PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
REGRESO A CubaLiteraria
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


EL ROBO DEL COCHINO

ACTO SEGUNDO

 

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Rosa. ¿Hace rato que llegaste?

Cristóbal. Hace un momento. Toda la mañana perdida.

Rosa. ¿No pudiste verlo?

Cristóbal. No. Dice que estaba apurado, que fuera mañana. ¡Tan fácil! Mañana. Y cuando menos, si mañana... ¿Supiste algo del hijo de Rodríguez?

Rosa. No. Ya te dije que fui y vine por aquí atrás. No quería encontrarme con nadie. ¡Salí tan tarde! Con todo eso de por la mañana... ¿Tú crees...?

Cristóbal. Y después de esperar más de una hora, ese viaje hasta aquí, con esa carretera que no tiene un solo árbol.

Rosa. Yo acabo de venir a pie.

Cristóbal. Pero no de Matanzas.

Rosa. Hay yerbas en la tumba, alrededor de la bóveda y en el canterito de alante. Creo que es mejor trasladar los restos para otra bóveda. Ésta se está rajando. Y tiene yerbas; cada domingo las arranco. ¡No sé qué pasa! Las arranco y nacen nuevas.

Cristóbal. (Distraído.) ¡Ah, sí !

Rosa. ¡Sí, crecen no sé cómo! Las arranco y las arranco...

Cristóbal. No será tanto.

Rosa. Tú qué sabes, si no vas nunca. Creo que es mejor llamar a la marmolería. ¡Y quiero que me des dinero! Yo creo que bastará con setecientos pesos, porque tal vez se pueda mejorar la jardinera. ¡Pero no! Para cambiarlo, es mejor cambiarlo
todo, ¿tú no crees?

Cristóbal. ¡Ah, sí!

Rosa. Y con los setecientos pesos tal vez alcance.

Cristóbal. Yo creo que no podemos gastar setecientos pesos como están las cosas.

Rosa. Las cosas cambian. Ella está siempre allí. Cuando hablo de dinero las cosas están malas. Para esto las cosas no pueden estar ni buenas ni malas. Es tu hija, que su recuerdo tiene que estar vivo aquí, en esta casa... Pero tú te gastas el dinero en...¡Déjame callarme!

Cristóbal. Sí, es mejor, porque hoy el día no está bueno.

Rosa. No está bueno, cómo va a estarlo. Hoy se cumplen dieciocho años. ¿Se te olvidó? Dime la verdad, Cristóbal, tú eres su padre. ¡Hoy hace dieciocho años! No he dejado de llorar un solo día, llorando por ella. ¡Tú lo sabes! ¡Dieciocho años! ¿Tú te acordabas, Cristóbal? Dime, dime.

Cristóbal. Sí, Rosa, vamos a dejarlo, ¿eh?

Rosa. Dejarlo, no. Debías haber ido al cementerio conmigo. Y llorar allí conmigo, los dos juntos. Llena de yerbas. Hay que hacerle una bóveda nueva. ¡Cueste lo que cueste! ¿Oíste? Que tú te gastas el dinero a manos llenas. Y ya que no vas, que no vamos juntos a llorar. ¡Es lo único que puedes hacer, que podemos! Una niña, ahora hubiera tenido un consuelo.

Cristóbal. Tienes a tu hijo.

Rosa. Tu hijo, tu hijo. ¿Qué tengo? Tú te vas por las noches y vienes tarde. ¡Tu hijo! ¿Mi hijo? También se va. Ahora anda como un perro detrás de esa mujer. ¡Los dos! Los hombres están siempre en la calle; el último bocado se lo tragan en la puerta,
¡y adiós!

Cristóbal. Rosa, hoy no, no empieces.

Rosa. No empiezo nada. ¡Esto empezó hace tiempo y no se acaba nunca! ¡Ojalá se acabara de una vez y ya! ¡Sí, coge la puerta de la calle y lárgate, es lo de siempre! No quieres oírme, porque es la verdad y te duele. Es fácil irse, de esa puerta para afuera no hay recuerdos. Aquí, con estas paredes y estos muebles, que son los mismos de siempre...

Cristóbal. Cámbialos.

Rosa. No, son los muebles de mi casa, donde se sentó mi padre. ¿Qué me queda entonces?

Cristóbal. ¡Ah, chica, entonces no te quejes! Hablas por gusto, por hablar. Te gusta tener algo para quejarte y echármelo en cara.

Rosa. ¿ Echártelo en cara?

Cristóbal. Sí, echármelo en cara, parece que yo soy el culpable de todo siempre. De todo. De la bóveda, de los muebles, de si crecen las yerbas…

Rosa. No vamos a meter la bóveda en esto. Por lo menos déjala a ella tranquila. Tú no tienes que hablar de la niña.

Cristóbal. Pero, Rosa, ¿tú estás loca? Tú empezaste, Rosa. Siempre empiezas, y empiezas por cualquier cosa, para hablar de los años y los años. No debías quejarte de los años que tú has estado ahí, con tus flores, con tus retratos, con todos estos muebles viejos. Y yo haciendo dinero, ¡trabajando!, para que tengas para retratos y flores. ¡Y para ese hijo, que es en el que tenemos que pensar!

Rosa. ¿Y ella? ¿No era hija tuya?

Cristóbal. Sí, Rosa, sí. Pero hace quince años.

Rosa. Dieciocho, Cristóbal, dieciocho. A mí no se me olvidan los años.

Cristóbal. Perdón, perdón. Tus dieciocho años. Mis treinta años trabajando y ahorrando y matándome… ¿No son también años, dime, esos treinta años no cuentan?

Rosa. Yo nunca pedí tanto, porque lo único…

Cristóbal. Quieres una bóveda nueva.

Rosa. Porque es lo único que tengo.

Cristóbal. Tu hijo, Rosa, ¿y tu hijo?

Rosa. ¿Qué hijo? ¿Qué hijo he tenido yo? ¡Que te lo llevaste siempre! ¡Siempre contigo! ¡Siempre en el colegio! ¡Siempre en la finca! ¡Siempre contigo riéndose! Ella hubiera estado siempre conmigo; siempre de noche, que ustedes se van. De noche nadie aguanta en esta casa, y yo ni siquiera puedo dormir. ¡Siempre vigilando de no olvidarme de pensar en ella!

Cristóbal. ¡Cállate ya, cállate!

Rosa. No, hoy no, hoy no va a callarme nadie. Hoy no, que es mucho tiempo. Hoy no puede callarme nadie.

Cristóbal. ¡Cállate! ¡Cállate!

Rosa. ¡Hoy no, hoy no, hoy no! Que son dieciocho años arrancando la yerba domingo tras domingo. ¡Y sola! Sola en el cementerio, que siempre está vacío! ¿Crees que no me da miedo? ¡Sí! Muchas veces tengo miedo de estar con tantos
muertos. ¿Tú sabes por qué no voy a un centro espiritista? Porque me da miedo, me dan miedo las voces de los muertos. Pero voy sola al cementerio. ¿Quién iba a ir conmigo? ¿Tú? ¡Siempre trabajando! ¿Juanelo? ¡Siempre contigo! ¡Qué bien
se llevan, qué bien se llevan! Todo el mundo venía a decirlo, ¡qué bien se llevan! Parecen hermanos; no parecen padre e hijo. Sí, sí que se llevan bien. ¡Y como se ríen juntos! Tu madre era así de soltera; tu madre cantaba, tu madre era flaca. ¡Era flaca, pero te casaste conmigo!

Cristóbal. ¡Esos han sido chistes! Rosa, por pasar el rato, sin mala intención, sin pensar que tú…

Rosa. ¿Pasar el rato? ¿Tú sabes lo que estás hablando? Piénsalo, pasar el rato riéndose de mis recuerdos. Ojalá me hubiera muerto; muerto el perro, se acabó la rabia. Pero, no, un hijo es lo que más se quiere, ¿verdad? Todo el mundo lo dice, un hijo es más que madre y marido y todo. Y a mí se me murió la mía y
aquí estoy. ¡Y parece que no voy a morirme nunca!

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