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Ejercicio 7: Liu Zhenyun y el amor en los tiempos del móvil

Jesús David Curbelo, 19 de febrero de 2018

La aparición en Cuba de una novela de Liu Zhenyun constituye otra tentativa por vencer el antológico desconocimiento de una literatura que, pese a su nutrida nómina de autores notables y su alta calidad estética, apenas resulta familiar en nuestro país más allá de los nombres esenciales de los filósofos Confucio, Mencio y Laozi, de los poetas Li Bai, Du Fu y Wang Wei y del narrador Lu Xun. Sin duda, la dificultad del idioma chino y la escasez de traductores literarios de esa lengua en Cuba deben de haber incidido en que apenas se hayan publicado acá fragmentos de las doctrinas confucianas y taoístas, algunas antologías de poemas y una o dos novelas del iniciador de la literatura china moderna. Y poco más, que yo recuerde. También, desde luego, influye en el fenómeno el asunto de los derechos de autor, que tal vez haya impedido la presencia en los catálogos de editoriales cubanas de los premios Nobel Gao Xingjiang y Mo Yan, o de firmas tan reconocidas en el panorama literario internacional como Bei Dao, Duo Duo, Wang Shuo o el exitoso autor de novelas policíacas Qiu Xiaolong. Por suerte, esta edición de la Feria Internacional de La Habana con China como país invitado permite paliar un poco esas carencias y propiciar el diálogo del lector cubano con una muestra importante de las letras chinas clásicas y contemporáneas.

Liu Zhenyun, considerado por los historiadores literarios Pang Yuan Chi y David Ver-Wei Wang en su Chinese Literature in the Second Half of a Modern Century, una de las mayores figuras del nuevo realismo en los primeros 90, nació en el distrito Nanjin de la provincia de Henan en 1958. Se unió el Ejército de Liberación durante la Revolución Cultural. Más tarde entró a la Universidad de Beijing a estudiar Licenciatura en idioma chino. Ha trabajado como editor en El Diario del Campesino y como profesor del Instituto de Literatura de la Universidad Renmin en Beijing. Y resulta hoy uno de los escritores chinos más reconocidos por la crítica y el público porque ha sabido combinar el rigor en la elección de sus temas (siempre profundamente humanos y polémicos) y en el manejo del idioma, con un enorme éxito de ventas, impulsado por el hecho de que varias obras suyas poseen adaptaciones para el cine y la televisión.

Tapu, su relato inaugural, de 1987, resultó galardonado con el premio a la mejor novela corta en 1988 e inmediatamente fue adaptado para un largometraje homónimo y marcó la tendencia a convertirse en películas bien acogidas por el público, que distingue a varios hitos en la producción narrativa de Liu Zhenyun. Su carrera literaria incluye, entre otras piezas de ficción: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), Me llamo Liu Yuejin (2007), Una palabra vale más que diez mil (2009) y Yo no soy Fan Jinlian (2012). Una palabra vale más que diez mil recibió el importante premio literario Mao Dun (otro célebre narrador chino desconocido en Cuba) y muchos críticos la catalogan como su mejor libro. También la trilogía dedicada a su tierra natal goza de gran prestigio entre la crítica por la manera en que el autor consigue mostrar la pobreza del campesinado chino atrapado entre los arbitrarios poderes políticos y morales de diversas épocas históricas del país. Este conjunto ha permitido que varios estudiosos aludan a la serie como una muestra representativa del nuevo historicismo dentro de la narrativa china. Lin Ning, por ejemplo, habla de cómo difiere la historia tratada en los volúmenes de Liu Zhenyun con aquella aprendida en las aulas de los colegios y recogida en los libros de textos oficiales. Liang Jingjing, por otra parte, equipara a este narrador con Jean Paul Sartre, debido a la insistencia en finales trágicos que evidencian la imposibilidad del hombre de librarse de la soledad que anula todos sus esfuerzos y lo conduce a la alienación.

El origen campesino de Liu Zhenyun y su vívida memoria de sucesos complejos dentro de la historia china como el Gran Salto Adelante, la Gran Hambruna, la Revolución Cultural y el advenimiento de las reformas económicas durante el período gubernamental de Den Xiaoping, hace quizá que sus temas giren muchas veces alrededor de la vida campesina, o de la dura inserción de los campesinos en el ambiente de las grandes ciudades, así como de los contrastes y puntos de contacto entre las miserias materiales y las morales, y del conflicto entre la individualidad y los proyectos colectivistas de administración.

“¡Qué magnífica era la sociedad agrícola!”, dice en un momento Fei Mo, uno de los protagonistas de Teléfono móvil, anonadado por la fuerza con que la posmodernidad y la tecnología han invadido la vida del ciudadano hasta el punto de torcer los caminos de su intimidad y gobernar prácticamente sus actos. Este profesor universitario devenido asesor de un famoso programa televisivo gracias a la insistencia de Yan Shouyi, el personaje principal de la obra, se queja de que en el mundo contemporáneo las personas están muy cerca unas de las otras y apenas se puede respirar.

El comentario alude no solo a las multitudes en las megalópolis, entre las que Beijing resulta un más que aleccionador modelo, sino a las promiscuidades que esa cercanía genera y que laceran al hombre actual en contextos urbanos y rurales, y provocan una intromisión continua de los demás y, sobre todo, de cualquier tipo de poder, en su vida privada. Acerca de esas dicotomías entre lo público y lo personal, entre las apariencias y las realidades, entre las verdades y las mentiras, discurre con sagacidad la narración de Teléfono móvil para proponernos reflexionar alrededor del drama de un universo en que cada vez somos más despersonalizados por la tecnocracia que, sin atender demasiado a ideologías y religiones, mueve los hilos de la matrix donde habitamos.

Esa reflexión pudiera ser el punto medular de este libro: sondear las posibilidades que ofrece la literatura para someter a escrutinio el destino del hombre en el universo y cómo este destino, aunque sigue las líneas básicas esbozadas desde el surgimiento de la humanidad (amor, odio, celos, envidia, angustia ante la muerte, tensas relaciones con las divinidades), encuentra siempre nuevas pruebas que superar en cada época histórica. Ahora, antiguos problemas como la infidelidad, el juego de poderes entre el hombre y la mujer en las relaciones de pareja, la intromisión de la familia y los amigos en los conflictos amorosos y en la repercusión social de estos, son abordados desde la perspectiva tragicómica de que un dispositivo como el teléfono celular, aparte de facilitar la comunicación rápida y constante entre las personas, deviene un adminículo demoníaco que impide ocultar las dobleces de la vida erótico-sentimental porque sus notificaciones de llamadas y mensajes delatan siempre al culpable por más ardides que despliegue para esconder sus andanzas.

El conductor de un célebre programa televisivo que suele tocar temas tendientes al debate, Yan Shouyi, es, además, un donjuán impenitente que se va a la cama con sus admiradoras en detrimento de la estabilidad de su matrimonio. Este, y también los lazos estables que le suceden, se ven al final aniquilados por una serie de desaguisados repletos de una ironía chispeante y lúcida que disecciona las mutaciones del amor en los tiempos del móvil, en los que se han impuesto de forma generalizada el arribismo y la cínica creencia de que el dinero y el carisma para la interacción social son las fuerzas motrices del universo. A la postre, la tercera parte del libro, una simpática historia acerca de cómo se conocieron los abuelos de Yan, modelos de lealtad y amor entre ellos y para con la familia, parece dar la razón a Fei Mo, porque en las postrimerías de la sociedad agrícola, donde ese hecho ocurre, la gente se hacía llegar los mensajes a lo largo y ancho de todo el vasto territorio chino y, aunque demoraba años en volver a su tierra natal, lo hacía para cumplir con el deber filial y buscar la felicidad.

Teléfono móvil comparte con muchas otras novelas de Liu Zhenyun lo que Hong Zicheng define en A History of Contemporary Chinese Literature como una característica esencial de su producción: la profundidad filosófica para indagar, con humor y desenvoltura, en el absurdo y la alienación presentes en la vida cotidiana. Y sirve, además, para que el lector cubano se acerque de forma amena a los meandros de una realidad que, a pesar de las distancias culturales y geográficas, guarda con la nuestra una perturbadora similitud.