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Hasta el fin de la trama

Ricardo Riverón Rojas, 13 de junio de 2018

Una novela que no se regodea en la recreación de la sucia realidad de nuestras ciudades, ni en la marginalidad ambiente y omnipresente, ni en la caracterización de tipos estereotipados como la jinetera, el chulo, el gay, el drogadicto, el vago... eso es Hasta el fin del mundo. La publicó Ediciones Sed de Belleza en 2017. Su autor es Manuel Sánchez Dalama, santaclareño nacido en 1951 y residente en Vigo.

Los rasgos arriba señalados la separan un tanto de lo que durante casi dos décadas se impuso como tendencia dominante en los textos del género en Cuba. A lo que sí no renunció Sánchez Dalama en su descripción de la peripecia vital del protagonista (en primera persona, no identificado) es a la conflictividad del sujeto con el medio. Refleja los avatares de un ser común que constantemente naufraga, embarcado por una galería de personajes donde se tipifican el oportunismo, la falta de ética y una ausencia de valores solo fructificables en un medio signado por la miseria, o por el desorden estructural de un entorno distópico donde frondosas utopías se autopresentan como construcciones terminadas.

En estas páginas podemos leer también la desintegración moral de la familia vista desde la perspectiva de un hombre que se asume a sí mismo como perdedor, conformista con un destino más que discreto. Y es en medio de esas desventajas donde, paradójicamente, cultiva sentimientos y conceptos de fidelidad y solidaridad en actitud acaso ingenua cuyo costado romántico lo torna aun más vulnerable. La crudeza del arribismo, la insensibilidad y el egoísmo de quienes le rodean acechan al personaje desde todos sus espacios vitales y concretan con relativa facilidad sus devastaciones.

Se trata, considero, de una narración concentrada, a través de una bien hilvanada trama, en la disección de la doble moral mientras va dejando registro de desencuentros y encuentros afectivos, exclusión, chantaje político, manipulación y, finalmente, hallazgo de la propia esencia. El antihéroe que construye este narrador no es el típico ser aplastado por acciones represivas, sino que, débil de carácter, se deja arrastrar hacia un destino tragicómico (más trágico que cómico) que, a expensas de lo absurdo de muchos de sus lances, como el de la prótesis de cadera robada del cementerio, queda al borde de la prisión y acaba obligado a enrolarse en una fuga migratoria donde también tropieza con la adversidad. Es cierto que la agresividad del nuevo entorno opera con otros códigos, pero resulta de tanta crudeza como la que, envuelta en la cotidianeidad normal, lo devastaba en Cuba.

El viaje del protagonista de Hasta el fin del mundo, iniciado en Santa Clara y finalizado en Galicia, acaba en un inesperado (¿o acaso previsible?) final feliz, con el retorno a los orígenes, pues lo más trascendente que logra concretar el atribulado personaje es una reconciliación con la figura paterna: en fracciones de segundo se traslada del odio parricida, del firme propósito de asesinarlo, a la ternura; el padre, solo con un abrazo y unas palabras, lo desarma y devuelve, purificado, a los inicios de la vida común que apenas tuvieron. La coherencia de un acto tan antitético se logra a expensas de la cuidada sicología con que se fue hilvanando la caracterización.

Mucho de crónica, y también una buena cuota de testimonio, y de denuncia social hay en el texto de Sánchez Dalama, pero la verdadera tragedia, y todas las conmociones de su personaje se desarrollan en un entorno íntimo y reflexivo. Todo lo que sucede fuera de la dimensión ontológica, lo recibimos más como escenografía, mientras los desmanes que enfrenta sustentan de soslayo tesis de deshumanización, posibles en cualquier formación social.

Como lector celebro este volumen que tiene además la virtud de halarnos, en alas del suspense, de un capítulo a otro casi sin pausas. Convoca a que lo leamos con un solo impulso. Coquetea con el thriller, pero no se deja capturar por sus mañosos escamoteos; comunica un hálito de denuncia, pero tampoco se regodea en extensas diatribas; su amenidad se alcanza gracias a una prosa cuidada y al interés por el destino de un ser sin otra pretensión que la de convertir su vida en una sucesión de acontecimientos normales.

Novelas como esta nos ayudan también a entender en buena medida que la literatura cubana escrita fuera de Cuba, tanto como la que hacemos fronteras adentro, puede trazar, con absoluta legitimidad, vigorosas y válidas historias sobre nuestro devenir.

(Santa Clara, 11 de junio de 2018)

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