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Leer en Cuba

Marilyn Bobes, 30 de octubre de 2017

Desde el triunfo revolucionario de 1959, Fidel Castro advertía que al pueblo no le decimos “cree sino lee”. Y en esta sentencia quedó expresada una voluntad política que tuvo su concreción en la temprana batalla contra el analfabetismo efactuada en 1961 y que dio a todos los cubanos el acceso a los libros.

En ese mismo año se fundaría la Imprenta Nacional y al frente de ella se designó nada menos que al célebre novelista cubano Alejo Carpentier. A instancias de Fidel el primer libro publicado por esa institución fue El Quijote de Miguel de Cervantes, con dibujos de Alberto Durero. Los ejemplares se vendieron a un precio simbólico y, desde entonces, los cubanos comenzaron a tener acceso de una manera masiva a la lectura pues tuvieron entre sus manos a precios irrisorios lo mejor de la literatura universal incluyendo la norteamericana y los clásicos.

También los autores cubanos, que no contaban apenas con editoriales para la publicación de sus obras, se vieron favorecidos por las nuevas condiciones creadas y pudieron dar a conocer sus libros a los nuevos lectores cubanos que disfrutaron durante mucho tiempo de ejemplares con grandes tiradas y precios bajísimos así como con una gran red de librerías a lo largo de todo el país.

En la década de los setenta se crea el Instituto Cubano del Libro, que amplió las posibilidades de edición con casas destinadas a promocionar la literatura de todos los continentes, Arte y Literatura, y otra para los autores nacionales, Letras Cubanas. Paulatinamente el Instituto fue creciendo y especializando sus sellos con la producción de libros para la educación, las Ciencias Sociales y la priorizada literatura dirigida a niños y jóvenes pues, como se sabe, es en las edades más tempranas donde se crea el hábito de la lectura.

En la  década de los noventa, durante la crisis económica conocida como Período Especial, Cuba sufrió la despresión de la industria del libro como consecuencia del recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos y la pérdida de sus ventajosas relaciones comerciales con el desmoronado campo socialista. Es posible que ello haya irrumpido en las más recientes generaciones el hábito de leer, además de la llegada de las tecnologías de la era digital que vuelven a los jóvenes más propensos a encontrar nuevos entretenimientos y ocupaciones en sus móviles y ordenadores en detrimento de la lectura tradicional. Sin embargo, en las famosas ferias del libro, que se celebran anualmente en Cuba desde finales de los noventa, es muy frecuente ver a una gran cantidad de niños, jóvenes y adolescentes interesados en adquirir libros de todas las latitudes, en un acontecimiento que acerca también a autores cubanos e internacionales con sus públicos hipotéticos.

El nuevo milenio comenzó con la reanimación de la industria editorial, y aunque los libros no volvieron a tener los bajísimos precios de décadas anteriores es una opinión consensuada por todos los visitantes extranjeros que se venden todavía muy baratos, en relación con el alza que ha sufrido este producto literario en los mercados internacionales.

Preciso es aclarar que el Estado cubano subvenciona la industria del libro, lo que constituye, sin lugar a dudas, un incentivo para que los lectores los adquieran aun cuando no sea en las grandes cantidades que se consumían antes del período especial.

Sigue siendo una voluntad política del Estado y de las instituciones culturales cubanas el desarrollo de la lectura en un país donde los altos niveles de instrucción crea un potencial, poco frecuente en el mundo, para decodificar las obras más crípticas y complejas que puedan producirse en el campo de la literatura experimental.

Los autores cubanos desarrollan una serie de iniciativas durante los doce meses del año para promocionar, especialmente entre los jóvenes, el gusto por la lectura. Espacios de presentaciones de libros de frecuencia semanal tienen lugar en todas las provincias del país, así como jornadas en las que los libros ocupan las calles de las ciudades en maratónicos encuentros con los transeúntes, que adquieren las novedades nacionales e internacionales sin tener que acudir a las librerías.

También llegan los libros a centros educacionales de las enseñanzas primarias, medias y universitarias, presentados por sus autores. De esta manera se establece un puente muy cercano que, a la vez que promueve, permite a los autores una confrontación directa con su público y la reflexión sobre cuáles son los asuntos y temas que se reciben mejor.

Mención aparte merece la labor del Fondo Editorial de Casa de Las Américas, institución que tiene como objetivo la visualización de la cultura del Continente. Este sello desde los años sesenta viene dando a conocer al público cubano los escritores más relevantes de América Latina y el Caribe, incluyendo a los residentes en los Estados Unidos. Además de la publicación de estas obras cada año se realiza la llamada Semana de Autor, donde un escritor de esta región es invitado para presentar la obra publicada por el Fondo, impartir conferencias, charlas y lecturas con un público que siempre colma la sala.

En las últimas décadas un buen número de editoriales cubanas ha resaltado las obras escritas por mujeres, que gozan ya de la preferencia de un amplio público. Incluso la Editorial Oriente, ubicada en la más oriental de las provincias del país, cuenta con una colección, que con el nombre de Mariposa, publica únicamente libros escritos por mujeres.

Lo mismo sucede con Ediciones Unión, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que sin tener una colección específica como Oriente, ha dado a conocer y ha priorizado la labor de las escritoras cubanas, que son muchas y de excelente calidad.

Bueno es aclarar que antes de 1959, año del triunfo revolucionario, los gobiernos en el poder poco hicieron por promocionar la lectura en la Isla. Las iniciativas culturales tendientes a su promoción se concentraban en acciones individuales y entidades privadas y no obedecían a la voluntad política ni tenían alcance nacional.

Como dato curioso habría que añadir una tradición que desde el siglo XIX se estableció en Cuba: el lector de tabaquería que acompaña la labor de los hacedores de este producto en las fábricas. Ello hizo que, en el pasado, ese segmento de la clase trabajadora fuera el más culto y patriótico durante las guerras de independencia.

Antes de concluir quisiera manifestar que existen hoy en Cuba 401 bibliotecas públicas y más de seis mil escolares, visitadas por un gran número de personas.

Como se sabe, la lectura aporta múltiples beneficios al ser humano, según los especialistas. Entre ellos se encuentra el estímulo a la imaginación, la educación de la sensibilidad, el fomento de la reflexión, el aporte de cultura e inteligencia y el enriquecimiento personal constante.

Es por ello que a pesar de todas las dificultades ocasionadas por un bloqueo, que es también cultural, el Estado Cubano continuará subvencionando todos los empeños que conduzcan a promover la lectura en la nación.

Quizás el reto más difícil que tengan actualmente las editoriales cubanas sea la masificación del libro digital, que parece más del agrado de las jóvenes generaciones que el libro impreso.

Leer en Cuba es, pues, un hábito arraigado y promovido por todas las instituciones que tienen al libro como fin y también de los escritores cubanos, que saben que en ese empeño reside su plena y total realización.