Las familias cubanas tienen un
peculiar sentido de la solidaridad y
la generosidad. La mía se sentía
orgullosa de ser esa familia grande y
afectiva, y de llevar un apellido poco
común; divertida de recordar
anécdotas de abuelos y bisabuelos;
encantada aun contando los chismes
más secretos, que suponían
quedaban en coto cerrado. Eso
es algo que me salió en
Morir del cuento.