Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 23 de junio de 2018; 9:50 AM | Actualizado: 22 de junio de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 184 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Alberto Marrero: Abolir los límites y el tiempo

Marilyn Bobes, 18 de junio de 2018

Conocí a Alberto Marrero a finales de la década del 70 cuando era miembro de un taller literario. De inmediato su poesía de resonancias lezamianas y un sello original diferente a lo que se escribía en la época, me cautivó. Pasaron los años y no volvimos a encontrarnos hasta el 2000. Compartí con él la difícil tarea de editar El Tintero, un suplemento que bajo su supervisión parecía no tener ninguna dificultad.

A pesar de contar con una significativa obra publicada, Marrero no es de los autores más promovidos ni comentados, cuando de hablar de la actual poesía cubana se trata. Sin embargo, su producción, que cada día adquiere mayores niveles de calidad, alcanza en todos sus libros, premiados con el codiciado Nicolás Guillén y el prestigioso Julián del Casal de la UNEAC, un lugar significativo entre lo publicado en la Isla, al menos en los últimos diez años.

Poeta prolífico, a quien interesan, sobre todo, las esencias del acto creativo y de las conductas humanas, este autor no se adscribe a ninguna corriente de moda, y es de los que pone su vasta cultura al servicio de un objetivo comunicacional que escapa de fáciles respuestas para proponernos una meditación de distinguible humanismo cuestionador.

El eclecticismo de los recursos de los que se vale, convierte a su escritura en una decantada síntesis que ha sabido construir desde la intuición una voz muy personal. Apela tanto a elementos del conversacionalismo como del simbolismo o las vanguardias, todos debidamente asimilados y trasmutados en una suerte de amalgama de la que resulta un estilo. El estilo de las cosas que no tienen un estilo, como dijera Alejo Carpentier al caracterizar la arquitectura habanera.

Sobresale entre sus cualidades, la libertad con que el poeta transita del texto en prosa a la versificación, con los que construye un libro cargado, por momentos, de metáforas siempre sorprendentes, quizás porque están elaboradas para contener el “yo” y abrirlo a significaciones más abarcadoras, de manera que el lector pueda identificarse con ellas a través de un simbolismo en los que me parece descubrir los ecos de lo mejor de la poesía contemporánea universal, particularmente la francesa heredera de Rimbaud  y Mallarmé.

La tradición nacional está presente también, pero en simbiosis, aboliendo todos los límites, en su proceso de asimiliación de los contextos temporales como “el nadador que juega con el pez del antiguo poema hasta que éste salta al firmamento y es una estrella más”.

En sus libros anteriores a Las Tentativas, para mí el mejor de los que ha escrito hasta hoy, confieso que prefiero al poeta que se expresa a través de esa abundante prosa, donde lo reflexivo se torna medular y la expresión alcanza su más alto poder de comunión entre lo que se dice y la forma.

Así sucede en los textos agrupados dentro de “La caída infnita”, casi perfectos en su diálogo con la literatura universal y los hombres y mujeres que la hicieron, interpretaciones libres en las que prima una suerte de “intertextualidad vivencial”. Ellos son el testimonio de una lectura activa y provechosa antes que de una pedantería culterana no poco frecuente en textos de otros autores que he podido leer, también deudores de este socorrido recurso de la intertextualidad. En ocasiones, quienes aludo sin personalizar, parecen buscar con sus citas un efecto “epatante” antes que una real  instrumentalización de la cultura en función  de inquietudes personales.

Marrero posee el mérito de involucrarse emocionalmente con la literatura y es por ello que los poetas y narradores que le sirven de sujetos, son revividos y recreados por intermedio de la subjetividad.