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Entre ficción y realidad para posguerra fría

Jorge Ángel Hernández, 17 de septiembre de 2018

Las relaciones entre ficción y realidad se han presentado en la posmodernidad como si fuesen un caos infinito en el que no es posible establecer paralelos, o paragramas de significado estructural. Es una de las ilusiones creadas desde la producción literaria a partir de una supuesta norma del proceso comunicativo.

La referencia al hecho real en que insiste la novela que se abre al siglo XXI, con el intenso proceso de promoción y propaganda que la prensa desempeña, alerta al receptor masivo acerca del carácter testimonial de lo que esa obra va a contarle. No es una simple orientación, sino una intervención importante en el sentido del texto y, con ello, en la percepción del mundo real.

Bajo el título genérico de Mi lucha, el autor noruego Karl Ove Knausgård irrumpió en la industria del libro europeo con una trilogía de su vida que, justo por ser ampliamente publicitada como testimonial, conquista un número más amplio de lectores que si se hubiera dedicado a un personaje de ficción, o a una saga como las de Tomas Mann, Romain Rolland o Edmond de Gouncourt. La epopeya personal y familiar ocupa el lugar de la gran novela moderna en la que los diversos meandros existenciales de sucesivas generaciones daban fe del avance de la historia universal, nacional o local. Mi lucha, de Knausgård, se deshace de la responsabilidad histórica y solo usa sus eventos sensibles para reconstruirlos a su propio albedrío. La trilogía parte de la relación con su padre –La muerte del padre–, recorre su infancia –Un hombre enamorado– y viaja hasta el momento inmediato de la publicación con La isla de la infancia. El éxito de Mi lucha extendió a cinco el plan de obras con la suma de Bailando en la oscuridad y Tiene que llover. La manipulación de la ficción como realidad define en este caso el atractivo.

Cuando hallamos marcas determinadas de que se trata de un texto de ficción, apunta Umberto Eco, suspendemos la sospecha y nos mostramos dispuestos a creer en cuanto se relata.1 De ahí que ese mundo de sucesos convulsos y un tanto inverosímiles genere un interés que garantiza la participación epistemológica del lector común. Indagar así en su estatuto realista –marcado como realidad en la intervención de propaganda previa– extrae de la ficción sucesos que de otro modo quedaban fuera de contexto. El punto de partida para la pertinencia significacional de esta paradoja de intercambio entre ficción y realidad se halla, no obstante, en la codificación que se hace en el plano receptivo.

Si atendemos con esa misma perspectiva a la novela actual que trata el ámbito soviético, veremos la persistencia en tópicos que actúan como marcas de incidencia en ese bosque de permutaciones y traspasos de los elementos ficcionales y el suceso realmente acontecido. La sobrecarga ideológica no se desprende de determinados constructos de la guerra fría; más bien los resalta.

Permuta así ficciones específicas del contexto de confrontación política al universo personal que se presenta como real, aprovechando la transformación de herencia de lo real en la propia evolución de la novela.

La posmodernidad, añade Eco, ha preparado al receptor para cualquier tipo de aberración literaria. Para ejemplificarlo usa la usurpación y apropiación de personajes de ficción como si formasen parte de una nueva realidad. Varios ejemplos a la inversa del método también pudieran avalar esta aserción y confirmar las reglas de permutaciones entre ficción y realidad. Woody Allen con su judío en medio de la vida de Madame Bovary convierte la ficción flaubertiana en una especie de metarrealidad, en tanto Jonas Jonasson en El abuelo que saltó por la ventana y se marchó, introduce su personaje en momentos cruciales de la historia europea del siglo XX con una naturalidad que lleva al lector a pensar si de verdad no ha estado en ellos, al menos desde la perspectiva de la historia narrada.

Para la narrativa Eco establece una doble clasificación: natural y artificial.2 “Como narrativa natural comprende a aquella que cuenta “una secuencia de acontecimientos realmente sucedidos, que el locutor cree que han sucedido, o quiere hacer creer (mintiendo) que han sucedido realmente”. La narrativa artificial se correspondería con “la ficción narrativa, la cual finge solamente, como se ha dicho, decir la verdad, o presume decir la verdad en el ámbito de un universo de discurso ficcional”. La novela de la posmodernidad de fin de siglo XX e inicios del XXI traspone la confusión del receptor al ámbito de la percepción de la verdad, sobre todo si se trata de novelas que parten de la confrontación ideológica que marcó al siglo XX. Lejos de ser autónoma en su perspectiva ideológica, resulta profundamente dependiente de los patrones de juicio y estigmatización del sistema socialista.

El protagonista de El eco y el infinito, novela tópica de la confrontación de guerra fría, de Arthur Koestler, es un personaje de ficción que busca erigirse en la representación de un sujeto real colectivo que fue juzgado en los procesos de Moscú. El receptor de su tiempo espera, en efecto, la marca de ficción. Pero el receptor del postsocialismo no quiere más ficciones, sino obras que le den testimonio de la Historia. Surgen en tropel personajes como Lina, la esposa del compositor Serguei Prokofiev, en la novela Una pasión rusa, de Reyes Monforte, Shostakovich, en El ruido del tiempo, de Julian Barnes, la ficticia actriz Maria Eich en La amante de Brecht, de Jacques-Pierre Amette o el Ramón Mercader de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura.

La novela de Monforte, premiada en el Concurso de novela histórica Alfonso X, se ajusta a los patrones de la historia romántica, cortada por las incidencias de la revolución rusa y su posterior desarrollo de la Unión Soviética. El flash-back de presentación, con el envío al campo de concentración, da paso a las incidencias de la pareja, en un desarrollo mucho más ideal que lo que pudo haber dejado la existencia real, pero que afirma el patrón de recepción que traspone la ficción presentada como testimonios históricos, siempre contiguos a los datos que su autora ha elegido.

Julian Barnes, un peso pesado de la literatura postmoderna, compone su sinfonía con pasajes de la vida de Shostakovich en El ruido del tiempo, metaforizando el proceso revolucionario del cual el compositor fuera víctima y garante. La marcada indiferencia del compositor acerca del entorno político y sus consecuencias no puede ser si no una ficción, pero la maestría narrativa de Barnes consigue presentarla como un ruido lejano, de fondo en el acto de composición. La calidad indiscutible de la música de Shostakovich se convierte, bajo ese ejercicio de prestación de estamentos entre ficción y realidad, en el único acto realista de su biografía, desentendido, por demás, de los propios hechos en los que el compositor soviético fuera protagonista. En todos y cada uno de los pasajes se insiste en este tópico justo para separar su merecido paso a la posteridad de su evidente y constante militancia a favor del socialismo.

En La amante de Brecht se asume el más elemental de los caminos narrativos. La ficción presentada establece como realidad histórica concreta la construcción ideológica de la guerra fría, sin que importe que esa continuidad de construcciones anecdóticas eche por tierra valores éticos y humanos del dramaturgo alemán que el autor pretende conservar. En El hombre que amaba a los perros, en cambio, los trasvases entre ficción y realidad dependen de la alternancia entre la tradición de la novela histórica y el albedrío desbordado de la narrativa posmoderna. Como en Mi lucha, de Knausgård, el dato presentado alude al acontecimiento, al mundo real que el receptor espera recibir en tanto la ficción actúa como soporte de la realidad. Se trata de una narrativa artificial que actúa como narrativa natural, lo cual demuestra las limitaciones básicas de la clasificación de Eco.

Paradójicamente, la posguerra fría da vuelta al entramado dogmático del socialismo europeo que negaba todo valor artístico a la obra que no se declarara explícitamente como un canto a la transformación social, y escamotea el valor de toda obra que apoye ese proceso de transformación. La indagación en cuestiones formales revela, por su parte, temas esenciales de contenido ideológico, lo que también da vuelta a los viejos tópicos de confrontación entre el análisis formal y el de los contenidos y, fundamental, las consecuencias receptivas de los trasvases constantes entre ficción y realidad.

Notas

1 Umberto Eco: Seis paseos por los bosques narrativos, Editorial Lumen, 1996, Traducción de Helena Lozano Miralles.
2 Ídem.