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La poesía de Armando Ibarra

Roberto Manzano, 03 de octubre de 2017

Por toda la América nuestra corre la savia de la poesía, como un manantial permanente. Y Colombia es tierra de poesía, por su riqueza geográfica y humana y su acendramiento espiritual en la alegría y el dolor. De esa alegría y ese dolor procede la hermosa poesía del poeta caleño Armando Ibarra Racines.

Altamente preocupado por el destino de su país, por los conflictos del mundo que padecemos, con una sabiduría grande para detectar las esencias humanas, dueño de una fuerte capacidad introspectiva, descendiente de poetas notables, amante de la belleza y de la generosidad, estaba abocado obligatoriamente al ejercicio poético.

Ha dado fe de ese compromiso y ese lujo en varios libros significativos, y en su Cali natal trabaja por la poesía suya y la de los demás a través de empeños diversos, de acendrado humanismo. Como editor, promotor, publicista, poeta, Cali le conoce su lealtad y entusiasmo y le respeta su poesía honda.

Ahora el lector cubano, y el lector de todas partes, gracias a la ubicuidad de este medio, puede disfrutar una selección pequeña de su último libro publicado, que constituye una hermosa elegía a su querida madre, una de las más conmovedoras escritas hoy en América a pérdida tan sensible.

Vea el lector en los fragmentos que se exhiben cómo la vida y la muerte de la madre se convierten en el eje dolorido de una visión vivísima de la patria chica, de la ciudad amada, de la familia anillada por la angustia. Todo dicho con comedimiento y fuerza, con mucho decoro y la tensión excepcional del dolor.

                       Roberto Manzano



Armando Ibarra Racines (Cali, Colombia, 1956). Poeta, traductor y promotor literario. Economista por la Universidad Autónoma de Occidente. M. A. en Economía de la Universidad de Texas. Tiene numerosos libros de poesía publicados. Fundador del Taller de versería, y editor de la revista Clave. Los versos aquí presentados fueron escogidos de su libro La noche oscura, publicado por Taller de versería, en el 2013. El título de la selección pertenece al seleccionador.


 

 

EL VIENTO FRACTURADO

 

AUGURIO


Estamos agitados y estimulados por la ligereza de tu mudanza. Los mecanismos básicos se han disparado. La belleza ha soltado amarras. Tu risa se disuelve como un ungüento sobre los minerales de la ciudad centenaria; refugio a ultranza de cantos rodados, caídos y aserrados.

En el aire del Caribe, sólo el recuerdo de la alegría, del goce, de la alabanza. Las tenazas de la piedra son un salmo en directo, un simulacro de la quimérica victoria definitiva sobre la muerte. La nostalgia de tus ojos ávidos sigue en la cresta de la ola; tu mirada energizante, como un día que promete ser bueno.



LUMÍNICA


Trajiste el deseo a la aldea que despertaba, lo paseaste atravesando la puerta del Reloj hasta la farmacia del abuelo. De seguro que el Pilo coquetón te mostró balcones y te habló de baluartes, de ingenieros españoles.

Así, las primeras costuras de esta encarnación que ahora percibe la piedra comenzaron la trama de un cuento de filibusteros melancólicos sobre una plaza sin palomas en una ciudad de fantasmas amarrados.



A MANTELES


El arroz con coco era la estrella de la mesa. Aprendido en el Caribe, se repitió en numerosas ocasiones en la cocina doméstica. Extendido en la palangana, como un bordado de granos ensartados con uvas pasas: perlas negras que serían el oráculo de la última era de la bisutería.

Arroz con coco costeño, pregón de menú: así, en los solares del Valle, los tenedores y las cucharas abrían un atajo a las bateas de la ciénaga.



SABOR EXTRANJERO


En la mesa cartagenera encontramos también el trigo del tabule y el quibbe. Gusto ancestral,  eslabón que sobresale en el costillar del Oriente lejano. Amanecer que se va, paladar del exilio. Abuelos perdidos en tiempo y ultramar.

Estas piedras son muros de aflicción: muchachas asomadas en los balcones oteando el mar en busca de una vela soñada, y el viento levantando faldas y cabellos en la modorra de parcelas insistentes, formas que aún sostienen aires añejos, soplando la gramática de las habitaciones donde nos concibieron, donde nos despedirán en camillas que zarparán llevando grabados en la proa nombres de destinos ignotos.



SOLAR EN EL TRAPICHE


Nunca la imperfección había alcanzado forma tan amorosa. El sol, que comienza a escarbar el agua entre las grúas del terminal de carga, hoy se me antoja una moneda de cobre, hasta el cogote untada de una pátina vital. El mismo óxido que consumió tu llama. Extinción es la palabra del día. La invitación del fuego purificador que ahora inicia esa ficción de la esfera que gira y que llamamos paso del tiempo. Fábula que entre tus manos era aguja para hilvanar los corazones con hebras agridulces.

No ibas tras la huella de sangre del vampiro nocturno. En cambio, perseguías un bordado encendido en los afanes diarios. Querías congregar un banquete imposible y feliz, como el que ahora la luz inicia en trémolos rutilantes sobre el agua. Más tierra, más aire, así se asentaban los cuatro elementos sobre tus ojos hechiceros cada vez que te levantabas a agitar el tierno desorden de los trastos en la heredad de las cañas azucaradas.



DESPARPAJO


¿Quién dijo miedo? No lo conocías. Ningún gran señor podía levantar alambradas delante de ti. No había forma. De algún modo, escalabas los muros, tumbabas la puerta y lo desnudabas.

Nada doblegaba a la niña que perseguía mariposas violetas entre las dunas de bagazo de caña en El Arenal. Sus pacas formaban los almenares del castillo soñado que nunca quisiste abandonar.



OFERTORIO


Buque solar, suelta tus sogas, tu sofoco estival. Arroja tus bocanadas. Amasa el salitre, penetra el pastiche. Descuaja la bruma ácida, la confusa algarabía sorda, el colchón de pasteles breves donde flotan los muertos. Dispara las pajillas de emergencia para que podamos sorber la memoria, las brumas transidas. El fervor con que se abalanza el día, la fricción de la hogaza en los hornos y después en la boca. La dificultad de tragar hoy estos peces incendiarios, este exudado de pozo profundo.

Las moles de piedra, de acero, de aire, de agua se mecen lento sobre las aguas del olvido, sobre la tierra de las manos que alguna vez se tocaron embelesadas con la promesa de la piel, de la risa, de las miradas. La levedad, la pesadez del instante, la tendencia a la evasión, al derrumbamiento, la salvaje agresividad del transcurrir, el combate contra las aguamalas que arrastran tu imagen de los cabellos.

La quieren arrojar al sifón que el sol acaba de abrir en el techo del globo. Por allí, tarde o temprano, todo se descolgará en fila india, en la convergencia igualadora: los tronos, los ipods, los egos acicalados, los afanes rígidos, las trampas incautas, los lápices, los papeles, el sentido, la cuchara que puso la papilla en la boca. La huidiza gloria del relámpago.

¡Ah, cómo extrañamos el timón de tu barcaza!



INVENTARIO PLENO


El filo de la hoz troza el muelle produciendo un siseo hondo en las bujías. Equívocos artefactos se trepan al nacimiento del día. La ciudad se vuelve un inmenso motor de trituradora que inicia movimiento sobre aceites esenciales hacia un efecto paradójico de logros parcelados. El nudo aprieta la cúspide del trajín, los expulsados exudan su cuota diaria, el sincronismo imperfecto de las calles logra arañar una gema fugitiva que los almacenes entregan en porciones. El corralito se vuelve horno. Todo se plastifica desde el coral, empacado, listo para el despacho.



LOS PEJES DRUMEN


Bajo la superficie, la danza de las criaturas que aletean, el volumen de los dominios del agua, la posada hídrica. El ballet de cilios vaporosos. Los ojos pozudos, anchos como una pregunta sin respuesta. El caldo general, confuso. La mudez que danza en lenta cacofonía. La barrena de la raíz del frío, buscando un centro grave, mientras la simiente del día rige el destino en la rada de los ausentes.



RETABLO


En el templo las velas refulgían. La ceremonia abría una brecha en el salitre, perforaba el aire caliente. El ritmo se detenía, los cordones de la noche se desataban entre la rutinaria celebración. El diamante de los pelícanos se deslizaba bajo las piedras y un alivio momentáneo refrescaba las coyunturas del viejo que había vuelto a la iglesia a rezar.



MUTIS


Flotar sobre la creación ensartando abalorios, confeccionando insectos casi de jade, amasando harina para dar vida a muñecos de azúcar soñadores. El coco teñido: presagio de campos encantados. Satín, dacrón, hoja rota, para regir la fortuna de los cuerpos desamparados. Chaquiras instantáneas ensartadas en un crepúsculo de tijeretas ateridas.

La busca de un vuelo para apaciguar las manos hacedoras que no conocieron el reposo, hasta que las ensartó la guadaña de la hiena feroz que se agazapa en los hospitales. Cerró los ojos, tapó los poros, dejando un reguero de artefactos huérfanos, un charco de gemas aserradas.

La tierra de la bisutería tuvo evidente y plomiza clausura cuando tus párpados, agravados de púrpura, no quisieron levantarse más en ese sótano, bajo el feudo de los desechos hospitalarios: frontera de la basura hacia donde marchan en socarrón desfile nuestras ciudades con sus órdenes exactos.

Convenio cumplido por la gusanera que crece y se solaza en la competencia perfecta y propaga mundos felices en el papel moneda. Los diarios oficiales salpican sangre en frases de alambre de púas con los que confeccionan leyes también impecables. Todo es perfecto en este mundo de normas severas, salvo tu boca cerrada aún en su mutismo tibio, salvo el fieltro azul que te arropaba como la bandera de la vergüenza.

¿En qué país del viento fracturado, del agua podrida vivimos? ¿Volar entre hilos de plata hilvanando una frazada mágica para terminar en el fondo de baúl de una enfermera, acicalada para el último festín?

No eran estos los afanes de la vida, ni las promesas que las manos tejieron en innumerables días y noches de artesanía febril.

La muerte te ciñó un último collar amargo. Es doloroso aceptarlo, te lucía. A la Provocadora no se le contradice, recibimos sus afeites a pesar del descalabro que significó verte postrada en el cuerpo maltratado, verte salir volando, desaliñada, quién sabe para dónde.



FISURA


Una despedida puede ser un ondear de pañuelos, un batir de palmas, o un guiño. También la certeza de que no volveremos a divisar la palmera abierta, ni el ascenso de las gaviotas.

O tu puño cerrado, como una garra, sobre una infeliz imitación de cuero de animal sacrificado. Un camastro enquistado en arenas movedizas, un cielo falso encima, cuartucho breve sin ventanas, jugando a ser tapa de socavón.

En el lejano Mediterráneo habían inventado y nombrado el Averno, hoy descolgado, por rieles imposibles de soñar, a un tren de congojas inútiles, que embestía la madrugada.
 
Irrisorio amanecer, en vela de una brisa que no mueve a los vivos, que arrastra en carrera loca lo poco que pueden dejar en el respiro los que ya no mirarán. Las cortinas abajo; las marionetas yacen sobre la camilla, las narices llenas de sangre. Allí descubrimos un escape en la respiración, que creíamos hermética.



TENSIÓN


El sol empuja tijeretas y pelícanos hacia abajo, la brisa los eleva; se deslizan sobre una línea de fino equilibrio. Así son las cosas del mar. Nosotros sí que nos separamos de tales dictámenes inventando otras rutas llenas de agreste tecnología, arrinconando la sonrisa que tú lograbas con tal facilidad que parecía la sal de lo natural, una media luna inolvidable, emplasto perdido apresado en el vacío sin voz del coco.



ANTIFAZ


El canto madrugador del canario nos recuerda que todo vuelve, que todo sigue. La vida es pura terquedad.

No entendemos cómo de pronto te quedaste en blanco sosteniendo una leve constancia que se fue apagando en el aleteo de un reloj de arenas tenues. Nunca habíamos entendido el tiempo hasta esta estación ciega y brutal. Hasta contemplarte estampillada sobre la camilla jugando a la durmiente de hielo, fingiendo un apacible dormitar de hiedras venenosas en tránsito hacia el mármol quebradizo.

Te pusiste la máscara aterradora. Ya no eras tú sino el germen de un fantasma acusador y terrible, riguroso, inofensivo, aturdido. Sostendremos el agobio del antifaz hasta la próxima parada, la definitiva y atroz. La verdad, no quiero cesar de agitar este lápiz, esta espada de letras, para que no termine la Gran Tejedora la mortaja insalvable, y la ciña sobre los rostros y complete el gran repertorio de estatuas saladas, con la noble indiferencia de los que no van a regresar.



MEDICINA AMARGA


Te rodeó una horda de doctos blanquecinos. No repararon que el pabilo se extinguía en un témpano exacto.

Recolectabas escamas de frío en la canasta de las manos con el presentimiento del desierto blanco que comenzaba a rodearte. No quedaba sino tomar los tizones de tus falanges que aún irradiaban un texto en luna menguante.

La despedida del cuerpo produce un aserrín lastimero.

Te ibas entre mis dedos, vaporosa, como la mariposa de la fábula. La carne jugaba a las cenizas que caían al horrendo desagüe. Sólo tinieblas premonitorias en la dermis. Te tomaba las manos para sentir la red de energías añiles intentando detener el desplome nuestro de todos los días.

Una merma se esconde en el aguacero, la luz cede y se entrega por los canales del agua. La temperatura baja en los sótanos de la morgue, donde la quietud te rebanaba con sus cuchillos impacientes.

La fricción del descenso dejó esta quemadura entre mis dedos, este surco repetido, por el que iremos desfilando tiesos y majos hacia los catafalcos de la nevera sempiterna. Allí recordaré, por siempre, el insulto de tus manos que se enfriaban reclamando innombrables luces indolentes y abismales.



CAMADA


Siete ombligos que naufragan son la mejor evidencia de tu tránsito por este mundo de tramas que no acaban de cerrarse. Siete cordones truncos, expuestos a la brutalidad del aire.

Los orígenes se ahogan en el día fúnebre. Los nacidos se secan entre barrotes y confituras de azahar. No hay más testimonio de los anclajes del abdomen que las siete particulares ligas truncas cercenadas ayer no más: una pruebita de muerte antes de estrenar la vida afuera. La nutrición negada, como ahora cuando las matrices inflan su velamen desplegado en el aire de las partidas en el solar, donde las frutas caen ya podridas en la gravidez de los acontecimientos.

La entropía florece en tu calabaza que comienza a vaciarse, y desde allí nos mira, reclamante y absurdamente real, aterradoramente tierna. En el aire da vueltas la guadaña que no cesa: sus resonancias nos exigen desde el bajo vientre.

Ahora nos preguntamos cómo hiciste para empollar siete embriones sin destrozar la canasta. Defendiendo las plumas y los polluelos con ferocidad galante juntando las briznas del nido con un planeo de águila imperial.

En el fondo del caldero del ajiaco, se oye un tintineo malcontento de cucharas confundidas.



TESÓN


Te levantaste de unas cenizas dudosas para engañar el mundo.

Quisiera saber qué potencia te izó en vilo sobre el horizonte de la tierra hostil y te empujó los últimos días. Increíble reverdecer, astuta perseverancia. ¡Qué vuelo rasante sobre la crueldad de una realidad que nunca deja de ser esquiva y provisoria!

Así quisiera levantar el verdor sobre las arenas movedizas, así quisiera izar la risa sobre la flor de los muertos, así quisiera enamorar al aire sobre la esquelética dulzura de las manos quejumbrosas.

Todos quisiéramos un manojo de fragantes rosas elevadas en vilo sobre los reclamos de la muerte, así como levantaste tu osamenta más allá de lo soportable, más allá de lo permisible, hasta la orilla de una cama de hospital donde terminaste de bordar la flor de tafetán dorado para lucir en el carnaval de los astros advenedizos.

Hasta la última orilla donde de un golpe vaciaste toda la sangre, cansada y triste. Hasta allí, donde desconcertados, te recogimos en cenizas y en lugar de levantarte nos levantaste, nos levantas, en este rumbón confuso. Hasta que, abatidos, también nos demos de narices contra el playón extremo.



CANTO SOBRE EL PASTIZAL


Las aves madrugadoras insisten en su gorjeo pendenciero. Son una joya de taladro para medrar la noche oscura. Se estira, como un caucho, el apetito de erguirse hacia las frondas inéditas del día. ¿Qué nos deparará la nueva jornada? Sea lo que sea, ocurrirá por fuera de la geografía de tus buenos días, que ahora reposan, bien doblados, en el cuarto de las mortajas.

En sus pliegues termina un zurcido que iba desde la lengua de los canarios hasta los adjetivos que tus ojos enredaban en la luz para batir el árbol de la mirada: amuleto bífido que alumbró los primeros asombros, cuando la claridad abrió surcos en los nervios vírgenes y fue tejiendo esta enramada que pervive en el aliento terco, y restituye los chiminangos a las altura de los nudos caprichosos y felices.



CIUDAD SURCADA


Una pareja de heraldos negros entró intempestiva en tu cerradura de encajes.

Funcionarios adustos, como de otro mundo, en el protocolo de la fuga sedienta vinieron a rescatarte de la penuria de los ingredientes inoficiosos. ¿De qué te servían los jirones inútiles, los andrajos curados, el ropaje mortal carcomido?

Con respeto comprado, te tomaron y te condujeron, pesada, por una ruta inédita, a través de la ciudad somnolienta. Así comenzó un ritual desgarbado y torpe, cruzando el aceite del amanecer despacioso. Desde ahora, sólo lentitud, sólo andar doméstico de gansas, sobre el pavimento azotado, gastado y prosaico.

Te asaltó el cortejo de las lentitudes mutiladas, los medios sin sentido que transitan pesadamente sobre lo terrestre, abandonados los compuestos de la vida, entregada al lastre de procurar ser una roca insensible y contumaz.



ABROJAL


La tierra pobre es rentable para albergar despojos y cenizas. Los áridos jejenes patrullan los cardos y los cactus, en busca de pocetas de sangre enlutada. El grafito también son restos carbonizados. Voy mermando en el aire con cada bocanada, con cada trazo. Todo parcelado en cubículos mínimos.

¿Acaso no te abriste, en un último salto de semilla, hacia los amplios vectores del vuelo libre?

Hay un cansancio en la lengua; las ataduras del lenguaje no me dejan verte, ni reconocer el vacío ilimitado de tu revuelta. Los golpes de los portones sí saben de despedidas.

El cielo bajo me agobia. El paisaje sigue inmerso en sus afanes, rodando: el temblor de las hojas, las volutas impredecibles de las chimeneas, la tensión de las espinas, la rigurosa línea del horizonte, el agua en su vestido de nube y el candor plomizo de un domingo por la tarde; enterrados en la certidumbre de que nunca volverás a timbrar.

De La noche oscura
Taller de Versería, 2013