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Atento a Jamila Medina Ríos

Virgilio López Lemus, 22 de mayo de 2017

Yo me detendré en Del corazón de la col y otras mentiras (Colección Sur, 2913), pues habiendo nacido en 1981, Jamila Medina Ríos tiene ya un currículum de publicaciones propio de mujer brillante.

Ella ha caído a veces en la tentación epocal,  de jóvenes como ella, de hacer versos con matices procaces, que quieren más llamar la atención que ascender al hecho poético. Ascenso el suyo, porque Jamila es una poeta de cuerpo entero, capaz de conmovernos y de ponernos frente a la reflexión.  ESTO último resulta la apertura misma del poemario que he seleccionado entre los suyos: «La escritura como una mutación», así comienza el texto en prosa llamado «Metamorfosis», más propio de un ensayo que de un poema, pero al entrar al cuerpo textual, la mujer poeta despliega su imaginación, rica por cierto: «la parábola de las revoluciones y su parentesco climático con el amor; el otoño de las despedidas en que desfilan la viuda, el soldado-novio-hijo…», y el desfile es lírico antes que suma de personajes, pero a la vez es resumen de los libros que la poeta ha publicado en La Habana o en México. Tomo, pues, el primer texto introductorio del cuaderno como un poema en prosa, lleno de alusiones y metáforas y juegos de palabras en sus connotaciones, y un sutil tono rítmico, que caracteriza a Jamila.

Esto último es bien pronunciado en los versos, en los versos libres que ella corta en sentido «musical», propios de un ritmo que es el del poema todo. Armados sobre la base del encabalgamiento, la poeta no puede disimular el ritmo que los convoca:


Por el borde de tu cuerpo camino al matadero
con la llema de los dedos
repaso el filo de tu boca
tu lengua
la llanura del pubis quemante por las armas.

Jamila logra aquí algo que no todo poeta en la plenitud de su juventud alcanza: cortar los versos de manera precisa para lograr fluidez en su lectura, aprovechar la pausa que se ofrece al final de cada línea versal, para llenar el texto de una musicalidad propia, llena de una soberanía de quien conoce con precisión las viejas normativas líricas hispanas y las asimila sin copia, creativamente, desde un verso libre lleno de sugerencia connotativa y rítmica. Este es uno de los logros esenciales de su poemario.

El poema de amor se torna discurso de mujer que unas veces apela al erotismo y otras al saber. De esto último es la remembranza de Miguel Ángel ante lo que ella llama «la noche lezamiana», y del primer orden resulta la advocación al cuerpo de ella y del «luj(uri)oso emperador»,  cuando despliega una poesía sensorial que acaricia con la llema de los dedos, que siente roces, perfumes, sonidos y extiende el placer a su expresión lírica. Ella tiene la ganancia indudable de saber usar las connotaciones de las palabras para provocar vibración del verso.

Su «Cuerpo total» resulta un poema de amor que lo trasciendo, ese es el tono preciso de Jamila: trascender el posible «mensaje»; un poema de amor no deja de ser a la vez reflexivo, lleno de opiniones sutiles, que se leen entre líneas, que se asumen sin necesidad de explorar palabras o imágenes eróticas más bien groseras. No necesita de ninguna grosería sobre el acto sexual para llenarnos de emoción (por qué no) cuando expresa: «total era su cuerpo / y en él entraron bárbaros y helenos / con los penes los dedos enjoyados y las vulvas / las puntas de los senos…» para propiciar «los festines sangrantes / de razas que nunca se juntaron». Son versos fuertes, pero no procaces, lírica y no ruptura de sistema expresivo hacia la no-poesía.

Me gustaría resumir este poemario con un apalabra: imaginación. El amor no cruza aquí por derroteros meramente emocionales, trivialidades de besos más o menos fogosos, canciones del yo al tú sin otro deseo que ser confesional. La valentía del amor se expresa corporalmente, no finge lampos para decir carnalidades: «Si tu cuerpo es cobarde / si no puedes ser magno / sé magnánimo», todo el cuerpo es recipiente erótico, amor volcado en la pasión. Jamila no desenfrena.

Da alegría leer poesía así, solo poesía, no deseo de epatar o de gritar: «mírenme, yo soy poeta». El amor al que canta Jamila se desarrolla en la casa, en el lecho, en la cocina, en los parques, en la calle, entre la multitud. Hija de los tiempos de la polución y de lo masivo, del planeta cada vez más pequeño, ella no quiso acicalar versos, adornar ideas, suspirar. Su «Huerto» muestra al sexo femenino como entrada jubilosa del amor carnal, y no hay ni siquiera el deseo de espiritualizarlo. Porque el canto al goce corporal no requiere de esa llamada subjetiva que, de todos modos, queda implícita. No es culto a la promiscuidad (y por qué no podría haberlo) sino al encuentro de dos cuerpos que arrecian su combate eterno, el de la pareja de ayer y hoy, y la de mañana.

Esta mujer me asombra desde una ocasión en que, concluyendo un curso de postgrado de métrica hispánica, diseñé un examen docente para que nadie alcanzase la calificación mayor. Quería con ello demostrar que debían continuar tales estudios. Al revisar sus respuestas, Jamila tenía un plus, había contestado todo mejor que el profesor. Así su poesía, la leo con agrado, y a veces me resiente con frases rudas o demasiado procaces para mi gusto quién sabe si ya arcaico. Puedo apartarme molesto del poema leído, pero una onda de inteligencia lírica se me queda resonando. La mujer poeta tan solo ha comenzado ahora mismo a detonar su voz, sabe usar la cultura para poetizar, su camino es ancho y lo recorrerá con plenitud. Hago silencio ahora, para escucharla mejor.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

 

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