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LOS
SIETE CONTRA TEBAS (teatro)
[Fragmento
1]
Rumor, agitación, comentarios incomprensibles.
Hombres
y mujeres se desplazan, forman pequeños grupos
rítmicos, que expresan expectación o terror. De pronto
un silencio imponente. El Coro forma un círculo: se abre
y aparece Etéocles en el centro. Tiene el pecho desnudo y
está descalzo. Al pronunciar su discurso, los hombres le
investirán sus armas, en un ceremonial de gestos precisos
y dinámicos, que debe prescindir de la presencia física
de las armas.
ETÉOCLES
Ciudadanos, es menester que ahora
hable quien vela por la patria
sin rendir sus ojos al blando sueño,
sin escuchar las voces enemigas
ni entregarse al recuerdo de su propia sangre.
Escúchenme. Mi propio hermano Polinice,
huyendo de nuestra tierra, olvidando
los días compartidos, la hermandad
de la infancia, el hogar paterno,
nuestra lengua y nuestra causa,
ha armado un ejército de extranjeros
y se acerca a sitiar nuestra ciudad.
He enviado espías y exploradores.
Confío en que pronto estarán de regreso
y sabremos nuevas ciertas del campo enemigo:
el número de sus armas, su estrategia,
el valor de su hombres. Nada ignoraremos,
e instruidos por esas referencias
estaremos prestos contra toda sorpresa.
Ha llegado el momento. Es nuestra hora.
En ella nuestra causa afirmamos,
su justicia y valor. Para nosotros
florece esta batalla y traza
nuestro rostro en la historia.
He aquí el escudo de mi padre,
el casco de mi abuelo, la espada
que mi hermano Polinice abandonó
para que no le recordara mi traición.
Esgrimo estas armas, las empuño.
Con ellas retomo el aliento
de toda mi familia, su antiguo
vigor, y juro defender esta ciudad
y su causa. Que empiece el día
en que seremos obra de nuestras manos.
EL
CORO
¡Suelten
las aves proféticas!
EL ADIVINO
(Sale
de entre la gente de un salto y expresa con su cuerpo el hecho de
soltar los gallos.)
EL
CORO
(Se mueve,
cantan los gallos, con intensidad expectante, en forma abrupta y
vasta.)
EL
ADIVINO
Etéocles,
los agoreros signos
del canto de las aves solares,
que unen el cielo a la tierra
y trazan con sus voces el futuro,
anuncian que el ejército invasor
ha determinado atacar la ciudad
esta noche. Sus hombres se preparan.
EL
CORO
¡Los Espías!
¡Los Espías!
¡Los Espías!
(El
nombre se repite como a lo largo de una fila de centinelas, hasta
perderse.)
ESPÍAS
I Y II
(Mientras
uno habla el otro permanece en silencio, realizando físicamente
las imágenes de la narración.)
Te
traernos noticias del campo enemigo,
noble Etéocles. Ocultos, anhelantes
vimos siete caudillos, ardorosos guerreros,
sacrificar un toro sobre un escudo negro,
mojar sus manos en su sangre y jurar
destruir la ciudad o morir en esta tierra.
pp.
27-29
[Fragmento
2]
(El
coro, integrado por mujeres que hablan mientras otras expresan con
el cuerpo las imágenes que la Palabra les provoca, alcanza
un estado de alucinación.)
II
¡Horror! Veo desde las almenas
una llanura de muertos amados.
Sus partes deshechas en la tierra,
mudos y ciegos,
aplastados por caballos y escudos.
IV
Ay,
amigas, ¿quién nos salvará?
¿Quién acudirá a nuestra súplica?
V
Allí,
allí: alguien su brazo levanta,
se agita, mueve los dedos, me llama
Me llama. Es un grito espantoso.
Ya voy. Espera. Pero está rígido,
entreabiertos las dedos. Es el viento.
Ahora bate las cintas de su escudo.
Es el viento. No respira. Está helado.
I
El carro de Etéocles llama
a la séptima puerta: está vacío.
Su caballo tiene sueltas las riendas,
los arreos manchados de sangre.
Da un relincho y se pierde solitario
por esa llanura de cadáveres.
(Alguno
mujeres, se golpean los muslos con las manos abiertasrecrean con
fuerza trágica los movimientos de un caballo, su relincho,
mientras otras repiten el mismo texto desde una parte diferente
del espacio escénico.)
IV
Ay,
amigas, ¿quién nos salvará?
¿Quién acudirá a nuestra súplica?
ETÉOCLES
¡Mujeres!
¿Es ésta la manera
de servir a la ciudad, de dar
aliento a sus sitiados defensores?
(Habla
a distintas mujeres. Las agarra de los brazos, las increpa.)
¿No saben hacer otra cosa
que lamentarse y gemir?
Desde las almenas se oyen los gritos.
Basta de lamentos y visiones funestas.
Tú, ¿qué temes? ¿Por qué te arrodillas?
pp.
34-35
[Fragmento
3]
ETÉOCLES
(Luego
de un silencio.)
Entra.
¿Qué quieres?
POLINICE
¡Me
extraña esa pregunta! He detenido
mi ejército a las puertas de tu ciudad
¿y me preguntas lo que quiero?
ETÉOCLES
Para
desdicha de Tebas hemos oído
el estruendo de tu ejército. Vemos,
yo y estas mujeres, relucir tus armas
bien forjadas y la leyenda arrogante
de tu escudo. Te has entregado
a otras gentes, Polinice,
y con ellos vienes a tu tierra natal.
Eres un extraño y por eso te pregunto
lo que quieres. No reconozco tu voz,
he olvidado el brillo de tus ojos.
POLINICE
El
temblor de tu voz te desmiente.
Pero no importa. Sé que debes fingir
delante de estas mujeres. En eso eres
un buen gobernante. Usas la máscara
que los demás esperan y en el momento preciso.
Pero no importa. Me basta con que veas
el resplandor de mis armas.
ETÉOCLES
No
sé si antes me tembló la voz, pero
ahora me tiembla de asco y de sagrado furor.
Eres el mismo de siempre. Por eso
te acompañan esos hombres y alzas
esos escudos. Te conocemos, Polinice.
Te conocernos tanto que hemos empezado a
olvidarte.
Di lo que quieres. Di lo que pretendes
con esta tregua mentirosa.
POLINICE
Tus
alardes no me asombran, Etéocles.
Aparentas estar seguro. Eres el héroe
que al pueblo salva con un gesto firme.
No es la primera vez. Hubo una noche
en que estabas tan seguro como ahora.
Y sin embargo, he ahí un ejército
que me sigue que me llama su jefe
y mis órdenes cumple. Nunca pensaste
que tu hermano regresaría a su ciudad
en medio, rodeado de una hueste poderosa.
Despierta, Etéocles. Empieza tu fin.
Nadie, sólo un loco se sentiría
seguro frente a un ejército como el mío.
Cuento con su fidelidad y con su fuerza.
Nada conseguirás en un pueblo descalzo
que empuña viejas lanzas y escudos podridos.
Entrégame la ciudad y te salvaré
de la humillación de una derrota.
ETÉOCLES
Ahora
sé lo que quieres, Estas mujeres
y yo lo sabemos.
POLINICE
No
las mezcles en esto. Ellas
no gobiernan la ciudad.
ETÉOCLES
Ellas
también son la ciudad.
Cuento con ellas y las quiero de testigos.
Nada tengo que ocultar, Polinice.
Esta noche acaba al fin todas las distinciones.
Tu tregua nos enseña a conocernos
y a afirmar nuestra causa.
Es tu ejército quien nos une,
es tu crueldad la que nos salva.
Somos un pueblo descalzo, somos
un pueblo de locos, pero no rendiremos
la ciudad.
Tebas, ya no es la misma:
nuestra locura
algo funda en el mundo.
POLINICE
¡No
destruirás mi ejército con palabras!
Te ofrezco una salida. Abandona
el gobierno y parte en silencio.
Yo explicaré al pueblo tus razones.
ETÉOCLES
¡Basta
Polinice! Nada puedes ofrecer
a Tebas que a Tebas interese. Hemos
escuchado la descripción de tu ejército.
Sabemos por qué vienen y la ambición
que los une. ¡No les entregaremos la ciudad!
POLINICE
Entonces,
habrá sangre. ¡Tuya
es la culpa!
ETÉOCLES
¿Armé
yo tu ejército?
POLINICE
No
eres inocente, Etéocles.
Si ese ejército está ahí, es por tu culpa.
Si se derrama sangre, es por tu culpa.
ETÉOCLES
Es
pronta tu lengua, con facilidad argumentas.
¡Eres un buen retórico!
POLINICE
Tuvimos
el mismo maestro. ¿No lo recuerdas?
ETÉOCLES
Recuerdo
que vivíamos en la misma casa.
Recuerdo que comíamos juntos,
y juntos salíamos a cazar. Recuerdo
que un día, tu venablo más diestro,
me salvó de la muerte.
Nos abrazamos jadeantes,
mientras el jabalí agonizaba
en la yerba, chorreando sangre por el vientre.
Murió en un asqueroso pataleo.
Yo amé tu brazo mucho tiempo.
Lo observaba despacio, con cuidado y fervor.
Regresámos a casa, y a todos lo conté.
La luz era distinta aquel día,
la vida me importaba más.
¿Qué otra cosa recuerdo?
Recuerdo que has armado un ejército enemigo
para destruir esa casa, para arrasar
esta ciudad, alzando
el mismo brazo de aquel día.
POLINICE
¡Hábil
Etéocles! Sabes
buscar razones dulzonas.
En aquel momento salvé a mi hermano,
ahora vengo contra mi enemigo.
Mi brazo es el mismo,
pero tú no eres la misma persona.
Quien olvida, se hace otro.
Sin embargo, no es fácil:
un día trae otro día,
y nada es impune. No podrás
ocultar tu culpa en la tierra.
Yo he regresado para recordártela;
y también recuerdo. Recuerdo
el pacto que hicimos hace tres años,
y recuerdo que tú lo has destruido.
Pacté contigo gobernar un año
cada uno, compartir el mando
del ejército, y la casa paterna.
Juraste cumplirlo, Y has roto
el juramento y tu promesa.
Solo gobiernas, solo decides,
solo habitas la casa de mi padre.
¿No lo recuerdas?
ETÉOCLES
¿Y a a ésos a quienes encomendaste
recordármelo? ¿Es con el sonido
de sus armas, con los aullidos
de sus bocas extranjeras
con lo que debo recordarlo?
POLINICE
¡Ellos
me ayudarán a restaurar el derecho!
ETÉOCLES
¿Te ayudará Capaneo con la tea incendiaria?
¿Te ayudará Partenópeo derramando la sangre
de tus hermanos con su lanza sedienta?
¿Te ayudará Hipopomedonte robándole sus tierras?
Te ayudan asesinos Polinice. Reclamas
tu derecho con las manos ensangrentadas
de una turba de ambiciosos.
POLINICE
¿Crees
que todo el que se te opone a un asesino?
¿Crees que todo el que se te opone es un ambicioso?
¡Tú saqueaste mi casa y profanaste un juramento!
¡Tú detentas un poder que no te pertenece del todo!
¿Qué dijiste en Tebas para ocultar tu traición?
ETÉOCLES
Rectifiqué
los errores de tu gobierno,
repartí el pan, me acerqué a los pobres.
Sí, es cierto, saqueé nuestra casa.
Nada podrás encontrar en ella. Repartí
nuestros bienes, repartí nuestra herencia,
hasta los últimos objetos, las ánforas,
las telas, las pieles, el trigo, las cucharas.
Está vacía nuestra casa, y me alcanzó
sin embargo para todos.
Sí, es cierto, profané un juramento.
Pero no me importa. Acepto esa impureza,
pero no la injusticia.
POLINICE
No
te perdonaré. No saqueaste mi casa
para ti, sino para los otros.
Mis cosas están en manos ajenas y desconocidas.
Desprecio tu orden y tu justicia.
pp. 69-75
(Estos fragmentos han sido tomados
de la edición realizada por Ediciones Unión en 1968)
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