Aplicar el marxismo a la historia de Cuba es, pues, algo muy distinto a lo que insinúan nuestros adversarios. No se trata, en efecto, de presenter la revolución libertadora de 1863 como una mera consecuencia de la quiebra de los cafetaleros y azucareros cubanos, apresurada por la primera crisis mundial de 1857. Tampoco le bastaría al genuino historiador marxista explicar la rebelión de los Céspedes, Aguilera y Morales Lemus, atribuyéndola al fracaso de las negaciones y demandas en la Junta de Información para que España rebajara los impuestos. La génesis de nuestra lucha por la independencia es mucho más profunda y reside en las relaciones políticas y de propiedad entre la metrópoli española y los propietarios cubanos. Desde el primer tercio del siglo XIX, las relaciones coloniales de España con la Isla, no correspondían al desarrollo de las fuerzas económicas de Cuba y al crecimiento y ascenso de la burguesía cubana. España veía en Cuba a una fuente de ingresos fiscales y un mercado para realizar, mediante el monopolio, fabulosas ganancias comerciales. La política española en Cuba se encaminaba, pues, a aumentar cada vez más los impuestos y a estorbar el desarrollo económico independiente de la Isla, frustrando su desenvolvimiento industrial. La burguesía y los terratenientes cubanos estaban interesados, por el contrario, en desarrollar la economía cubana, consolidar la industria incipiente y desarrollarla, buscar mercados seguros para la colocación de sus productos. Cuba, colonia de España, significaba el estancamiento económico. De ahí la profunda contradicción entre la burguesía cubana, como avanzada y representante del pueblo, y los gobernantes españoles. Se había demostrado que esa contradicción, antes de 1868, resultaba insalvable. La burguesía cubana no tenía frente a sí más que dos caminos: o hundirse en el retroceso y la desintegraci6n económica que le imponía el sistema colonial español y con ello aceptar la sumisión política en el país cuyas posiciones económicas dominantes había conquistado o romper violentamente ese sistema lanzándose a la lucha revolucionaria decidida. (...) Los elementos más avizores de la burguesía cubana optaron por el único camino salvador. Se convirtieron así en paladines de la causa independentista, ideólogos y estandartes del progreso nacional cubano. Sus intereses de clase coincidían con los intereses históricos de nuestro país, porque al liberarse como clase, promovían la liberación nacional. DE AQUI EL PAPEL PROGRESISTA, AVANZADO, DEL CONJUNTO DE LA BURGUESIA CUBANA EN ESE PERIODO

"El marxismo y la historia de Cuba", en Letra con filo, T. 3, pp. 36-37

 

Más de una vez hemos dicho -y entramos ya en el terreno de las anunciadas repeticiones-, que cuando se analizan las revoluciones liberadoras, aquellas que tienen por objetivo -en nuestro siglo y en el pasado siglo en países no europeos- realizar la independencia nacional contra un poder exterior colonizador o neocolonizador, no pueden ser enfocadas con los criterios con que Marx, en el Manfiesto comunista, caracterizó a la pequeña burguesía de las países donde el capitalismo ya avanzaba, como una clase vocada a unificarse a la burguesía y a darle la espalda al naciente proletariado. En nuestros países colonizados ocurre en la zona de la pequeña burguesía una dualidad histórica: mientras una parte de ella se vincula en el proceso de desarrollo histórico y económico a la suerte de los dominadores, otra porción, desvinculada del usufructo de las fuerzas productivas siquiera como copartícipe lejana, ve la liberación como parte de un proceso que también le corresponde, y comprende que es la emancipación nacional la única capaz de garantizarle el señorío de su independencia como patriotas y el desarrollo de su personalidad dentro de la sociedad en que vive. Por ello, desde los comienzos de nuestro proceso revolucionario (...) encontramos que son las zonas de la pequeña burguesía urbana las que empiezan a mostrar el pensamiento independentista más radical. (...) A finales de siglo, José Martí es la expresión de esa nueva fuerza revolucionaria que todavía no podía dar la clase obrera. Ya se sabe demasiado bien como la revolución de 1868, que empezó siendo la obra de terratenientes liberales y de burgueses incipientes, se fue transformando, por el mecanismo mismo de la lucha, en una revolución popular en la medida en que la burguesía perdía el ímpetu ante la derrota que se hacía inminente, y las fuerzas populares -campesinos como Antonio Maceo y pequeñoburgueses venidos de La Habana- empiezan a darle a la Revolución la tónica que cristalizó brevemente en la Protesta de Baraguá, pero que debía continuarse después, como se ha dicho más de una vez, en la revolución del 95. Y la revolución del 95, para cuajar como el movimiento más radical y revolucionario, necesitaba líderes de la estatura de Martí y de Maceo, capaces de movilizar esa fuerza nueva, de incorporar las zonas populares del proletariado, como lo hicieron en la emigración, y de presentar un programa nuevo y radical en la historia americana, distinto de todo lo que se había visto en las épocas de Bolívar, de San Martín, de Páez o de Carlos Manuel de Céspedes. Es por eso que la ubicación histórica y su procedencia clasista nos dan ese José Martí plenamente contemporáneo. Cuando Fidel Castro, al comparecer ante sus jueces después del 26 de julio de 1953, respondió que el autor intelectual de aquel audaz ímpetu de los asaltantes del Moncada había sido José Martí, no estaba haciendo una frase de galería para la historia sino que estaba definiendo una personalidad y al mismo tiempo caracterizando una revolución. (...) No tenemos, sin embargo, un Martí socialista, es bueno repetirlo. En algunos momentos, en el afán de llevar a Martí más lejos de lo qua podía llegar él mismo, se habló de la corriente socialista en Marti. En realidad, lo que encontramos es el respeto de Martí por el socialismo. Cuando dice: "Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles merece honor"; inmediatamente habla de que Marx quería la emancipación de los pobres y de que pecó tal vez de "impaciencia" en realizar esa emancipación. Admiraba en Carlos Marx lo que él dijo que era: "veedor profundo en la razón de las miserias humanas y en los destinos de los hombres y hombre comido de ansia de hacer bien" Todo eso le parece parte de lo admirable de Carlos Marx, pero no Ilega tan lejos en su concepción de la lucha de clases y de las fuerzas revolucionarias en esa lucha de clases. Y en sus cartas a quien era más que amigo, hermano, Fermín Valdés Domínguez, le reprocha más de una vez las inclinaciones de Fermín por ese socialismo radical que le parece no sólo que compromete a la Revolución en el momento en que esta se desarrolla, sino quo además lo cree intrínsecamente peligroso. ¿Por qué? Porque la sociedad que Martí quería hacer era todavía una sociedad en que creía posible el equilibrio de las clases, la conciliación: una sociedad de riquezas distribuidas, de pequeños propietarios rurales, donde el desarrollo industrial estuviera basado en la riqueza agrícola, llena de justicia, que se librara de la injusticia del monopolio que él había visto en Estados Unidos.

"José Martí, contemporáneo y compañero", en Letra con filo, T.3, pp. 230- 231, 238-239

 

El peligro de muerte es un elemento natural en la existencia de todo aquel que la dedica, en tareas grandes o pequeñas, a trabajar por el porvenir. Lo único que ha cambiado en el curso de la historia es la conciencia que el revolucionario tiene de su destino. En la época de la revolución burguesa de Francia, Saint Just decía que para el revolucionario la tumba era el descanso. El militante de la revolución socialista sabe, con ella, que «hasta después de muertos somos útiles». Por eso, aunque amamos la vida –no podríamos ser revolucionarios sin amarla– no esquivamos la muerte posible. Lo que nos importa es el deber cumplido (...).

“¡Patria o Muerte!”, en Letra con filo, Tomo 1, pp. 292

 

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Inico Actualizado: 09/07/02