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Regino

Ciro Bianchi Ross, 18 de septiembre de 2018

Hace años, muchos años, pregunté al poeta Regino Pedroso sobre lo que más agradecía  a la vida y me dio una respuesta memorable. Dijo: “Haber aprendido a sonreír”.

Entonces yo preparaba los textos que conformarían Las palabras de otro, libro inicial donde compilé mis entrevistas con figuras muy notables de las letras cubanas –Samuel Feijóo, Ángel Augier, Félix Pita Rodríguez, Loló de la Torriente, Nicolás Guillén, Cintio Vitier, Alejo Carpentier…–  y el nombre del autor de Más allá canta el mar resultaba imprescindible. Se trataba de un creador de obra vasta y singular que con su poema “Salutación fraterna al taller mecánico” había dado inicio, en 1927, a la poesía social en Cuba.

Como no quería que faltara en mi libro, una mañana, previa cita, lo visité en su casa, cerca, creo recordar, de las instalaciones del Instituto Técnico Militar. Si hoy puedo precisar el día exacto de aquel encuentro, 3 de marzo de 1975, es porque él fechó la dedicatoria del  poemario que me obsequió en esa ocasión, una antología de su obra publicada por Ediciones Unión. Ya lo conocía personalmente, por un encuentro casual en la casa de Lezama Lima y había vuelto a verlo en la de Loló de la Torriente. A diferencia de ellos, no era Regino un conversador chispeante; hablaba con cierta tartamudez y como en un susurro. Prefería escuchar y sus ademanes eran lentos. Quizás siempre fue así, pero a mí, que lo miraba desde mis veintitantos años, me parecía que  la vida iba aplanándolo.

“Cuando yo tenía su edad, me dijo, pensaba que no viviría mucho más… y yo no quería morir sin dejar una obra que me eternizara. Al rebasar los treinta, la edad que fijaba como el  límite de mi existencia, me convencí de que a los 95 comenzaría a despedirme del mundo para dejarlo definitivamente a los 105. Tengo 79; hoy me conformaría con vivir 80. Pero si llegara a esa edad, pediría cinco años en préstamo”.

Llegó Regino Pedroso a los 80 y se le alargó la gracia solicitada. Falleció en 1983, a los 87 años.

ASCENDENCIAS

Sangres china y negra corrían por las venas del poeta. Su padre, cantonés, fue uno de aquellos culíes que en el siglo XIX llegaron a Cuba con un contrato que lo convirtió prácticamente en un esclavo hasta que escapó de la casa en la que servía. Logró abrir una fonda, de la que era al mismo tiempo propietario, cocinero y dependiente, y allí conoció a una joven negra. Se unieron y Regino fue el primero de los cinco hijos que procrearon.

Todas las tardes, en Unión de Reyes, el niño acompañaba a su padre al Casino Chino. Su imaginación se despertaba y volaba lejos al contemplar las pinturas que adornaban las paredes del local: templos, aves y árboles muy raros, animales mitológicos. En una de esas pinturas, un dragón devoraba al sol: era la noche. Horas después, contaba el padre, lo devolvía para que naciera otra vez el alba.

En un lugar apartado del Casino estaba el santuario. Imitando al padre, el niño se arrodillaba ante los ídolos, especialmente ante uno que podía ser hombre o mujer y que aparecía en el altar principal. Tocaba después el suelo con la frente y antes de retirarse encendía finas varitas de bambú que dejaba humeantes en los ceniceros.

En nuestra charla de 1975 Regino Pedroso recordaba esos detalles de la manera más vívida. Fueron, aseguró, su despertar a una China fabulosa e imaginaria que no se diferenció mucho del país real que conocería en la década de los 60 como consejero cultural de la embajada cubana. “Mi estancia en China es la emoción más grande y extraña que puedo haber experimentado jamás. China me arrebató por simpatía y consanguinidad. Allí vi lo que durante muchos años, desde mi infancia, había soñado”.

Un país que, después de conocer, le inspiraría no pocos poemas y al que antes, en 1955, rindió tributo con el poemario El ciruelo de Yuan Pei Fu, cuyas piezas comenzó a publicar desde los años 30 bajo el título de Traducciones de un poeta chino de hoy y que, al decir de Roberto Fernández Retamar ,se sitúan dentro del modo “humanitario” de la poesía social, en tanto su Bolívar, sinfonía de libertad (1945) canto largo, de gran aliento y fácil musicalidad, se adscribe, asegura el mencionado ensayista, al modo “histórico” de esa tendencia.

NOSOTROS

Para sobrevivir, Pedroso desempeñó los oficios más humildes. Me dijo que a los trece años comenzó a trabajar como aprendiz de carpintero, pero que pronto marchó a la zafra azucarera, donde fue aguador y roturó la tierra, sembró y cortó caña. Luego, en un central, trabajó como clarificador de guarapo y asistente de puntista en los tachos, mientras que durante el tiempo muerto laboraba en la reparación del ingenio y como bracero en los muelles. Ya en La Habana, a partir de 1919, trabajó en una construcción de acero y en talleres ferroviarios.

¿Escribía ya? Comentó que empezó a hacerlo muy temprano, luego de la muerte de su madre; poemas sin dirección ni intención determinadas, simples brotes sentimentales, antes de meterse en una poesía parnasiana y exótica con temas y ambientes que nada tenían que ver con la realidad en que vivía; poesía que se publicó y llegó a entusiasmar a su amigo Rubén Martínez Villena. La inquietud social se expresará, aún tibia, en Las canciones de ayer, que se cierran en 1926 para dar paso a poesías de fuerte carácter social. La primera de ellas, “Salutación fraterna al taller mecánico”, se escribió en el propio taller ferroviario donde Regino trabajaba.

“Era un día de actividad febril ya que debíamos dejar terminado un motor de línea antes de que finalizara la jornada”. El poema le venía una y otra vez a la mente y apenas lo dejaba concentrarse en el trabajo. Así, de cuando en cuando, en cualquier papel grasiento anotaba un verso, una metáfora, una idea.

“Los compañeros comprendieron lo que me sucedía. Me dijeron: ve al sótano y escribe. No te preocupes por el yanqui. Si vemos que se acerca, te avisaremos con tiempo. Y en el sótano escribí el poema. Cuando dos días después reuní a mis compañeros para leérselo, advertí en sus rostros una emoción sincera y hondísima. A algunos se le humedecieron los ojos”.

Regino incluiría la “Salutación…” en su libro Nosotros (1933). Antes la dio a conocer en el Diario de La Marina. El poema levantó, recordaba Raúl Roa, “singular polvareda”, no menor de la que levantó el aludido poemario donde se incluyó. Se hizo una ponina para costear su edición. Algunos maestros que solían frecuentar una librería de la calle Monte, se puso  cada uno con un peso, y también pusieron lo suyo escritores como Roa, Tallet, Uldarica Mañas, Baralt, Suárez Solís… La impresión fue toda una aventura, dada la turbulencia política de la fecha. Se inventó un pie de imprenta falso y los ejemplares, aún con la tinta fresca, se sacaban del taller a escondidas.

Lo curioso es que algunos de esos ejemplares fueron a parar a El Encanto, la tienda por departamentos más exclusiva de La Habana, en Galiano esquina a San Rafael. Parece que allí algunos de sus gerentes creyó que la rueda dentada que aparecía en su cubierta era el símbolo internacional del Club Rotario y dedicó una vidriera a exhibir el libro hasta que la persecución policíaca obligó a retirarlo y confinarlo al almacén, “del cual ya no volvería a salir, o mejor, del que ya no lo dejaría salir aquella policía brusca y singularmente preocupada por la literatura”.

Tiempo después, durante la famosa huelga de marzo de 1935, Nosotros fue incluido entre los libros subversivos y peligrosos y la posesión de un ejemplar implicaba una pena de seis meses de cárcel, a la que también fue a parar el poeta en esa fecha, junto al resto de los editores de la revista Masas, en la que trabajaba entonces, bajo la acusación de acometer propaganda sediciosa. Una experiencia esa de la cárcel que lo llevó al convencimiento de que había en la vida “cosas más dolorosas que el hambre y más desesperantes que el miedo a la muerte”.

“Uno de los grandes poetas de nuestro tiempo”, lo llamó el crítico Federico de Onís. “Uno de los autores más serios, sólidos –solos– de la poética americana”, opinó Nicolás Guillén sobre este creador hoy casi olvidado o recordado a medias que es Regino Pedroso  y que quizás, como lo aprendió de la vida, siga, ensimismado y enigmático, sonriendo en la muerte.