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Hoy es sábado, 25 de noviembre de 2017; 12:46 AM | Actualizado: 24 de noviembre de 2017
Labrador Ruiz, Enrique
Narrador
(1902 - 1991)
Datos biográficos:

Nació en Sagua la Grande, en la provincia de Las Villas, el 11 de mayo de 1902. Su formación fue autodidacta. Se inició en el periodismo desde los 16 años, cuando comenzó a trabajar como corresponsal de periódicos de La Habana en el pueblo de Cruces y, en 1919, como corresponsal de El Sol de Cienfuegos, donde atendió la sección "Pasavolantas". A los 21 años, se trasladó a La Habana como parte de la redacción de este periódico, donde continuó trabajando hasta 1924. A su llegada a la capital, comenzó una colaboración sistemática que se mantendría durante toda su vida con otros diarios y revistas como Mundial, Chic, Noticias de Arte, Social, Revista Cubana, La Gaceta de Cuba, Espuela de Plata, Orígenes, Bohemia, Habana, Carteles, Gaceta del Caribe, Información, Diario de la Marina, El País, Hoy, El Mundo. También colaboró con periódicos y revistas internacionales como Américas, de los Estados Unidos; Atenea, de Chile; El Imparcial, de Guatemala; y Fábula, de Argentina.

Labrador Ruiz fue uno de los fundadores del Pen Club en Cuba. Alternó su trabajo periodístico y literario con el oficio de comisionista de comercio, lo cual le permitió recorrer todo el país. Además, viajó por América, Europa y Asia. Al triunfo de la Revolución, en 1959, pasó a ser redactor de la Imprenta Nacional, después Editora Nacional de Cuba. Los últimos años de su vida transcurrieron en los Estados Unidos, donde, aunque continuó escribiendo y disfrutando de la fama alcanzada hasta entonces, solo publicó un libro más para el conjunto de su obra, hasta su fallecimiento en 1991.

Instalado rápidamente en el mundo intelectual de su época, Enrique Labrador Ruiz contribuyó con su prolífica obra narrativa a la renovación de las letras cubanas a partir de la década de 1930. Al igual que en el caso de Lino Novás Calvo, en la narrativa de Enrique Labrador Ruiz se percibe el influjo de escritores como William Faulkner, John Dos Passos y Aldous Huxley, así como de otros como James Joyce, Virginia Woolf, Marcel Proust, y Franz Kafka. Por otra parte, es también evidente la impronta de la literatura de los Siglos de Oro españoles, sobre todo de Góngora, Quevedo, Cervantes y Calderón de la Barca, así como de los escritores de la Generación del 98, en especial de Unamuno, Valle-Inclán y Azorín.

Motivado por una voluntad de experimentación acorde con el espíritu de las vanguardias europeas y latinoamericanas, publicó narraciones que llamó "novelas gaseiformes": El laberinto de sí mismo, 1933, Cresival, 1937 y Anteo, 1940. El calificativo de estas novelas se debió justamente a su condición “gaseosa”, es decir, inaprensible y onírica, puesto que se trataban de historias desarticuladas, neblinosas, apenas esbozadas, como si fueran esqueletos narrativos. En la primera de estas tres novelas, por ejemplo, la disposición tradicional por capítulos desaparece para dar lugar a segmentos independientes agrupados en tres secciones tituladas con vaguedad como “Un tiempo”, “Otro tiempo” y “Después”. Es por esto que la imprecisión es una de las características estilísticas de Labrador Ruiz, lo cual se manifiesta en la descripción desdibujada de los personajes, en la confusión entre los discursos del narrador y los protagonistas, en los vacíos de la historia y en los misterios que quedan sin resolverse, entre otros aspectos. En general, la inversión de valores que implica la fantasía desbordante de los personajes y su desesperación, estará reflejada y soportada, desde el punto de vista estructural, mediante el desorden cronológico del discurso en muchas obras, las atmósferas oníricas, ambiguas e irreales y la interacción de sus protagonistas con los diferentes espacios. Por su carácter elíptico y fragmentado, estas tres primeras novelas exigen un lector inteligente y activo que complete sus vacíos y ambigüedades.

Labrador Ruiz hizo de los prólogos de Cresival y Anteo, así como de muchos de sus artículos y ensayos, verdaderos programas de renovación, donde puntualizó importantes aspectos de la novela moderna. En su artículo "Notas en torno a una personal estética", por ejemplo, Labrador Ruiz esclarece lo siguiente: "podría decirles que para crear de esta forma me he apoyado tan sólo en las aristas de una realidad profundamente táctil a mis sentidos; aristas ocultas y vibrátiles, apenas sensibles a la mordedura de una pluma lerda o esquiva, ya que me inclino por lo común hacia lo que ha sido menos fácil de registrarse en un pulso que se gobierna bajo el acicate de lo transitorio, lo huidizo y lo desatado... Y todo ello en razón de que me es muy caro el mundo que me rodea; que amo ese mundo contradecido y fatalista cuya apretada urdimbre nos envuelve en una perpetua atmósfera de angustia; que soy parte de esa atmósfera, y que estoy siempre en vena de analizar en él hasta aquello más difícil de ser ocultado de su destino colectivo". Las ideas contenidas en este fragmento permitían explicarnos por qué Labrador Ruiz también calificó al conjunto de sus tres primeras novelas como de una “triagonía” –un término que extrajo de “El lapicerito de oro”, primer capítulo del libro Superrealismo (1929), de Azorín.

Además de los presupuestos existencialistas apoyados en el determinismo de Taine, y de la atención al carácter absurdo de la realidad, en la narrativa de Labrador Ruiz se manifiesta la llamada “estética del laberinto”, ya que insiste en personajes, situaciones, decisiones y motivaciones confusas, embrolladas, donde se prefiere mostrar la realidad en toda su complejidad, es decir, absurda, inaprensible y agónica.

Por otra parte, la ideoestética de Labrador Ruiz también se define por la ruptura de las fronteras genéricas y porque su prosa, a semejanza de la de Miguel de Unamuno, prefirió un trabajo lingüístico declaradamente renovador, que se nutría en las fuentes del idioma y en la riqueza del léxico popular y local.

Con La sangre hambrienta 1950, que es la última de sus novelas publicadas, Labrador Ruiz manifiesta una nueva modalidad dentro del conjunto de su narrativa, puesto que el propio Labrador Ruiz, en su afán sistemático de bautizar sus narraciones con neologismos que a su vez las definan, la llamó novela “caudiforme”. Sin embargo, aunque en apariencia se aparta del anterior estilo “gaseiforme” y se acerca más a lo que fueron las novelas de la tierra, vuelve a insistir en motivos como el laberinto, y en temas como la agonía, la ansiedad y la desesperación de sus personajes, muchas veces atormentados por disquisiciones metafísicas o vencidos por la degeneración del medio en el que viven. En La sangre hambrienta se narran los acontecimientos de una casa de huéspedes habanera durante los meses más agitados de 1933. El autor se interesa por la realidad nacional sin hacer de su obra una denuncia explícita y encauza su estilo por los derroteros de la literatura contemporánea internacional más transgresora.

El intenso aliento experimental, la ambigüedad entre realidad y fantasía, el habilidoso trabajo con el lenguaje en todos sus registros, la maestría de los diálogos, así como las sutilezas que aportan el humor trágico y la ironía, son algunos de los rasgos que caracterizan la producción cuentística de Labrador Ruiz, conformada por volúmenes como Carne de quimera 1947 y Trailer de sueños 1949 –a los que definió como “novelines neblinosos”-; así como por El gallo en el espejo 1953, al que consideró un libro de “cuentería cubiche”. Caracterizan a estos relatos las situaciones oníricas y el desdoblamiento de los personajes, que se nos ofrecen como dispersos o fragmentados en sus laberintos psicológicos, casi siempre abocados a estados de locura o de feroz ansiedad.

Los últimos años de su vida transcurrieron en los Estados Unidos, donde, aunque continuó escribiendo y disfrutando de la fama alcanzada hasta entonces, sólo publicó un libro más para el conjunto de su obra, hasta su fallecimiento en 1991.



Premios y Distinciones:
  • Premio nacional Hernández Catá, en 1946, por su cuento "Conejito Ulán", incluido en la serie de «Novelines neblinosos» titulada Carne de quimera (1947).
  • Premio periodístico Juan Gualberto Gómez en 1951.
  • Premio Nacional de Novela de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación de Cuba, por La sangre hambrienta en 1950, reimpresa en México en 1959.


Bibliografía activa:
  • El laberinto de sí mismo (novela), 1933.
  • Cresival (novela), 1936.
  • Grimpolario, 1937.
  • Anteo (novela), 1940.
  • Manera de vivir (Pequeño expediente literario), 1941.
  • Papel de fumar (Cenizas de conversación), 1945.
  • Carne de Quimera (novela), 1947.
  • La sangre hambrienta (novela), 1950.
  • El gallo en el espejo (cuentos), 1953.
  • Carne de quimera y otros cuentos (cuento), 2000.
  • La Universidad de Las Villas le publicó en 1958 una colección de semblanzas, El pan de los muertos, entre las cuales destaca su evocación del pintor Fidelio Ponce.


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