En el palacio de Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano
del Libro, en la tarde del 25 de noviembre de 1999, se reunió
el Jurado integrado por Jaime Saruski (Presidente), Enrique
Saínz, Rafael Acosta de Arriba, Roberto Zurbano y
Daniel García, para otorgar, de entre los quince
escritores nominados en el año en curso, el Premio
Nacional de Literatura. Luego de un concienzudo análisis
de los autores nominados, el valor estético de sus
obras en particular y la coherencia, madurez y proyección
de la totalidad de su labor artística, dicho Jurado
acordó, por consenso, otorgar el Premio Nacional
de Literatura correspondiente a 1999 al poeta, narrador
y ensayista César López, en cuya trayectoria
intelectual es posible reconocer un discurso biográfico
y un discurso literario fundidos en esa dimensión
en que nuestra historia, realidad y utopías logran
dialogar.
La obra de César López se inscribe en la historia
literaria cubana con un sostenido afán de participación,
servicio y homenaje. Sus tres libros de la ciudad constituyen
uno de los momentos más significativos de la poesía
cubana de la segunda mitad del siglo que termina, y este
es el signo de toda su búsqueda lírica: salvar
el leve gesto humano entre las contingencias más
terribles, y salvar la función de la palabra ante
la (in)certidumbre de la Historia. Su narrativa revela esa
zona en que la cotidianidad acontece sin ocultarnos la realidad,
el absurdo o lo fantástico. Así mismo, sus
ensayos, construidos desde la crítica erudita, el
estudio apasionado y las definiciones agudas, han abierto
los primeros senderos en la comprensión de complejos
fenómenos de las letras cubanas durante los últimos
cuarenta años. (Recuérdese si no su adelantado
y riguroso texto sobre Paradiso
o su controversial definición de la generación
poética a la cual pertenece).
El diálogo con la tradición literaria y con
la historia de la nación nos confirma, en la obra
de César López, que la belleza posee una utilidad
pública y una vocación crítica, pues
sus alabanzas y conversaciones que hallamos en hermosas
páginas alcanzan una mirada diversa, lúcida
y desgarradora, donde no escapan las miserias ni las virtudes
de la sociedad y del hombre que construye estos días
que corren.