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La poesía de Benita López Peñate

Roberto Manzano, 05 de diciembre de 2017

                         

El primer poema de nuestra literatura nacional fue escrito por un canario. Y la emigración canaria no solo jugó un papel notable en nuestra historia económica, sino sobre todo en el desarrollo de nuestra cultura popular, con énfasis en la música y la poesía oral. Enumerar poetas notables cubanos de origen canario es tarea prolongada, que aquí no podemos acometer. Hoy tenemos el gusto de presentar a los lectores una magnífica poeta, Benita López Peñate, que escribe en la hermosa isla de Gran Canaria poemas de una conmovida belleza.

Sus versos poseen gran impronta plástica, extraída directamente del paisaje que ven sus ojos, con una resonancia espiritual de mucha fineza y hondura, que ofrecen otro paisaje, el del alma de quien canta, absolutamente fundido con el exterior, en una simbiosis de rica alegoría íntima. El procedimiento es antiguo, y viene de los románticos, pero en la plasmación lírica de Benita López Peñate adquiere frescura y contemporaneidad. Lo verá el lector en la clara enunciación de sus versos y en la elevada y profunda estimativa del mundo que reflejan.

En medio de una época que ha expulsado violentamente a la poesía hasta de los recintos más altos de la supuesta cultura en boga, y en que la espiritualidad es juzgada como un obstáculo para la obtención del éxito, un alma como la de Benita López Peñate es una verdadera subversión del espíritu, una desobediencia civil en la república de las letras actuales, pues no persigue la novedad que dictan los grandes centros simbólicos del poder sino la intensidad que le demanda su propia naturaleza humana, en que lo ético y lo estético se funden íntimamente.

                                                                                 ROBERTO MANZANO




BENITA LÓPEZ PEÑATE (Loma Magullo, Gran Canaria, junio de 1963). Poeta, narradora, dramaturga, abogada. Graduada de Derecho en 1988, en 1991 comenzó su actividad profesional en el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana. Ha publicado los siguientes libros: Miradas de agua (poesía, 1998), Libros de sal (poesía, 2010), Rosalva (teatro, 2014), Celosía (poesía, 2015). Ha sido incluida en las antologías poéticas Confluencias (2008), del Colectivo Literario Nueve Puertas, y Desde aquí (2012), del Colectivo CiudArte.

 

               PASIÓN DE ESPIGAS

 

EL MONTE

 

Franjas de trigo iluminan la montaña en su comienzo.
El monte no da lejanía, atesora multitud de horizontes:
pergaminos que se abren a nuestro paso.
Cielo magno, nubes de blanco intenso lo acercan.
Asemejan ser ellas quienes confieren la luz.
Horizonte de trigo, no quiero salir de aquí,
el camino me entierra con él,
labrada hendidura en el paisaje.
Vida y muerte, pasión de espigas:
huella del sol, mis labios ardiendo.
Dunas de arena su cuerpo de mieses ya hecho,
tierra y cielo pactan lo que quieren:
territorio uno del otro, clorofila y agua.
Árboles entre el sol y yo:
viento apacible en las ramas simulan llamas de ocaso,
cera de sol encendida circundada de savia
igual a la luz de la noche en el interior de las casas.
Un hombre regresa con el mismo andar de la tarde,
¡qué paz inspira el silencio de ese hombre!
Viviendas de barro. De fuera dicen ser hogares para vivir.
El sol despliega colores últimos que poseía dentro,
naranja de fuego y blanco glaciar.
Abre la noche, en el sol, sus alas mojadas:
rosas y lilas caen sobre la meseta.

            Pálmaces, Guadalajara, España
                   Verano del 2012.

 

EL RÍO

 

El río entra sigiloso en el pantano.
No deja nada, renueva el agua y continúa su ruta:
necesita seguir siendo río al otro lado de la puerta.
El muro, sostén del agua, es grande; y el verde es alto,
vasos alargados de hojas que no se unen en copa redonda:
cirios encendidos los huecos bordeados de clorofila.
El río ofrece lo que la tierra obtiene con él,
bosque en constante celosía se abre ante mí:
guirnaldas de luces y cortinas de hojas entre el sol y yo,
verde tierno como si acabara de nacer.
Bramido de corzo comunica nuestra presencia,
nenúfares de flores blancas y amarillas
se retiran para que el agua pase,
lámparas de telaraña iluminan algunas ramas.
Existencia de lirios, varillas de junco, canto de cigarras:
«Sonido de Castilla en verano», susurran las palabras.
Vuelo de alas grandes de un buitre,
no volveré a comparar la rapiña con él...
Repite el sol su rutina diaria a esta hora en el bosque:
sombra en la parte baja de la montaña,
claridad en la parte alta y luz en el horizonte,
línea donde se juntan cielo y muralla:
senda luminosa para caminar por ella con los ojos.
Voz constante del río, el agua también tiene raíces;
el árbol se muestra por dentro
corcho amasado de color arcilla y ocre de risco;
olor húmedo a bodega, el cauce sube a la superficie,
antesala de la noche: del sol queda claridad última,
árbol de ribera para cruzar el río;
círculos concéntricos, caudal sereno, discurre despacio.
Piedras adheridas al barro seco del suelo,
los caminos de tierra son iguales en todo sitio.
Bosque de espigas, desprendido:
aire y sol, de él, van conmigo.

             Pálmaces, Guadalajara, España
                     Verano del 2012.

 

CAMINO DE CUARCITAS Y DE JARAS

                             A Francisco Ramírez Viu (ciudArte), 
                              por el aprendizaje de todos estos años.


Mi alma, sedimento de todo lo que tocan
mis pies descalzos y desnudos ojos;
mi alma de ahora, la que habita forjándose
en este asiento de arcilla roja,
alma después del alma de la noche sin sueño
—deja su estado, nada ocupa
y por completo cubre
para labrarse cuerpo madre del consuelo—,
avanzaba conforme al camino:
gris plata de caliza, rojo brillante de arcilla
y blanco de cuarcita. El alma recoge
chasquidos musicales de mis pasos,
sonidos de cuarcita, pequeñas sonrisas del paisaje,
senda de jaras, senda amable, agradecida
de almas infantiles que juegan
a este lado del bosque.
Las piedras dibujan mariposas
amarillas y verdes bordeadas de negro
con el musgo que cada una lleva
como si fueran fragmentos de puzles;
incrustadas de pie, a modo de alas,
son también mariposas libando.
Rocas separadas por ríos
—de su propia arcilla convertida en arena—
rememoran playas de mi isla; y entonces pienso
en las mariposas de cuarcita que ilustran
nuestra andadura en este día de luna decreciente,
luna que corrige los versos de luna llena.

Mi alma, sedimento de la noche,
se deshace en cachitos de cristales.
El terreno de las jaras es negro,
negro carbón de la noche,
y recreo una noche y después otra deslizándose
sostén estrellado de un campo de jaras.
Hormiguero cerca de mis pies,
hormiguero evidente:
enormes son las hormigas
y enorme su color negro.
Acarician y reanudan la vereda de su despensa.
Por qué no ser valiente como estas hormigas
que ni tan siquiera dejan huella aparente sobre la roca;
por qué no ser valiente, mi alma de ahora,
como todo aquello que me ha dado
en esta tarde el camino de cuarcitas y de jaras.

                 Pálmaces, Guadalajara, España
                       Verano del 2012.

 

NORIA

 

Empeño de noria el sol en este cielo nuestro,
abastece de noche sus cacharros
y de día los vuelca
a pasos de calesa por la celeste cúpula.
Contemplo en el mar su luz,
mar igual a cielo estrellado de noche.
El océano se expresa con lengua de agua en las rocas,
lava del volcán que dio comienzo a la playa;
no es playa virgen, nosotros añadimos cosas:
es playa meramente cómoda.
Tres gaviotas caminan en los charcos,
una nada instantes de cisne
y presiento que los crea para mí...
Atardecer de sol blanco,
árbol de otoño, preludio de la noche:
estela íntima de estrellas plateadas en el agua
me une a él, círculos en mis ojos de tanto observarlo.
Tiene fuego dentro, roza el agua y se incendia:
estrellas amarillas, de iris, titilan próximas a mí.
La orilla también es una noria,
farolas encendidas relevan al sol:
hogueras en el agua, el océano llega despacio,
círculos concéntricos avivan las llamas.
Luna negra, oscuridad bondadosa:
estanques de agua azabache reflejan nuestras lámparas.

 


PÁJARO AMARILLO

 

Mis ojos se abren y cierran ante tu figura
de pájaro amarillo que detiene su canto
para mirarme entre varillas
de una gota de luz posada
en la hoja de un helecho situado frente a tu jaula.
Me miras quieto a pesar de lo difícil
que es para ti no mover los ojos
recién puesta el agua para el baño.
Pajarillo de la isla, no sé si guardas en tu memoria
de dónde vienen tus alas,
de si te acuerdas o no que tu lugar no es este,
que tu lugar es la casita del aire,
la casita del árbol, la casita del sol.
Personita, sí, personita eres
porque te detienes al verme
y solo retomas tu canto si me escondo, como ahora,
muy al lado tuyo, sin que tú lo sepas.
Y regreso a donde estás y de nuevo te hablo
y mi cuerpo se encoge y tengo alas.
Vuelo alrededor de tu jaula;
tan pequeñito y, sin embargo, fíjate
lo que haces conmigo: ¡soy un pájaro!
Miro al horizonte y diviso luces de campanarios,
luces del océano acercándose al mediodía,
mar palpitante queriendo ser cielo estrellado de noche,
tan lejanos y tan parecidos, guardando
las cosas que le hacen únicos
para ser también uno solo igual.
Pajarillo de campo, pajarillo de mar,
vayamos a las gotas de colores que resbalan
por las hojas de las palmeras,
ya salió el sol, ya cesó la lluvia.
Igual que yo trajera tomates y naranjas
de los campos de arena,
un marinero traerá peces de colores
sobre sus hombros.

 


VOLVER A EMPEZAR, HACERME A UN SITIO

 

1
Paisaje de varios años seco no puede ser:
significaría que las tabaibas están muertas.
Pero es tan gris, tan intensamente gris...
Si el gris solo fuera en verano
entonces sí me agradaría, porque es ese su color;
pero un gris por incendio constante
de un sol sin tregua de agua
no me gustaría: todo estaría muerto.

2
Copa frondosa de árbol,
diminutos espacios sin ramajes
simbolizan cielo de noche estrellada.
Observo otro árbol, es distinto,
espacios sin ramajes aparentan lo que son:
cielo azul de día.
Arbusto pequeño, me acerco
para ver qué tiene su copa:
desde arriba contemplo
llamas tibias y quietas.
Sigo mirando árboles
y, ¡por fin!, lo encuentro:
árbol donde nada de afuera se ve:
copa de noche cerrada.

3
Noches distintas estas que no se ven,
noches que se intuyen por el color de las ventanas,
compañeras silenciosas en la barandilla del balcón.
Es hora de acostarse,
mi cuerpo ya tiene el traje oscuro de la noche:
negro absolutamente mío.
Cuando vengas pondré sábanas blancas
para que todo se vea
en el espacio nocturno del abrazo.

4
Círculos naranjas de farolas encendidas
me confunden: asoman en el agua
al ritmo de mis pasos,
el anterior se borra y emerge el siguiente
como si fueran soles.
Es de noche y yo camino
por el lado en que saldrá el sol mañana.

5
Horas de sol:
sombras de luz constante
dibujando grafitos.
Son las ocho de la tarde,
mi sombra lo dice:
camina alejada de mí;
me pregunto
si llevará también mis sentimientos.

6
El sol tiene infinito dentro,
círculo perforado en el cielo lo distingue
entre claros blancos de su misma luz;
mis ojos lo acopian,
luz de nieve en la noche para escribir.
Desaparece como un faro que no se apaga del todo.
Ilumina la montaña después de oculto.
No sé por qué lo miro tanto,
todos los días viene y no pierde interés;
quizás me atrae
el paisaje haciéndose crepúsculo de la tarde,
carbón de nubes encendido.
Las nubes dan los colores,
el sol las necesita para construir;
cuanto más se marchan,
más espesos son los matices:
menos blancos y más naranjas,
más lilas y más rojos bordeados de gris.
Puedo pensar que no se ha ido,
que sigue ahí, derramándose en colores
como cuando una persona se va
y sigue estando en cosas que lo recuerdan.
Y te imaginas el mar,
el agua fría y el cielo caliente,
agua y luz, elementos distantes
mutuamente descubriéndose.

7
Rojo de carbón incandescente:
el agua no se pierde, siempre regresa,
savia de árbol convertida en nube.
Los árboles necesitan del agua,
¿es el sol responsable de los cambios?
La pasión que ahora yo tengo
es aquel humo blanco alejado del fuego,
toca horizonte y ya casi no existe.
No tengo brasas en otros árboles,
solo él me hace carbón
porque solo él me cubre de tierra.
Cintas de sal en mis piernas,
gris plata próximo al azul después del agua.
Los colores también se crean,
pero ¿cómo lo hace la naturaleza sin intención nuestra?
El sol tiene agua y semillas dentro,
pinta carboncillos, acuarelas y óleos.
¿Cómo traigo esto a mi vida,
cuando él viene, cuando él se va?
¿De dónde estos colores de ocaso que de él tengo?
¿En qué agua y semillas lo inventé?
Un sueño, eso es.
Lo mágico no se tiene del todo.

8
Es tanto el calor tibio
que el deslumbre no me importa:
cuanto más te observo más perfecto,
más que pareces mío.
Caes por detrás de transparentes nubes
igual a moneda cayendo en una hucha
o a una carta entrando en el buzón.
Sensual, te escondes, asomas y te detienes,
al descubierto, como si me estuvieras hablando,
iris del cielo, mi tercer ojo.
Y ya no quieres más transparencias.
Desnudo, tocas la tierra y entras.

9
Qué sosegados hoy los sentimientos,
tienen la calma que propicia el diálogo;
y en caso de no darse,
al menos confieren distancia placentera:
el agua se mueve tranquila,
deliciosamente fría
recuerda la serenidad de un valle.
Deposito los pensamientos,
mis manos recogen las letras:
algas de cuentos y poemas.
Salgo a la arena.
Acostada boca arriba,
cubro mis ojos con la mano y lo busco
orilla de sol adherida a la orilla de mi brazo:
círculos de telarañas en los bordes de mi piel.
Me retiro un poco
para ver algo más de él, lo justo
para que suceda lo extraordinario:
circonitas de arcoíris
del agua que los ojos tienen para ver.

10
Un molino gigante es lo más evidente.
Las aspas recuerdan hélices de un barco
o de un avión invitando al movimiento.
Lo natural se mueve y lo construido permanece quieto;
me levanto de la arena y camino, ¿qué muevo yo?
Los edificios simulan cabezas de dromedarios,
uno junto al otro bordean la playa;
ventanas y balcones son los ojos y las bocas,
bocas y ojos también de las personas que están dentro.
¿Cuánto desierto han andado? ¿Cuánta agua les queda?
Qué desaliento no poder beber
a pesar de tanta agua junto a sus bocas...
¿Construyen agua dulce durante el día?

11
Leo la última página y la cierro
como se cierra el océano cuando llega a la orilla.
Los pajarillos de mar picotean,
las piedras parecen semillas.
Tengo que acostumbrarme a vivir aquí,
descubrir el secreto de este lugar,
y eso es lo maravilloso de este nuevo hogar mío,
buscar ese tesoro, ese secreto que solo se adquiere
en la infancia, en la adolescencia, en la juventud:
volver a empezar, hacerme a un sitio.