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Marta Rojas: ficción y realidad en el proceso de la nacionalidad cubana

Marilyn Bobes, 09 de mayo de 2018

En su prólogo a la segunda edición de La Generación del Centenario en el Moncada, Carpentier señalaba el privilegio que tuvieron las letras cubanas al contar con “apuntes tomados a lo vivo, sobre la marcha, en el lugar mismo de los sucesos” del juicio celebrado a los asaltantes al Cuartel Moncada entre septiembre y octubre de 1953, después de la gesta que diera origen a la etapa final de nuestra independencia.

Entonces una periodista recién graduada de la Escuela Márquez Sterling, que ya era autora de una novela de adolescencia titulada El dulce enigma, concurrió como testigo excepcional a cada una de las vistas del juicio oral que se le siguió a los revolucionarios para aportar a la escritura nacional lo que puede considerarse la primera obra literaria de nuestra última etapa emancipadora. Pues aunque este libro, concebido en forma de reportajes y censurado en el momento en que se redactó, pertenece al periodismo como género, es sabido que cuando este oficio se ejerce con la calidad con que lo ha hecho siempre Marta Rojas puede y debe ser considerado también literatura.

No en balde Alejo Carpentier, en el prólogo citado se refiere a Marta como “ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística, mirada sagaz, estilo directo y preciso y don de mostrar muchas cosas con pocas palabras”.

En dicha ocasión Carpentier fue también capaz de prever la obra que llegaría cuarenta años después cuando calificaba a su prologada como “novelista por instinto” y celebraba su capacidad de utilizar el elemento accesorio y menudo para dar mayor realce a la acción humana.

Con “vivo talento y singular dominio del oficio” hoy podemos afirmar que Marta Rojas ha sabido construir toda su obra (la periodística y la que muchos consideran puramente literaria) a partir de parámetros que tienen que ver, fundamentalmente, con la buena escritura y los elementos antropológicos que han conformado nuestra nacionalidad.

Ella, sin aferrarse a dogmatismos de la negritud u otras corrientes en boga  ha sabido, a través de sus personajes, descubrirnos los procesos del mestizaje que Nicolás Guillén llamaba el color cubano con inaudita imaginación pero siempre partiendo de lo factual, en cada una de sus obras.

Antes de llegar a la novela y después de su primer libro fundacional esta autora nos dio muestras de una sólida facilidad para el testimonio al obtener en 1978 el Premio Casa de las Américas con su libro El que debe vivir. Después llegaría una obra a mitad de camino entre lo testimonial y la novela de ficción y que algunos consideran una novela histórica: La cueva del muerto, basada en hechos reales y llevada a la pantalla por el gran cineasta cubano Santiago Álvarez.

A ellos habría que añadir otra serie de obras siempre entre el periodismo y la literatura como Escenas de Viet Nam, Crónicas de Viet Nam del Sur, El aula verde, El médico de la familia de la Sierra Maestra y Tania, la guerrillera inolvidable.

No es, sin embargo, hasta 1993 con El columpio de rey Spencer (primera novela en lengua castellana que presagia la importancia de las nuevas tecnologías con la aparición de la computadora) que Marta Rojas exhibe todo su poder de fabulación con esta entrada a una etapa que ya incluye seis novelas y que la caracterizan como una insuperable indagadora de los fundamentos de la nación cubana apelando a otros recursos como el erotismo y la aventura en unos textos que han llamado la atención de la crítica por su originalidad y minuciosa recreación de lo cubano.

Santa Lujuria, El harén de Oviedo e Inglesa por un año, con la que la autora obtuvo el Premio Nacional Alejo Carpentier en 2006, han tenido numerosas ediciones en Cuba y una aceptación poco frecuente en el público lector.

La vinculación de Marta Rojas con lo cubano es, en mi opinión, la cualidad que la define en toda su obra y ese incesante entrecruzamiento entre los géneros que la convierten en una escritora híbrida: periodista de pura raza y novelista con un gran poder de ficcionalizar a partir de la realidad y la imaginación.

Ella es el paradigma de todo un proceso de la literatura cubana que encuentra en la realidad y en la recreación de los acontecimientos que nos ha tocado vivir la razón de ser de una escritura que hoy podemos considerar diversa y temáticamente amplia, pero que está, por lo general, estrechamente vinculada al proceso de transformaciones vividas en Cuba desde los días de la conquista hasta los últimos cincuenta años.