PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
REGRESO A CubaLiteraria
 
 
 
 
   
 

Nací en Santiago de Cuba el 14 de agosto de 1935, bajo el signo Leo, gente obstinada y voluntariosa, inclinada al suicidio cuando fracasa en sus propósitos. Soy, hasta hoy, la negación viviente de tal afirmación zodiacal.

Estudié la primera enseñanza en mi ciudad natal, en el colegio de Dolores, de la Cía de Jesús. Según mis amigos más sagaces, me quedan gestos de cura: hablo con parsimonia y soy disciplinado y frugal.

Mi familia paterna es de origen catalán, de ahí mi apellido. La madre de mi abuelo, sus hermanos, abandonaron Sitges a finales del siglo XIX, y ella vino encinta de quien sería mi abuelo, y dio a luz en Santiago. Soy por esta línea cubano por tercera generación.

 
   
   


Mi segundo apellido, Mrad, que no es una errata ni una falsificación del revolucionario francés de apellido similar al oído, es de origen libanés. Mi otro abuelo había nacido en Siria, de familia árabe y musulmana, al parecer. A este abuelo, que dejó a mi abuela cubana con cuatro hijas pequeñas y desapareció del hogar para nunca volver, lo vi solo una vez, siendo yo un niño. Con el índice resentido me lo señaló mi abuela materna cuando pasaba, a cierta distancia, por una calle de Santiago.

Si nací el año 35, realmente debería haber nacido el año, el mes, el día en que aprendí a leer, lo que sucedió tarde: era miope y mi familia lo ignoraba. No veía con claridad las letras en el pizarrón del colegio, y me creyeron tardo, torpe y morón. El cura del aula descubrió la verdad: una miopía innata, que dura hasta hoy. Cuando me pusieron lentes, aprendí a leer y nací entonces en la vida doble, la que se vive y la que se sueña. En 1947, cuando tenía once años, mi familia me trajo a vivir a La Habana. Es decir, ellos vinieron y yo tuve que venir con ellos, naturalmente. A esa edad no podía decidir nada. Si hubiera podido, habría permanecido en Santiago por más tiempo. Once años son muy poco para defendernos, con su pobre marca provinciana, del horror de las grandes ciudades. Pero mi familia se trasladó, y me trasladaron. Muchos años después, sobre esta corta existencia provinciana, tan delicado refugio, escribí una novela, la primera, que es tan extensa como esos años, La caja está cerrada, publicada en 1984, que obtuviera el Premio de la Crítica del año siguiente.

Ya en La Habana, ingresé en los Escolapios, donde terminé la primera enseñanza. Realicé el bachillerato en el Instituto de La Habana, en el de Marianao y en el del Vedado, de acuerdo con las mudadas de mi familia de un reparto al otro. Desde niños mi hermana y yo jugábamos felizmente al teatro. Nos disfrazábamos, colgábamos una sábana blanca de un alambre en la sala de la casa, y representábamos obras imaginarias. Obligábamos a nuestros padres y a las visitas a presenciar la representación. A mi padre le encantaban las zarzuelas, y me llevaba a ver "La verbena de la paloma" y "Los gavilanes" las tardes del domingo, cuando llegaban a La Habana compañías españolas. Mi padre, aunque cubano, vivió y se movió en un círculo de comerciantes españoles. Era un gran bebedor y jugador de dominó. Nunca hizo fortuna, aunque descendía de una familia adinerada, venida a menos cuando yo nací. Aquel abuelo que nació al llegar a Santiago, hizo dinero vendiendo huevos en una cesta por las calles santiagueras. Llegó a ser dueño de una peletería y de una tienda de ropas. Mi padre nunca lo igualó. Vivió siempre de su sueldo de viajante del comercio, sueldo exiguo, que bien administrado, le sirvió para educarnos.

Mi vocación por la literatura comenzó a manifestarse muy pronto. Desde muy niño, ya en Santiago de Cuba, escribía poemas y piececitas teatrales. En una libreta de clases redacté una novela, que en una de las múltiples mudadas de mi familia, se extravió. Estrené mi primera obra teatral en 1957, "El caso se investiga". Mi padre había muerto en un accidente de ferrocarril el año anterior. Mi madre tres años antes. Me quedé huérfano, y me puse a escribir con ahínco, hasta hoy. Comencé a publicar en la revista Ciclón, dirigida por José Rodríguez Feo, que fuera muchos años codirector de Orígenes. Allí inserté críticas, piezas teatrales, narraciones y poemas. Viví, tras la muerte de mi padre, en Estados Unidos. Visité el Canadá. Regresé a Cuba tras el triunfo revolucionario, en 1959, donde he permanecido hasta hoy. He viajado por Europa, residido en Londres y París. En 1962 apareció mi primer libro, En claro, donde se recogen mis poemas de adolescente. Trabajé en el magazine Lunes de Revolución y fundé y dirigí durante cinco años la revista Casa de las Américas. En el tardío año de 1979, tras largos abandonos, terminé mi carrera universitaria, graduándome en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Guardé el título en una gaveta y ahí está todavía. Pero fue una victoria personal concluir esos estudios. Mis piezas teatrales han sido traducidas al polaco, inglés y francés. Se han estrenado en Estados Unidos, Venezuela, México, Puerto Rico y Varsovia. He publicado en la revista Europe, L'Arc, Les Lettres, Quimera, Siempre, Ever green y en casi todas las revistas cubanas.

En el año 1987 recibe el Premio de la Crítica Literaria por La tierra permanente (teatro) y en el año 1995 por el libro de poesía, Lirios sobre un fondo de espadas.

En el 2000 es distinguido con el Premio Nacional de Literatura. Además recibe por la novela La noche del aguafiestas el Premio de la Crítica Literaria. También se le otorgan la Medalla "Alejo Carpentier" y la Distinción por la Cultura Cubana.

En el 2003 la Editorial Letras Cubanas le edita la pieza teatral Las tres partes del criollo.

En el año 2005 la Editorial Letras Cubanas publica su libro de ensayos El hombre discursivo.

 

 

Redacción Editorial: Odenis B. Mesa

Corrección editorial: Nora Lelyen

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