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Vesperal
No hagas ruido, a ver,
si no se va la tarde.
Dile a tu alma que haga
un silencio absoluto.
Acalla ese ruido de pensamientos,
rompe ese hondo clamor de recuerdos, ahoga ese sordo rumor de
ensueños.
No seas imprudente, no hagas ruidos, que le molestan a la tarde.
Ante ella hay que estar como una esfinge jovial, ungida de serenos
éxtasis
florecidos de silencios blancos. Tenemos que rimar ese silencio
con el blanco silencio de la tarde.
Pero, ¿ya ves?, se va la tarde. No pudiste amordazar
el grito desbocado de tus nostalgias y has espantado a la tarde.
Mira como huye despavorida a otro lugar donde comprendan
el silencio blanco de su alma. Y nos deja las sombras gran
silencio negro para el negro silencio de nuestros ruidos.
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Nocturno
Diferente
Hay una noche limpia: la del mar y la luna.
Había
un pueblo de luces en el agua tranquila con calles solitarias
por donde, sin quererlo, dejábamos vagar nuestra inquieta ternura.
Era una noche limpia, brillando entre las sombras. Nos quedamos
teñidos de luna y de horizonte al ritmo de la voz anciana del
botero.
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Soneto
Sigo, Amor, con mi júbilo sin bridas por senderos de mieles tu
carrera,
viajando con tu llama y tus heridas desde el justo contorno de
tu esfera.
El pulso tengo de innombrables vidas
en tu perfil sesgado a tu manera
como tu fortaleza tiene asidas
las campanas al sol de mi bandera.
Por una eterna acariciada
llega desnuda y limpia tu figura
al filo de mi luz enamorada,
y en la ventana azul de mi ventura
tu beso, Amor, tu voz y tu mirada
velando mi desvelo de ternura.
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Alicia
Alonso (III)
Cálida, exacta, musical palmera, en su pura razón de mar y viento
la isla solar se ciñe a tu cadera
desde la historia de tu nacimiento.
Circula en el espacio a tu manera
la sofocada estrella de su aliento, el trópico y su ardiente cabellera
con toda su pasión de mar y viento.
De cristal en el aire tu figura desata transparente su escultura,
contorno y forma ya del movimiento.
Así, precipitada flor sonora, húmeda del salitre y de la aurora
en tu jardín solar de mar y viento.
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Isla
en el tacto (IV)
Isla mía, resonante, naviera y vegetal a la deriva. Cañaveral
velamen extendido de líquida musical transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonido
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto tu ámbito circundando de acústica intemperie,
tu ámbito en que despliega la luz de su canción el oleaje. Ola
en la luz, luz rota en la ola: ola, ala de sal que interminable
vuela en tu cielo terrestre; luz, ala de sol que cubre tu dimensión
celeste.
Ola y luz en una única canción que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.
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Cuba
Cuba, flotante línea suspendida en la punta del agua sin sosiego;
llama en el centro de su propio fuego, roja al viento la túnica
encendida.
Cuba, de amor extiendes tu medida y la sombra sepulta su astro
ciego: tu sangre, ardiente luz, es dulce riego para alzar el tamaño
de la vida.
Marítima y frutal, solar y sola, las olas que establecen tu corola
forman, Cuba, coraza a tu alegría.
Y en tu carrera de canción y espuma deslumbra a la mirada entre
la bruma el fulgor con que en ti florece el día.
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Un
rostro y la distancia
a Raúl Luis, protagonista
Ella posaba para Boticelli
cuando la viste por primera vez. Los cabellos rectos
le llovían sobre el rostro, como ahora, ocultando su inquieta
mirada y esa expresión de animalito asustado ante la vida.
Mientras inquirías del maestro sobre la identidad
de su modelo, ella desapareció, sin que lograras saber dónde encontrarla.
Inútilmente recorriste las calles de Florencia, pero te marchaste
con su rostro grabado en la memoria y con el lienzo que lo copió
para la eternidad.
Vagaste años y años por el mundo sin límites de tiempo ni de espacio,
y en tu camino siempre su imagen emergía entre brumas de sueño.
Y una tarde volviste a encontrarla inesperadamente asomada al
balcón de una casa en Madrid. La misma boca interrogante, la misma
ansiedad honda en la mirada, insinuándose bajo el pelo caído sobre
el rostro. Nada pudo detener tu violenta carrera hacia ella. Buscaste
en todas partes
desesperado, pero ella ya no estaba. Debiste conformarte
con arrancar del muro la tela de su imagen recreada por la magia
del Greco. Más de un siglo después volviste a sorprenderla, esta
vez en París, pero también lejana,
inmóvil en el mundo atormentado de Modigliani, aún fresca, la
pintura que reflejaba el óvalo fino, la llama interior, la talla
esbelta en ángulos. Solicitaste al maestro, pero ya su mirada
era la ausente de los que van hacia la muerte y no supiste tampoco
dónde hallarla. Hoy, cuando de ella te separan muchos años y mares
y tierras de distancia,
en Varsovia la encuentras al fin de carne y hueso, de encanto
misterioso, de secreto fulgor, de realidad y sueño. Y le has reconocido
el rostro huidizo de siglos que se ocultan tras el velo adorable
del cabello, el mismo rostro perseguido y perdido y ansiado, pero
al llegar hasta ella, eres ajeno y lejano porque
nunca pudiste existir en su mirada, porque jamás
pudiste asomarte a sus ojos ni hablarle a su corazón.
En tanto el tuyo queda rondando en torno al Vístula, que discurre
tan indiferente como ella, mientras la distancia de tierras,
mares, años vuelve a trazar entre ustedes una línea imposible
para siempre.
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Yasnaia
Poliana
(Ante la tumba de Tolstoi)
La tumba rústica, solitaria,
está cubierta de verdes ramas de abeto que detienen en el borde
del promontorio la helada blancura que inunda el paisaje, como
si detuvieran el frío de la muerte.
En torno, tampoco entonan la elegía
los mudos árboles de la heredad.
Esbeltos troncos de abedules,
los rugosos de tilo, los de encinas y robles aun con sus muñones
despojados de hojas nos transmiten la certidumbre de que la vida
aquí no ha terminado: se siente palpitar en la simple presencia
de este bosque desnudo que debe retoñar
para vestir las ramas de verde nuevamente; se siente en la tierra
que bajo la nieve no descansa
y que recobrará su calor, su color;
y se siente en esta tumba solitaria
que cada día renueva su símbolo inmortal de las ramas de abeto,
las que jamás apagan su verde lozanía.
(Febrero de 1971.)
Variaciones sobre el flamboyán
De ramas entre el encaje
florece en fuego el follaje.
Bajo la luz que la abruma,
la verde copa repleta
se desborda en roja espuma.
Las verdes hojas heridas
están de sangre floridas.
Traviesa, la primavera
al verano le ha encendido
en cada rama, una hoguera.
En plena eclosión, las llamas
se entretejen a las ramas.
Flamboyant: flamboyán,
de tu incendio en el fragor
mis miradas arderán.
Flamboyán: inmensa flor.
Rojo clamor: flamboyán.
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Toledo
Esta piedra dorada por los soles de siglos y las miradas y los
pasos
del hombre, del tiempo, de la historia, existe más allá de la
fábula; no hay duda de que es obra inimaginable de la imaginación,
o la pasmosa permanencia de lo imaginado que renueva su imagen
cada día. Mirada desde lejos
mientras nos acercamos a su ámbito
es un viejo grabado que sale de su marco dando con lentitud su
relieve encantado o una ciudad soñada que brota poco a poco y
nos sumerge en ella para que transitemos por parcelas de tiempo,
un tiempo detenido que nos invita a evocar el pasado, que nos
lanza a su realidad imaginada más allá de las épocas. Sus calles
angostas no se cansan
de subir y bajar y de cruzarse en laberinto, ni sus piedras de
trepar a todas las paredes para amparar la atmósfera de sueño
que nos envuelve. La mirada recorre agradecida cada tramo de este
recinto mágico y no sabría pedir a la garganta la canción: el
silencio
es la mejor canción para Toledo.
El silencio que se toca y respira
en esta región sin tiempo que transporta a la poesía más que a
la historia, al sueño más que al espacio real en que flotamos.
(Madrid-La Habana junio, 1984.)
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Burdeos
crepuscular
Desde el Garona a la luz del crepúsculo, Burdeos, ya casi en siluetas,
es como una estampa vislumbrada entre sueños o el recuerdo de
la ciudad que regresa quién sabe de qué remoto pasado.
La oscura línea inalterable
de las viejas fachadas
de pronto se interrumpe en sobresalto por la flecha inmóvil pero
hambrienta de cielo de la torre de Saint Michel, mientras la tarde
escucha con total displicencia el diálogo imposible de dos épocas
que sostienen sobre las aguas el Puente de Piedra, venerable,
y el orgulloso Puente de Aquitania.
(Burdeos, sept., 1987.)
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El
Mar
Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle. La masa espesa se mece y se deshace
en espuma, en olas; se contrae y distiende, se agita y calma, se
enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse. La espesa
masa no descansa: moja, hunde, ahoga; su corrosivo hálito de salitre,
esa onda salada y húmeda, está ahí siempre incansable, y el espumoso
oleaje de gelatina, azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar. Y
es difícil asirlo, levantarlo. Quizás sea preferible dejarlo donde
está, hasta que pueda alzarse por sí solo. O hasta cuando lentamente
se deseque por cansancio.
O por aburrimiento.
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Lavandera
del Toa
Desde el rústico puente, tu figura
cortando la corriente, parecía
brotar del fondo. (La policromía
de la ropa en el banco, al sol fulgura). Vibraba antigua, triste
melodía en el batir de la jabonadura
y en el de la corriente en tu cintura.
Tu piel aún más tostaba el mediodía.
Mucha edad alumbraba en tu mirada,
tal como la del lecho donde, anclada,
corrientes de agua y tiempo detenías. Mañana, desde el puente, tu
figura será leyenda, cual jabonadura disuelta en la corriente de
los días.
( Baracoa, 1984.)
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