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Mundos (semióticos) de Ares

Jorge Ángel Hernández, 05 de diciembre de 2018

Detenerse ante una gama de dibujos de Ares (Arístides Hernández Guerrero) requiere un acto de concentración que nos prepare para acceder a mundos paralelos. No esos ajados de la ciencia ficción o de la fantasía heroica que pueblan el universo comunicacional de hoy día, desde la producción artística misma hasta la más superficial industria del entretenimiento, sino mundos que escudriñan, atisban y cuestionan múltiples ámbitos de la dimensión humana en que vivimos, tal vez sin comprenderlo a fondo. Tras la jocosidad y la chanza que al humor se asocian, aparecen llamados serios a la ética, preocupaciones por el orden mundial y el destino del Planeta y, con maestría satírica, cuestionamientos a normas de conductas que revelan desviaciones risibles del curso discursivo social.

¿Es una herencia que no ha podido desprender de su temprana formación profesional como sicólogo? ¿Se trata de un reservorio instrumental que le permite concentrar de modo tan brillante un pensamiento que puede permitirse hacer de juez desde la risa? ¿Es solo una práctica habitual de oficio y batallar por el sustento familiar?

En los mundos semióticos de Ares las conductas sociales se sintetizan en estampas de figuración profunda, muchas veces compleja. Sin embargo, esa complejidad no se hace pertinente a partir de llamados recónditos o referentes de esencia culterana, sino con elementos de uso cotidiano, masivamente funcionales y al alcance de todos. Es una de las virtudes esenciales que se le exige al arte, al menos al que pretende deslindarse de la oportunidad circunstancial aun cuando enfoque cuestiones y sucesos inmediatos, propios de la cotidianeidad cambiante de la era global. Es, además, una de las exigencias vitales del humor cuya efectividad depende de la pertinencia del código de significación tanto en el ámbito de la emisión como en el receptivo. Cuanto más compartan componentes de codificación el emisor y el receptor, más efectivo se verá lo cómico. Si la expresión humorística consigue, además de provocar la risa, promover nuevos sentidos de interpretación, ha vencido la conformista manera que sirve de argumento a los discriminadores naturales del género. Y ello se logra con creces en las sorprendentes viñetas del humor gráfico que este autor ha ofrecido desde su primer libro, Entrar por el aro.1

En el mundo de Ares el trazo es esmerado y pulcro, a veces detallista. Estas virtudes, que pudieran considerarse suficientes para las exigencias de un artista, van más allá y se colocan como un llamado al pensamiento, a la reflexión política, o cultural, a la crítica ética o la sátira social. Su visión no es localista, como suele ocurrir por naturaleza genérica en el empleo del humor, sino universal. Esta universalidad de su obra no se pliega a comunes tópicos de comprensión propios del mundo que marca los patrones de juicio y las hegemonías políticas; más bien los socializa desde la perspectiva del que sufre su discriminación constante. Se apropia así del entramado sintético que la expresión humorística demanda y se suma a un conjunto de humoristas gráficos universales que la crítica de arte ha atendido, en los mejores casos, como si fuesen de segunda línea.

Como suele ocurrir en este tipo de humor, la metaforización predomina en el conjunto de técnicas expresivas, aunque mayormente a través del uso de metonimias y sinécdoques que con frecuencia van a ser parte del sentido integral de esa metáfora madre que resume el cuadro. Ciertamente, al elegir la caricatura como canal de expresión se pone en riesgo el espesor de la obra; las normas convencionales de juicio receptivo y la avalancha simplista de la cotidianeidad mediática acentúan el peligro. Es preciso, por ello, que este ejercicio de significación se desarrolle a través de la síntesis de códigos, como si el desconcierto producido por los elementos que el dibujo coloca en relación directa, revelara la naturalidad oculta de esos vínculos. Es la sorpresa semiótica, que nos obliga a decodificar en un mismo sentido, y simultáneamente, dos o más elementos sin aparente armonía para llevarnos a lo cómico. Un efecto cuya eficacia se logra en las viñetas de Ares con añadidos de arte y pensamiento y, muy importante, sin acudir a enunciados axiomáticos o a normativas de sosa ideología.

Nada de esto borra sus concepciones ideológicas, sus preferencias políticas ni su compromiso ético-social. Al manejar los tópicos universales de codificación, Ares personaliza el sentido de la estampa y arriesga en los detalles del dibujo sus implicaciones ideológicas.

Estamos ante una obra cuyo primer elemento destacable es la depuración de la técnica, el valor que el dibujante le concede al trazo y la visualidad de las figuras. Aquellos gordos simpáticos de sus inicios, entre ingenuos y absurdos, no solo han concentrado el volumen de sus cuerpos sino también el sentido de las situaciones captadas por la estampa. Personas, animales u objetos se imponen por su singularidad, incluso en los actos de codificación atados a referentes concretos para definir el sentido y convocar la risa. El mítico perro de la RCA que cubre sus oídos ante la voz de un amo noticioso es un ejemplo entre tantos.

Podemos, no obstante, recordar las ya excelentes viñetas de su primer libro para comprobar cómo había comprendido la esencia de su capacidad de figurar, aunque aun la mirada costumbrista limitara el espectro satírico en tanto los temas sociales, de alcance universal, no se habían expandido como en su evolución ocurriría. Ni como espectador ni como crítico apartaría nada de esa etapa, aun así. La señora de aspecto militar-doméstico que porta una escoba a modo de fusil y cuyas cananas de balas son tiras de horquillas de tendedera, resume el proceso de metaforización que alcanzaría muy pronto una expresión plena en sus temáticas. La doble metonimia conduce la mirada riente al universo de discriminación de género en las funciones hogareñas, aunque no sea una denuncia propiamente. Más tarde hallaremos una versión que hace del hombre el sujeto domésticamente militarizado. La ingenuidad de esas estampas primeras no queda en deuda en el resumen de la crítica, más bien se advierte como una de las muestras de más altos quilates en el humor cubano de esa época. Había alcanzado dos premios internacionales que ya auguraban los numerosos que sumaría en su exitoso itinerario de humorista gráfico.

Varias viñetas de ese primer libro invierten el angélico rol convencionalmente destinado a los ángeles, las divinidades supremas o sus representantes en la tierra; todo en ámbitos de referentes e intertextos católicos. Dios, cuya imagen remite a un Cristo post-vía crucis y no al anciano del Génesis, repantigado en un butacón mientras con un mando a distancia controla el universo desde una cabina rodeada de pantallas que transmiten cuanto sucede en su universo. Lo escolta, o lo acompaña, un atento angelito que comparte la laxitud de su curiosidad. Posteriormente, hallaremos ese rostro de Dios definido por un código de barras.

Encontramos también en esas páginas de despegue artístico, un ángel que sobrevuela la ciudad usando a un ave de bestia de tiro; otro que juega una partida de naipes con el diablo mientras guarda en sus calcetines las cartas de la trampa; uno más que dirige el tráfico exclusivo de brujas y otro sobre cuya cabeza el diablo baila un hula-hula. Hay además curas que escuchan con morboso interés la confesión de una ramera, uno que porta el símbolo de la fertilidad masculina como aro de santidad y otro que entrega al cosmonauta su misiva a Dios. Estas, como la mayoría de las estampas de Entrar por el aro, anuncian con bastante certeza lo que luego se extendería a diversos campos y, sobre todo, marcaría normas de codificación satírica que han sido relevantes en su trayectoria.

La manipulación mediática, la contaminación ambiental y el depredador uso humano de la ecología, la hegemonía clasista, el cinismo político de la militarización, la indolencia social o la mecanización humana ante el consumo, tendrán su desarrollo posterior en el insólito mundo del dibujo de Ares. Son tópicos de sentido que marcarán el curso evolutivo de su obra y alcanzarán una capacidad de síntesis que lo hará por completo universal, libre de codificaciones localistas.

1 Arístides Hernández Guerrero (Ares): Entrar por el aro, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 1989.

Foto tomada de Cubadebate