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Muere en Cuba Modesto San Gil Henríquez

Roberto Manzano, 05 de diciembre de 2018

                        

Murió en Chambas, el poblado avileño donde vivía, el 24 de mayo de este año, a los 96 años de edad, un extraordinario poeta cubano-canario, Modesto San Gil Henríquez. La prensa cultural cubana no ofreció información al respecto. Radio Surco, emisora de Ciego de Ávila, fue la única en referir el acontecimiento. Había nacido en Villa de Mazo en 1922 y emigrado a Cuba con seis años de edad. Siempre expresó que tenía dos patrias fundidas en la médula misma de su destino: Cuba y Canarias. Dentro de su alma buena, en el justo sentido machadiano y martiano, no había escisión posible. Vivió y escribió fuera de las litigantes atmósferas de la vida literaria. Era un clásico vivo, con un don de palabra y de imagen que ya quisieran muchos encumbrados. La crítica cubana no conoce su obra. Pero la obra poética de Modesto San Gil sobrevivirá olímpicamente esos olvidos porque está de punta a punta tejida por el hilo rojo del corazón y el azul vibrante de la gracia telúrica y oceánica de las dos islas que tanto amó y cantó. Esperando madurar más una valoración general de su obra, publicamos aquí una brevísima reseña que publicamos en AMNIOS (2012), la hermosa revista cubana de poesía, cuando salió por Ediciones Ávila su Roca de oro, un tomo lírico increíble para un hombre de 88 años por la frescura y la magia desplegadas en el tema amoroso.

 

SAN GIL HENRÍQUEZ, MODESTO. Roca de oro. Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2010:

Poeta extraordinario que la crítica cubana desconoce absolutamente, Modesto San Gil Henríquez (Canarias, 1922) escribe sus hermosos libros en la estación de trenes del pueblecito avileño de Chambas, que constituye su casa desde hace mu-chas décadas y donde ha criado con entrega y decencia una vasta familia. El poeta, que acaba de cumplir recientemente noventa años, ha expresado públicamente que tiene dos patrias, la Canaria atlántica y la Cuba de tierra adentro, a donde llegó cuando tenía seis años, y esta declaración no es expresión retórica —menos en época en que no tener ninguna puede llegar a ser tan vistoso— sino confirmación raigal de su vida e imaginario poético. No parecen ser datos de un autor digno de leerse, según los códigos no escritos de algunos sectores de la vida literaria. No ha trashumado por ninguna metrópoli de adentro ni de afuera, ni ha explorado grandiosamente el abismo, ni brilla como sistemático y oportuno líder de opinión. Pero el que quiera saber de verdad —además de leer su obra anterior— debe buscar Roca de oro, su último libro, escrito con ochenta años largos, publicado por las Ediciones Ávila en el 2010.  ¿Cómo es que entre nosotros puede ocurrir, y ocurre, que poeta de la singularidad y afinación de Modesto San Gil Henríquez consuma su destino sin ser advertido? Roca de oro basta para sostenerle la mirada al examinador más exigente, si el poeta no hubiera escrito, como los tiene ya escritos desde hace buen tiempo, poemas de vigoroso y elevado aliento. Roca de oro es el canto de Filemón para Baucis en el instante mismo en que el que habla siente cómo se disuelve lentamente en «hoja y pavesa», dichoso de haber vivido amando. El cuaderno —como escritura de nerviosa participación, sucinto y vibrante— exhibe composición suelta y embridada a la vez, saliendo y entrando eléctricamente del trisílabo al pentasílabo, del pentasílabo al octosílabo, del octosílabo al endecasílabo, de la décima al soneto, del soneto a la silva libre, trabándose en tres tiempos con ingente contracción, que llega a estallar por momentos en sentencias de alta temperatura. A través de sintaxis personalísima, como zarcillo de oro, de ordenación clásica, el lenguaje corre ideológicamente con elasticidad juvenil. Estilo de luminosas coyunturas, se articula muscularmente hacia delante, y la honda melancolía panteísta del hablante lo abraza todo con agradecido desasimiento. Véanse algunas expresiones al azar: "He vencido a la fiera, / puse mi cetro en su cubil: soñaba", "Ay de ti, que no puedo desvestirte / debajo de la piel y entrar a verte", "va a regalarme el susto de sus dones", "Entre un rostro enamorado y otro sólo distan dos pétalos", "cuánto intacto, después de cada tacto". Pero lo fascinante es la atmósfera de cada pieza, y la suma de fascinaciones que son los tiempos en que se divide, y la seductora globalidad del trémulo tomo, lleno de majestad y vuelo, en que da alegría ver y oír la voz escrita de un anciano que tiembla vivamente a la luz del amor gigante de la creación, personificada en la mujer, que posee belleza y ubicuidad míticas. El discurso se enuncia con elegante y sobria abundancia, con arrebato y cordura, con sensualidad e inteligencia. Ante escritura de tal naturaleza sobran los modos y modas en que se debaten los integrantes comunes de la vida literaria: contempla-mos de frente a la poesía, ya sin intermediarios metropolitanos de retraso o progreso falsos, porque tocamos vivamente, según la declaración whitmaniana, las entrañas honradas y libres de un ser humano a través de un lenguaje que consigue gracia y comunicación. Roca de oro es festejo humano y artístico que ha de ser procurado por todo amante de la poesía auténtica.

                                                                            ROBERTO MANZANO

 

Un poema extenso del gran poeta canario-cubano, que canta en versículos sueltos la necesidad de la justicia y de una justa religación con el mundo a través de lo trascendente.

 

CANTO I


Padre del agua,
hijo y soplo del agua,
no sé tu manantial, ni adónde vas,
pero estás aquí mismo.
No sé tus lejanías, pero nunca acabas,
cuáles son tus caminos, pero fluyes,
dónde tus peces nacen, pero nacen,
ni qué montes son ubres de tus venas,
pero sé que todos son guardas de tus nieves.

Tú que puedes
pasa por la guerra para sanar sus muertos,
por lo sucio, que todo huela a ti,
por la sed del tugurio,
por la altura, que aprenda el sabor de acá abajo,
por los otros, perdónalos, si cabe.

Riega mis recuerdos para amasar sus polvos,
estos aires, que crezcan hacia ti,
mis securas, que necesito lágrimas,
los desiertos de tanta gente seca,
pero riéganos pronto.

Penetra las distancias entre gente y gente,
toda sombra acá dentro,
cualesquiera sonrisas que se busquen,
el milagro de ser,
de estar,
de cada hora de comunión contigo.

Haznos negra la noche en que descanse el día,
negro el reposo, en el que duerma el sueño,
blanca la puerta hacia tu casa,
blanco el fin infinito,
blanca la mirada de las águilas negras,
pero haznos blanco y negro el color de los días.

Danos la gracia de tu semejanza,
los granos que moler,
la dicha de avanzar;
creer lo buena que es la lluvia,
la gente,
amarse,
la brisa,
sentirte,
pero danos lo bueno de tenerte.
De tus cielos el ala,
danos la fe de tus cimientos,
la fuerza de tu hondura,
pero danos ser dueños de tu herencia.

Ten piedad de la envidia, pero mátala,
compadece a Caín, pero desármalo,
presta el brazo a cualquiera verdad manca,
ven a cada uno.

Salta desde tu lecho
y verás cuánta lástima se pudre por acá,
tunde pájaros torvos,
rasga sádicas manos,
siega la mala hierba.

Que el potro impúdico no asuele
las casas de los hombres,
junta flor con la flor, vayan contigo
allá donde tú vas.

Es necesario
madurar y crecer,
cosechar lo maduro,
que llegues a tiempo para la vida.

Sube al monte de antiguas calaveras,
levanta el árbol nuevo y clávalo en la muerte.

Ven a las venas sometidas
a latir sus penurias,
al amor de los solos, para hacer parejas,
ven y lógranos salvos.

Retrátame una estrella
y déjame su noche para mientras sueño,
retrátame algún sol
y deja para todos todo el día,
esta miseria que te mira al fondo
y déjame su entraña para echarla al fuego,
sus hambres,
la de aquél que la tiene y la conoce,
la del que no lo sabe,
la del mísero inane que la niega,
o de aquel que se marcha sin haber comido:
todos dirán yo acuso,
el día de la ira, el día aquel.

Viajero por tu mundo, amo sin amo,
¿en dónde está el ombligo de la sierra,
dónde el regazo que la acuna?
¿Hasta cuándo el empuje de tus saltos
dejará de asustar a las palomas?

Sé que bajas en busca del abismo
para traerle el cielo,
sé que amansas, a pie sobre la tierra,
toda bestia de espinas
y que subes al alma de las flores,
a la semilla mínima,
a la garra del cóndor,
a la mirada en vela,
para que todo sea como debe.

No sé cómo has nacido,
mas te he visto brotar en el pétalo breve
y pasear en las hojas.
He sudado en la brega el pago justo
y he visto lo infinito en la lágrima sola,
en el vuelo del ala,
en la edad de los días,
en la absurda oquedad de unos brazos vacíos
y en la risa triunfal de los primeros pasos.
He bebido el albor de tus escarchas
para saber qué eres,
me he bañado en tus nieblas, solitario,
para sentirme parte
y he querido tenerte
para saberme todo,
pero hay cauces secos, roquedas penitentes
y la sed infinita de las dunas
implorando un sorbo.

¿Hasta cuándo, eterno, seguirás impasible
tus caminos de siempre?
Desborda las riberas, salva cimas
y asciende a toda savia,
que sonría la flor, que la raíz se goce.
Ordena al sol que alumbre el derrotero
para que el árbol sepa cómo viene,
por qué llueve, cuál es el fruto y qué cosecha
recogerá tu gloria.

              MODESTO SAN GIL HENRÍQUEZ