PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
REGRESO A CubaLiteraria
 
 
 
 


VAGOS RUMORES

 

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Carlota. ¿Qué lees?

Milanés. Lope de Vega. Me lo prestó Domingo.

Carlota. ¡Qué amable!

Milanés. Es así, pura generosidad. Todo lo que tiene es de sus amigos.

Mendigo. ¿Los esclavos también? ¿Y las onzas?

Milanés. Hay valores espirituales que atesoro más que el dinero.

Mendigo. ¡Linda frase! Pero no me quita el hambre.

Carlota. Pepe tiene razón. La aristocracia del espíritu crea vínculos muy fuertes entre los hombres.

Mendigo. Frágiles, como el cristal de estos espejuelos.

Milanés. Los espejuelos de Domingo.

El Mendigo se pone los espejuelos y comienza a leer un libro.

Milanés. Ese libro es de Domingo.

Mendigo. (Lee.) La misión del poeta no es sólo cantar por cantar.

Milanés. Una frase de Domingo.

Mendigo. (Le entrega el libro.) Aquí tiene.

Milanés. Es Domingo.

Mendigo. Lea siempre a los clásicos y descubrirá una especie de iluminación. Me fascinan estas ediciones que recibo de París. Encuadernadas en cuero, cantos dorados, tipografía excelente. Y ni una sola errata. Así, trabajado con amor, el libro se convierte en un objeto artístico. (Lo huele.) Lo disfruto tanto como una porcelana de Sevres o el aroma del orégano. Lléveselo. (Le entrega un libro.)

Milanés. Perdone que para agradecérselo no le dedique una oda a lo Plácido.

Mendigo. Llena de zalemas y alabanzas.

Milanés. ¡Torpe! Que a su pensamiento / siendo libre como el viento / por alto don / le corta el ala, le oculta / y en la cárcel le sepulta / del corazón.

Mendigo. Trabaje, Milanés, trabaje. Hay que combatir tanta pereza: el calor, las comilonas y la abulia arrastrarán a este país al desastre. ¡Ay y yo que me vuelvo loco por la harina con cangrejos! Los únicos que trabajan son esos infortunados esclavos. Los demás nos pasamos el tiempo echándonos fresco y haciendo chistes contra el gobierno. El resto es silencio.

Milanés abre un libro y lee. Carlota se acerca.

Carlota. ¿Qué lees, Hamlet otra vez?

Milanés. No, lord Byron. Me lo prestó Domingo.

Carlota. Dijiste Lope de Vega.

Mendigo. El hombre tiene derecho a leerlo todo. Sólo así será libre. No estoy de acuerdo con muchas de las obras de Byron, pero confío en la inteligencia de su hermano. El sabrá separar el oro del oropel.

Milanés. Siempre le agradeceré lo que hace por mí. (Transición.) No lo dude.

Mendigo. (En otro tono.) Antes de morir pedí que me leyeran tus versos. (Un momento de silencio. Lo abraza.) ¡Ah, mi muchacho! Su hermano es un tesoro.

Carlota. No lo eche a perder. Ya es bastante vanidoso. Mendigo. Si se echa a perder lo pongo en el cepo, como a un negro, y le bajo los humos a latigazos.

Carlota. ¿Y sería capaz de torturar así a un pobre poeta?

Mendigo. Que conozca en carne propia las calamidades de la esclavitud.

Milanés. Las conozco y comparto su dolor. Por eso creo que los negros son el minero de nuestra mejor poesía.

Mendigo. (Lo lleva aparte y le muestra cepos y grilletes.) Quisiera que conociera a Manzano. Es un joven poeta esclavo. Lo pusieron en el cepo, lo cargaron de cadenas y lo humillaron hasta la crueldad para matar su espíritu. Pero la poesía lo salvó y ha escrito una autobiografía estremecedora. Organicé una colecta y lo
compramos. Ahora es un hombre libre.

Milanés. Campiñas, ay, de la feroz conquista / cual antes en el indio, hoy vil se ensaña / en el negro infeliz. Donde la vista / al par que mira la opulenta caña / mira , qué horror, la sangre que la baña.

Mendigo. Y pensar que versos como esos no pueden publicarse.

Milanés. Escribiré mis versos para engavetarlos.

Mendigo. Escriba, Milanés, escriba.

Milanés. Sí, escribo, escribo. ¿Pero cómo luchar contra esa vigilancia que sospecha de la palabra más inocente? El lápiz rojo impedirá que se publique una palabra.

Mendigo. ¿Y para qué están los amigos? Confíe en los amigos, confíe en el tiempo y en la sagacidad de los amigos. El Capitán General dice que mi casa no es más que una cueva de inspiradores. Me vigilan, lo sé. Tengo amigos que me avisan. Saco y el Padre Varela viven desterrados, pero España sabe que estamos dispuestos a seguir sus ideas.

Milanés. Palma dice que yo me preocupo demasiado por las ideas.

Mendigo. No le haga ningún caso.

Milanés. Que la poesía no es más que el primer arranque del alma.

Mendigo. Esas ideas le llegan de Francia: Dumas, George Sand, De Vigny, ¡esos románticos insoportables hacen una literatura de réprobos!

Milanés. No, yo escribiré siempre respetando la moral, porque las letras ejercen una influencia, para mejorar o para pervertir, pero dejan su marca.

Mendigo. Y por eso la sociedad le exige tener en cuenta el uso que hace de sus facultades.

Milanés. Tanta responsabilidad me asusta.

Mendigo. El poeta, antes que poeta, debe considerarse hombre y emplear todas sus fuerzas a la mejora de sus semejantes. Esa es su misión. (Le entrega un libro.)

Milanés. Sí, ante las pequeñas penas nuestras, las penas del país son más importantes. Pero nosotros somos sólo una minoría que discute estos problemas, mientras los demás se enriquecen con la sangre de los negros.

Mendigo. Tratan a los negros como bestias y se enriquecen con su trabajo. Pero la esclavitud nos corrompe a todos. Sí, a nosotros también. Pensamos que estamos libres de la corrupción porque somos los amos, pero el ocio crea vicios y nos convierte en sus esclavos. El mundo tiene que enterarse de lo que sucede en la Isla. Escríbalo.

Milanés. ¿Para qué?

Mendigo. Ya encontraremos la forma de llegar al escenario.

Milanés. ¿Insiste en que escriba un drama?

Mendigo. Ahí está ese flamante teatro Tacón esperando por usted.

Milanés. Es inútil. Al público sólo le interesan los espectáculos chistosos y el doble sentido.

Mendigo. Lo han acostumbrado a eso: pan y circo. Pero todo hombre siente la necesidad de tener alas y llegar al sol.

Milanés. Siempre me convence. (Pausa.) Tengo un tema que me da vueltas.

Mendigo. ¿De veras?

Milanés. Sólo es... ¡una imagen! Me las ingenio para expresar la represión en que vivimos. Usaré la palabra esclavo con frecuencia, porque no sólo los negros, también los criollos estamos esclavizados por España. Y de alguna forma tenemos que
denunciarlo.

Mendigo. Pues ahora mismo lo echo a puntapiés de mi casa y se pone a escribir.

Milanés. Y cuando lo termine escribiré en la primera página: "al señor don Domingo del Monte dedica El conde Alarcos su amantísimo amigo José Jacinto Milanés". Y se lo leeré temblando.

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