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Mística natural: del artefacto al verso, y viceversa

Ricardo Riverón Rojas, 02 de abril de 2019

El valor agregado de enlazar los vocablos "mística" y "natural" se concreta en la tensión que genera hacer pasar como cotidiana una experiencia única. El poemario Mística natural (Ediciones Matanzas, 2018), de Alberto Marrero, nos lleva con mano segura por ese camino, paradójico solo en apariencia. La mística, testimonio de contemplación y expresión de algo inaprensible, deviene natural para ungirse con una densidad humana y, por tanto, común.

Haciendo equilibrio entre esas dos categorías, asistimos a la naturalización de lo místico, que a su vez propone una mistificación de lo natural. No se trata de un retruécano gratuito, o de un palíndromo forzado, puesto que los sentidos se pueden asimilar de manera biunívoca y cada lectura sugiere una nueva tirantez. Gracias a ese procedimiento, cocido con un lenguaje creativo pero sobrio, el sustantivo y el adjetivo intercambian función gramatical y concepto para involucrarnos en una enunciación poética donde resulta imposible discernir si se canta o se sufre, si se llora o se ríe, si hay sátira o tragedia, porque muchos pares opuestos conviven en el protoplasma lingüístico sin que se apunte, con aire demodé, a la paradoja fácil.

La naturalidad discursiva constituye una de las virtudes del poemario de Marrero. El poeta nos habla de asuntos cotidianos y logra rebasar, con pautas subliminales, la planicie de exaltar o denigrar lo intrascendente. La singularidad no obstante se obtiene por la certeza de lo exclusivo de cada razonamiento sobre sucesos que podrían parecer comunes; el enfoque desde la introspección nos conmina a degustarlo como filosofía.

El estilo ecléctico, donde conviven la antipoesía y el verso de exactitud rítmica y melódica, facilita la aprehensión de las tensiones conceptuales, que se dan en un viaje permanente de uno a otro matiz. Con esa estrategia compositiva el poeta deja registro de una voluntad expresiva que no rehúye los costados conflictivos del entorno, aunque al final nos queda como sabor una especie de canto épico de exaltación de las normalidades. Observemos, a manera de ejemplo, cómo el viaje se concreta en estos dos primeros versos del poema "Poliposis gástrica": "Me han diagnosticado pólipos en el estómago. / Parecen colinas de un rosa pálido y otras de un rojo intenso".

El mayor reto que vence el poeta es el de conservar la naturalidad sin caer en la planicie discursiva, pues trabaja con las connotaciones del leguaje cotidiano, una intención que ensayaron los de la vertiente coloquial, solo que aquellos, demasiadas veces, se quedaron en la superficie por ponderar sobre otras, las posibles virtudes morfológicas de ese léxico. Marrero se dirige a zonas más esenciales del espíritu, y su expresión, aunque popular, no acude a populismos, sino a citas literarias. El soliloquio con el que se autocuestiona nos va perfilando la imagen de un antihéroe que, dada la circunstancia de Cuba, termina erguido, como maltrecho vencedor, en su mínima victoria sobre las coyunturas, también de naturaleza singular que en estos tiempos nos han desafiado.

Lo que apunto en el párrafo anterior le asigna pluralidad al discurso poético, pues las disyuntivas que enfrenta el sujeto lírico constituyen problemáticas compartidas por un buen número de sujetos de nuestra circunstancia y nuestra época. Ello hace que se desprenda del conjunto un valor antropológico adicional si atendemos a la excepcionalidad política y social que marcan nuestros ya largos días de revolución.

No hay queja en Mística natural: hay estoicismo; no hay disenso; hay consenso; no hay rendición: hay persistencia. Un profundo auto de fe, descarnado en esencia y matizado por el ingenio y el buen decir poéticos son marcas visibles en su anatomía, de ahí el regusto testimonial, la multitud de interrogantes y posibles respuestas que nos deja.

Uno de los textos que mejor podría ilustrar lo que antes dije es "Tizne, pájaro de pico rojo":

He invertido parte de la mañana en limpiar hornillas.
El gas tizna, dijo Victoria, el gas que nos venden
tizna como el carbón y ya no tengo fuerzas.
Mientras limpiaba las hornillas con una piedra blanda 
divisé un pájaro de pico rojo a través de la ventana.
La perspectiva del ave me permitió restregar
con más ímpetu la superficie ennegrecida
e incluso descubrir que el miedo a lo inútil
 (las hornillas se volverán a manchar)
se puede desleír en el canto de un ave de pico rojo.

Finalmente, la atmósfera narrativa que se respira a lo largo de todo el libro le aporta legibilidad, eso que llamamos "gancho". Los encabalgamientos, por abruptos no desnaturalizan el verso ni hacen tortuosa la lectura.

Bien lejos de elucubraciones retóricas, con lenguaje natural pero sugestivo, este nuevo libro de quien ya antes nos había entregado El pozo y el péndulo (1994), La cercanía infinita (2004), y Las tentativas (2015, Premio Nicolás Guillén), entre otros, continúa demostrándonos las potencialidades de una lírica nacional que ya superó los áridos diferendos de antaño entre desbordamiento metafórico y desenfado coloquial.

(Santa Clara, 25 de marzo de 2019)

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