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Mafalda antes y después de Mafalda

Jorge Ángel Hernández, 18 de enero de 2018

Los asistentes a la nutrida presentación de Todo Mafalda, en la ya lejana Feria del Libro de La Habana de 2007, escuchamos a Quino intentando aclarar una vez más un difundido equívoco: ¨Jamás he dibujado a la Mafalda que dice: «¡Paren el mundo, que me bajo!». Mafalda es una revolucionaria y no se bajaría del mundo¨ –aseguró.

Sin embargo, esta imagen se reproduce y, una y otra vez, se le considera auténtica. Es el precio de haber creado un personaje tan entrañablemente universal: el receptor masivo se apropia de su influjo, lo adopta y le adjudica su propio pensamiento. Justa vuelta de tuerca a esa condición de anonimato que, según Jorge Luis Borges, es la meta que define a los clásicos. Mafalda es víctima constante de actos de usurpación que, en su familiaridad desprejuiciada, apenas se culpan por las apropiaciones indebidas.

En redes sociales de Internet vemos hasta qué extremos llega el delirio de apropiación de su imagen, al punto de que muchas personas la usan como identificación para su propio perfil. Frases y consignas apócrifas la acompañan, además, en ese loco intercambio un tanto a ciegas que discurre en las páginas de Facebook. Es como si Mafalda tuviese el extraño y siempre codiciado don de certificar lo que se dice.

La concesión del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014 a Joaquín Lavado, removió una vez más el panal del mundo Quino y, sobre todo, activó una nueva ola de demanda que la industria bien supo aprovechar. Creada para el semanario bonaerense Primera Plana, en 1964, y sin envejecer a pesar del más de medio siglo transcurrido, Mafalda demuestra hasta qué punto el humor trasciende otros modos de comunicación. Y aunque contados contratos y pocos incentivos personales sacaron de sus manos su figura, más de cuarenta años han pasado desde que decidiera no dibujar nuevas tiras.

La mayoría de los lectores mundiales de Mafalda lo han hecho a través de las recopilaciones de Ediciones La Flor, Al fin solos e Y digo yo, de 1971, que Lumen publicara también en España. A estas se sumó ¿A dónde vamos a parar?, de 1973. Su formato era de cuatro tiras por hoja, como salía en Siete días ilustrados, y dio pie a la saga que culminaría en el Todo Mafalda.1 Personalmente, y luego de haber comprado en La Paz, Bolivia, años antes y para regalo de mi hija Lenna, una edición fotocopiada (al alcance de magros bolsillos y, por tanto, considerada “pirata” por muchos Manolitos de la industria cultural), pude atesorar el ejemplar al que, no sin avaricia, recurro con frecuencia.2 Antes de este, Lumen publicaría diez colecciones de Mafalda, entre 1986 y 1991.

La trayectoria del personaje es como sigue:

El 29 de setiembre de 1964 se publica la primera tira, con un dibujo que aún no muestra los rasgos de la Mafalda que todos recordamos, pero que sí lleva la ironía social de la que, en sus inicios, intentaron despojarla. El doble juego con determinadas explicaciones buscadas por la niña y el sentido inmediato para la sociedad de entonces es patente. Incluso en la tira del 26 de enero de 1965, luego de haber presentado el personaje de Felipe, se refiere explícitamente a la desaparición de las clases sociales y al comunismo.

El rostro de Mafalda, en tanto, se ha ido definiendo: desaparecen ciertos rasgos que denotan malicia y se suprimen además algunos trazos más o menos tópicos. Su nueva línea es móvil y ondulada, humanizada con más complejidad que cuando pretendía ser una niña que solo buscaba evacuar ciertas dudas infantiles en el contexto familiar. Sus interpelaciones al padre y a la madre anuncian, desde entonces, el alcance social en que se adentraría con la marcha del éxito. En ese pequeño grupo de tiras iniciales, la política es parte del entorno social, encarnado en lo ético, en las confrontaciones de pensamiento a través de las distintas concepciones del mundo, y en la perspectiva cultural de la totalidad del conjunto. Acaso la combinación de dibujante y argumentista que se da en Quino le permitiera esta virtud que haría del personaje un ícono global, aunque sus aspiraciones primarias no fueran más allá del ámbito de lo nacional.

En marzo de 1965 Quino accede a entregar las tiras publicadas a un diario del interior del país y tiene una definitiva y radical desavenencia con su amigo Julián Delgado, jefe de Redacción de Primera Plana, quien consideraba al personaje propiedad de su diario. De ahí que la última tira que aparezca en sus planas sea del 9 de marzo de 1965. A la semana siguiente, el 15 de marzo, se publica la primera tira en El Mundo –diario capitalino de circulación nacional–, lo que indica el grado de interés despertado por Mafalda. Allí se mantendrá, con abundantes referencias directas al acontecer político nacional, y nuevos personajes, hasta el 22 de diciembre de 1967, fecha en que El Mundo cierra definitivamente.

Tras Felipe, surgirían Manolito –el 29 de marzo de 1965– y Susanita –el 6 de junio de ese mismo año–, con quienes se amplía el espectro social que la perspectiva de Mafalda desarrolla ya definitivamente. Se anuncia, además, el futuro nacimiento de Guille, su hermanito, que quedará temporalmente frustrado por el cierre del diario, consecuencia de la tensa situación política argentina. Finalmente, Guille, junto con Miguelito, aparecerán en las tiras del semanario Siete días ilustrados. El 2 de junio de 1968 se incorporó Mafalda a esta publicación, que había surgido en mayo del año anterior. Forzadas por la periodicidad, las tiras muestran menos incidencia en los sucesos inmediatos, ya que Quino tenía que entregarlas con quince días de antelación. Por contraste, y para que el boomerang del temor a la censura cumpla su ciclo de revancha, las historietas acusan un mayor grado de universalidad en el chiste. En Siete días ilustrados se mantendría hasta junio de 1973, cuando Quino se despide formalmente, cosa que había estado haciendo a través de intervenciones didascálicas de los personajes desde el mes anterior. Al considerar que se estaba repitiendo, y no hallar en sí mismo perspectivas de recambio, Quino sembraba la semilla del mito. Dejaba libre a Mafalda para lanzarse a recorrer el mundo, bastante más allá del alcance que su creador se atrevió acaso a imaginar.

Como puede apreciarse por la trayectoria descrita, las últimas tiras originales de Mafalda se publicaron en 1973, lo que revela una vigencia absoluta, toda vez que el humor gráfico, sobre todo el que va acompañado de intervenciones de sus personajes, suele estar marcado por la inmediatez y verse, al cabo de poco tiempo, rebasado por la efímera pertinencia de los códigos de significación. Pero esas tiras que no fueron recogidas en las primeras recopilaciones de la obra de Quino, ya por un criterio editorial ya por decantación del propio autor, conservan hoy su intensidad irónica y su posibilidad de significación más allá del contexto que les diera origen.

Un elemento introducido por el propio Quino en Siete días ilustrados ayuda a entender de dónde parte esa caótica apropiación de la imagen de Mafalda: las tiras donde los personajes se despiden vienen introducidas por sus propias intervenciones. Y determinadas noticias son, además, comentadas por ellos en dibujo aparte. Luego, Quino la dibujó, con sus amigos, y a petición, para varias campañas de publicidad mundial, incluidos los machones de las ediciones de sus libros.

La ironía queda así a disposición del receptor, quien no consigue sacudirse la tentación de apropiársela, y pone en boca de Mafalda, aunque también a veces en boca de otro cualquiera de sus compañeros, el tópico de inmediatez que desea revelar. Una y otra vez se apropian de su imagen para comentar aquello que de inmediato interesa fustigar. Téngase en cuenta, además, que son los niños quienes mayor trascendencia han adquirido, aunque los adultos, sobre todo los padres de Mafalda, no dejan de estar codificados y tipificados en una buena parte de los argumentos. Pero esa ironía falsamente ingenua, bajo una enunciación que es infantil solo en apariencia, adquiere su sentido primario al apropiarse del sentido segundo que las pulsa, como exigen los estándares semióticos del arte. Luego de haber dejado atrás el medio siglo de existencia, y tras infinitas lecturas, disfrutamos las tiras de Mafalda como si fueran parte de esa novedad que esperamos con ansia en el rincón más sustancioso del Diario.

Si se anunciara de pronto en esta Feria una presentación de Mafalda, volvería a repletarse la sala y, a posteriori, se añadiría con insistencia el globo de texto que anuncia que esa niña tremenda pide que detengan el mundo, pues pretende bajarse. Encima de él se encuentra, sin embargo, desde ese lejano septiembre del 64 en que naciera.

Notas

1 Joaquín Salvador Lavado, Quino: Todo Mafalda, Editorial Lumen, Barcelona, 1992, ISBN. 84-264-4573-X, 659 pp. De esta edición se toma la mayor parte de la información que en este trabajo se maneja.
2 En la Feria del Libro de La Habana cada ejemplar costaba 5 CUC, un precio tentador aunque estuviera varias veces por encima del promedio de venta del libro cubano.