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Carga en los dados

Ricardo Riverón Rojas, 28 de noviembre de 2018

«Un golpe de dados jamás abolirá el azar», afirmó Stephané Mallarmé en uno de sus más emblemáticos textos. Pero si esos dados están cargados, como los que nos lanza Yunieski Betancourt Dipotet con su colección de cuentos publicada por Ediciones Extramuros en 2017, el azar deja de ser una peripecia de la lógica para devenir algoritmo cotidiano y común.

Dados cargados, precisamente, es el título del volumen (ópera prima según la ficha en contracubierta) que nos entrega este autor, nacido en Sancti Spíritus en 1976. Posee en su haber algunos galardones de significación, donde sobresalen menciones en los premios Uneac, Pinos Nuevos, Luis Rogelio Nogueras y Ernest Hemingway, entre otros. Pero los cuentos de este atado sobrepasan, por su calidad, lo que tales créditos sugieren.

En un entorno donde transcurre la cotidianeidad de millones de contemporáneos, conviven, respirando el mismo aire salvaje y distópico –como en uno de esos filmes con estética de videojuegos– personajes, acciones, tecnologías de avanzada y utilerías, vestuarios, actitudes medievales. En las rotundas tramas aquí desarrolladas impera un fundamentalismo que torna inviable cualquier opción de alteridad.

El irrespeto absoluto por la vida, en alas de un fanatismo centrado en odios ancestrales, le dicta al narrador un repertorio de personajes y una atmósfera infrecuentes en la narrativa cubana actual, que por mayoría rehúye problemáticas no nacionales. La acumulación de atrocidades que signan al milenario diferendo árabe-israelí se va mostrando en toda su desnudez deshumanizante sin que el autor se parcialice en aras de justificar la crueldad de uno u otro bando, independientemente de la legitimidad de una causa u otra.

Con loable habilidad para comunicar desde una narración que evade las descripciones efectistas para que los sangrientos desenlaces sucedan con una naturalidad corroída por los subtextos, se concretan atentados suicidas, enrolamientos pragmáticos en pos de beneficios económicos derivados de la muerte de otros, desesperación, angustias, y filiaciones extáticas exacerbadas por la tóxica atmósfera mediática de unos medios y unas redes sociales manipulados para convocar a las más oscuras emanaciones del alma humana.

Hay una tesis conceptual en la conducta ética de los personajes de estos relatos: la vida carece de importancia, se puede dar o quitar con la misma facilidad con que se ingiere un vaso de agua. Otra vida superior a la vida aguarda, y despojar de ella a los opuestos constituye un acto de redención. Desde un punto de vista distante e imparcial el narrador consigue inocularnos la potencia destructiva de esas prácticas ciegas. En ese sentido el libro constituye un pasaporte al horror cotidiano.

Mahatma Gandhi aseguraba que la pobreza es la más notable de las violencias. También afirmó que la estrategia del ojo por ojo acabaría cegando a todo el mundo. Por supuesto que aquí también hablamos de pobreza. Ninguna de aquellas enseñanzas, que tanto le aportaron al hinduismo para lograr su independencia de Inglaterra, rige los comportamientos de los bandos en conflicto en el Medio Oriente, que no cesan de infligirse destrozos mientras Occidente juega el doloso papel de espectador cínico y falso pacificador con acciones bélicas o diplomáticas a favor del bando judío.

Los intentos de diálogo no han podido parar el barraje destructivo del diferendo. La última aberración, el llamado Estado Islámico o Daesh, no es otra cosa que la hipérbole extrema de los fanatismos involucrados en el conflicto, pero alimentados por la impotencia de quien pierde un ojo y no vacila en sacar no solo el del contrario sino también el de los inocentes. Por esa ruta nos conduce Dados cargados valiéndose del lenguaje artístico, no del discurso político, pues el autor se abstiene de entregar valoraciones.

Considero que la existencia de este grupo de narraciones merecen un lugar más destacado en el panorama de la narrativa cubana actual, pues no incurre en gratuidades ni denuncias denotativas, y sí testifica sobre un aceitado oficio donde, entre otros valores, destaco el trabajo investigativo apreciable en la transcripción de un mundo tan lejano –por cercano que nos parezca políticamente–, así como la fina costura estilística con que se van tejiendo los diálogos y el suspense. La mayor virtud en la conducción de lo narrado es que conocemos anticipadamente los desenlaces, siempre trágicos, sin que ello genere desbalance.

Termino citando nuevamente al patriarca hindú, porque desde la lúcida incursión en la subjetividad de los personajes de estos cuentos percibo, con mayor crudeza que cuando las enfrento en imágenes de la TV, o en fotos de las publicaciones periódicas, la conciencia de la barbarie que puede brotar del alma humana. Gandhi –víctima él mismo de la violencia fanática– afirmó que «sólo el dominio de nuestros instintos mediante el Amor puede sujetar a la bestia que existe en nosotros». Esta breve colección de ocho cuentos nos demuestra adonde podría llegar la especie humana si marchamos en dirección opuesta a esa doctrina.

(Santa Clara, 26 de noviembre de 2018)

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