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LA CAJA ESTÁ CERRADA (novela)
Antón Arrufat

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Lento, por partes, el silencio reina en la sala de proyección. Se apagan las voces juveniles, dejan de sonar los asientos.

¿Qué hora es? —pregunta Gregorio.

Ruano gira hacia el fondo la cabeza. En la pared hay un reloj lumínico.

—Tiene las menos cuarto.

-¿Y este atraso?

—Nunca pasa —opina Samito.



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-El cojo debe de estar borracho —concluye el Ruano.

Y el silencio imprevisto —Sin comenzar la proyección, las luces permanecen débilmente encendidas—, va absorbiendo los ruidos que quedan en la sala, la charla, el crujido de la madera, las pisadas en el cemento. Los muchachos, acostumbrados a que la función de comienzo a la hora en punto, sentados e inmóviles, miran hacia adelante, a la pantalla. Ha descendido el silencio total, pesado y absorbente. El manto cuajado de estrellas de la Virgen de los Dolores, por ellos contemplado en la capilla del CoIegio, parece caer sobre sus cabezas expectantes. Las luces, hileras de vasos amarillentos, pantallitas de cristal turbio, circundan el silencio con leves parpadeos. Sólo un ruido continúa: el traqueteo de los ventiladores. Intermitentes, otorgan tonalidad sombría al silencio reinante. Sobre la vieja pantalla blanquecina, manchada de humedad hacia los bordes, que todos miran ansiosos, aparece despacio, una sombra inusitada: el ángel de la Catedral, desplegadas las alas y la trompeta del Julcio. Las lámparas del cine parecen cirios, las bujías de las pantallas, vasos y candeleros. Y súbitamente, cosas oídas e imaginadas, pesadillas y sueños acuden, en graduaciones de intensidad diferente, a la conciencia de los alumnos. Dilatadas las venas, el Padre Rector, enumera desde el púlpito los horrores de la guerra. Su voz angustiada, a ratos enfática, describe los campos de exterminio nazis, la fila de niños de la mano de sus padres, como si fueran de paseo, y de hombres y ancianos, bajar al amanecer los peldaños del crematorlo y desaparecer. Luego principian a borbotear las chimeneas. El humo avisa que sus cuerpos habían sido quemados. La humareda mancha el cielo hasta el anochecer. En el libro Santo se relatan varios sacrificios de animales, toros y ovejas, realizados por los antiguos para aplacar la cólera divina. Si las columnas de humo ascendían -explica el Padre Rector en el púlpito



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rectas. a lo alto, el chelo revelaba su complacencia. La columna de humo de los crematorios —y ahora los brazos tremolantes del Rector se aferran a los bordes del púlpito— es dispersada en ráfagas sobre el campo y ennegrece las flores y las ramas de los arbustos. La Divina Providencia rechaza el crimen y el asesinato de seres humanos como una obra de Satanás. Y castigará, en su infinita sabiduría, a sus agentes en la tierra. El Infierno los aguarda a todos sin distinción. Y a la hora del Juicio Final, cuando los ángeles llamen con sus trompetas a comparecer ente el trono sagrado, se encontrarán, para su vergüenza y castigo eternos, con los cuerpos resucitados y gloriosos de aquellos que cremaron en sus campos de exterminio.

Ruano, varias veces, habla intentado figurarse un horno en el mal se quemaran cuerpos humanos, y en cada ocasión a su mente volvía el horno de una panadería cercana a su casa, donde su madre lo mandaba a comprar el pan del desayuno. El miedo lo estremecía, al escuchar los sermones del Rector. Veía de nuevo el horno ardiente de la panadería, los panes recién puestos a cocer como pies humanos, y era cuanto conseguía figurarse de un crematorio nazi. Para Gregorio eran parecidos a enormes hogueras de palos cruzados, vistas en ciertas películas de indios, o como las que formaban algunos vecinos en sus patios de tierra para quemar la basura. A veces había visto salir una columna de humo de la mansión de don Lucio Gómez, ignorando el motivo. Quizá así eran las de los crematorios. Samito interrogó a su padre Nando y este le. mostró varias fotografías publicadas en los periódicos. Allí aparecían borrosas figuras humanas esperando en fila, cabizbajas, muy flacas, algunos hombres sin afeitar, y a cierta distancia una pequeña construcción de paredes blancas, como un granero. ¿Qué forma tendrían por dentro? Nada sabía de cierto. Los fotógrafos no habían podido entrar.



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Sobre la cabeza del ángel vuela una sombra, semejante a la de un pájaro.

-Una tiñosa -dice alguien. Se quiebra el momento de estupor, y saliendo de los recuerdos obsesionantes, de los temores infantiles, suenan carcajadas y silbidos. Alguno comienzan a palmear:

—Que empiece, que empiece...

—Cojo, suelta la botella.

Quítale el sol a la pantalla.

—Que empiece, que empiece...

Descienden las luces, dejan de girar lentamente los ventiladores: la demora, quizá producida por alguna rotura en las viejas cámaras, parece resuelta. Un chorro de luz blanquecina, como de magnesio, atraviesa la penumbra: surgen en la pantalla, sentados en un carro negro descubierto, el Gordo y el Flaco, en el asiento trasero un árbol navideño. El uno muy seguro al timón, el otro a su lado, altivo, con ligeros bamboleos de cabeza y un aire absorto y remotamente idiota. Estallan aplausos, exclamaciones de aprobación y contento.

Al poco rato de comenzada la proyección -ya el Gordo y el Flaco, con sistemático furor, destrozan implacables pieza a pieza su propio automóvil, y ha aparecido -el policía de grandes bigotes y gestos bravucones-, cuando los muchachos se retuercen de risa, patean y se pellizcan excitados por la emoción o se aplican cocotazos repentinos de júbilo, un hombre de andar cadencioso se sienta delante de Samito. Es un hombre de edad, alto y tetudo, de grandes nalgas. Al sentarse lo hace ruidosamente. lo sigue y circunda una estela de perfume barato. Se alisa el cabello con mano delicada. Fulge un zafiro en uno de sus dedos. luego, sin quitarse la mano enjoyada de detrás de la nuca, donde la ha dejado después de alisarse, va girando pausado la cabeza a un lado y al otro de la sala.



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Camino del Rialto -Gregorio ahora lo reconoce-, les pasó cerca en dos ocasiones. Una de ellas, Samito asió del brazo a su amigo diciéndole que se apartara, y el viejo siguió de largo. Al parecer había dado varias vueltas por la cuadra antes de entrar al Rialto.

Sus ojos, en apariencia habituados ya a la penumbra del cine, buscan entre la muchachada. El Zurdo, que lo ha visto entrar y sentarse, se inclina para dar la noticia al oído a un miembro de su banda. Las cabezas de los demás se van inclinando en la fila: la pandilla se transmite la novedad. Algunos ríen bajito, otros se frotan las manos. Poco está el viejo del zafiro en la sala. Sin mirar ni una vez la pantalla, se levanta y cierra la butaca de un tirón escandaloso. Tose fíngidamente en la oscuridad y con un pañuelo de holán se tapa la boca. Camina por el pasillo y sale. Flota a su paso su perfume exorbitante.

Mayores muestras de alegría manifiesta la muchacha cuando aparece el Zorro en pantalla. Si el Gordo y el Flaco los hicieron reír y patear, el Zorro les produce emoción febril y aventurera, el deseo de montar su blanco caballo y restallar su látigo. Sombrero alón, chaquetilla y pantalones ceñidos, todo negro, su extraña figura enmascarada y esbelta cruza veloz la pantalla, levantando comentarios exaltados, Acostumbrados al automóvil con chofer, que los recoge a la hora indicada, o a llevar una vida de encierro, -el Zorro los induce a creer que respiran, libres y activos, el aire de la pradera infinita y de lo imprevisto, donde la elasticidad, la fuerza hábil, predominan en contraste con sus Propias vidas civilizadas y estrechas.

Sin embargo, los miembros de la pandilla del Zurdo van, uno tras otro, abandonando sus asientos y saliendo al pasillo. Se ajustan los cinturones al caminar, con ademán de vaqueros que acaban de desmontar de sus cabalgaduras o de domar un potro, y se pierden bajo el chorro de luz blanquecina que baja de la cabina



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de proyección. A rato, cuando la pandilla completa se ha marchado de la sala, el Zurdo en persona también se levanta y sale.

Tengo un caramelo de menta en la boca. Samito compró un paquete al chiquito de la canasta. Ruano tendió el brazo por encima de las piernas de Samito y me dio el caramelo. Ya él chupaba uno. Me agrada que fuera el Ruano quien me lo diera, pues no me gusta ría cogerlo ahora directamente de la mano de Samito. Esas cosas ocurren entra amigos, un tira y encoge, un cachumbambé. Las postales arriba, en la otra punta Samito. Se mueve, y, viene el contrapeso. Acepto la menta, pero mediante el Ruano. Se queda plano el cachumbambé. Chupamos los tres. la quijada igualita a rumiantes. Panza, bonete, libros y cuajar.

La boca se me llena de frescura. La lengua, verde.Pasto cerca de un río y mastico flores de menta. El agua del río la cruza salpicador el caballo blanco del Zorro. Espumitas alrededor de sus patas. Como un rumiante lo saludo. Trago una flor de menta.

Por allá se aleja el Zorro, y se aleja lejisimo y es un puntico en la pradera. Un puntico negro sobre uno blanco. Y va en aumento la frescura en mi boca. La lengua la siento menos, más friecita.

Viro la cabeza, cuando suena la luneta: el Zurdo va por el pasillo cabalgando, Rumio fuerte. El caramelo se parte y me esparce la mente a ambos lados de los molares. Seguro: es —ahora que vuelvo a mirar para delante— Hopallong Cassidy, espuela brillante y andar firme de guapo. Enrolla la rienda del caballo a la entrada del pueblo polvoriento. Yo me fijo en las Casas, los edificios y las tabernas Los porrtales altos, los techos puntudos. Siempre un perrito, un barbero, un banco, un telegrafista. Me fijo en las casas, tan diferentes a las de Santiago. Lo que se perece es la polvasera.



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¿Dónde van los del Zurdo, simulando que nadie los ve? Algo trama esta gente. Ahora andan por el fondo del cine, por donde están los servicios.

Tumbado en la yerba. al frescor de la sombra y con Ia boca semidormida y friolenta, contemplo tranquilo el cielo y los picos de las montañas. El sol lo veo por entre los agujeros del ramaje, y la luz es escasa. Los rayitos tiran en la yerba pedazos de luz que se agitan un poco, indicándome en lo alto brisa ligera. La pradera se estremece: huye una manada de búfalos y detrás galopan los sioux, de piel quemada y muchas plumas, pintadas las caras, sudorosas, dándoles espuelas a sus caballos, persiguiendo a los búfalos con tremendos aullidos. Me escondo detrás de un matojo —estoy en un bosquecito, al pie de la pradera.

No miro. Detrás hay cierto movimiento. El movimiento de algunos domingos, cuando viene el viejo del zafiro. Seguro.

Econdido en el matojo seco, se me cae el zapato del pie Pronto un resplandor y la calle: Samito pidiéndome el cordón del zapato. Boby babeante, sin huir. ¿Por qué no lo espanto? ¿Por qué estoy tan callado y tan bobo? Tanta luz me aturde y deslumbra. Me pica la espalda y el pelo. ¿Han abierto una ventana en el cine? quiero entregarle el cordón. Y su mano apurándome: dámelo, dámelo, dámelo. No quiero. Seguro. Eres un gandul y también, si te dicen algo que te duele, abusas de los menores. Qulere hacerme su cómplice al pedirme el cordón de mi zapato. Me fijo clarito en los suvos: también son de cordones. ¿Por qué no se quita uno de un tirón? ¿Por qué quiere el mío precisa mente? Para hacerme su cómplice. Quiere que yo también abuse y me divierta con el perro viejo y llorón. La lata suelta un reflejo en su mano apurada. Pasea los reflejos sobre las fachadas, como un espejo contra el sol, y los lanza después contra mi cara: me ciega y me quita el cordón. No quiero. Seguro. No espanto al perro tampoco. Lelo. Guanajón. Idiota, Allá




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va Samito en persecución de¡ perro y lo ciega también con su lata luminosa y malvada. El perro se deja atrapar por Samito.

No quiero. Debí gritar, ¿Y ese ruido? Nadie se ha levantado. Es Boby que entra al cine arrastrando la lata. Clarito oigo el sonído de la lata dando saltos, pegando en el cemento. El perro me busca, me olfatea. Sabe que yo debí defenderlo. La lata suena en las paredes y el sonido rebota- Me pega en la cara: se cuela en el laberinto y en la trompa. Me pongo el zapato caído. Busco al perro y no está. Yo debí. No lo puedo amansar. La lata suena alrededor de las butacas, contra el techo. El ruido sale de la pantalla. Está en el laberinto, en la trompa, en los huesitos.

De pronto en el fondo de] cine, donde se encuentran las puertas y los servicios, estalla una gritería violenta, mezclada al ruido de trompadas y de gente que corre. Sobre el griterío se alza una voz:

Te advertí que te perdieras de por aquí.

Todas las cabezas se vuelven, y los ojos escudriñan en la penumbra, tratando de saber lo que ocurre. Presurosos se sientan los integrantes de la banda del Zurdo, en cualquier luneta desocupada, dispersos y con sigilo. Intentan no ser implicados en el incidente. Los gritos y las amenazas prosiguen. Algunos muchachos se ponen de pie, cerrando las butacas. Las voces se multiplican: los muchachos se preguntan a gritos lo que pasa allá atrás. Otros se precipitan al pasillo. Entonces hace su aparición el Zurdo, excesivamente tranquilo, y ocupa sin prisa su asiento anterior, como si él nada tuviera que disimular. Su entrada produce un silencio momentáneo. la muchachería interrogante y curiosa lo observa. Detrás, donde se ha desarrollado el suceso, no obstante una voz, apagada y lacrimosa, suplica algo que no se oye con precisión.



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Te dije que no vinieras más. ¡Ahora prepárate! ¡enciende, cojo!

Es la misma voz anterior.

Toda la sala se ilumina, mientras continúa la proyec ción, que ya nadie atiende. Entra el portero por el pasillo empujando violentamente a un hombre. La expectación es general. El hombre se agarra a las lunetas. El portero lo zafa y lo empuja. Así avanzan. Y el hombre gime, y suplica:

—No, no, no hagas eso.

Bajo la luz Parpadeante de las lámparas, algunos lo
conocen y exclaman:

—¡Es la Felo! ¡Es la Felo!

El hombre cae de rodillas delante del portero del cine. Gregorio identifica en aquel viejo arrodillado, al hombre del zafiro.

—¡Te juro que no volveré! ¡Te lo juro! Dame un chance —habla entre lágrimas y lamentos.

—¡Camina! —responde a sus súplicas el portero y lo coge por la camisa. La camisa se raja en el hombro. El portero termina por alzarlo pesadamente del suelo.

—No lo hagas! ¡No lo hagas!
—Te lo lo prometí. Volviste.
¡Prepárate!

En medio del forcejeo, el portero saca su linterna del bolsillo trasero del pantalón y se la planta a la Felo en la cara, agarrándolo por el cuello.
—¡Mírenlo todos! —vocifera.

La muchachada descubre los polvos y el colorete en mejillas, ennegrecidas las cejas y las pestañas, una sombra azulosa bajo los ojos, los labios pintados de un rosa húmedo. La camisa de seda mandarina, desgarrada en el hombro y con los botones zafados, deja ver un medallón de oro, colgante de una gruesa cadena, sobre el pecho tetudo. Han abierto las lágrimas el maquillaje, y mezclan grotescamente al colorete y el rimel azul, el negro de las pestañas.



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A la muchachería lo muestra el portero, entro empujones y golpes de luz de su ¡interna. El escarnio es total, la mofa, los chiflidos. Los muchachos se doblen de risa. Corean el nombre de la Felo con palmadas y gritos. Lo apuntan con el dedo y se desploman cómicamente en los asientos, en medio de grandes carcajadas. El portero sigue llevándolo a empellones, dándole un puntapié si la Felo se niega débilmente a seguir. Lo conduce por un brazo, metiéndole sin cesar en la cara la luz de la linterna. Cuando pasan cerca de la fila donde se hallan Samito,, Ruano y Gregorio, éste descubra las uñas de la Felo, largas y pintadas de un rosa semejante al de los labios.

El Zurdo se ha levantado de su asiento y, en mitad del pasillo. se encuentra de pie. Al dar la vuelta frente a la pantalla y regresar por el pasillo lateral, concluida parte de la exhibición que se ha propuesto el portero, el Zurdo se adelante con el puño cerrado y lo hunde en la cara pintarrajeada de la Felo. El hombre, lloroso y fornido, retrocede tambaleándose. Pero no llega a rodar al piso: al retroceder, los brazos abiertos, choca con el portero, que se halla detrás. El portero lo Impulsa de nuevo hacia adelante metiéndole el hombro en la espalda. En el momento del golpe, la Felo parece reconocer al Zurdo, pronunciar un reproche entre gemidos, su nombre o sencillamente un quejido más largo. Los de la pandilla, agrupados otra vez alrededor de su jefe, prorrumpen en aplausos y vivas ente el puñetazo. La Felo Intenta proseguir su camino, cuado uno de la banda le tiende una zancadilla. De nuevo a punto de rodar al Piso, trastabillante, se sostiene del portero. Al estirar una mano hacia atrás bruscamente, salta en el aire la linterna y se rompe en el suelo. El portero escupe una maldición y se agacha para recoger los pedazos. La Felo queda libre un momento. Echa a correr de inmediato. Sortea las piernas que le cierran el paso, los brazos tendidos que intentan retenerlo, y logra escapar del cine.



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—¡Apaga! —grita desanimado el portero en dirección de la cabina de proyecciones, en la mano la linterna rota.

Graduales se reducen las luces de la sala y la pelicula se destaca otra vez en la pantalla. Esparcidos se oyen algunos comentarios groseros y risotadas repentinas. A medida que la atención se concentra en la película, se extinguen. Zumba estridente la bocina, suenan disparos roncos y un galope distante. Aparece en la pantalla una extensa pradera y a lo lejos, como una manchita, una diligencia que avanza tirada por un tronco de caballos. Más cerca, a un lado de la pantalla, irrumpe un grupo de Indios tatuados, en los preparativos de un ataque. La voz de un narrador, que la vieja bócina del Rialto convierte en gutural y parece vibrar dentro de una caja de cartón cerrada, anuncia jubiloso, aunque agonizante, la aparición providencial de Buffalo Bill.

—¿Quieres más?

—Ahora no —contesta el Ruano.

Sacando la cabeza de la fila, se dirige Samito a Gregorio:

—¿Y tú?

—Bueno.

La escopeta terciada, la chaqueta de cuero, cabalga Buffalo Bill por la pradera, el largo cabello flotante, tensas las bridas. ¿Impedirá el asalto?

Esta vez Gregorio guarda sin abrirlo el caramelo de monta, Indiferente.


Este fragmento ha sido tomado de la edición realizada por la editorial Letras Cubanas en 1984.

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