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Tiene la palabra el camarada poeta

Ricardo Riverón Rojas, 20 de noviembre de 2017

Siempre que se relaciona a la poesía con la Revolución de Octubre de inmediato nos viene a la mente un nombre: Vladimir Maiakovski. Sin dudas, el autor de la "Oda a Lenin" fue quien, con mejor fortuna, logró esa simbiosis de poesía y propaganda que, sin merma del rango estético, ha trascendido como etiqueta creativa de aquellos convulsos y esperanzadores días. En los debuts de grandes acontecimientos de la historia humana las costuras de esa problemática fusión suelen desdibujarse.

La Revolución de Octubre fue, a la luz de la ideas progresistas, el más extraordinario suceso político del siglo xx. No hago causa común con quienes afirman que el muy posterior fracaso de su puesta en escena descalifica la médula de sus principios fundacionales. Quienes afirman, de manera un tanto sesgada, que la modernidad comenzó con la revolución mexicana de 1910 olvidan que el fiasco de su agenda tuvo lugar en más breve plazo, y que la mayor parte de sus reivindicaciones naufragaron en el caudillismo, la corrupción y la falta de proyecto político hasta llegar al estado fallido que parece ser México hoy. Su repertorio de reivindicaciones no fue más ambicioso ni generó matrices simbólicas de mayor alcance que los de la revolución comandada por Lenin.

Recientemente se conmemoró el centenario de la gran gesta rusa. Las jornadas de reflexión en torno a la efeméride pusieron énfasis en las pautas político, filosóficas e históricas, nunca en la oblicua perspectiva que la poesía aporta a los contextos donde se genera. En busca de referencias donde se hiciera visible el alma poética, ontológicamente melancólica, rebelde y justiciera de ese pueblo (horno ideal para cocer una empresa como la que comento) revisé una añeja y olvidada antología titulada Poetas rusos y soviéticos, que en 1966 Samuel Feijóo publicara en la que entonces se llamaba Editora Universitaria, de la Universidad Central de las Villas. En ella es posible consultar creaciones de ocho poetas rusos y veintiún soviéticos.

En el texto introductorio el villareño se ocupa rápidamente de precisar que su labor se limitó a componer versiones sobre los bloques de texto vertidos del ruso por Nina Bulgákova1, su colaboradora en la monumental empresa. Se cura en salud entonces:

Se trata de hallar las equivalencias más justas, las esencias más adecuadas, del pensamiento, del sentimiento, del idioma singular del poeta extranjero [...] La belleza y profundidad de la poesía rusa la ha situado entre las más altas expresiones literarias del mundo. [...] La rima es inseparable de la poesía rusa, toda ella rima. En nuestra traducción ha sido eliminada para no traicionar otras fuerzas del poema.2

Procede aclarar que no todas las traducciones fueron concretadas por el binomio Bulgákova-Feijóo, pues en el caso de los textos de Maiakovski se acogieron a la labor que ya antes había rendido la argentina Lila Guerrero. Otras traducciones, o versiones, se acreditan, por ejemplo, a Pavel Gruskó, Roberto Fernández Retamar, Agustín Argüelles, Arconada, y a otros de quienes apenas se consignan enigmáticas siglas: L.W., P.A.F., y J.S.

Se trata, por otra parte de una antología profusamente anotada, como corresponde a un proyecto dedicado a un lector que a la altura de 1966 lo ignoraba casi todo de la cultura rusa. Muy oportunas las precisiones al final de cada bloque de poemas, tanto lingüísticas como referidas a tradiciones y costumbres totalmente exóticas para los cubanos de entonces.

Como mi intención inicial, hoy, es destacar de esas poéticas su filón épico o, cuando menos, patriótico (propósito ajeno al de los antólogos), llamo la atención sobre algunos pasajes que nos permiten explicarnos por qué Rusia no pudo ser dominada, ni siquiera por las casi imparables huestes napoleónicas. Al respecto Alexander Pushkin, en su poema "Recuerdos en Tzarskoye Seló", de 1814 (cuando apenas contaba 15 años), precisó:

¡Espantaos, oh, tropas forasteras!
Se movieron los hijos de la Rusia;
Se alzó el viejo y el joven; contra los osados
vuelan, encendidos de venganza sus corazones.
¡Estremécete, tirano! ¡Se acerca la hora de la caída!


[p.30]

El propio Pasternak –cuya negativa a recibir el Premio Nobel en 1953 por su novela El doctor Zhivago aún sirve para demonizar hasta el desmadre el calificativo de "soviético"– dejó constancia en su poesía de ese sentir patriótico, soslayado con sospechosa mudez por los que, aún hoy, amplifican el escándalo:

Es feliz quien, por completo,
Sin una sombra extranjera,
Desde su infancia está con el pobre,
Con toda su sangre está con el pueblo.
(...)
La patria desde niño
Me atraía hacia un himno,
Qué le importaba al cielo
Si el amor no era correspondido.


["De los apuntes de verano", p.237]

Pese a la circunstancia antes destacada, el hondo y florido panteísmo que caracterizó a Feijóo irriga la mayor parte de las versiones de esta antología. Su sugestiva manera de mostrarnos lo natural respira (¿gravita?) pausada y calmadamente sobre el universo tropológico de cada poeta. Respetando el repertorio lingüístico en boga en la época en que vivieron los autores, nuestro poeta se esmera en el destaque de los ambientes (no solo los rurales), con versos de preciosa factura lírica. En otros momentos deja que los códigos de representaciones más fácticas se solacen en un lenguaje más común. Ejemplo de lo primero sería este pasaje de Boris Pasternak:

Todavía con los jóvenes brotes
No se atreve a soñar el suelo de primavera,
Por la nieve rueda la nuez de su garganta
Y negrea en la orilla del río.


["Deshielo de los ríos", p. 230]

O estos otros de Serguei Esenin, donde también percibimos la devoción por los animales, tópico bastante frecuente en el ideal feijoosiano:

Al abrigo del centeno,
sobre unas áureas esteras,
siete cachorrillos rubios,
al alba, parió la perra.
Hasta entrar la noche, estuvo
peinándoles con la lengua.
Bajo su barriga tibia
fluía la nieve muerta.


[s/t, p.286]

Un pasaje del texto "Calienta el día", de Alexander Tvardovsky, pudiera ser ilustrativo de un modo más desenfadado:

Uno mira; por la mañana, de sus establos
No ha salido el ganado. Está desierto el campo.
El blanco hielo matinal, es granuloso,
Y fresca, con el río, sabrosamente
Comenzó a chirriar la hoja del repollo.


[p. 311]

Imposible para estos avezados compiladores pasar por alto la labor de barricada que Maiakovski incorporó a favor de la causa bolchevique. Celebro en ese sentido, sobre todo, la inclusión del texto "El poeta obrero", pues sus observaciones trascendieron los límites de la época, incluso en nuestra patria, donde en determinado momento algunas instituciones dogmáticas intentaron oponer el trabajo del creador literario al de los obreros, productores de bienes materiales. Tempranamente Maiakovski advirtió:

Le gritan al poeta:
"Sería bueno verte trabajar en el taller.
¿Qué son los versos?
¡Vaciedad pura!
Seguro que para trabajar te faltan agallas".
Para nosotros, tal vez,
el trabajo es nuestra ocupación preferida.
Yo también soy una fábrica,
y si no tengo chimeneas,
tal vez
sea peor para mí y más doloroso.


[p. 249]

No alcanzan esta líneas para comentar detalladamente un proyecto tan ambicioso, que en su momento fuera pionero de la divulgación entre nosotros de la poética de una nación tan extensa, donde están presentes elementos de carácter histórico, como la guerra contra las tropas napoleónicas, las revoluciones de 1905 y 1917, la guerra civil y la Gran Guerra Patria. De buena manera, entre líneas, también quizás podamos atisbar algunas de las inconformidades que mucho después darían al traste con la fabulosa experiencia inaugural del socialismo como columna vertebral de un estado.

También la revolución cubana, entonces muy joven, tiene su apología en este volumen. Para ser coherentes con la época, no podía faltar. De Yevgueni Yevtushenko (Feijóo lo acredita como Eugenio Evtusehenko), en los momentos en que su poesía, dirigida principalmente a los jóvenes que anhelaban cambios profundos en la Unión Soviética llenaba arenas deportivas, podemos leer sus "Versos para Fidel". Asombra el texto por un raro ardid de la casualidad, pues parece escrito en noviembre de 2016, en las tristes horas en que, en la Plaza de la Revolución y a lo largo de toda la isla, tras el fallecimiento del líder del pueblo cubano, la multitud repetía a coro: "¡Yo soy Fidel!".

Quisiera muchas cosas contarles de Fidel;
en verdad, muchas cosas quisiera contarles,
y de hecho
de nuevo les hablo de cosas y sucesos
infinitamente cercanos y queridos.
Sin los hombres cualquier idea muere.
La vida es del hombre,
la idea
de la inmortalidad.
Y qué: ¿no les hablé ya de él?
Señores, estas gentes sí son Fidel.


[p.458]



(Santa Clara, 17 de noviembre de 2017)

 

Notas

1 En el libro Jorge Zalamea: enlace entre dos mundos: quehacer literario y cosmopolitismo (disponible en: https://books.google.com.cu/books), Andrés López Bermúdez hace referencia a Nina Bulgákova y consigna que "es la encargada de las relaciones con la América Latina en el plano literario. Habla perfectamente el español y se ha especializado en la literatura hispanoamericana". En su artículo "Samuel Feijóo, el sensible zarapico «fuera de serie» (II parte y final)" publicado en el Portal Cubarte el 29 de julio de 2010, Imeldo Álvarez la presenta como una notable periodista y editora, reverenciadora del ajiaco. Por otra parte, según testimonio de Adamelia Feijóo, Nina fue la traductora que tuvo su padre en su primer viaje a la antigua URSS, lo cual dio origen a una intensa amistad. Era una mujer culta y bella, rubia y de facciones finas, que aparece en una foto que Samuel conservó. A ella  le dedicó el folclorista su novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho porque era muy alegre y le gustaban mucho los temas cubanos.
2 Nina Bulgákova y Samuel Feijóo: Poetas rusos y soviéticos, Editora Universitaria, Universidad Central de Las Villas, 1966, sin ISBN, pp. 7 y 8. En lo adelante todas las citas de poemas se corresponderán con esta edición, en consecuencia solos y consignará, al final de cada párrafo, el título del fragmento y la página.