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Atento a Elaine Vilar Madruga

Virgilio López Lemus, 13 de noviembre de 2017

En la segunda década del siglo XXI, Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) irrumpió en la literatura por varios «frentes», o sea, mediante diversos géneros literarios: narrativa, dramaturgia y poesía. Como poeta, ha publicado varios libros, en particular, entre ellos, se destaca Escudo de todas las cabezas (2015), con el cual dio el paso más allá de la mera presentación, el inicio de la madurez creativa.

Como creo necesarios lo premios de concursos literarios solo por razones coyunturales, y este poemario obtuvo en la provincia de Pinar del Río su Premio Loynaz, al respecto quisiera atenerme a la opinión de la colega y amiga Marilyn Bobes, quien dejó dicho en el periódico Granma del 9 de agosto de 2017 que:

En un contexto donde no siempre las obras que reciben galardones tienen la calidad necesaria para que nos mostremos satisfechos con los resultados, Escudo de todas la cabezas es una rara avis que coloca a su autora entre las más descollantes de una generación que se caracteriza por lo profusa pero que cualitativamente aún posee los rasgos lógicos de la inmadurez.

Como el término «madurez» figura en la nota de la contraportada del libro, y también lo usé al inicio de mi comentario, digamos que ello es algo difícil de conjeturar sobre todo cuando el poeta se halla en las etapas iniciales de su quehacer escritural. Claro que para tal asunto no podemos referirnos a la edad biológica. Arthur Rimbaud batió récords a los dieciséis años de edad, aunque él en verdad fuese un genio, pero cuando me refiero a los «inicios de la madurez creativa» estoy haciendo patente que la joven Vilar Madruga, de veinticinco años cuando obtuvo el aludido premio, no se encontraba en fase de «presentación», sino que consumaba una etapa propia de su carrera literaria, que se anuncia larga y fructífera. Creo que en este poemario supo dominar formas composicionales basadas en el verso libre y los espacios en blanco, los versos que a veces se dilatan como versículos en poemas que incluso parecen prosa picada, sin que esto último sea baldón, porque la joven Vilar asume el poema como cuerpo textual en el que ha de trabajar no solo con el básico material que ofrecen las palabras, sino que ella sabe que «algo» hay que decir, y ese aspecto se lo dictan las circunstancias. ¿Cuáles son esas «circunstancias»?: su juventud, la asunción sexual en su versión femenina, la posibilidad de advertir iconos en otras mujeres (artistas, poetas), la contingencia de obtener referencias del mundo clásico, especialmente de la antigua Grecia, el deseo de usar las informaciones intertextuales (poemas, versos de otros poetas), y la búsqueda de un lenguaje llano pero expresivo, sin los resortes de la poesía coloquial, pero sin despreciar las deudas que la poesía de Cuba tiene con el tono conversacional. Este conjunto de asuntos de la vida cotidiana y de los recursos expresivos conducen al libro a un equilibrio meritorio, porque tan amalgamadas cifras pudieron hacer de él una mixtura antes que un cúmulo poético equilibrado.

Elaine Vilar Madruga ofrece connotaciones intelectivas, porque ella parte de los referentes literarios, mitológicos, para echar su mirada sobre la vida circundante. Algunas poetas cubanas han hecho algo parecido: Juana Rosa Pita, Magali Alabau, en menos escala Dulcila Cañizares, cuyas exploraciones sobre «lo femenino», el amor y la sexualidad coinciden más por la secante que por la tangente con los ánimos expresivos de Vilar Madruga. Digo coinciden, pues no estoy seguro de que la joven Vilar haya conocido profundamente libros de las autoras que cito. Ninguna de ellas, por cierto, acude a un resorte de militancia feminista, sino a lo esencial femenino, que en la autora que comento puede resumirse así: «en el centro de mí guardo la placenta del tiempo», donde la mujer-hembra asume identidad paridora esencial e indistinta en el cosmos.

Cierta violencia concurre en sus versos, casi siempre sustentada por verbos como sodomizar, escupir, violar, parir de una manera transgresora, que en «Heroica del tiempo» incluso recibe ciertas maneras bukowkianas de aprehender su cualidad de mujer. Como otros poetas de su promoción, ella también gusta de la sentencia, de los enunciados y las definiciones, y de una presencia de Dios varias veces desacralizada, con el propio flujo de violencia que en esos casos sostienen sustantivos como «escupitajo», entre otros. A veces Vilar manifiesta ambigüedades sexuales en expresiones como las de «El tercer ojo I», visible en este ejemplo: «Yo soy la mujer que ama a la mujer del pastor», por cierto de sentido no tan ambiguo. Y creo que es también un poco violenta la concurrencia en un mismo libro de figuras como Frida Calho (con la que se identifica tanto), Marina Abramovic (que trata como a Frida), Emily Dickinson, William Blake o Rainer Maria Rilke (de quienes solo cita versos). Así, las huellas de sus lecturas tan disímiles son asimismo búsquedas de identidad, como mujer, y como poeta.

Ella mantiene dentro del cuaderno lírico un claro sentido narrativo, que está presente en sus breves poemas, donde a veces se transfigura un epos por el lirismo de sus visiones. Mujer imaginativa, Elaine Vilar Madruga sabe contenerse, solo reúne veinte textos, en los que también logró hacer síntesis, y no abrumar con sentidos discursivos palabreros, llenos de imágenes que no son siempre imaginación. Sabe usar esos recursos del lenguaje, brinda calidad a sus textos, quizás deseosos a veces de asombrar, deslumbrar, de suscitar ciertos sobresaltos, típicos de las primeras obras de juventud. Llegará su hora de ofrecer la poesía del épanouir, antes que la del épater. Llegará.
 

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