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Noticias sobre una antología poética cubana algo olvidada: Poetas jóvenes cubanos

Virgilio López Lemus, 02 de abril de 2018

Paulino G. Báez tuvo el acierto en 1922 de publicar en Barcelona (Casa Editora Maucci) la antología Poetas jóvenes cubanos. Debe ser la primera vez que se usó el vocablo "jóvenes", para referirse a los nuevos creadores que irrumpen en el panorama poético insular. Pero Báez no tuvo un estricto sentido biológico como único referente, por lo que entre los 98 poetas que incluye, añade firmas ya bien crecidas en el entorno.

En el prólogo, el compilador aclara que desea mostrar la "verdadera nueva poesía" de Cuba, en contraste con otra llamada Parnaso antillano, publicada en 1920, y que, según Báez, excluye nada menos que a Luisa Pérez de Zambrana, que, dice: "está al borde de la tumba [y] debió haber figurado, por derecho propio". Es de hecho contrastante que en una antología de "poetas jóvenes" (la mayoría), figure Luisa Pérez, quien, en efecto, murió en mayo de ese 1922. Pero la valiosa muestra de Báez incluye a los poetas nacidos en las dos décadas finales del siglo XIX y primeros del XX (aproximamos: 1880-1905), por lo tanto, de edades entre los veinte y los treinta y cinco años. Muchos, de nombres y obras que no iban a pasar a la historización literaria cubana, sino más bien al olvido, pero otros luego fueron muy relevantes.

El conjunto muestra ese juego de crecimiento literario, y en particular poético, en el que los poetas antologados habrían de lograr diferentes resonancias en disímiles tendencias y corrientes poéticas, entre ellos: Agustín Acosta, Regino Boti, María Villar Buceta, Mariano Brull, Hilarión Cabrisas, Rafael Esténger, Gustavo Sánchez Galarraga, Nicolás Guillén, Francisco Ibarzábal, Dulce María Loynaz, Manuel Navarro Luna, Francisco y Fernando Lles, Rubén Martínez Villena, Arturo Doreste, Francisco Pichardo Moya, Regino Pedroso, Enrique Serpa, Núñez Olano…

Es un magnífico panorama en tan temprana fecha, cuando algunos de esos realmente jóvenes poetas aún no tenían poemarios publicados o solo el primero. Algunos, como Serpa o Mariblanca Sabas Alomá o Alberto Lamar Schweyer dejarán de escribir versos, otros han de desaparecer, aunque Báez tribute generosas cantidades de textos a José Wen Maury o Mario Collado, por poner dos ejemplos de autores que, como tales, se evaporarían. Báez coloca con un poco de exageración a la mexicana Rosario Sansores, residente en Cuba hasta 1929: "a la altura de las primeras poetisas de América", ella se distinguirá después por una canción Sombras, de revuelo internacional, que reproduce la letra de su poema "Cuando tú te hayas ido".

Es generoso con Dulce María Loynaz, por entonces de veinte años, que algo había publicado ya en la prensa cubana; por ejemplo, hace énfasis en un poema que luego no se verá en la obra completa de la gran cubana: "Humo de opio", propio del entorno modernista, obra de cuando ella tendría unos dieciséis años de edad.

Sin dudas, Paulino G. Báez integró un conjunto de poemas rico y variado, que da fe de su hora. Por allí vemos el poema "Silenter", de Sánchez Gallarraga, que se parece mucho a "El mundo está demasiado cerca de nosotros", del bardo romántico inglés William Wordsworth. Valdría la pena compararlos. Es raro que no incluyese a José Manuel Poveda, y naturalmente tampoco está Emilio Ballagas, quien por entonces tendría catorce años de edad. Ofrece algunos datos interesantes, como que a la sazón estuviera interna en un manicomio la poetisa Luz Gay. Guillén tenía en ese 1922 dieciocho años y sus poemas están en la órbita de Rubén Darío, como muchos de los incluidos. Otro poeta que dejó poca memoria, pero son hermosos los poemas de él que Báez incluye, es Rafael G. Argilagos, como "Errantes".

Poetas jóvenes de Cuba es un anticipo de La poesía cubana en 1936. Ambas, más que antologías (de textos antológicos) son una especie de censo lírico de su hora, que no se repetirá hasta el Anuario de poesía, 1994, de Luis Marré. Estos interesantes cortes que más bien hacen un  panorama de todo lo que se escribe en un momento dado, ofrecen valiosos datos para futuros indagadores, para investigaciones sobre el desarrollo de la poesía de nuestra nación, que no creció solo con las grandes firmas, sino también con este conjunto tan diverso y tan dado al florilegio, a la miscelánea. Hay que agradecer en el tiempo (casi a un siglo) el valor que mostró Paulino G. Báez con este libro.