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“mi público”, que estoy muy agradecido
y me siento muy emocionado. A continuación me inclinaría en una reverencia,
llevaría la mano al pecho o lanzaría besos con la punta de los dedos,
y eso sería cuanto estaría obligado a hacer como cantante, aunque tal
vez, lo confieso, me hubiera gustado serlo. Por tanto y ante la evidencia,
sé que se espera de mi, y hasta yo mismo lo espero, que pronuncie palabras
profundas y en apariencia definitivas acerca del premio que acabo de recibir,
y en rigor, que le dé una vuelta de tuerca e intente complicar sentimientos
claros como el agradecimiento y la alegría, y que al hacerlo así cumpla
con eso que llamamos “destino” que luego de ser creado por uno mismo,
se convierte en un tirano exigente, destino de escritor y de intelectual.
Haré el esfuerzo.
Diversas entrevistas he concedido en estos días, y otras concederé en
lo sucesivo. Si en todas hasta ahora rehusaron –hábilmente—formular la
pregunta consabida, no obstante está latiendo detrás de cada una. Ustedes
la conocen por haberla oído múltiples veces: “¿Qué significa para Usted
este premio?”
Tal significación la dividiría en dos partes. La primera, y la más influyente,
consiste en la relación que los otros establecen con el Premio, y la segunda
parte, naturalmente, la que yo establezco con él. Ambas están estrechamente
vinculadas. Decenas de amigos, y tal vez de admiradores o de fans, me
han dado a conocer su complacencia. “Merecido, muy merecido, aunque algo
tardío”, opinaban. Aquellos que se consideran mis enemigos, también me
felicitaron, con menos fervor, dándome una mano un tanto evasiva, sin
mirarme a la cara o con la voz suavemente estrangulada. Detrás de sus
palabras parecían preguntarse: “¿Este qué ha hecho para merecerse el premio?”
Los dos grandes timbres de la vida moderna, el de la puerta y el del teléfono,
no cesaban de sonar. Periodistas radiales y de la televisión, entre boleros
o el tictac del reloj, intercalaban mi voz, que empieza a envejecer, o
desde el interior de mi casa y meciéndome en un sillón antiguo, tras empolvarme
la cara una maquillista diestra, aparecía mi imagen en la pantalla multicolor.
En esa pantalla yo era una novedad, tanto por la actualidad del premio
como por las pocas veces que había aparecido en ella.
Estas apariciones produjeron efectos curiosos e inesperados.
Cuando me asomaba al balcón de mi casa, me saludaban los vecinos desde
los balcones, satisfechos de tener por vecino a un escritor que salía
en la televisión. En nuestro país la televisión otorga también su carné
de identidad.
Para las mayorías populares quien no aparece en la pequeña pantalla carece
de existencia. Una de mis tías paternas, ya difunta, durante sus visitas
y a poco de llegar, se movía inquieta por la sala preguntando dónde había
un espejo. “Hace rato que no me veo y me parece que no existo”, exclamaba
con desasosiego. La pantalla iluminada es también como ese espejo que
buscaba mi tía: garantiza una forma de identidad ante los otros. Personas
desconocidas u olvidadas me buscaban o se me acercaban en la calle para
felicitarme, me ponían la mano en el hombro o me pedían que les autografiara
alguno de mis libros. (Después de esas peticiones aprendí a andar con
varias plumas en los bolsillos.) En estos días recibí una carta desde
Santiago de Cuba, ciudad en la que nací hace más de sesenta años. Carta
encantadora, que me produjo una viva emoción. Está escrita por una mujer,
con gran sencillez, pero que consigue expresar lo que se ha propuesto:
preguntarme si el autor que ella ha visto, de la manera televisiva en
que se ve, es el mismo que fue su condiscípulo en un colegio santiaguero.
¿No les resulta impresionante esta superposición de una imagen con el
recuerdo, es decir, con otra imagen? Yo no recuerdo a la autora de la
carta, pero ella, ayudada por el presente, evoca al muchacho que yo era,
que entraba en el aula y tal vez se sentaba cerca, la saludaba, conversaba
con ella, que también era una muchacha entonces. “Con seguridad Usted
no debe recordarme dice en su carta, pero no importa, de todos
modos yo disfruto el éxito de mi antiguo condiscípulo y le deseo que el
talento lo acompañe durante el resto de su vida,” y concluye firmando
“de todo corazón”. He puesto en el correo un ejemplar de mi novela La
noche del aguafiestas, con una dedicatoria para ella, la que todavía
recuerda.Ojalá lo reciba.
Durante un viaje de Matanzas a La Habana, de noche y bajo un aguacero
torrencial, la máquina en que viajaba tuvo que refugiarse en un merendero
a la orilla de la carretera: el motor, muy mojado, no podía continuar.
Aproveché para estirar las piernas y beber algo. Pedí al camarero varias
veces un refresco, volviéndome de nuevo a mirar la lluvia. En una ocasión,
al volverme para insistir, me di cuenta que el camarero no hacía otra
cosa que observarme con cierto asombro. “¿Usted no es Arrufat?”, terminó
por preguntar. “Tengo dos libros suyos, pero a usted no lo había visto
nunca. Fue ayer cuando lo vi en la televisión”, dijo dándome al fin el
refresco. Conversamos un rato, mientras el aguacero pegaba fuerte en el
techo y en los charcos. Simple y mágico era a la vez lo que nos ocurría.
El camarero integraba la imagen de la pantalla al cuerpo que tenía delante,
la presencia del escritor a las palabras leídas. Por igual me ocurría
que mi ser de escritor encarnaba en mi cuerpo haciéndose visible. Parecía
rota esa especie de escisión estrafalaria y hasta dramática que suele
padecer un autor ignorado. Sentí anularse la soledad de uno de los oficios
más solitarios del mundo. Ambos, el camarero y yo, reveladas de pronto
nuestras esencias, nos acompañábamos aunque fuera por un instante. Él
era mi lector y yo su autor. Encuentro singular, poco frecuente. Fue una
suerte que al menos me ocurriera una vez, en el curso de esa noche lluviosa.
Si estos son algunos de los efectos que el Premio produjo del lado de
los otros, lectores interesados en la literatura, de esa parte que califiqué
como la más influyente el Premio también ha sido conferido por los
otros, debo referirme a continuación a la segunda parte, es decir,
debo hablar brevemente, por supuesto sobre mí mismo, un “sí
mismo” vinculado estrechamente con el de los otros: ellos resuenan en
él tanto como él ha resonado en eso que llamamos actualmente la otredad.
Discutí conmigo en estos días, a solas, sin voz, apenas con palabras.
El Premio es responsable de tal debate: tuvo la virtud (en el sentido
que los antiguos daban al vocablo) de ponerme en cuestión, y como diría
Baudelaire, de propiciar un “examen de medianoche”. La medianoche es una
metáfora. Se reflexiona a cualquier hora, a pleno sol, caminando por la
calle o sentado en un rincón. La medianoche es el momento en que las cosas
están mediadas y en nuestra vida algo va a terminar para que algo siguiente
empiece. Sin embargo el Premio implica un final, es un término. Fuera
de su entrega no queda nada. El último y más importante de cuantos entrega
la cultura cubana, después de él, nada resta por ganar. Además, abarca
la totalidad de lo que uno ha escrito y resulta, como alguien me dijo,
la culminación del reconocimiento. A semejanza de mi tía, parado ante
un espejo, me interrogué grave: “y ahora o después, ¿qué harás?” Mi acendrada
naturaleza de luchador reaccionó de inmediato. En vez de enamorarme de
mi reflejo, como un viejo Narciso, discutí con el hombre que veía ante
mí. El Premio no es un descanso ni un sudario, la corona de laureles sobre
un túmulo. Nunca te gustó ni concuerda con tu naturaleza el ser admitido.
Cada aceptación fue en tu vida un acicate en busca de una negación. Eso
está en tu obra: alcanzado un punto buscabas un punto diferente, más lejano
y misterioso. Me aparté del espejo con una convicción renovada: la de
que mi vida consistió –y consistirá—en luchar por la admisión, y me desconcierta
haberla obtenido, si en realidad ha ocurrido tal obtención. Tal vez esté
en medio de una efervescencia, que durará un año y luego, felizmente,
terminará. Desdeño ser aceptado como un viejo escritor que, como se dice,
ha llegado. Tengo la certeza de que no he llegado a ninguna parte, y que
en rigor no existe parte alguna a la que llegar. Un escritor que se respeta
sabe que la posible madurez de su escritura es ilusoria. Para mí al menos
el inicio de cada nueva obra es realmente eso, un inicio. Voy tembloroso
e inexperto a la página en blanco, tan virgen como ella. Si la madurez
implica la seguridad y la destreza, no he madurado. Cada obra que emprendo
requiere un aprendizaje y una iniciación. Lo demás es el silencio y las
manos juntas, o la fatigosa repetición. Cada una de nuestras valoraciones
resultará bien dudosa y hasta díscola. Moriremos con la duda (con la sabia
duda) de ser o de no ser creadores importantes. No hay que lamentarse:
esta duda nos hace estar vivos. Cientos de páginas me quedan por llegar
todavía. Tengo cuerda para diez años. Terminados éstos, procuraré darme
más cuerda. Interesado en lo que hago, con un amor por la literatura que
no se extingue, estaré en lucha nuevamente y, como decía una amiga cuando
visitaba mi casa, “montado en un caballo blanco de repiquete”.
No necesito los ojos prodigiosos de Argos ni poderes telepáticos para
presentir que en la mente de la mayoría de ustedes, en sus memorias, figura
un asunto o un caso que debo mencionar antes de concluir estas palabras.
Cerca de la hora en que estamos, durante nueve años exactos y completos,
desde junio de 1971 a junio de 1979, de lunes a viernes, con cuatro horas
los sábados, terminaba yo mi trabajo en la Biblioteca de Marianao, caminaba
varias cuadras, subía a una ruta 22 y tras largos cincuenta minutos, cuando
la guagua pasaba a su hora y se detenía en su parada, (si esto no ocurría
el tiempo era incalculable), subía la escalera y entraba de regreso a
mi casa de Centro Habana. Cumplía con una sanción que juzgaba enigmática:
no tenía tiempo señalado para terminar e ignoraba la cuantía del delito.
¿Era en realidad un delito? Nunca lo creí y sigo sin creerlo. Si al escribir
Los siete contra Tebas había cometido alguno, no se me dijo en qué consistía
ni qué tiempo debía pagar por haberlo cometido. No hubo jueces, sanciones,
tribunales ni documentos. Sólo algunas llamadas telefónicas... ¿Quiénes
debían decírmelo y quiénes debían perdonarme? Nunca lo supe. Es decir,
nunca oficialmente, como supongo deben conocerse estas cosas, sino mediante
rumores, comentarios y puertas que se mantenían cerradas, y eran tan elocuentes.
Viví muchos meses entre sombras, en la indefinición, sin saber cuándo
y cómo terminaría lo que había empezado. Para mí se convirtió en el delito
de escribir, de escribir una pieza teatral juzgada como atentatoria a
los principios de la Revolución, según reza la declaración que la UNEAC
colocó como prólogo a la edición de la obra en aquellos años. Creo llegado
el momento histórico, en este acto de premiación, de contar públicamente
lo ocurrido. Si vivimos en una sociedad que, dando pruebas de su capacidad
de renovación y de su afán de justicia, rectifica una y otra vez, con
frecuencia sin declarar que se ha equivocado, no me parece sano ocultar
los hechos. Sólo diciendo ciertas cosas ganaremos conciencia y un poco
de lucidez. No nos neguemos a aprender de la Historia, porque nos veremos
obligados a repetirla. En el almacén de la Biblioteca de Marianao, formando
paquetes de revistas con un cartón y una soga, sin poder recibir ni hacer
llamadas telefónicas, retiradas las fichas con el título de mis libros
de los catálogos puestos al público, convertido en un escritor inexistente,
con las visitas personales prohibidas, observado por la directora y apartado
del resto de los empleados, esperé nueve años. Mi capacidad de resistencia
ha sido siempre fabulosa. Tal vez se fundamenta en un mecanismo de defensa
inconsciente y muy sencillo: cuando termino de hacer algo, lo olvido,
y más si hay dolor de por medio. O dicho con mayor precisión: me entrego
de inmediato a un hacer diferente. La acción salva, afirmaba Enrique José
Varona, y nunca aparté esta sentencia. En una mesa de madera rústica que
había en el almacén coloqué el manuscrito sin terminar de mi novela La
caja está cerrada, ochocientas páginas en letra menuda, y me di a la tarea
de revisarlo y rescribirlo, aprovechando las ocasiones en que la directora
descuidaba vigilarme y con la certeza de que contaba con todo el tiempo.
Felizmente, aunque a escondidas y disimulando, tuve algo personal que
hacer: como el manuscrito era cuantioso, sus páginas duraron hasta que
llegó el inesperado fin de la sanción en 1981, y comenzó entonces la rehabilitación
con su ritmo pausado, gradual, sin sobresaltos, según ocurren estas cosas
en nuestra sociedad. Y aquí estoy, finalmente, con varios libros publicados,
medallas y distinciones y con el Premio Nacional, como cualquiera otro
escritor a quien le haya pasado lo mismo.
Si menciono este hecho en público, después de tantos años y de tantos
sucesos, lo hago con el propósito de exorcizarlo. En una obra ilustre,
Electra Garrigó, a esto se llama una limpieza de sangre. El caso
de Los siete contra Tebas es de conocimiento de casi todos ustedes
y subyace en este acto como un falso secreto. Permítaseme, al menos por
una vez, que este secreto singular deje de ser, y que pueda asumirse ante
y entre todos. No conozco otro modo más efectivo de ponerle punto final.
Después de compartirlo, seremos más libres y el aire será más puro. Purgación
o catarsis. Luego, entreguemos el asunto a futuros historiadores. Si lo
hago no es por resentimiento, que mis amigos saben que no padezco, ni
por vanagloriarme de mi capacidad de resistencia, capacidad que es un
don natural que solamente me es dado ejercitar, ni porque aspiro a convertirme
y proclamarme víctima del Estado, sino por lo que ya dije como sanidad
espiritual y por algo que atañe a la ética del escritor: es una profesión
de fe. En cualquier momento de la Historia y en cualquier sociedad, la
relación inevitable del escritor o el artista con el Estado o el Poder
no ha sido fácil ni placentera. Mejora a veces y a veces empeora. Cuanto
creo que resulta imprescindible es esclarecerla, que cada cual mantenga
el lugar que le corresponde. Me refiero a una especie de equilibrio entre
el Estado y el individuo, en este caso, el artista. Ni un estado tan fuerte
que nos aplaste ni tan débil que nos deje indefensos.
Lo que a nosotros corresponde (o a mí) es realizar nuestra obra, ser fieles
a ella. Aprendí con el ejemplo de Virgilio Piñera que, para un verdadero
escritor, su oficio es un absoluto, el oficio más elevado y al que no
debe traicionar. Bien merece la persistencia y la espera. Vivos o muertos,
realizada la obra, ocupará su lugar. Han pasado veinte años desde el día
en que salí de la Biblioteca de Marianao y regresé a la vida social de
un escritor. Muchas cosas han cambiado a mi alrededor mientras me seguía
latiendo el corazón. El que esta premiación se realice, es una de esas
múltiples transformaciones. Los funcionarios que asisten complacidos a
la entrega de este premio, no son los que decidieron marginarme catorce
años de la cultura de mi país. Tampoco el país es el mismo: ha cambiado
o se ha perfeccionado. Y yo, ¿acaso soy el mismo? El tiempo que duró la
marginación, una sentencia de Valle Inclán normaba mi conducta: “Si prescinden
de mí, prescindiré de ustedes”. Tengo la ilusión de continuar, en lo esencial,
siendo el mismo, al menos eso me confirma la continua apariencia de mi
cuerpo. Pero no es todo. En algo me gustaría modificar la orgullosa sentencia
de Valle Inclán que he citado: Ahora la diría así: "Si no prescinden
de mí, yo no prescindiré de ustedes".
En castellano existe una hermosa palabra, un término reverencial y del
corazón. Quisiera decirla como si fuera nueva y nadie la hubiera dicho
antes. Es la palabra “gracias”. Permitidme repetirla: “gracias”. ¿Qué
otra palabra mejor? Permitidme aumentarla: “muchas gracias”. Es todo.
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