañado del instinto polémico y renovador que los jóvenes suelen proponer como carta de presentación, sin demasiado temor por la pronta obsolescencia de ciertos motivos y argumentaciones.

De lamentar en La calle de Rimbaud son las erratas y errores sintácticos y gramaticales que salpican su presentación. Parece inexplicable, pero es cierto: las pifias editoriales se burlan del cuidado que debe tenerse al escribir, editar y corregir, en el proceso productivo. Lo digo porque es difícil creer que las personas a su cargo no dispongan de los conocimientos y el oficio imprescindible para evitar que salgan tan campantes a la luz. Pero si he dicho que habrá pocos lectores de la masa que accedan a tener –y leer– la Antología, el error tiene menos consecuencias y queda solo para el culterano fluir de investigadores y críticos. Con más razón si es breve el texto y enseguida nos deja con la poesía, que es parte del futuro literario de Cuba.

 

1 Domínguez, Israel y René Coyra (comp.): La calle de Rimbaud. Nuevos poetas cubanos, Ediciones Aldabón, Matanzas, Cuba, 2103, ISBN: 978-959-7173-46-5, 112 pp.