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La poesía de José Luis Fariñas

Roberto Manzano, 16 de julio de 2018

El poeta José Luis Fariñas es uno de los grandes plásticos cubanos de hoy. Su obra en esta manifestación artística goza de reconocimiento nacional y prestigio internacional. Sobre todo en el terreno de la buena ilustración, campo empobrecido en la publicación literaria cubana actual, y en específico en el libro de poesía, que ha ido deshaciéndose de sus antiguos esplendores gráficos y es ahora a veces una mera libreta sin una verdadera política de iluminación. Y cuando se piensa en ello se le da paso a técnicos digitales, con sus estéticas de carácter comercial, donde se encuentra poco el acompañamiento trémulo y preciso de la buena mano directa. Para el verso, que es una simultánea descarga psíquica desplegada en secuencias lineales, nada mejor que la gestualidad suelta y esmerada a la vez de la línea plástica en la blancura coruscante de la página, o de las manchas y líneas en agrupaciones tonales que buscan la oculta fábula rítmica de la exploraciónmental.

No en balde son, a mi juicio, los mejores ilustradores cubanos de poesía hoy dos poetas significativos: Sigfredo Ariel y José Luis Fariñas. Tienen la poesía en los ojos, y la desplazan flexiblemente a sus manos. Todos los poetas cubanos que han podido servirse de sus iluminaciones, como decían los franceses en la época de Rimbaud, no han dejado de hacerlo, porque tener a cualquiera de los dos como acompañante de nuestros versos es un lujo áureo. Y ambos se muestran muy generosos, pues he visto más libros ajenos con sus dibujos que los suyos propios. El arte de la ilustración de poesía constituye un reino donde han actuado históricamente dibujantes extraordinarios, que eran o no poetas, pero que estaban graciosamente tocados por el misterio de alucinación visualtan característico de la poesía. 

José Luis Fariñas como poeta está notablemente dotado para la alucinación visual. Como sabe que la poesía es ante todo imagen, nunca falta en sus versos una singular plasticidad, de origen onírico en muchas ocasiones, y que puede entrar suavemente en un surrealismo figurativo que en realidad proviene de una especial actitud prerrafaelista. Viene de allí precisamente porque entre estos últimos la poesía y el dibujo alcanzaron una capacidad de intercambio tan grande que no ha vuelto a ocurrir de tal manera, y que ya están extrañando mucho tanto la actividad gráfica como la poesía de naturaleza trascendente. En José Luis Fariñas, heraldo desconocido de esa conjunción, ya esto ocurre de algún modo, y su grata reminiscencia parece más bien un recado del porvenir. Si se miran sus versos como maquinarias de imágenes el lector adiestrado capta de inmediato una hermosa y productiva edición visual, tan antigua y tan moderna que el tiempo adquiere una perdurabilidad líquida muy parecida a la melancolía creadora.

No deje de observar el lector la peculiaridad imaginal de los textos que siguen, que pertenecen a una colección especial de sus versos, El resto más blanco, publicado por Ediciones UNIÓN en el 2007. Sobre todo los poemas "Corredor de fondo", "Vincent" y "Los colosos de Memnon". En ellos la cualidad visual es preponderante, y rige el eje de la comunicación profunda. Comprenderán mejor estos textos los que logren imaginar con mayor riqueza lo que el poeta delinea con trazo tan firme a través de las tres composiciones: un escenario bien esculpido y coloreado donde transcurren con delicadeza y energía armonizadas las necesidades dialogantes del sujeto lírico. Lo que queda después de enunciar es el residuo del silencio, el blanco resto de lo que nunca pudo ser dicho, porque entraba en la inexpugnable elocuencia de lo imposible. Así, en el juego del dibujo y el desdibujo, de lo sonoro y lo cromático, de la potencialidad y el truncamiento, entra el lector en paisajes confesionales de una hondura humana excelentemente representada.

                                                      Roberto Manzano

 

 

CORREDOR DE FONDO

 

Criatura de Maratón,
oscura médula de número desconocido,
no dejes de correr.
Si en el sueño das con Príamo
o si vuelves de ser pasto de auras,
que nada pueda retenerte.
Si envejeces o te deshaces en la arena,
sólo corre, no busques brújulas ni ciudades,
no esperes por la sangre del olivo, sólo corre,
es el único espejismo
que tienes el deber de permitirte,
aunque ya estés muerto y olvidado,
no importa si con o sin un dios
para abrir los costados,
seas carroña, tigre o molinero sin viento,
corre, hijo, corre siempre!

 


VINCENT

 

En la casa amarilla
la luz está acostada;
vuela de un salmo a otro salmo,
del ciprés a la sangre,
de un cerezo a la estrella;
vuela de un cuervo a otro cuervo
sobre la turba que se despereza,
de trigal a trigal,
de un mundo a otro
vuela dormida despertando,
de Vincent a Théo;
vuela sin calma la luz
de Dios al sueño,
en la casa amarilla,
la que nunca cierra,
ahí, entre la silla y el sol,
donde la muerte no cabe.

 


CÁNTIGA SUMERGIDA

                        para Rima Brusi

 

  Mi nariz soporta con mucha dificultad
    semejantes columnas de aire gris.
                                FREDÉRIC CHOPIN

 

No recuerdo los días de la luz,
siempre el mismo ruido raso desenterrándome,
el suspiro como la cigarra de Basho
taladrando para salvar la estrella doble,
pacto boreal que se escurre sin reverso,
como la queja en el desierto,
como tú aquella vez entre la nada y el té,
cuando tu mano de decir adiós
se demoró en las mías,
casi con la misma fijeza de la fíbula en el tejido tibio,
y pude conocer la textura de los Misterios,
el frío donde sobrevives
y, casi sin tocarla,
esa calma extraña debajo de tu nombre.

 


EL ARTE DEL RETORNO

 

Y el dominio del Sol cruza sereno,
              Y en fuga de los hombres
Va a los mundos sin formas y sin nombres.
                             JOSÉ MARTÍ

 

Hay algo más allá del bien y del mar,
algo que se disuelve en la promesa
y mata descifrando
semejante a la matriz del tiempo.
Algo que cumple silenciado y sordo,
que salva los reflejos para triscar el don
en esa contraluz que nos desanda.
Algo que medra rajando los vientos,
algo enterrado que despierta,
titiritaina de jueves,
preludio macerador de bienvenidas.

Hay algo quemando apenas todo,
abultado entre logaritmos y soplos de punción
y tan sereno que a su paso se cierran los templos.
Algo de fijos comienzos a mansalva,
algo sin reverso que alivia,
un no saber que deslumbra cabizbajo,
un crecer de actos vermiformes,
un arpegiar de planos inclinados,
implacables términos de sangre y de trigal.

Hay algo de padre sin palabras y de arenas póstumas,
algo de perdón que se despeña
como grano de nunca y agua de mañana,
pacto de nieve en judería de traspatio.
Algo cosido de lamentos en la mala memoria,
logos remoto en nido de serpentarios,
paso de cicuta menor entre los fieles.
Hay algo que nace cuando todo acaba.

 


LOS COLOSOS DE MEMNON

 

Observa los colosos de Memnon,
¡tan próximos y tan inaccesibles!
Ve y mira cómo sufren,
cómo sangra blanco la piedra.
Ve y comprueba tú misma
y observa cómo se pudren los gigantes.
El cielo les pertenece y, sin embargo, se desmoronan.
Mil trescientas toneladas de un horror que crece.
¿No ves los severos golpes,
las rotas coronas y las almas desplumadas
con el reposo quebrado en los rostros vacíos?
Mira cómo se lloran sin tocarse,
sin que Amenophis comprenda todavía,
¡tan próximos y tan inaccesibles!
Observa bien el desamparo de su impiedad,
el increíble insomnio de cosas tan sagradas.
Ve y mira sin distraerte,
aprende a escuchar el llanto de los colosos de Memnon
y luego vuelve e intenta de nuevo abandonarme.

 


ALQUIMIA

                        para mi madre

Tú que salvas de sólo ser
en la crisálida del verbo
ese fuego interior en que transmigra mi comienzo
de un ciervo a otro,
amaneciéndonos —la estelación hila tu reino,
desde y hacia la cifra de la fuente.
Tú que tramas los reflejos necesarios
y que fundas en el tamiz del nombre
tu raíz de esferas,
tú que descifras en la luz abierta
las calcinadas excepciones de la luz cerrada,
muéstrame otra vez las voces que he perdido,
los recipientes en que me desandan los glaciares,
y conduce mis fragmentos a la semilla de la piedra,
tú que conoces las cuatro hierbas
que saciaron a los mártires.
Tú que vuelves de la ciudad del Sol,
transforma otra vez en sencillos pájaros dormidos
mis ligeras sales de jazmín;
condúceme, tú quien conoces la patria de la fe y el sueño.


JOSÉ LUIS FARIÑAS (La Habana, 1972). Poeta, narrador, ensayista, pintor y dibujante. Aparece en múltiples antologías de poesía y narrativa dentro y fuera de Cuba. Tiene numerosos libros de poesía publicados. Sus versos han sido traducidos, entre otros idiomas, al inglés y al holandés. Sus óleos y acuarelas figuran en incontables colecciones privadas y museos alrededor del mundo. No es sólo uno de los más notables dibujantes del país, sino también un significativo autor de la actual poesía cubana.
 

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