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De la letra (barroca) a la esencia (actual)

Ricardo Riverón Rojas, 09 de abril de 2018

La comunidad literaria cubana, ceñida en exceso a la devaluación por razones extraliterarias, le viene cobrando caro a una serie de figuras, ya fallecidas, la alineación militante de su quehacer artístico con la participación en un proyecto político de tantas complejidades como el nuestro. Bastante desdibujadas, no tanto en el discurso institucional como en el de la crítica, percibimos hoy (unos más, otros menos) a figuras como: Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso, Juan Marinello, Félix Pita Rodríguez, Nicolás Guillén y otros.

Y precisamente, la primera virtud que me interesa resaltar del volumen De la letra a la esencia: Mirta Aguirre y el barroco literario, de Frank Padrón, es la de recuperar para el diálogo literario nacional una de esas figuras tocadas por el silencio doloso. Víctor Fowler, Marta Lesmes e Ivette Fuentes, como integrantes del jurado del Premio Uneac de ensayo en 2016 lo distinguieron con el galardón. El autor premiado (Pinar del Río, 1958) resulta ampliamente conocido por sus trabajos en poesía, narrativa, ensayística y crítica de arte.

Los desaguisados que se derivaron del I Congreso de Educación y Cultura, en 1971, dieron inicio al período que conocemos como Quinquenio Gris. La exaltación a ultranza de las virtudes de la equívoca corriente conocida como realismo socialista, unida a la parametración de figuras que se apartaban de ese canon, azuzó censuras y desencuentros. Pero una vez superados tales excesos, en alas de una política cultural menos estrecha, aquellos a quienes etiquetaron como "parametradores" (no siempre de manera justa) fueron desterrados de la plataforma pública, al extremo de casi borrar sus huellas del panteón literario donde, por inteligencia y lucidez, merecen estar. Mirta Aguirre, pese a sus incuestionables aportes en la poesía, la docencia y los estudios literarios, tras su muerte en 1980, devino referencia demodé para muchos instigadores de ánimos revanchistas.

Los más preciados aportes de Frank Padrón para revalorizar justamente el legado de la intelectual son, precisamente, desentenderse del supuesto pecado original de aquellas reflexiones –tampoco desechables del todo– sobre el realismo socialista y de sus indeseables derivaciones en la praxis cultural, para centrarse en destacar las profundas y agudas miradas que lanzó a lo barroco en las letras de nuestra lengua.

Aun sin escribir un tratado o volumen sobre la corriente –como sí hizo con el realismo– las disecciones de Aguirre nos ponen frente a lo esencial, lo formal (con insistencia en su definición como estilo), lo contextual y lo trascendente de la creación barroca. Y, como buen escrutador, el autor de De la letra a la esencia... reflexiona sobre lo reflexionado para hilvanar lo que me gustaría llamar (con lenguaje cinematográfico) un guión y un montaje dinámicos de las secuencias donde se movieron los principales actores de lo barroco. Si escribir crítica sobre la crítica carga con el riesgo de derivar en la glosa plana, hay que decir que en su ensayo Frank Padrón elude con garbo y tino el peligro para entregarnos, a partir de lo escrito por Mirta Aguirre, el cuerpo virtual de un libro que pudo existir, porque la autora analizada disponía de suficientes meditaciones para configurarlo, solo faltaba la mirada sistémica de un crítico que descubriera esas potencialidades y concretara el ensamblaje.

La amenidad del arriesgado proyecto literario la alcanzó el estudioso, según me parece, a expensas de una estrategia compositiva que se apoya en capítulos cortos, pero bien enjundiosos, de manera que el lector común no se agota con esa especie de dialecto categorial ajeno a sus alcances, ni con la reflexión prolija. Aunque tampoco eludió este autor acudir a la terminología propia de la ensayística, y por eso abundan palabras como ceugma, sinécdoque, metonimia, hipérbaton, sin que por ello el consumidor no avisado naufrague en el desconcierto. La claridad expositiva y la intensidad de la prosa, unidas a la habilidad para citar a la figura estudiada son virtudes que nos hacen superar cualquier sobresalto epistemológico.

De las tesis sobre lo barroco inmersas en los ensayos de Mirta Aguirre deriva Padrón su propia conclusión, su descubrimiento. Con voluntad integradora nos obliga a fijar la atención, siempre con los textos de Aguirre como brújula, más en las coincidencias que en las diferencias entre culteranismo y conceptismo, además de regalarnos un buen manual estético para comprender a cabalidad los códigos del movimiento sin apartar la vista de las condicionantes temporales y territoriales que prácticamente obligaron a los creadores barrocos a expresarse de un modo u otro.

Como tamizando sus esencias, este libro concreta su recorrido desde lo prebarroco hasta las manifestaciones de lo que considera "un estilo" en el siglo XX, más que todo en la ensayística de la propia Mirta Aguirre, en la novelística de Carpentier y la creación toda de Lezama Lima. Boscán, Garcilaso, Góngora, Quevedo, Juana de Asbaje, Calderón y, como máximo exponente, Cervantes, pasaron por el ojo crítico de Mirta Aguirre y, ahora, con este libro, se integran "amigablemente" para dejarnos frente a un tratado sobre lo barroco que salva de la dispersión un cuerpo reflexivo vasto y coherente.

Estamos ante un proyecto reverencial. Celebro su fluir a contracorriente, pues si la desactivación del Quinquenio Gris generó una saga notable de reivindicaciones y resucitaciones, lo que convencionalmente llamo el "posquinquenio" no ha exorcizado aún todos los demonios que "desenmascaró", o en ocasiones se inventó. Ojalá con la publicación de este riguroso y valiente estudio comencemos a salvar, para una cultura que no puede darse el lujo de prescindir de sus pensadores inteligentes, nombres y obras que desde hace décadas esperan porque el péndulo regrese hacia el ámbito de la totalidad salomónica.

(Santa Clara, 8 de abril de 2018)

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