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Ejercicio 20

Jesús David Curbelo, 25 de septiembre de 2018

El itinerario poético de Pasolini  es complejo y contradictorio, rico en experiencias lingüísticas y estilísticas diversas, en tensiones, sugestiones y polémicas difíciles de abordar en una nota de presentación para los lectores cubanos, entre los cuales su obra poética no ha tenido demasiada difusión. Sirva, entonces, este breve viaje por sus libros fundamentales para contribuir modestamente a un mejor conocimiento en nuestro país de esta faceta del autor, a quien agrupa Edoardo Sanguineti, en su Poesia italiana del Novecento (Giulio Einaudi editore, Torino, 1969; última edición de 1993), junto a Cesare Pavese y Elio Pagliarani, bajo el rubro de experimentalismo realista.

Quizá su primer volumen notorio sea La mejor juventud (1954), que contiene también las juveniles Poesías en Casarsa (1942), y recoge algunos de los momentos mayores de la producción poética de Pasolini1. A través del empleo de todas las posibilidades expresivas del dialecto friulano, hace revivir en su conciencia de adulto las primeras experiencias vitales, y traduce en delicadas imágenes la autenticidad primitiva que siente vibrar en los lugares de su adolescencia. Son versos de una profunda musicalidad y dulzura, en los cuales adopta esquemas estilísticos cercanos por una parte al hermetismo y por otra a las más contemporáneas búsquedas neorrealistas y post-herméticas. Muchos de los poemas de este volumen serán reescritos en La nueva juventud (1974), con un particular cuidado en la revisión de los aspectos formales2. Según Gianfranco Contini, la poesía dialectal de Pasolini no tiene ningún punto de contacto con aquella del verismo regional del XIX, pues su cultura es netamente simbolista, con mucha influencia de Rimbaud y de Eliot, e intenta expresar las singularidades locales en un dialecto diferente del friulano “oficial”, hecho que confiere a estos versos el encanto de lo inédito, y configura un ideal de lengua virgen similar al manejado años antes en los experimentos poéticos de Stefan George o de Giovanni Pascoli. El experimentalismo lingüístico constituye, tal vez, la motivación fundamental de esta etapa en la poesía de Pasolini, muy incentivada en esa época por la noción de “plurilingüismo” elaborada por ciertos círculos de la crítica estilística y harto citada por el poeta en sus ensayos, donde aludía a la novelística de Carlo Emilio Gadda como el mayor ejemplo de esa actitud plurilingüística en Italia. Pero si el lenguaje de Gadda, al menos en El zafarrancho aquel de Vía Merulana3, es exuberante hasta rayar en la fantasía, el de Pasolini, en cambio, se caracteriza por ser seco y básico y parece anunciar los grandes cambios que sobrevendrían en sus siguientes colecciones.

El ruiseñor de la iglesia católica (1958) agrupa los poemas escritos, en lengua italiana, entre 1943 y 1949, ligados todavía en parte al mundo friulano, en parte al trabajo religioso de Pasolini en aquel período. No obstante, la sección del libro titulada “El descubrimiento de Marx” anticipa el desarrollo de su poesía en una dirección muy distinta: aquella en la cual el poeta disiente de una sociedad cuya hipocresía, vacío espiritual y falta de conciencia le llevan a cuestionarse su relación con el universo. A lo largo de este volumen, el mundo evocado por Pasolini es todavía el friulano. Lo que muta, con respecto a los poemas de La mejor juventud es la actitud del poeta ante la materia expresiva: ahora el entorno friulano resulta desarrollado en función de una vicisitud existencial, ya no le sirve a la poesía para asumir el destino de ser una exaltación épica del hombre, por el contrario, es mantenido en el trasfondo y el protagonista del texto es el propio poeta con sus perturbaciones existenciales: un individuo que escruta su soledad en el interior de un cosmos que es memoria del regazo materno, mientras se cuestiona las enseñanzas y símbolos del catolicismo y confronta sus sentimientos religiosos con la felicidad pánica capaz de conducirlo del conocimiento del pecado hacia una suerte de verdad humana y trascendente. La alternancia de formas métricas y estilos diversos, oscilantes desde el poema en prosa hasta la imitación de los himnos cristianos, es ya un síntoma de desapego por las variantes herméticas y neorrealistas y un intento de alcanzar una expresión personal que muestre la intranquilidad intelectual y moral del escritor.

La primera colección de versos escrita por Pasolini luego de su arribo a Roma, Las cenizas de Gramsci (1957), significa un auténtico salto dentro de su obra y es, para buena parte de la crítica, el punto descollante de la producción poética del autor. Compuesto por once extensos poemas (“L’Appennino”, “Il canto popolare”, “Picasso”, “Comizio”, “L'umile Italia”, “Quadri friulani”, “Le ceneri di Gramsci”, “Recit”, “Il pianto della scavatrice”, “Una polemica in versi” y “La terra di lavoro”),  este libro resulta, en la poesía italiana del Novecento, un texto fundamental que refuta los tonos de la propia poesía novecentista, anticipa y niega la neo-vanguardia, se vuelve a una forma anterior (el terceto, presente, de un modo u otro, desde Dante hasta Carducci y Pascoli), conjuga el empeño civil y la experimentación formal y facilita al poeta la representación, en todo su dramatismo, de las contradicciones, conscientemente asumidas, de su propio pensamiento. Pasolini escribe estos poemas justo en el momento de crisis del neorrealismo y del retorno al intimismo, y es aquí donde la difícil operación de restituir a la poesía una función civil, sin descuidar el reflejo de la vida interior del poeta —colmada de violentas y confusas tensiones y de laceraciones profundas— da sus mejores frutos. La evocación del arribo a los suburbios romanos, después de la dramática separación del mundo friulano, se funde con la representación acusatoria de la desolación y la ignominia del ambiente suburbano y con la asunción del subproletariado como posible fuerza conductora de la Historia. Se establece una suerte de mitificación del subproletariado urbano, proceso análogo y opuesto al de mitificación de la sociedad arcaica y rural de la infancia friulana. Ambos mundos tienen en común su marginalidad con respecto a los grandes movimientos innovadores de la Historia (el capitalismo, el neocapitalismo y también el marxismo ortodoxo, ante los cuales Pasolini adopta siempre una actitud fuertemente crítica y provocativa), y se funden, además, con el sentido de marginación personal que constituye uno de los puntos álgidos de la vida y de la reflexión pasolinianas. En el poema “Las cenizas de Gramsci”, el autor nos presenta no al ideólogo de la lucha, o de la prisión, sino al “humilde hermano” ahora indefenso y solitario en su tumba del Cementerio de los Ingleses —vecina del sepulcro de Shelley—, que encarna una dimensión histórica que el poeta no deja de referir, si bien cede su sitio de portador del progreso a la vitalidad avasalladora del pueblo. En “El llanto de la excavadora” se mezclan el tema recurrente del tormento interior del poeta y el drama de una sociedad aberrante; el llanto de la excavadora es el emblema de un desarrollo progresivo que no tendrá fin y será el causante, encima, de nuevas heridas y nuevos sufrimientos; la excavadora lanza su grito casi humano, y será en verdad el grito del pasado agonizante frente al lacerante futuro. Desde el punto de vista formal, la asunción de un lenguaje discursivo y de una estructura métrica relativamente tradicional, signan la aspiración de Pasolini a una poesía que combine elementos narrativos, líricos y argumentativos y sirva de modo expresivo a la pasión y a la ideología.

Muchas de estas observaciones valen asimismo para sus libros La religión de mi tiempo (1961), Poesía en forma de rosa (1964) y Trashumanar y organizar (1971), donde los signos de una pérdida de la esperanza y de un asentamiento ideológico sobre concepciones pesimistas se exacerban y se ponen de manifiesto a través de una crítica cada vez más violenta y frecuente a instituciones, partidos, ideologías y movimientos juveniles. En estos volúmenes aparecen con asiduidad referencias a temas personales y la amargura por los ataques continuos a su vida privada. Se destacan en La religión de mi tiempo, la ideologización de los mitos populares, la constante preocupación por el bajo nivel cultural del subproletariado y la denuncia de la latente homologación del neocapitalismo. También descuellan sus cuestionamientos a la irreligiosidad de la Iglesia, a la cual opone la sincera religiosidad del subproletariado. Poesía en forma de rosa insiste en una lectura autobiográfica y polémica  de su propia poesía y es fácil hallar en él al Pasolini corsario de los años setenta. El poeta coloca al yo en el centro de su poética: alude a las persecuciones judiciales, a su actividad cinematográfica, a los viajes al África y al Asia, a la constante disputa ideológico-política, a todos los conflictos de su existencia en una sociedad signada por el neocapitalismo, al que califica de nueva prehistoria. El poema “Una desesperada vitalidad”, escrito en forma de libreto cinematográfico, combina el lenguaje coloquial con el lírico y reitera algunas dolorosas realidades del autor (la homosexualidad, el sentimiento de marginalidad, el fervoroso comunismo, el dolor por una Italia traicionada y vendida a la democracia cristiana, la religiosidad y el anticlericalismo), y puede ser considerado el núcleo de este cuaderno. Trashumanar y organizar, por su parte, complementa el concepto dantesco de trashumanización, o sea, de  ascensión espiritual, con el concepto pasoliniano de organización, según el cual los pueblos se comportan de una manera ascética y profundamente religiosa. En este libro Pasolini lleva tal vez a su grado sumo la trasgresión y la contaminación literaria de sus textos precedentes, pues abandona las estructuras estilísticas habituales y prefiere un voluntario descuido en el que revela unas dotes extraordinarias para la improvisación, en aras de resaltar un tono polémico igualmente remarcado en los ensayos y artículos de la última etapa de su vida.

Una vida que, hasta su muerte violenta en 1975, Pier Paolo Pasolini había dedicado a indagar en el ser humano, en sus relaciones con los otros seres, con la historia y con la divinidad, ya fuera desde las páginas de sus novelas, desde las diatribas de su prosa pragmática, desde los cuadros de sus películas o desde esos poemas que lo convierten en una voz fundamental de la experiencia lírica en el siglo veinte.

1 Para la redacción de esta nota he utilizado ideas de varios críticos y/o poetas italianos como Gianfranco Contini, Edoardo Sanguineti, Angela Molteni, Fulvio Panzeri, Massimiliano Valente, Graziella Chiarcossi, Walter Siti, Luigi de Bellis, Federico de Melis y Gianni D’Elia; para todos ellos, mi agradecimiento y mis excusas por atropellar en estas líneas sus casi siempre agudos y esclarecedores razonamientos.

2 En Cuba ha circulado recientemente el libro Poemas de Pier Paolo Pasolini, con selección de Ana Becciu y traducción de Delfina Muschietti, Plaza & Janés Editores, S. A., Barcelona, 1999, donde se compilan varios textos de esta zona de la obra del poeta italiano.

3 Publicada en Cuba por Arte y Literatura en 1989, con prólogo de Soarée Díaz y una traducción cotejada por Aitana Alberti.