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El derecho al diferencial de banderas y el Tratado anglo cubano (1898-1906) (III)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 22 de noviembre de 2018

La confrontación comercial en distintos ámbitos

El 2 de marzo de 1904 los secretarios de Estado de Cuba y los Estados Unidos firmaron el Tratado Hay-Quesada que devolvía la soberanía de Isla de Pinos a Cuba. Este arreglo tenía un punto de partida en la Enmienda Platt que postergó para el futuro la definición del estatus político de la llamada “Isla de las Cotorras”. Después de haber dado este paso, los congresos norteamericano y cubano debían ratificarlo, por lo que la fecha del canje del tratado quedaba en suspenso.

En el senado norteamericano se activó la resistencia a la aprobación del tratado Hay-Quesada. Senadores norteamericanos que pugnaban por el establecimiento del “derecho al diferencial de banderas”, ya propuesto durante el período de ocupación, apelaban al chantaje político. Dentro de estos descolló el senador Penrosse quien propuso aprobar el Tratado de Hay-Quesada solo si Cuba aceptaba el “derecho diferencial de banderas”.1

Resulta significativo que precisamente en esos momentos se estuviese debatiendo sobre el “derecho al diferencial de banderas”. A nuestro entender esto podía deberse a que en Washington se conocía que Inglaterra y Cuba estaban dando pasos para concertar un tratado de comercio y navegación, los sectores más conservadores de los Estados Unidos querían monopolizar el transporte marítimo desde y hacia la mayor de las Antillas.

Si el gobierno cubano hubiese aceptado ese chantaje se habría enfrentado a una oposición interna muy fuerte, porque de los impuestos coloniales que impuso España a Cuba, uno de los más odiados era el derecho al diferencial de banderas. En el caso que la transacción política propuesta desde Washington hubiese prosperado, el saldo para la población políticamente activa en la Isla resultaría negativo; por ello el gobierno cubano rechazó esa demanda exponiendo abiertamente sus criterios:

Lo que constituiría un inmenso beneficio para los Estados Unidos, que tienen una gran marina mercante, resultaría una ventaja insignificante para Cuba, que apenas tiene unos cuantos barcos para su comercio de cabotaje (...). Por este sistema de privilegios de bandera adoptado únicamente por algunas metrópolis para asegurar ventajas a sus marinas mercantes en su comercio colonial, se ocasionaría un grave daño a nuestros intereses nacionales, toda vez que las ventajas otorgadas a las mercancías transportadas bajo el pabellón americano, haría imposible la competencia a buques de otras banderas para sostener el tráfico con Cuba que acabaría por ser monopolizado por la marina mercante de los Estados Unidos.2

Con el establecimiento del diferencial de banderas no solo se lastimaban los intereses políticos de la Isla sino también los comerciales y económicos. Cuba requería de la asistencia de buques de otros países para facilitar su comercio internacional, incluido el que sostenía con los propios Estados Unidos, como referimos anteriormente. En este renglón económico, como en la venta de sus azúcares, la mayor de las Antillas debía estar prevenida sobre posibles acciones monopólicas de las compañías estadounidenses que podían sacar beneficio exclusivo del intercambio comercial con la contraparte cubana. Las empresas norteamericanas en esas circunstancias podían fijar las tarifas de precios y fletes. Pero en esos momentos resultaba difícil que la marina norteña pudiera suplir a la europea especializada en largas travesías; ello hubiera provocado que se encarecieran los fletes y se redujera el monto de los productos destinados a su comercialización desde y hacia Cuba porque de hecho disminuirían las ventas y compras de la Isla.

No obstante, las exigencias estadounidenses en cuanto al comercio marítimo no tuvieron un rechazo unánime de toda la sociedad cubana, un segmento minoritario pero poderoso temía por posibles represalias norteamericanas que pusieran a riesgo sus privilegios. Algunos periódicos cubanos se hicieron eco de rumores sobre afectaciones que podría sufrir el Tratado de Reciprocidad Comercial firmado con los Estados Unidos. La campaña de intrigas se sustentaba fundamentalmente en que Cuba era una nación favorecida en este protocolo comercial y que ello la comprometía a continuar ofreciendo concesiones a la parte norteamericana.

Estos escarceos de sectores pronorteamericanos interesados en crear incertidumbre entre los cubanos sobre el futuro del Tratado de Reciprocidad estaban dirigidos a reforzar el criterio de que era necesario continuar otorgándole mayores facilidades al capital estadounidense en detrimento de los intereses de otras potencias europeas. ¿Acaso dentro de las concesiones que Cuba debía otorgar estaba la del “derecho al diferencial de banderas”? A nuestro entender sectores pronorteamericanos comenzaban a esbozar la estrategia de combatir el Tratado anglo cubano utilizando las disposiciones y efectos del Tratado de Reciprocidad Comercial.

Por otro lado, la firma oficial del Tratado anglo cubano se apresuraba a raíz de las presiones hechas por senadores norteamericanos sobre el gobierno cubano para que aprobase el derecho al diferencial de banderas. Con este convenio el gobierno de Estrada Palma no se propuso desafiar abiertamente a Washington sino crear espacios para mantener un comercio alternativo de segundo orden con Londres que pudiera servir de contén a las aspiraciones de dominio absoluto de los Estados Unidos. En términos de salud económica se buscaba un equilibrio moderado a la avasalladora influencia norteamericana.

Los cubanos también estaban urgidos a concretar el convenio con Gran Bretaña por varias razones: era importante asegurar un mercado alternativo al azúcar en Londres y facilitar el arribo de mercancías británicas. Hay que tener en cuenta que el Gran Anglión dominaba el comercio de importación de renglones de consumo básico como el arroz, fundamental en la dieta del cubano.

El Tratado anglo cubano en uno de sus artículos establecía que los productos de la Isla podrían ser trasladados por buques británicos sin estar sujetos a mayores derechos o impuestos. Este artículo también daba facilidades en cuanto a los gastos de transporte ferrocarrilero para cada parte, lo que en este caso podía beneficiar las inversiones inglesas en los ferrocarriles. De esta manera Londres se colocaba en una posición ventajosa en los sectores básicos del transporte en Cuba: la marina y los ferrocarriles.3

El Tratado anglo cubano brindaba un marco muy ventajoso para las relaciones comerciales entre Cuba y Gran Bretaña. En primer lugar le ofrecían a la marina inglesa posibilidades para operar con las mismas libertades que la cubana en el traslado de productos de la Isla. Por esa razón era de esperar que la marina norteamericana no pudiera competir con éxito suficiente para imponer su hegemonía y mucho menos obtener el “derecho al diferencial de banderas”. Lo acordado en el artículo V de ese tratado facilitaría el traslado de azúcar cubana al mercado de Londres porque pagaría fletes muy bajos, además de que nuestro dulce se favorecería con la subida de precios en esa plaza a raíz de los acuerdos de la Convención de Bruselas que beneficiaba la importación de azúcar de caña al viejo continente.

En cablegrama del 21 de abril del ministro norteamericano en La Habana, Edwin Morgan, daba cuenta que el Comité de Relaciones Exteriores cubano no aprobaría en su forma original el Tratado entre cubanos y británicos. De hecho la marcha de la negociación del Tratado con Inglaterra se detuvo pero por poco tiempo. El sagaz secretario de Estado cubano, Dr. O’Farrill le indicaría al ministro Morgan que prefería negociar con Washington nuevas tarifas dentro del Tratado de Reciprocidad Comercial y dejar a Cuba libre para acudir a arreglos ventajosos con aquellas potencias que tuvieran una marina mercante más efectiva.4

En cuanto al derecho al diferencial de banderas, el senador cubano Antonio Sánchez de Bustamante demostraría sus simpatías por los Estados Unidos. En su intervención les dejaba abierto el camino a sus propósitos:

Yo tengo, después de alguna meditación, ciertas convicciones económicas, pero entiendo que las convicciones económicas son siempre muy relativas (...). No soy personalmente partidario del derecho al diferencial de bandera: pero no me atrevo (…) a colocar frente al derecho al diferencial de bandera la palabra ‘jamás’.5

Por último, Bustamante arremetía contra los argumentos de fondo que había empleado el senador Manuel Sanguily para denunciar las intenciones hegemónicas de los Estados Unidos:

Lo que no cabe en lo posible y lo que yo no aceptaré nunca, es que el Tratado con Inglaterra pueda constituir en mi intención, como parece constituirlo en la del Señor Sanguily, un punto de apoyo que nosotros tomamos en la gran monarquía inglesa contra los Estados Unidos. No, nosotros no podemos tomar contra los Estados Unidos absolutamente ningún punto de apoyo.6

En realidad los criterios de Sanguily se suscribían a hechos fehacientes de la historia pasada y más reciente de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Estaba todavía abierta la herida que había causado a la soberanía nacional la aprobación forzosa de la Enmienda Platt. Las consideraciones del senador Sanguily sobre las pretensiones de los Estados Unidos no estaban alejadas de la realidad, al respecto expresaba:

Yo creo que positivamente en la política de los Estados Unidos está arraigado el propósito de acaparar, de dominar, en absoluto exclusivamente, desde luego, todo el comercio de la Isla de Cuba; y creo también que por ese camino perderíamos indefectiblemente la independencia.7

Bustamante, para enmascarar su defensa a los intereses norteamericanos y presentarse como defensor de nuestra nación, advertía acerca de los peligros que afrontaría la marina mercante cubana con la aprobación del Tratado anglo cubano. Pretendía desconocer el peligro mayor que constituía el diferencial de banderas propugnado por Washington. Al respecto, Sanguily señalaría: “¿Es que no se abren las puertas precisamente al predominio absoluto de la marina mercante de los Estados Unidos?”. 8

Cuando el gobierno cubano negoció el Tratado anglo cubano tenía en mente cerrarle el paso al derecho al diferencial de banderas que los Estados Unidos pretendían imponerles para asegurar el control del comercio marítimo hacia la mayor de las Antillas. Al final, los Estados Unidos boicotearon el convenio de los cubanos con Londres utilizando a miembros de una élite política servil a sus intereses que apostó por la hegemonía de Washington.

Las enmiendas que bajo presiones de los Estados Unidos aprobó el senado cubano al texto del Tratado con Gran Bretaña fueron tan drásticas y oprobiosas que la cámara de comercio del Reino Unido las rechazó de plano. Finalmente, en este proceso negociador no cristalizaron ni el derecho al diferencial de banderas ni el Tratado anglo cubano. Poco tiempo después todas estas escaramuzas tras el poder se vieron superadas por un suceso arrollador: una nueva ocupación militar de Cuba por los Estados Unidos en 1906. Se conformó una realidad signada por el control militar, político y económico de los Estados Unidos sobre Cuba.

Notas

1 Teresita Yglesias: Cuba: Primera República. Segunda ocupación, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1976, p. 183.
2 Ibídem, p. 184.
3 Archivo del MINREX. Fondo: Gran Bretaña (1902-1955). 1.1, 114.
4 Foreign Relations of the United States (FRUS) Cuba, vol. II, rollos 14 y 15, Biblioteca de El Colegio de México.
5 República de Cuba. Senado. Diario de Sesiones, 9na legislatura, 18va sesión, 30 de mayo de 1906. pp. 16-17.
6 Ibídem, p. 18.
7 Ibídem
8 Ibídem, pp. 19-20.