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Ejercicio 19

Jesús David Curbelo, 14 de septiembre de 2018

Hoy resulta casi increíble, pero en el París de 1894 nadie hubiera apostado un céntimo por el futuro literario de Marcel Proust. Para esa fecha, el joven gentil y educado que frecuentaba los salones de la ciudad no amenazaba con llegar a ser uno de los narradores más revolucionarios en la historia de la literatura. Al menos, no lo creían así sus amigos Anatole France, Robert Dreyfus o Paul Bourget, que consideraron amanerado el estilo de su primer libro, Los placeres y los días, aparecido en 1896, en una lujosa edición prologada por France, pero que no provocó una sola reseña, ni siquiera para apostrofar de él. Lo mismo ocurrió con sus traducciones del crítico de arte y esteta inglés John Ruskin, las que abordó con un conocimiento bastante pobre de la lengua original, valiéndose de versiones literales que le facilitaran sus compañeros conocedores del idioma, pero que sí denotaban ya, aparte de una honda penetración en la filosofía estética del autor de Piedras de Venecia, un anuncio de las reales posibilidades expresivas del propio Proust.

Al ver que pasaron igual de inadvertidas que sus relatos, el inmaduro escritor decidió tomarse en serio el consejo que, años antes, le diera Anatole France como respuesta a una pregunta suya acerca del secreto de su éxito: “Es fácil, mi querido Marcel: cuando tenía su edad, no era tan refinado como usted, no visitaba los grandes salones, y permanecía encerrado en mi casa leyendo sin descanso”. Y eso hizo: aprovechó el hálito enfermizo que le acompañara desde niño, y se instaló en una habitación forrada con corcho donde se dedicó a trabajar con ahínco en una de las obras mayores de la literatura universal: la colección de novelas publicadas bajo el título de En busca del tiempo perdido.

No obstante, no le fue fácil comenzar a publicarla. Es archiconocida la anécdota de cómo André Gide, uno de los grandes escritores y editores franceses, rechazó el manuscrito original de Por el camino de Swann, libro inaugural de los siete que constituyen este empeño extraordinario. Finalmente, el mismo Proust pagó la publicación a un editor entonces desconocido, Bernard Grasset, que acababa de sacar a la luz el primer volumen de Jean Giraudoux. Esta vez, la crítica fue más benévola, y Proust logró ir conquistando la estimación de los entendidos y la acogida del público lector, hasta el extremo que, en 1919, tras la aparición de la segunda novela, A la sombra de las muchachas en flor, le fuera adjudicado el premio Goncourt y comenzara una imparable carrera hacia la fama y la posteridad. Por suerte, el éxito no enturbió el fruto del aprendizaje, y Proust abandonó de modo casi absoluto la farándula para consagrarse al sacerdocio de la literatura en una provechosa pugna que arrojó, de forma consecutiva, los restantes volúmenes de En busca del tiempo perdido, dejándonos una inexcusable lección acerca de la importancia del trabajo en la profesión del escritor.1 

Pero, por supuesto, en ello no reside el principal mérito de Proust. Lo verdaderamente importante no es el esfuerzo, sino el resultado. Y ahí es donde el novelista francés obtuvo algunas ganancias que la crítica ha considerado como definitivas en el desarrollo de la novela moderna y, por ende, de la literatura en sentido general. Las más notables de ellas pudieran ser, a grandes rasgos: su poder para la caracterización de personajes, la renovación de la figura del narrador, su manejo del tiempo narrativo, el empleo literario de las pasiones y los meandros de la psiquis, su ambiguo uso de la comicidad y la extraña experiencia ontológica que arroja la lectura de sus páginas. Como la lista de exégetas de Proust es vasta e ilustre, e incluye nombres que van desde Samuel Beckett hasta Harold Bloom, pasando por François Mauriac, André Maurois, Pierre de Boisdeffre, Walter Benjamin y Gérard Genette, entre otros, me limitaré en lo adelante a comentar brevemente algunas de sus ideas sin pretender descubrir lo que ya inteligencias tan preclaras dejaran asentado en diversos ensayos y estudios monográficos.

En su libro El canon occidental, Harold Bloom dedica el capítulo “Proust: los celos sexuales como creencia verdadera”, al autor de En busca del tiempo perdido, y allí nos hace notar la inmensa galería de inmejorables retratos que pueblan las siete novelas de la saga. Baste a modo de ejemplo enumerar a Swann, Charlus, Albertina, Odette, Bergotte, Gilberta, la abuela Bathilde, Oriane Guermantes, Basin Guermantes, Saint-Loup y el propio narrador, Marcel, todos dibujados con mano maestra y resistentes no sólo al paso del tiempo, sino también a cualquier tipo de lectura reduccionista ya sea desde el punto de vista sociológico o desde el punto de vista sicológico, porque en ellos hallamos, a la vez, un fresco social capaz de sacar aplausos a los más exigentes críticos marxistas (la aristocracia decadente, la burguesía ascendente, el pueblo francés, la lucha de clases que sirve como telón de fondo a todas las historias personales y a la historia colectiva de En busca...) y un rosario de sicologías prestas a deslumbrar al mejor discípulo de Freud.

Y esto lo consiguió, en principio, mediante una profunda revuelta en la concepción del narrador. Hasta entonces, la novela había gozado de un narrador omnisciente, casi divino, al estilo de Balzac, Stendhal o Dickens, que siempre lo sabían todo acerca de sus historias y sus personajes y se limitaban a ir desarrollando un relato que ya tenía, de alguna manera, un final prefigurado. Proust, por su parte, inicia un viraje fundamental hacia la subjetividad, hacia un nuevo tipo de novela que reestructura el mundo desde una mirada subjetiva, conseguida mediante el uso de un yo narrativo que modifica la relación narrador-lector. Porque, en efecto, con la aplicación de esta primera persona, Proust conduce al lector a través de una larga exploración cognoscitiva y, sobre todo, a través de una interminable porfía contra las trampas, contra las dificultades que ese narrador le prepara, como los reencuentros con el pasado gracias a la memoria afectiva (el conocido episodio de la magdalena que hallaremos en las páginas de Por el camino de Swann es un buen ejemplo de ello), o la introducción de temas que, luego, como si el conjunto novelístico fuese una sinfonía, el narrador irá desarrollando exhaustivamente en todas sus posibles variaciones, por sólo mencionar dos de ellas.2

Hay otro detalle concerniente al narrador en el que me gustaría detenerme, pues creo que entraña también un alto grado de modernidad. La primera persona nos induce a creer, ayudada por los subterfugios de la presunta confesión y de los presuntos puntos de contacto con Proust, que el narrador es el autor, que ese Marcel que al final de El tiempo recobrado se vuelve el novelista que va a escribir la historia de su vida, la búsqueda de la salvación mediante el arte de rescatar la memoria, está rompiendo la barrera de la ficción y fundiéndose con el verdadero Marcel Proust asmático, esteta, homosexual y judío. Pero ojo, pues ya sabemos que Proust era un tramposo. Y, en efecto, el autor se burla de nuestra ilusión porque, en esencia, el narrador resulta un cronista desapasionado que subjetiviza sin tomar partido, que nos muestra el mundo a través de su conciencia sin incurrir en molestas pontificaciones, sino tan sólo enseñándonos los verdaderos paraísos —los paraísos perdidos: la infancia, Sodoma, Gomorra, Jerusalén, el Edén, y otros— como una suerte de profeta que, para hacer la broma más ácida, insiste en reconocerse heterosexual y cristiano. De esa polisemia, de ese sí es no es, está constituido buena parte del espíritu experimental que caracteriza al empleo del narrador en la novela del siglo veinte y que hemos visto después en contemporáneos como Ítalo Calvino, Mario Vargas Llosa o Milan Kundera.

Mucho ha hablado la crítica, asimismo, con respecto al manejo proustiano del tiempo narrativo. La visible dicotomía entre el tiempo y la memoria, explicitada en el título mismo del conjunto, parece ser el más socorrido tópico a la hora de opinar sobre Proust y su intento de rescatar el tiempo a través de esta; pero hay otros matices no menos atractivos como el sutil contrapunto entre tiempo sicológico y realidad circundante, obtenido en virtud de la ya mentada memoria afectiva, orgánica, donde la evocación, el regodeo, ofrecen una multiplicidad de instantes que van del presente al pasado y vuelven a un presente casi futuro, riéndose de la presunta concepción lineal del tiempo y dotándolo de una presencia cósmica, estructurada, donde habitan y cohabitan los personajes en una dimensión no cronológica ni deductiva, sino ontológica. Este sustancial aporte abrió una senda de experimentos con el tiempo narrativo por la que luego transitarían James Joyce, Aldous Huxley, Thomas Mann, William Faulkner, John Dos Passos, Jean Paul Sartre y otros insignes novelistas del siglo XX.

Para el estudio del empleo de las pasiones y la sicología en su universo narrativo, sugiero consultar el ensayo “Nuestros últimos clásicos: Proust, Valéry, Cocteau”, que Pierre de Boisdeffre incluyera en su Metamorfosis de la literatura, en el cual aborda el tema con profundidad y desenfado. La visión del amor como imposibilidad, como fallido intento de posesión que culmina en el sufrimiento tanto del poseedor como del poseído, anima las páginas de todas las novelas del autor. Un amor que, al ser unilateral, obliga a que los polos en conflicto gocen o sufran sin coincidir en el sentimiento, elimina cualquier tipo de intercambio, se repliega hacia el interior, hacia la subjetividad de los personajes, y termina por transformarse en celos, que son, según Harold Bloom, la piedra de toque sicológica sobre la cual descansa En busca del tiempo perdido. Sin duda, la angustia de Swann con respecto a Odette de Crécy, esa manía de amarla no a ella sino a lo que él espera de ella, a lo que él ansía desentrañar de esa alma impenetrable con que ella se defiende de la verdad, es una magistral transcripción literaria del infierno de los celos (también explotados a altísima altura creativa en La prisionera, cuando se describen las relaciones de Albertina con el narrador), que coloca esta(s) pieza(s) al nivel de otras obras maestras del tema como Otelo o La letra escarlata. Mas, por si no bastara, En busca del tiempo perdido implica en su telaraña motivaciones edípicas (bien visibles desde el mismo comienzo de Por el camino de Swann en los vínculos del narrador y su madre) que sazonan la conducta sicológica del narrador y, por ende, ya que la novela fluye a través de su subjetividad, la del resto de los personajes.

Ahora bien, no debe olvidarse que otro gran conflicto latente en la personalidad de Proust es la no heterosexualidad, y está presente también en muchos de sus personajes: el homosexual Charlus, los bisexuales Saint-Loup, Albertina, Andrée. No así, como ya vimos, en el narrador, que en virtud de una estrategia comunicativa tiene que ser heterosexual y cristiano. O sea, está obligado a disimular, a disfrazarse para poder exhibir, o asomarse, a los abismos del alma homosexual o bisexual, al drama de la no aceptación propia o de la no tolerancia social o familiar, en otros que también se disfrazan y convierten En busca del tiempo perdido en un interminable baile de máscaras que se persiguen, se atrapan, entienden que no era eso y retornan a perseguirse hasta la muerte y la posteridad (recuérdese el pasaje de La prisionera donde Marcel compara el descubrimiento de la época lesbiana de Albertina, al cual arriba motivado por los celos, con su deseo personal de fama póstuma). Razón por la cual no sabremos nunca qué opinaba Proust del asunto, aparte de su práctica mediante el uso de jóvenes que “apresaba” a su servicio con un furor posesivo digno de sus protagonistas, porque por más que intente convencernos de lo contrario, Marcel el narrador no es Marcel Proust y se burla, otra vez, de nosotros.

Por eso la crítica ha señalado el ambiguo uso de la comicidad en su obra. En el ensayo ya citado, Bloom remite a un estudio de Roger Shattuck donde se enuncia la idea de que lo cómico resulta algo central en Proust, pues le permitió tomar distancia en la representación y exploración del entonces prohibitivo tema de la homosexualidad. Y de otros como los antedichos celos, el problema judío (en el que equipara la capacidad de resistencia judía con la firmeza de los homosexuales para sobrevivir a la intolerancia a través de todas las épocas), o la valoración de la literatura misma, del arte todo, como posibilidad de salvación del individuo. Salvación que intenta alcanzar, en lugar de por los áridos caminos del moralista o del esnob, como parece decirnos en algunos momentos, por una férrea labor estética, terapéutica y mística que descansa en la ironía, en la parodia sutil, anunciando de nuevo el espíritu de la novela contemporánea, que ha hecho de la imagen irónica de la realidad uno de los principales problemas del novelar.

Creo que insistir en la experiencia ontológica sería gratuito. En ella radica buena parte de la originalidad de Proust, y lo eleva, conforme a lo que piensa De Boisdeffre —que suscribo—, a la categoría de fundador de “ese naturalismo metafísico que cultivan hoy la mayoría de nuestros actuales novelistas”. Y apunta, luego: “La novela proustiana aparece como una especie de experiencia sobre la vida, sobre la materia vital en estado viviente; ni descripción ni inventario, sino una verdadera autobiografía metafísica [...] El narrador no domina esta experiencia metafísica en la que participa, incapaz de domeñar su propia subjetividad”. Es decir, que apreciamos un devenir del ser que busca reconocerse, y salvarse, en el Ser, y en tanto intenta salvarse dialoga, existe a través del tiempo y la memoria.

Por último, me gustaría recordar que Proust fue también uno de los mejores críticos literarios de su época, como atestiguan sus textos sobre Ruskin, Balzac, Flaubert, Baudelaire y tantos otros, y las opiniones vertidas en sus numerosísimas cartas a los más variados personajes del mundo literario francés de la etapa3,  cosa que indica en él un marcado interés por aclarar las peripecias del arte coetáneo para aclarar su propio pensamiento y no dejar al azar la audacia de unas búsquedas que, junto a Franz Kafka, Robert Musil, James Joyce e Ítalo Svevo, lo colocaron a la cabeza de un grupo de novelistas que heredó, como habría de ser, los aportes de la gran tradición (Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Dickens, Stendhal) y los fusionó con esa revuelta que aun no ha cesado de conmover a los lectores y críticos del mundo, y que convirtió a la novela en el mayor género literario del siglo veinte.

1 Principales obras narrativas de Marcel Proust: Les Plaisirs et les Jours (Los placeres y los días), 1896 / A la Recherche du Temps Perdu (En busca del tiempo perdido): Du Côté de chez Swann (Por el camino de Swann), 1913. A l’Ombre des Jeunes Filles en Fleurs (A la sombra de las muchachas en flor), 1919. Le Côté de Guermantes I (El mundo de Guermantes I), 1920. Le Côté de Guermantes II (El mundo de Guermantes II), 1921. Sodome et Gomorrhe I (Sodoma y Gomorra I), 1921. Sodome et Gomorrhe II (Sodoma y Gomorra II), 1922. La Prisonnière (La prisionera), 1923. Albertine Disparue (Albertina desaparecida), 1925. Le Temps Retrouvé (El tiempo recobrado), 1927 / Jean Santeuil (Jean Santeuil), 1952 (esta novela se escribió antes que En busca..., y en ella pueden advertirse muchas inquietudes y marcas de estilo que Proust desarrollaría en su empeño mayor).

2 En “Marcel Proust”, ensayo publicado en Los desafíos de la ficción (2002), Graziella Pogolotti, explica con claridad estos y otros aportes narrativos de Marcel Proust, cuya pormenorización aquí harían demasiado extenso este trabajo.


3 Enumero a continuación algunos de los libros de ensayos, críticas y traducciones, así como algunas de las más importantes colecciones de cartas del autor. Ensayos y críticas: Pastiches et Mélanges, 1919 / Croniques, 1927 / Contre Sainte-Beuve, 1954. Traducciones: La Bible de Amiens, de John Ruskin, 1904 / Sésame et les Lys, de John Ruskin, 1906. Cartas: Lettres à N. C. Barney (Natalie Clifford Barney), 1931 / Lettres à la N. R. F. (Nueva Revista Francesa), 1932 / Correspondance Générale, 1930-1936 / Lettres à une amie (Mme. Nordlinger), 1942 / Lettres à Madame C. (Catusse), 1946 / Lettres à André Gide, 1949 / Lettres à Paul Morand, 1949 / Correspondance avec sa mére (1887-1905), 1953 / Correspondance de Marcel Proust avec Jacques Rivière, 1956 / Lettres à Reynaldo Hahm, 1956.