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Lento, por partes,
el silencio reina en la sala de proyección. Se apagan las
voces juveniles, dejan de sonar los asientos.
¿Qué
hora es? pregunta Gregorio.
Ruano gira hacia
el fondo la cabeza. En la pared hay un reloj lumínico.
Tiene las
menos cuarto.
-¿Y este
atraso?
Nunca pasa
opina Samito.
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-El cojo debe
de estar borracho concluye el Ruano.
Y el silencio
imprevisto Sin comenzar la proyección, las luces permanecen
débilmente encendidas, va absorbiendo los ruidos que
quedan en la sala, la charla, el crujido de la madera, las pisadas
en el cemento. Los muchachos, acostumbrados a que la función
de comienzo a la hora en punto, sentados e inmóviles, miran
hacia adelante, a la pantalla. Ha descendido el silencio total,
pesado y absorbente. El manto cuajado de estrellas de la Virgen
de los Dolores, por ellos contemplado en la capilla del CoIegio,
parece caer sobre sus cabezas expectantes. Las luces, hileras de
vasos amarillentos, pantallitas de cristal turbio, circundan el
silencio con leves parpadeos. Sólo un ruido continúa:
el traqueteo de los ventiladores. Intermitentes, otorgan tonalidad
sombría al silencio reinante. Sobre la vieja pantalla blanquecina,
manchada de humedad hacia los bordes, que todos miran ansiosos,
aparece despacio, una sombra inusitada: el ángel de la Catedral,
desplegadas las alas y la trompeta del Julcio. Las lámparas
del cine parecen cirios, las bujías de las pantallas, vasos
y candeleros. Y súbitamente, cosas oídas e imaginadas,
pesadillas y sueños acuden, en graduaciones de intensidad
diferente, a la conciencia de los alumnos. Dilatadas las venas,
el Padre Rector, enumera desde el púlpito los horrores de
la guerra. Su voz angustiada, a ratos enfática, describe
los campos de exterminio nazis, la fila de niños de la mano
de sus padres, como si fueran de paseo, y de hombres y ancianos,
bajar al amanecer los peldaños del crematorlo y desaparecer.
Luego principian a borbotear las chimeneas. El humo avisa que sus
cuerpos habían sido quemados. La humareda mancha el cielo
hasta el anochecer. En el libro Santo se relatan varios sacrificios
de animales, toros y ovejas, realizados por los antiguos para aplacar
la cólera divina. Si las columnas de humo ascendían
-explica el Padre Rector en el púlpito
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rectas. a lo alto,
el chelo revelaba su complacencia. La columna de humo de los crematorios
—y ahora los brazos tremolantes del Rector se aferran a los bordes
del púlpito— es dispersada en ráfagas sobre el campo y ennegrece
las flores y las ramas de los arbustos. La Divina Providencia rechaza
el crimen y el asesinato de seres humanos como una obra de Satanás.
Y castigará, en su infinita sabiduría, a sus agentes en la tierra.
El Infierno los aguarda a todos sin distinción. Y a la hora del
Juicio Final, cuando los ángeles llamen con sus trompetas a comparecer
ente el trono sagrado, se encontrarán, para su vergüenza y castigo
eternos, con los cuerpos resucitados y gloriosos de aquellos que
cremaron en sus campos de exterminio.
Ruano, varias veces, habla intentado figurarse un horno en el mal
se quemaran cuerpos humanos, y en cada ocasión a su mente volvía
el horno de una panadería cercana a su casa, donde su madre lo mandaba
a comprar el pan del desayuno. El miedo lo estremecía, al escuchar
los sermones del Rector. Veía de nuevo el horno ardiente de la panadería,
los panes recién puestos a cocer como pies humanos, y era cuanto
conseguía figurarse de un crematorio nazi. Para Gregorio eran parecidos
a enormes hogueras de palos cruzados, vistas en ciertas películas
de indios, o como las que formaban algunos vecinos en sus patios
de tierra para quemar la basura. A veces había visto salir una columna
de humo de la mansión de don Lucio Gómez, ignorando el motivo. Quizá
así eran las de los crematorios. Samito interrogó a su padre Nando
y este le. mostró varias fotografías publicadas en los periódicos.
Allí aparecían borrosas figuras humanas esperando en fila, cabizbajas,
muy flacas, algunos hombres sin afeitar, y a cierta distancia una
pequeña construcción de paredes blancas, como un granero. ¿Qué forma
tendrían por dentro? Nada sabía de cierto. Los fotógrafos no habían
podido entrar.
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Sobre la
cabeza del ángel vuela una sombra, semejante a la de un pájaro.
-Una tiñosa
-dice alguien. Se quiebra el momento de estupor, y saliendo de los
recuerdos obsesionantes, de los temores infantiles, suenan carcajadas
y silbidos. Alguno comienzan a palmear:
Que
empiece, que empiece...
Cojo,
suelta la botella.
Quítale
el sol a la pantalla.
Que
empiece, que empiece...
Descienden
las luces, dejan de girar lentamente los ventiladores: la demora,
quizá producida por alguna rotura en las viejas cámaras,
parece resuelta. Un chorro de luz blanquecina, como de magnesio,
atraviesa la penumbra: surgen en la pantalla, sentados en un carro
negro descubierto, el Gordo y el Flaco, en el asiento trasero un
árbol navideño. El uno muy seguro al timón,
el otro a su lado, altivo, con ligeros bamboleos de cabeza y un
aire absorto y remotamente idiota. Estallan aplausos, exclamaciones
de aprobación y contento.
Al poco
rato de comenzada la proyección -ya el Gordo y el Flaco,
con sistemático furor, destrozan implacables pieza a pieza
su propio automóvil, y ha aparecido -el policía de
grandes bigotes y gestos bravucones-, cuando los muchachos se retuercen
de risa, patean y se pellizcan excitados por la emoción o
se aplican cocotazos repentinos de júbilo, un hombre de andar
cadencioso se sienta delante de Samito. Es un hombre de edad, alto
y tetudo, de grandes nalgas. Al sentarse lo hace ruidosamente. lo
sigue y circunda una estela de perfume barato. Se alisa el cabello
con mano delicada. Fulge un zafiro en uno de sus dedos. luego, sin
quitarse la mano enjoyada de detrás de la nuca, donde la
ha dejado después de alisarse, va girando pausado la cabeza
a un lado y al otro de la sala.
349
Camino del Rialto
-Gregorio ahora lo reconoce-, les pasó cerca en dos ocasiones.
Una de ellas, Samito asió del brazo a su amigo diciéndole
que se apartara, y el viejo siguió de largo. Al parecer había
dado varias vueltas por la cuadra antes de entrar al Rialto.
Sus ojos, en apariencia
habituados ya a la penumbra del cine, buscan entre la muchachada.
El Zurdo, que lo ha visto entrar y sentarse, se inclina para dar
la noticia al oído a un miembro de su banda. Las cabezas
de los demás se van inclinando en la fila: la pandilla se
transmite la novedad. Algunos ríen bajito, otros se frotan
las manos. Poco está el viejo del zafiro en la sala. Sin
mirar ni una vez la pantalla, se levanta y cierra la butaca de un
tirón escandaloso. Tose fíngidamente en la oscuridad
y con un pañuelo de holán se tapa la boca. Camina
por el pasillo y sale. Flota a su paso su perfume exorbitante.
Mayores muestras
de alegría manifiesta la muchacha cuando aparece el Zorro
en pantalla. Si el Gordo y el Flaco los hicieron reír y patear,
el Zorro les produce emoción febril y aventurera, el deseo
de montar su blanco caballo y restallar su látigo. Sombrero
alón, chaquetilla y pantalones ceñidos, todo negro,
su extraña figura enmascarada y esbelta cruza veloz la pantalla,
levantando comentarios exaltados, Acostumbrados al automóvil
con chofer, que los recoge a la hora indicada, o a llevar una vida
de encierro, -el Zorro los induce a creer que respiran, libres y
activos, el aire de la pradera infinita y de lo imprevisto, donde
la elasticidad, la fuerza hábil, predominan en contraste
con sus Propias vidas civilizadas y estrechas.
Sin embargo, los
miembros de la pandilla del Zurdo van, uno tras otro, abandonando
sus asientos y saliendo al pasillo. Se ajustan los cinturones al
caminar, con ademán de vaqueros que acaban de desmontar de
sus cabalgaduras o de domar un potro, y se pierden bajo el chorro
de luz blanquecina que baja de la cabina
350
de proyección.
A rato, cuando la pandilla completa se ha marchado de la sala, el
Zurdo en persona también se levanta y sale.
Tengo un caramelo
de menta en la boca. Samito compró un paquete al chiquito
de la canasta. Ruano tendió el brazo por encima de las piernas
de Samito y me dio el caramelo. Ya él chupaba uno. Me agrada
que fuera el Ruano quien me lo diera, pues no me gusta ría
cogerlo ahora directamente de la mano de Samito. Esas cosas ocurren
entra amigos, un tira y encoge, un cachumbambé. Las postales
arriba, en la otra punta Samito. Se mueve, y, viene el contrapeso.
Acepto la menta, pero mediante el Ruano. Se queda plano el cachumbambé.
Chupamos los tres. la quijada igualita a rumiantes. Panza, bonete,
libros y cuajar.
La boca se me
llena de frescura. La lengua, verde.Pasto cerca de un río
y mastico flores de menta. El agua del río la cruza salpicador
el caballo blanco del Zorro. Espumitas alrededor de sus patas. Como
un rumiante lo saludo. Trago una flor de menta.
Por allá
se aleja el Zorro, y se aleja lejisimo y es un puntico en la pradera.
Un puntico negro sobre uno blanco. Y va en aumento la frescura en
mi boca. La lengua la siento menos, más friecita.
Viro la cabeza,
cuando suena la luneta: el Zurdo va por el pasillo cabalgando, Rumio
fuerte. El caramelo se parte y me esparce la mente a ambos lados
de los molares. Seguro: es ahora que vuelvo a mirar para delante
Hopallong Cassidy, espuela brillante y andar firme de guapo. Enrolla
la rienda del caballo a la entrada del pueblo polvoriento. Yo me
fijo en las Casas, los edificios y las tabernas Los porrtales altos,
los techos puntudos. Siempre un perrito, un barbero, un banco, un
telegrafista. Me fijo en las casas, tan diferentes a las de Santiago.
Lo que se perece es la polvasera.
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¿Dónde
van los del Zurdo, simulando que nadie los ve? Algo trama esta gente.
Ahora andan por el fondo del cine, por donde están los servicios.
Tumbado
en la yerba. al frescor de la sombra y con Ia boca semidormida y
friolenta, contemplo tranquilo el cielo y los picos de las montañas.
El sol lo veo por entre los agujeros del ramaje, y la luz es escasa.
Los rayitos tiran en la yerba pedazos de luz que se agitan un poco,
indicándome en lo alto brisa ligera. La pradera se estremece:
huye una manada de búfalos y detrás galopan los sioux,
de piel quemada y muchas plumas, pintadas las caras, sudorosas,
dándoles espuelas a sus caballos, persiguiendo a los búfalos
con tremendos aullidos. Me escondo detrás de un matojo estoy
en un bosquecito, al pie de la pradera.
No miro.
Detrás hay cierto movimiento. El movimiento de algunos domingos,
cuando viene el viejo del zafiro. Seguro.
Econdido
en el matojo seco, se me cae el zapato del pie Pronto un resplandor
y la calle: Samito pidiéndome el cordón del zapato.
Boby babeante, sin huir. ¿Por qué no lo espanto? ¿Por
qué estoy tan callado y tan bobo? Tanta luz me aturde y deslumbra.
Me pica la espalda y el pelo. ¿Han abierto una ventana en
el cine? quiero entregarle el cordón. Y su mano apurándome:
dámelo, dámelo, dámelo. No quiero. Seguro.
Eres un gandul y también, si te dicen algo que te duele,
abusas de los menores. Qulere hacerme su cómplice al pedirme
el cordón de mi zapato. Me fijo clarito en los suvos: también
son de cordones. ¿Por qué no se quita uno de un tirón?
¿Por qué quiere el mío precisa mente? Para
hacerme su cómplice. Quiere que yo también abuse y
me divierta con el perro viejo y llorón. La lata suelta un
reflejo en su mano apurada. Pasea los reflejos sobre las fachadas,
como un espejo contra el sol, y los lanza después contra
mi cara: me ciega y me quita el cordón. No quiero. Seguro.
No espanto al perro tampoco. Lelo. Guanajón. Idiota, Allá
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va Samito en persecución
de¡ perro y lo ciega también con su lata luminosa y
malvada. El perro se deja atrapar por Samito.
No quiero. Debí
gritar, ¿Y ese ruido? Nadie se ha levantado. Es Boby que
entra al cine arrastrando la lata. Clarito oigo el sonído
de la lata dando saltos, pegando en el cemento. El perro me busca,
me olfatea. Sabe que yo debí defenderlo. La lata suena en
las paredes y el sonido rebota- Me pega en la cara: se cuela en
el laberinto y en la trompa. Me pongo el zapato caído. Busco
al perro y no está. Yo debí. No lo puedo amansar.
La lata suena alrededor de las butacas, contra el techo. El ruido
sale de la pantalla. Está en el laberinto, en la trompa,
en los huesitos.
De pronto en el
fondo de] cine, donde se encuentran las puertas y los servicios,
estalla una gritería violenta, mezclada al ruido de trompadas
y de gente que corre. Sobre el griterío se alza una voz:
Te
advertí que te perdieras de por aquí.
Todas las cabezas
se vuelven, y los ojos escudriñan en la penumbra, tratando
de saber lo que ocurre. Presurosos se sientan los integrantes de
la banda del Zurdo, en cualquier luneta desocupada, dispersos y
con sigilo. Intentan no ser implicados en el incidente. Los gritos
y las amenazas prosiguen. Algunos muchachos se ponen de pie, cerrando
las butacas. Las voces se multiplican: los muchachos se preguntan
a gritos lo que pasa allá atrás. Otros se precipitan
al pasillo. Entonces hace su aparición el Zurdo, excesivamente
tranquilo, y ocupa sin prisa su asiento anterior, como si él
nada tuviera que disimular. Su entrada produce un silencio momentáneo.
la muchachería interrogante y curiosa lo observa. Detrás,
donde se ha desarrollado el suceso, no obstante una voz, apagada
y lacrimosa, suplica algo que no se oye con precisión.
353
Te dije
que no vinieras más. ¡Ahora prepárate! ¡enciende,
cojo!
Es la misma
voz anterior.
Toda la
sala se ilumina, mientras continúa la proyec ción,
que ya nadie atiende. Entra el portero por el pasillo empujando
violentamente a un hombre. La expectación es general. El
hombre se agarra a las lunetas. El portero lo zafa y lo empuja.
Así avanzan. Y el hombre gime, y suplica:
No,
no, no hagas eso.
Bajo la
luz Parpadeante de las lámparas, algunos lo
conocen y exclaman:
¡Es
la Felo! ¡Es la Felo!
El hombre
cae de rodillas delante del portero del cine. Gregorio identifica
en aquel viejo arrodillado, al hombre del zafiro.
¡Te
juro que no volveré! ¡Te lo juro! Dame un chance habla
entre lágrimas y lamentos.
¡Camina!
responde a sus súplicas el portero y lo
coge por la camisa. La camisa se raja en el hombro. El portero termina
por alzarlo pesadamente del suelo.
No
lo hagas! ¡No lo hagas!
Te lo lo prometí. Volviste.
¡Prepárate!
En medio
del forcejeo, el portero saca su linterna del bolsillo trasero del
pantalón y se la planta a la Felo en la cara, agarrándolo
por el cuello.
¡Mírenlo todos! vocifera.
La muchachada
descubre los polvos y el colorete en mejillas, ennegrecidas las
cejas y las pestañas, una sombra azulosa bajo los ojos, los
labios pintados de un rosa húmedo. La camisa de seda mandarina,
desgarrada en el hombro y con los botones zafados, deja ver un medallón
de oro, colgante de una gruesa cadena, sobre el pecho tetudo. Han
abierto las lágrimas el maquillaje, y mezclan grotescamente
al colorete y el rimel azul, el negro de las pestañas.
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A la muchachería
lo muestra el portero, entro empujones y golpes de luz de su ¡interna.
El escarnio es total, la mofa, los chiflidos. Los muchachos se doblen
de risa. Corean el nombre de la Felo con palmadas y gritos. Lo apuntan
con el dedo y se desploman cómicamente en los asientos, en
medio de grandes carcajadas. El portero sigue llevándolo
a empellones, dándole un puntapié si la Felo se niega
débilmente a seguir. Lo conduce por un brazo, metiéndole
sin cesar en la cara la luz de la linterna. Cuando pasan cerca de
la fila donde se hallan Samito,, Ruano y Gregorio, éste descubra
las uñas de la Felo, largas y pintadas de un rosa semejante
al de los labios.
El Zurdo
se ha levantado de su asiento y, en mitad del pasillo. se encuentra
de pie. Al dar la vuelta frente a la pantalla y regresar por el
pasillo lateral, concluida parte de la exhibición que se
ha propuesto el portero, el Zurdo se adelante con el puño
cerrado y lo hunde en la cara pintarrajeada de la Felo. El hombre,
lloroso y fornido, retrocede tambaleándose. Pero no llega
a rodar al piso: al retroceder, los brazos abiertos, choca con el
portero, que se halla detrás. El portero lo Impulsa de nuevo
hacia adelante metiéndole el hombro en la espalda. En el
momento del golpe, la Felo parece reconocer al Zurdo, pronunciar
un reproche entre gemidos, su nombre o sencillamente un quejido
más largo. Los de la pandilla, agrupados otra vez alrededor
de su jefe, prorrumpen en aplausos y vivas ente el puñetazo.
La Felo Intenta proseguir su camino, cuado uno de la banda le tiende
una zancadilla. De nuevo a punto de rodar al Piso, trastabillante,
se sostiene del portero. Al estirar una mano hacia atrás
bruscamente, salta en el aire la linterna y se rompe en el suelo.
El portero escupe una maldición y se agacha para recoger
los pedazos. La Felo queda libre un momento. Echa a correr de inmediato.
Sortea las piernas que le cierran el paso, los brazos tendidos que
intentan retenerlo, y logra escapar del cine.
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¡Apaga!
grita desanimado el portero en dirección de la cabina
de proyecciones, en la mano la linterna rota.
Graduales
se reducen las luces de la sala y la pelicula se destaca otra vez
en la pantalla. Esparcidos se oyen algunos comentarios groseros
y risotadas repentinas. A medida que la atención se concentra
en la película, se extinguen. Zumba estridente la bocina,
suenan disparos roncos y un galope distante. Aparece en la pantalla
una extensa pradera y a lo lejos, como una manchita, una diligencia
que avanza tirada por un tronco de caballos. Más cerca, a
un lado de la pantalla, irrumpe un grupo de Indios tatuados, en
los preparativos de un ataque. La voz de un narrador, que la vieja
bócina del Rialto convierte en gutural y parece vibrar dentro
de una caja de cartón cerrada, anuncia jubiloso, aunque agonizante,
la aparición providencial de Buffalo Bill.
¿Quieres
más?
Ahora
no contesta el Ruano.
Sacando
la cabeza de la fila, se dirige Samito a Gregorio:
¿Y
tú?
Bueno.
La escopeta
terciada, la chaqueta de cuero, cabalga Buffalo Bill por la pradera,
el largo cabello flotante, tensas las bridas. ¿Impedirá
el asalto?
Esta vez
Gregorio guarda sin abrirlo el caramelo de monta, Indiferente.
Este
fragmento ha sido tomado de la edición realizada por la editorial
Letras Cubanas en 1984.
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