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La ceiba y la palma. Contrapunteo cubano del barroco y del neoclásico (II)

Virgilio López Lemus, 06 de agosto de 2018

La poesía de Cuba, la literatura cubana en sentido general, nació como continuidad no detenida en la segunda mitad del siglo XVIII. Entonces predominaba en la metrópoli española y en las letras del idioma el estilo clásico. El llamado neoclásico era la manera de abordar al hecho poético y a muchas de las artes epocales, con una cercanía a lo que Nietzsche llamó apolíneo.

Apolínea es la palma real de los campos de Cuba, considerada como "árbol nacional". Su espléndida simetría y elevación la distinguen entre otros árboles como un obelisco, un rayo solar; su penacho pareciera una estrella verde con punta hacia lo infinito. Su sentido de la simetría, su compostura apolínea, la convertirían en árbol neoclásico por excelencia, por eso enseguida fue llevada a la poesía, antes que los románticos la cantasen ya de manera definida.

Si en el furor del Niágara, ante el estruendo de la gran cascada, José María Heredia buscaba "las palmas, ay, las palmas", no era solo una evocación a la patria, a la Cuba distante y amada, sino también una contraposición entre el árbol sereno y el fragor del agua. Casi hierática, a no ser por el aire que la despeina, la palma parece convenir a la poesía neoclásica, y no es raro que en el canto a la naturaleza cubana, una de las más antiguas tradiciones poéticas de la nación, ella sea símbolo y eje del cancionero arbóreo. Se le vio como femenina y se le comparó con la mujer o con una diosa agreste. Las religiones cubanas de orígenes africanos la tuvieron de inmediato como sagrada, asiento de orishas, a cuyo pie hay que depositar ofrenda. Iban a crecer muchas palmas en los siglos XIX y XX en la lírica cubana, en poemas y canciones, con reverente devoción: "La palma, que en el monte se mece gentil…"

Pero Cuba y todo su pueblo no se iban a fijar, a detener, en la esencia clasicista, pues en la idiosincrasia insular hay fuerzas barrocas que también se volcarán en la poesía… y en lo arbóreo. Ya en el romanticismo, brotó el barroquismo que nos fundamenta; en el juego conceptual nietzscheano también somos dionisíacos. En otro lugar he dicho que sería error si fuésemos absolutos en las comparaciones, pero ellas nos sirven de maneras tropológicas: barroco igual a dionisíaco; neoclásico igual a apolíneo. Tal esquema nos ayuda a comprender mejor el desarrollo de nuestra poesía e identidad. También ello puede ser visto en nuestras danzas: danzón apolíneo, rumba dionisíaca, valga el esquema.

Y he aquí que ante la mirada hacia la manigua, hacia el bosque cubano, aparece la anchurosa ceiba como árbol barroco, de fuerza dionisíaca, con aparente "desorden" de ramas y de ciclo vital. Su copa ancha y profunda no propicia al rayo, ella es toda útil, desde sus semillas hasta sus raíces, las unas dan algodón para almohadas, las otras infusiones para remedios caseros contra diversos males. Pero el entorno religioso popular pide no cortar al árbol sagrado y recibe ofrendas a sus pies. Aquí también habitan dioses, el árbol que tiene espinas en la juventud, en la madurez no lo derriba el huracán, le dona un singular entramado al paisaje: no hay bosque insular sin ceiba, sin palma. La palma puede crecer en comunión, lo llamamos palmar, pero sería raro ver un bosque de decenas de ceibas reunidas, pues la ceiba es árbol más solitario que la palma.

La dionisíaca ceiba quiere robar todo el espacio en torno de ella, ni hierba deja crecer a sus pies; coposa y fuerte, sus ramas son laberintos, sus hojas gozo a la vista. Cuando las hojas caen en proceso natural, allí se queda el espacio de la ceiba dominado por el entramado de las ramas gruesas osencillas, fuertes todas. La sombra de la palma es estirada como una línea recta y da reposo a una persona o a una fila de ellas. La ceiba acoge debajo de su redondel sombrado a toda una abundante familia. En el saber popular, palma y ceiba son como arquetipos, árboles sagrados, la una en el escudo nacional, la otra en el ceremonial; quizás la anchura de la ceiba no le permite meterse en un escudo. Y uno puede pensar que hay gente-palma y hay gente-ceiba, y distribuir sus atributos. De modo que la sociedad cubana es apolínea y barroca, lo cual se observa  rápidamente en la arquitectura de las grandes ciudades y de los pueblecitos, pero también en las evoluciones in situ de la pintura y de la poesía.

La palma parece más "intimista", lírica; la ceiba mucho más "épica". La palma es como un orgullo ligero y elevado, una mirada hacia lo eterno, lo celeste; la ceiba resulta un abrumador sentido del espacio, mira hacia la tierra, su visión es telúrica. La palma se alza en un ¡ay! masculino o femenino,mientras, la ceiba grita cualquier cosa, una maldición o una bendición vociferada, pues parece tener condición materna. La palma marca el espacio como una flecha, la ceiba ofrece cobija. La palma quisiera hablar con Dios un día. La ceiba barroquísima quizás ya pasó por esa conversación. Señal y cobertura, dominan el paisaje.

La entrega maderable de la palma es generosidad. Debajo de la ceiba hay que dormir, como en un ritual. La una es suerte de reloj de sol, la otra presenta una sombra inmutable debajo de sí, incluso en la noche, bajo los efectos del resplandor lunar. La poesía de la palma está en su arrullo ("como un arrullo de palma", dice una vieja canción cubana); la de la ceiba es fragor. La identidad cubana, multiexpresiva, vive del temperamento que bien pueden metaforizar palma y ceiba. Incluso, la ceiba puede simular ser mujer embarazada, la palma real no…, salvo que sea la llamada palma cana. Marcan identidades de género, quizás: la fuerza masculina en la ceiba, la femenina en la palma, pero sólo quizás, pues sus extremos sexuales son sucesos mucho más complejos. En sus identidades, ceiba y palma viven esencias comparables a la evolución identitaria del pueblo de Cuba, y por eso fulgen en su poesía, en versos que las celebran y las cantan ayer, hoy y mañana, porque, con Antonio Machado, también para ambos árboles "Hoy es siempre todavía".