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Una flor rompiéndome el pecho

Ricardo Riverón Rojas, 24 de enero de 2019

La poesía también se hace de tópicos: simples motivos que generan resonancias antropomorfas, la más frecuente de las cuales se localiza en la metamorfosis de los pétalos de una rosa en labios de mujer; o en la tersura del nardo y el jazmín cuando asumen la piel de la fémina.

En el laboratorio de la poesía las flores son como el carbono, presente en todos los compuestos orgánicos. Así lo podemos apreciar en este fragmento de "A una rosa", de Alfonsina Storni: "Tú parodias esos labios / purpurinos, que entreabiertos / se dirían de caricias...". Pero también, desde la personificación, ante el hombre que por amor la tiraniza: "Soy esa flor perdida que brota en tus riberas / humilde y silenciosa todas las primaveras".

Aunque haya flores gramaticalmente masculinas, como el nardo, el heliotropo, el girasol, el clavel, todas ellas, en materia de poesía, son hembras; sus cualidades son traspasables a las damas, no a los hombres. No recuerdo que entre los estereotipos de la virilidad lo floral ocupara espacio y diera motivo a elucubraciones líricas. La celebración del macho siempre se aviene con el acero, la piedra, la reciedumbre, la valentía y otras cualidades lejanas a la delicadeza.

Acaso José Martí sea (como en todo) una rarísima excepción, pues en su opúsculo "La rosa", celebra la feminidad y ofrenda flores de nombre masculino y femenino, con lo cual da muestra de su poderosa intuición, y de su sentido del equilibrio: "Un girasol para mi amor / unos crisantemos para que nos juntemos / una margarita para mi amiga / y una rosa para mi Diosa / que eres tú...".

Pero donde más lejos llega nuestro poeta mayor en su excepcionalidad, es en uno de sus archiconocidos Versos Sencillos, con esa rosa blanca que se le ofrece al amigo sincero, no a una doncella, y, sobre todo, porque también asegura que la cultiva para el cruel que le arranca el corazón con que vive.

Independientemente de las asociaciones con aspectos físicos, los más talentosos poetas han visto en las flores señales ontológicas que enriquecen, ya no al cuerpo, sino al azar de la existencia. En tal sentido destaco "A una rosa", de Sor Juan Inés de la Cruz:

Rosa divina, que en gentil cultura
Eres con tu fragante sutileza
Magisterio purpúreo en la belleza,
Enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
Ejemplo de la vana gentileza,
En cuyo ser unió naturaleza
La cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida
De tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
Viviendo engañas y muriendo enseñas.

Esa evolución paradójica de las flores también llamó la atención de Calderón de la Barca: "Estas que fueron pompa y alegría / despertando al albor de la mañana, / a la tarde serán lástima vana / durmiendo en brazos de la noche fría".

Jorge Luis Borges, ya en plena vanguardia, superados los usos románticos y modernistas, elogia a la rosa desde la neutra sensación de la ceguera que, como sabemos, padeció. Milton (ciego también) es su referente para elogiar la condición, donde lo sensorial no se atenúa por el efecto sinestésico de sentirla con el tacto, y con la cultura:

De las generaciones de las rosas
que en el fondo del tiempo se han perdido
quiero que una se salve del olvido,
una sin marca o signo entre las cosas
que fueron. El destino me depara
este don de nombrar por vez primera
esa flor silenciosa, la postrera
rosa que Milton acercó a su cara,
sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
o blanca rosa de un jardín borrado,
deja mágicamente tu pasado
inmemorial y en este verso brilla,
oro, sangre o marfil o tenebrosa
como en sus manos, invisible rosa.

Nicolás Guillén, en su poema "A veces" consigue que, como ofrenda mayor más allá de la muerte, su espíritu se transforme en flor: "A veces tengo ganas de estar muerto / para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos, / que me crece una flor rompiéndome el pecho; / una flor, y decir: esta flor / para usted".

Para el poeta precolombino Nezahualcoyotl, en las flores se sintetiza la cosmogonía particular de aquella, su raza, que buscaba sobre todo la armonía entre el ser humano y la naturaleza. Así podemos apreciarlo en su texto "Alegraos":

Alegraos con las flores que embriagan,
Las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya
Los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia,
Fragantes flores,
Abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave,
Parlotea y canta,
Viene a conocer la casa de dios.
Sólo con nuestros cantos
Perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto,
Vuestro disgusto de disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
Las ha hecho descender
El inventor de sí mismo,
Flores placenteras,
Con ellas vuestro disgusto se disipa.

Quizás los más aventajados émulos que las flores tengan como motivo poético sean la luna, las estrellas, los ríos caudalosos, los lagos profundos, la melancolía, los ángeles, el corazón... Pero si acaso algún día se pudiera compilar, en dudosa estadística, la presencia de unos y otros en los textos poéticos, adelanto que en las flores, como en pocos elementos, los poetas han sabido ver, y entregar con el cuerpo de las palabras, toda la complejidad del universo.

El último texto que cito en estas divagaciones, "¡Cuánto sabe la flor!", de Pedro Salinas, se vale con notable y moderna destreza del ya citado ángulo prosopopéyico con que los poetas se refugian en las flores para sorprender con elocuentes connotaciones:

¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca
cuando es jazmín, morada cuando es lirio.
Sabe abrir el capullo
sin reservar dulzuras para ella,
a la mirada o a la abeja.
Permite sonriendo
que con su alma se haga miel.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse
coger por ti para que tú la lleves,
ascendida en tu pecho alguna noche.
Sabe fingir, cuando al siguiente día
la separas de ti, que no es la pena
por tu abandono lo que la marchita.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio
y teniendo unos labios tan hermosos
sabe callar el "¡ay!" y el "¡no!", e ignora
la negativa y el sollozo.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse
dar, dar todo lo suyo al que la quiere,
sin pedir más que eso: que la quiera.
Sabe, sencillamente sabe, amor.

Entre todas las flores, quizás la rosa sea quien protagoniza la mayoría de las escenas líricas. Pero ese detalle resulta superfluo. No hay grandeza del alma humana que no tenga su equivalente en el jardín donde los poetas, guiados por Erato, no cultiven sus ramos con frondosa diversidad.

Santa Clara, 21 de enero de 2019

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