Por la muerte de su hermano el primer
teniente
Armando López Núñez
Dicen que ante la muerte sólo queda la muerte, dura
como una piedra, como una imagen rota. Sin embargo,
imágenes y piedras,
todas las cosas hablan, todas las cosas cuentan sus
historias.
Vienen a hacerlo entonces los árboles del campo,
las
oscuras raíces
recios como demonios, amarrados al suelo y desafiando
cargas de dinamita, modernos artefactos. Luego tu
cuerpo inerte,
con ese olor reciente de arbustos y petróleo, de
tractores
y hombres que escuchan cifras del futuro y saben
de un sinnúmero de dudas y esperanzas.
Hombres que se desdoblan en la tierra.
Y también los esfuerzos, triunfos y aquella lágrima
que pugnó por quedarse, por no salir
ante la última noticia, la carta de tu jefe.
Tarde llegó la noche. La ciudad te acechaba y reclamaba
tu presencia dentro de ella.
tierra a la tierra. Hoy, otra vez, para que no se olvide
de seguir visitando cementerios. De cultivar los signos.
De cambiar, con audacia, el sentido de aquella horrible
y ampulosa cúpula
bajo el cuidado de la cual reposas.
Porque hubimos de entrar, largo el cortejo, por las calles
de siempre,
donde el polvo conoce de memoria la muerte, las
pisadas.
No sólo el cementerio, con sus nombres confusos de
árboles extraviados al recuerdo.
Fueron las mismas calles, el recorrido antiguo que
leyeras,
Tu nombre desde ahora detenido en el tiempo.
¡Cómo decirlo, cómo pensar tan pronto
la inscripción
en el libro!
La tierra no es un libro. ¿O lo es acaso?
Viene ya la ciudad, creciendo, devorándonos, sin
perdonar,
siquiera, la verdad atisbada que apenas revelamos.
¡Cómo iniciar un diálogo imposible!
El chino cabalístico
habla de muertos grandes. Las calles se molestan con los
duelos.
Tienen esa memoria de ciudad enlutada que pugna sin
embargo en su alegría.
Tantas veces, por años y por meses se han llevado
los muertos,
que ya suman docenas de muertos que nos marcan, nos
diseñan la vida para siempre.
Negros viejísimos se quitaban a tu paso sombreros
tan
antiguos como ellos.
Desconocidas gentes que de algún modo te amaban
escuchaban la música y miraban absortos,
la interminable fila del entierro.
Ventanas y postigos, puertas, balcones dolorosos de la
ciudad, te cuidaban la ruta.
Es tuya la ciudad y la compartes con los muertos de
antes.
Es tan difícil poner fin a la muerte.
Los he visto llorar, del comandante al último soldado.
O los he visto escurrirse para ocultar la lágrima.
¡Esto no es un poema, ni antipoema, nada!
Este es el recorrido de una calle, la ruta conocida de
la muerte.
La conciencia exalta y todas las coronas funerales
pudriéndose al instante.
¡Atención, compañeros, cumplamos el
trabajo!, así fue tu
delirio,
en tus minutos últimos clamando hacia la muerte,
desafiándola,
volviste hacia los campos y maniguas, a dirigir columnas,
a retar la imposible y futura invalidez de tus músculos
y
miembros.
Volviste en un intento de vencer, pero la muerte ya era
la
señora.
¡Lo olvidarás, hermano; crees que te olvidaremos!
Que esa hilera de hombres más hombreados que nunca
podrían hacerlo acaso! Pasan y callan o dicen
alguna cosa, aportan un recuerdo misterioso. Cecilio,
Luis,
Juancito, que quería dejarse una barba rala e imprecisa
hasta que tú sanaras. Boyé Sandino, silencioso
todo el tiempo velaba, hasta que pudo al fin romperse
en un abrazo
descomunal y tierno. Moro, Jiménez, Cue, Dagoberto.
Luego, tartamudeando como un rebelde ángel de la
guardia. Todos,
nombres que se me olvidan, pero son más que nombres.
Acepta este silencio. Tu familia. Mamá ha preparado
las cosas para tu presencia fija e inconsolable. Irma a
veces sonríe
y Carlitos engorda, se enseria y se preocupa.
No puedo imaginar cómo será tu hijo, ya sabes,
cuando
crezca.
Por otra parte, dejaste claramente asegurado
que tu familia no somos solamente nosotros...
Ahora bien, el regreso a la ciudad no puede ser el mismo.
César López: «Elegía
como una carta torpe», en Consideraciones, algunas
elegías. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993