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La poesía como suceso exterior

Virgilio López Lemus, 23 de enero de 2017

La recomendación de Ernesto Cardenal de hacer una «poesía exteriorista», quizás no ha sido bien comprendida… ni por Cardenal. Habría que emprender una poesía en que lo externo se procese en el espíritu, en que la circunstancia no ordene al poeta contar, testimoniar, tomar partido desde lo externo incitante sin hacerlo penetrar para ser procesado por el «ego lírico», que no es introspección absoluta ni egoísmo de creador. El «yo creador» tomará conciencia del hecho creativo y lo liberará a su hacer, a su forja, en la que trabajarán unidos la realidad externa y el cosmos que está dentro del ser.

Un poeta quizás no debería aspirar a realizar una poesía «de consumo». El consumismo de la etapa capitalista finisecular del XX y casi dictatorial en el primer tercio del XXI no debería ser el rumbo del arte, que, como decía Lezama, acepta el «reto de la realidad» y responde con un añadido artístico, de índole espiritual y no de nueva pieza de consumo. Se moriría de hambre el poeta que aspire a escribir poesía, publicarla y vivir de ella, salvo que su nombre haya ascendido a empíreos internacionales refrendados por premios intensos, extensos, al pie del Nobel.

Un poeta no produce mercancía. Al menos como la entiende el productor material. Su objeto de trabajo remite al alma, para los que no gustan de la palabra «alma» y ni siquiera el término «espíritu», dígase el ser interior, aquel que procesa y decide qué es lo que le conmueve al grado de hacerlo crear.

Y crear no es un don extraño. Cada persona lo posee, es imposible no poseerlo, va desde la labor culinaria hasta la imaginación para ganar mejor el pan. Solo habría que dar el paso de la creatividad convertida en arte, y en caso del género literario llamado poesía, convertir palabras e ideas en arte, en poema, como creación refinada de la expresión humana. Así, la poesía es arte dentro de la comunicación, no solo comunicación, que puede serlo el periodismo, sino búsqueda de una esencia humana básica de la creatividad, lo esencial, que quiere decir hallar la manera de hacer de la realidad (social e íntima) pieza de arte.

Un poeta no es un artista creando las veinticuatro horas del día, incluso pueden pasar días, hasta años, sin que un poeta logre obra de valor estético sólido. Pero el oficio requiere de praxis, es decir, escritura constante, entrenamiento, como si fuese un deporte. No se logra medalla olímpica sin una disciplina poderosa. El entrenamiento de un poeta es el del músculo mental. El arte de leer es una manera creativa de interiorizar ideas. Incluso los poetas de genio requieren consagración a su oficio. Saber, conocer, aprender y aprehender para la poesía. El «caso» de un Arthur Rimbaud dejó mucha luz y también huellas negativas en el desarrollo del imitatio mundi, o imitación del poeta. De él provine una obra extraordinaria hasta sus veintiún o veintidós años de edad, o sea, la creó toda entre sus quince y veinte años, una obra intensa, en la cual el poeta quemó sus aptitudes y su tesoro. Pero Rimbaud es excepción, no regla. Imitarlo es peligroso. De hecho, un poeta escapa de ser un imitador porque es un creador.

¿Comprometido con su tiempo? Sí. Ninguna de las artes ha surgido fuera de su temporalidad e incluso ellas han marcado lapsos, como cuando hablamos del Renacimiento. Poniendo en uso de parodia una vieja frase, dígase que la poesía pudiera ser atemporal, pero el poeta no. La poesía brota desde unas circunstancias que son las vitales de su autor, claro que referidos solo a la obra de arte de la palabra que es el poema. Tal dimensión no debe ser confundida con la idea de que un poeta debe vivir atado a su tiempo exclusivo, porque asimismo ha de imaginar y soñar y vivir el futuro y el ayer. Y procesarlo todo en su «máquina interna», hacer de lo externo refinamiento íntimo.

Claro es que hacer obra desde lo íntimo puede ser de provecho estético. Hay una labor de utilidad no «utilitaria» en el arte, lo cual no quiere decir que el producto creado se abstenga de ser «vendido» y «comprado», fuera de las leyes más visibles de la oferta y la demanda.

Como bien espiritual, la poesía es de utilidad social. No nos llega solo desde el mundo externo, también fermenta con suficiente gala dentro de nosotros y, desde las dos fuentes, el ser y la otredad, ella es un arte de comunicación y no de egoísmo estético. Los poetas que dicen escribir solo para sí no suelen ser sinceros, a menos que, como ha ocurrido, quemen toda su obra y no la den a leer a nadie. No entregada al lector, no existe como tal.

Toda obra es temporal. Nada es eterno. Como bien ha dicho Borges, puede llegar el día en que un último hombre haya leído la obra de Shakespeare. Toda la literatura pasa lentamente a las fuentes del Olvido. Con ella va su creador hacia ese inevitable tremedal de silencio que es la nada. Todo poema es efímero, pero ¿qué obra humana (o divina) no lo es?

Sin embargo, esa no es la meta. La meta de la vida no es el olvido, sino la creación constante, la fuerza ejecutiva de la creatividad. El poeta crea desde una materia, energía o subjetividad que no se pregunta cuánto ha de durar en manos de lectores. El arte es redención, sanador, salvador. La poesía salva una vida y ya esa es una meta prodigiosa: salvar.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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