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Menos por más, da más

Ricardo Riverón Rojas, 22 de mayo de 2017

(Irreverente matemática de la poesía)

A veces me pregunto por qué, si cada poema constituye un universo, los organizadores de casi todos los concursos exigen un mínimo para que un original clasifique y opte por el premio. Constituye una especie de dogma de oficio que obliga a los autores a proyectarse, más que sobre los textos, sobre la arquitectura de un conjunto que, a veces, se configura tal cadáver exquisito en una especie de collage con equilibrio muchas veces tambaleante.
 
Y no es que sea negativo estructurar los libros acogidos al principio de la unidad fundida desde lo dispar. Lo que no me parece bien es devaluar de antemano a quienes proponen un algoritmo diferente: quizás un cuerpo textual menos abundante, pero igualmente intenso. La unidad no solo se consigue juntando con coherencia elementos diversos, sino también a partir de la concentración de la masa poética, prolongada hasta su saturación connotativa.
 
Desde mi punto de vista –sostenido también, con insistencia, por Alpidio Alonso– se trata de un criterio de editor que se le ha impuesto al creador, no siempre para bien. Se le asignan, inconscientemente, valores estéticos a un parámetro meramente cuantitativo. La insistencia a ultranza en esa lógica podría llevarnos hasta el absurdo de excluir de la categoría de poemarios a Motivos de son, La tierra baldía, Anábasis, Elegía como un himno, Muerte de Narciso y otros clásicos de la poesía cubana y universal. Si nos atuviéramos a la norma que cuestiono, estas joyas estarían inhabilitadas para aplicar por un premio.
 
Poetizar con el ojo puesto en la extensión reclama de quien escribe activar un séptimo sentido en pos de concretar un trazado cartesiano de tortuosos volúmenes. De tal suerte, no son pocas las ocasiones en que un poemario, ensamblado a partir de un mapa que define áreas temáticas, o estilísticas, o estróficas, mutila por fragmentación el aliento compositivo. Cuando excluimos a un libro de menos de equis cuartillas o equis versos censuramos con el peor de los criterios a quien aspiraba a concentrarse en la síntesis para armar, con coherencia, su opúsculo.
 
Si se trabaja con fina costura y oficio pleno, la lógica de incorporar matices para ganar cuartillas puede derivar en virtud, pero asumida como norma, al cabo deviene deformación profesional que muchas veces reduce el volumen al pastiche. Es, desde mi punto de vista, uno de los aspectos en que la lógica institucional conspira, de manera culposa pero implacable, contra el acto siempre misterioso y exclusivo de la creación.
 
La casi obligatoriedad de organizar los poemarios con lógica de conjunto condujo al dogal de medirlos también atendiendo a su extensión. Constituye herencia de una modernidad demodé que ha seguido operando por inercia. En su momento fue ganancia porque incorporó la progresión dramatúrgica, la trama narrativa subyacente a la fórmula poética, a la par que, unida al uso casi monopólico del verso libre, contribuyó a la fecundación de una hibridez genérica que luego tendría su expresión canónica en la postmodernidad. No obstante, ahora mismo constituye un concepto inoperante, por excluyente.
 
Tradiciones poéticas milenarias, como la del Zen, prescindieron siempre de la coyunda cuantitativa. El Zen se ceba en la captación del instante, que da magnitud universal al pequeño suceso y al personaje común. Por eso, según afirma Juan W. Bahk en el enjundioso prólogo de Antología crítica de la poesía Zen de China, Corea y Japón (Editorial Verbum, 2001) “la piedra angular más apreciada del Zen (…) se refiere como «el pensamiento instantáneo»”. Con toda certeza el hilo conductor de una poética que se vertebra en la coherencia filosófica, cosmogónica, puede trazar un algoritmo gnoseológico en este modo de expresión, de ahí que los maestros Zen, a través de los koanes logren por suma y yuxtaposición conjuntos que, en su aparente galimatías epistemológico, sentimos coherentes.
 
La tradición occidental, en la succión de hibrideces que sobrevino tras desensamblar los férreos códigos de aquel dogal moderno, miró hacia otras culturas, “menores” o exóticas (popular, oriental, afro o precolombina, entre otras) para darle paso a la renovación de formatos expresivos: el performance poético ganó terreno, la irracionalidad del tropo creció, cada vez más la poesía convocó a captar sentidos desde las sensaciones y lo atávico. Pero paradójicamente, el criterio cuantitativo no detuvo su accionar en la dinámica de las instituciones con responsabilidades en la edición y promoción de la poesía. Aún no existe el concurso libre del ariete de la extensión mínima.
 
El poema que se escribe de un tirón, como pieza única, puede ser un libro orgánico; todo depende de que cierre un círculo expresivo. Los poemas que se escriben pensando en el poema como unidad y conjunto universo pueden hilvanarse gracias a un concepto de la poesía que los hace confluyentes en un centro de gravedad indescriptible. Pensemos, para poner algún ejemplo, en las Rimas de Bécquer; o en El romancero gitano. También en el poema "El río", del malogrado Javier Heraud.
 
Supongo que quienes persisten en exigirle mínimos a un conjunto de poemas desconocen que un conjunto breve, si hace honor a la síntesis proteica y es portador de una filosofía capaz de concentrar y sugerir mundos e historias subyacentes, suma más que una sobreabundancia suntuosa y, no pocas veces, retórica. Aunque acudo a un caso extremo, pienso que cuando Giuseppe Ungaretti puso punto final después de escribir “Me ilumino de inmensidad”, lo hizo porque podía prescindir de todo lo adyacente. No necesitaba otros elementos para dejar establecido que lo inconmensurable es el alfa y omega de cualquier armonía.
 
Ante los epigramas de Ernesto Cardenal, o ante el breve conjunto El rayo que no cesa, de Miguel Hernández podemos cebar con buenas luces el culto a la brevedad. Siempre lo breve nos induce al equilibrio, a la certeza de la destilación. Y aunque la historia universal de la poesía está llena de poemas catedrales, y el barroco significó ganancia, la exactitud, la desnudez de adorno, y hasta el silencio locuaz que convierte a una palabra en cien contienen tanta belleza como el más florido conjunto.
 
La sencillez coloquial de “Retrato” de Antonio Machado nos transporta sin esfuerzo a la hondura del discurso interior: “Converso con el hombre que siempre va conmigo” nos dijo, y de paso, con ese fluir íntimo, pero solemne del alejandrino, nos enseñó un modelo para el monólogo confesional que, para completarse no demanda más compañía que la que la de los versos que completan el famoso poema.
 
Pienso que las instituciones que organizan premios de poesía podrían pasar del detalle de la extensión mínima, y dejar a elección del poeta en qué momento cierra la puerta trasera de su cuaderno. Suyo es el riesgo como suya es la satisfacción que deja la obra terminada cuando caducaron sus posibilidades expresivas. Dejemos que cada cual, a su aire, nos revele lo que su alma respira.
 
(Santa Clara, 9 de mayo de 2017)
 
Editado por: Nora Lelyen Fernández

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