PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
REGRESO A CubaLiteraria
 
 
 
 
 
 
 


MORIR DEL CUENTO
(Novela para representar)


ACTO PRIMERO
El suicidio

 

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Sendo. Tienes que oírme. Para eso soy tu padre. Y no quiero explicaciones.

Tavito. Pero papá…

Sendo. ¿Tú sabes lo que significa para mí?

Tavito. Nada. Usted no tiene ninguna responsabilidad. Yo asumo la deuda.

Sendo. Esos recibos me los trajeron a mí.

Tavito. No los acepte.

Sendo. ¿Y voy a dejar que te metan en la cárcel?

Tavito. Eso no pueden hacerlo.

Sendo. Claro que pueden, no digo yo si pueden. Prometiste pagar en una fecha y no le has dado ni un centavo.

Tavito. Las cosas no me van bien.

Sendo. Mira, cállate, porque no sé lo que hago.

Tavito. Devuélvame los recibos.

Sendo. ¿Y qué vas a hacer con ellos? ¿Comértelos?

Tavito. Voy a pedir otro plazo.

Sendo. Ya se te acabaron los plazos. Me lo dijo muy bien. O pagamos ahora, o le da curso legal. ¿Y tú sabes lo que eso quiere decir? Que me quedo sin nada, que no tengo nada, que no tengo caña, que no tengo finca, que me he pasado la vida trabajando y ahora tú, irresponsable de mierda… ¿qué haces? Te llenas de
deudas hasta la cabeza. ¿Deudas de qué? De juego, de putas, de ron. Y ahora que el azúcar está por el suelo, que ni siquiera sé cuánto voy a moler en esta zafra, me veo obligado a vender mi tierra para pagar tus cochinas deudas.¿Para qué tú sirves, muchacho? ¿Tú me quieres explicar para qué sirve un hijo
como tú?

Tavito. Viejo, yo le aseguro que voy a pagar.

Sendo. ¡Vas a pagar! ¿Con qué? Te miro y quisiera que desaparecieras de mi vista.

Tavito. Por favor, viejo, óigame, tiene que oírme. Yo puedo darle una explicación y una garantía.

Sendo. No hay nada que decir. ¿Puedes decirme algo que cambie lo que pienso de ti? Ya me cansé.

Sendo camina hacia el buró, se quita la pistola y la deja encima. Después se dirige hacia otra parte del escenario.

Sendo. Pensar que uno cría un hijo y lucha y trabaja y se mata para que ese hijo tenga algo, tenga algo, ¡sí! Porque uno quiere que sea… que esté por encima de los otros. Y de pronto descubre…

Tavito. ¡Dígalo! ¿Qué quiere que sea?

Sendo. No me hagas hablar.

Tavito. Eso digo yo.

Antonia. ¡Pronto! Una puerta, traigan una puerta, ¡rápido!

Los Utileros traen una puerta y la colocan en el centro del escenario. Sendo se para en el umbral.

Sendo. ¿Qué tienes tú que decir?

Tavito. Yo también puedo hablar y gritar.

Sendo. ¿Gritar qué?

Tavito. Lo que todo el mundo dice bajito.

Sendo. ¿Pero tú vas a acusarme a mí?

Tavito. ¡No! Porque la culpa es mía, toda mía! ¡Dios, rómpeme el pecho!

Sendo. Debías tener vergüenza y callarte.

Sendo entra y cierra la puerta. Tavito la golpea.

Tavito. Ábrame, que ahora va a tener que oírme.

Lucinda. Tavito, deja eso, deja tranquilo a tu padre.

Tavito. (Golpeando.) Déjame, vieja.

Sendo abre la puerta. Tavito entra y cierra. Lucinda se queda junto a la puerta. Hay un largo silencio. Suena el pitazo de un tren que pide vía; después, el sonido del tren que se aleja. De pronto Tavito sale alterado, va hasta el buró, coge la pistola y corre. Lucinda lo sigue.

Lucinda. Muchacho, ¿qué tú vas a hacer?

Tavito. Déjame, vieja.

Lucinda. Dame esa pistola. (Forcejeando.)

Sendo. (En la puerta.) Déjalo, Lucinda, déjalo. (Tavito logra soltarse y se aleja con la pistola.) Octavio, devuélveme esa pistola.

Lucinda. ¡Tavito!

Antonia. Lo vi desde la ventana. Me quedé sin saber qué hacer. No podía moverme.

Adela. Estaba en la guardarraya. Todo el mundo lo veía allí, con la pistola en la mano.

El escenario se llena con todos los actores que presencian la escena.

Piro. No hagas eso, muchacho.

Tavito. Si te acercas, disparo.

Piro. Dame esa pistola.

Tavito. Piro, no des ni un paso más.

Piro. Ahora mismo te la voy a quitar.

Tavito. Ni te muevas.

Piro. Dámela.

Tavito. No, Piro, no.

Piro. Muchacho, ¿tú sabes lo que vas a hacer?

Tavito. ¡Qué asco, qué asco! Y que uno viva para aguantar esto.

Piro. Ahora no puedes pensar. Dame la pistola y después hablamos.

Tavito. (Apuntándole a Piro.) Si das otro paso, te mato.

La luz cae sobre Adela. El resto de la escena se oscurece.

Adela. A medianoche Piro se despertaba bañado en sudor. Salía al patio, daba vueltas, no sabía qué hacer. Yo me sentaba con él y lo oía. Siempre el mismo sueño.

Piro. Soy un pendejo. No me atreví. Me quedé quieto mirándolo, esperando un momento para saltar y quitarle la pistola. Un momento tan largo que cuando vine a darme cuenta ya estaba tirado en la tierra. No sentí el tiro.No lo vi caer. No puedo dormir. Veo la camisa manchada de sangre. Sueño que quiero gritarle y la voz no se oye. Hago un esfuerzo, abro la boca y no puedo. Sueño con eso a cada rato, el mismo sueño allí, en la guardarraya. En el sueño levanta la pistola y oigo el disparo, ¡muy claro!, ¡casi como una música! Y después lo veo caer, veo como la camisa se va manchando de sangre y se pone roja.

Se oye el pitazo del tren. Después el tren se aleja.

Siro. Sendo se acercó y lo abrazó llorando.Piro y yo lo llevamos a la casa. Lucinda lo lavó y le cambió la camisa, le puso una de seda china que se había comprado hacía unos días. ¡Qué muchacho! ¡Veintidós años! ¿Cómo pudo hacer una cosa así? (Pausa.) “¡Qué asco!”, dijo, como si hubiera descubierto algo podrido. Y disparó.

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